Es el acto voluntario más involuntario que puede experimentar el sujeto en ciertos momentos de la vida, como un acto que requiere verse a sí mismo en la evidencia de las palabras escritas. No es fácil saber si escribir es fruto de la voluntad propia u otra voluntad que incitó a la propia, pero por alguna razón el hombre accede a dejar voluntariamente palabras y de eso se ha tratado siempre, de mover la voluntad y responder al constante diálogo que se genera con la conciencia.

La escritura que nace del pensar, es la que fortalece una admirable reflexión de diversos factores que evidencian algo de la realidad, o de la deducción de la realidad. Es ineludible pensar, en algún momento de la existencia acerca de lo que mueve la reflexión personal, es decir, la forzosa búsqueda de develar la gran verdad, mi verdad o quizás tu verdad.

Escribir no equivale a hablar, sino que es un doble acto, o incluso triple acto en la escala del hacer (pensar, hablar y escribir). Cuando se escribe se ejerce un poder que va más allá del tiempo agotable, ya que en la escritura prolifera la idea, en sus 3 grados.

En la escritura se fuerza el uso de la razón, como una esencia, que equivale a trascendencia del ser. La acción de escribir evidencia lo infinito que hay en lo finito que somos, logramos incluso comprender lo incomprensible y explicar lo inexplicable. La palabra escrita es eterna, es la base de toda manifestación de verdad.

Escribir ejerce un poder intrínseco en la conciencia del sujeto que se encuentra, por una parte, frente a sí mismo y, por otra parte, con la indoblegable esencia de la voluntad por expresar algo.

Es tan complejo y tan sublime el arte de escribir que difícilmente se ve cumplido su objetivo una vez que se ha acabado, ya que siempre va revelando y cuestionando afirmaciones e imponiendo desmanes. Inclusive en cada uso de las palabras nos encontramos con deudas que el mismo sujeto mantiene con el mundo circundante, es una presión que mueve de formas insospechadas a la voluntad, que en este diálogo logra liberar al sujeto mismo del yo social, impuesto por el innegable paso del tiempo en el ser de lo divino.

Se debe procurar que el ser humano que se digne a leer éste cicatero texto, entienda que la filosofía es una pasión que se lleva en la esencia del ser, que nace de la más incomprensible reflexión humana, que inunda la conciencia y domina el pensar.

Es difícil expresar el pensamiento subjetivo con la escasez conceptual que me ha de embargar, con la ignorancia con la que me he de enfrentar a un mundo que no logra imponer una verdad o simplemente no acepta el sinsentido que se extrapola una y otra vez del conocimiento.

Es posible que la experiencia tenga mucho que ver con la forma en la que el sujeto expresa un conocimiento, o simplemente un pensar, sin embargo, he de creer que la conexión que existe con la aceptación del sinsentido del todo, es la base de un sujeto que requiere ser escuchado y no necesariamente entendido, que quizás sea el caso.

Me he dispuesto a que la voluntad haga de este sujeto lo que sea necesario que haga, que mueva esa esencia que lo hace pensar, en los límites de la conciencia, en esos lugares que el sujeto pretende dominar, en donde el ser se materializa como un movimiento que suspira y siente en la impenetrable realidad del pensar y el ser o, mejor dicho, de la fe y la voluntad.

Dicen que las palabras se las lleva el viento, pero lo más cercano a la experiencia de este cicatero, es que quedan en efímeros recuerdos de momentos vividos y que no siempre serán recordados.

Entonces aparece frente a la consistencia del pensar esa palabra que cuando es escrita, no solo mueve o incita a la voluntad, sino que emprende la vía del indagar, de la conciencia de la voluntad, no solo en los problemas de la expresión conceptual, sino que profundiza en un intenso diálogo consigo mismo, en donde se manifiesta esa incómoda libertad de la cual el sujeto históricamente ha pretendido extirpar.

La voluntad mueve hasta los suspiros de este cicatero, le recuerda la necesidad de indagar sobre todo aquello que piensa, que reflexiona y que en este instante le hace tomar la drástica determinación de escribir.

En este siglo es posible –todo es posible- que el ser humano, movido por los suspiros de la voluntad, crea en todo lo que lo rodea, sin cuestionamientos ni búsquedas de verdad, lo cual lo lleva irremediablemente a la causa inmediata de la fe, de una fe que carece de voluntad, de una fe que promueve la inconsciencia del sujeto y de un cuestionamiento basado en respuestas que son verdades absolutas.

No es posible generar uso del pensar cuando se limita la conciencia del pensar, cuando se ponen barreras al uso de la voluntad, cuando muestran a la conciencia de la voluntad como aquello que es necesario dominar mediante estrictas normas de la conciencia ya establecida por otros o solamente un otro.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Lucía Santibañez Salazar (autora invitada):
Licenciada y profesora de Filosofía y Religión del Instituto Regional Federico Errázuriz y Colegio Evelyn’s School. Santa Cruz, Chile.

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por autores invitados

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