Hay dos explicaciones populares acerca de la muerte de la filosofía. La primera de ellas sostendría que el pensamiento crítico es un arma demasiado poderosa como para que la posean las masas y que, por lo tanto, debe ser erradicada tanto de las aulas como de la sociedad. Esta primera causa es realmente atractiva. Sin embargo, es completamente inconsistente, por lo que quedaría descartada. Un hecho social como la marginación de una rama del conocimiento es un proceso complejo y, como tal, sus causas son múltiples. Afirmar algo sin hacer referencia a la autoría de dicha afirmación o hacerlo de forma difusa mediante el empleo de referencias vagas como «ellos» , «el sistema» o «el Estado es reproducir el modo de argumentar inválido propio de las pseudociencias y las teorías de la conspiración.

La segunda causa trataría de explicar la muerte de la filosofía a través de su incapacidad de producción material, catalogándola como una disciplina inútil e improductiva. Esta segunda explicación es la que resulta más factible, dado que apunta a un origen concreto y explícito;a saber, que el rendimiento económico es un pilar fundamental de nuestra sociedad y que, por lo tanto, no es extraño suponer que aquellas disciplinas que no cumplan con los criterios establecidos de producción y rentabilidad sean relegadas a un segundo plano.

A mi parecer, el hecho de que la filosofía no tenga peso en una sociedad que busca el rendimiento económico se debe a que nuestras consideraciones acerca de los conceptos de acción, pensamiento y ocio son diametralmente opuestos a los que poseían los antiguos griegos y que, por lo tanto, su consideración de lo que es valioso e imprescindible no coincide con la nuestra. Nuestra sociedad es liberal, capitalista, igualitaria e insertada en un mercado globalizado. Por su parte, los griegos vivían en una sociedad esclavista, autárquica, democrática pero selectiva y profundamente clasista.

En nuestra sociedad existen a mi parecer dos tipos de vida loables. La primera es el sueño americano, es decir, formarse, encontrar un buen empleo o, mejor aún, ser emprendedor, fundar una empresa propia y obtener una buena fortuna. La segunda es la de aquellas personas que se pueden permitir el lujo de dedicar todo su tiempo al ocio y a los placeres más mundanos, a lo que cabría añadir el tratar activamente de mostrarlo en las redes sociales, de tal modo que la imagen resulte ser más real que la propia realidad. No es de extrañar, pues, que los youtubers e instagramers gocen hoy en día de tanto reconocimiento social, dado que cumplen los dos criterios que he expuesto.

Los griegos, por su parte, tenían varias formas de vida consideradas loables pero que, en resumidas cuentas, se reducía a una sola: del aristócrata. El ciudadano griego era ciudadano en virtud de estar liberado del trabajo, bien porque poseía esclavos, bien porque su fortuna le permitía tener una vida menos fatigosa. Los hombres que se encontraban en esta tesitura, es decir, los políticos, los filósofos, los artistas y los dramaturgos, por poner uno de tantos estilos de vida considerados socialmente positivos,  eran los únicos que podían permitirse las distintas formas de la buena vida.

De hecho, si nos acercamos a los tres modos de vida que analiza Aristóteles en la ética a Nicómaco, podremos rápidamente apreciar lo lejos que estamos de su  escala de valores. Para el filósofo de Estagira existían tres vías para acercarse a la felicidad: a través de los placeres más inmediatos; a partir de los honores recibidos en la vida política y a través de los placeres intelectuales de la vida contemplativa. A su vez estos tres modos de vida estaban asociados a cierta escala social. Los placeres sensuales se identificaban con el vulgo y las clases bajas que no eran consideradas ciudadanas. Los placeres del reconocimiento político estaban asociados a la clase política y militar, las cuales requerían que sus actos fuesen reverenciados. En último lugar estaba la clase de los filósofos, dedicados al conocimiento por amor al saber por sí mismo. Este último modo de vida era considerado por Aristóteles como el mejor, dado que no dependía de nada más que la voluntad de uno mismo para ser feliz.

Volviendo a nuestra sociedad, nos encontramos con la vida sensual y mediática que nos ofrecen las redes sociales y la vida del emprendedor que trata de amasar una gran fortuna. Cabe por cierto mencionar que la vida de los emprendedores es también a menudo  valorada  por el  esfuerzo y dedicación que dedican a  las redes sociales. Se podría por tanto concluir que lo realmente importante para nuestra sociedad es aquello que se muestra, no aquello que se posee.

Una vez llegados a este punto es posible plantear el esquema conceptual de ocio, pensamiento y acción teniendo en cuenta las características de las dos sociedades.

En la antigua Grecia, el concepto de acción lo personificaba el vulgo, obligado como estaba al puro acto físico, dado que los campos de la opinión y el pensamiento le estaban completamente vedados. Su ocio se limitaba a los placeres más inmediatos. La clase política, por su parte, estaba liberada de cualquier carga física y era por tanto ajena al trabajo como tal, aunque sus cargos requerían de tanto tiempo personal que carecían de ocio. Su actividad era la representación perfecta de acción y pensamiento encarnado en un estilo de vida, a saber, la gestión de lo público. Finalmente, la vida de los filósofos estaba dedicada al puro ocio, dado que estaban exentos tanto de la gestión política como del trabajo material.

Por otro lado, en nuestra sociedad la vida del emprendedor se caracteriza por la falta de ocio absoluto y la acción completamente enfocada en la obtención de ganancias económicas y reconocimiento social. En este caso, el pensamiento solo se encuentra presente como esclavo de lo material, es decir, como herramienta que lleva al triunfo económico y social. Por otra parte. La vida ociosa y mediática consiste en puro ocio y puro acto, dado que el presente y la imagen que de él se proyecta es lo único que se considera valioso. «Vivir la vida» queda en este caso  muy lejos de reflexionar sobre ella.

Como podemos apreciar, resulta difícil que las actividades intelectuales que no deriven en un rendimiento económico triunfen en un ecosistema social como el nuestro. El pensamiento es bien esclavo de lo práctico,  bien carece completamente de valor social ninguno.

Si mis argumentos y mis conclusiones parecen poco convincentes,  os invito a investigar sobre aquellos grados universitarios más demandados y, sin duda, descubrirán que precisamente son aquellos que pertenecen a ámbitos de gran valor productivo, como la medicina, la farmacología o las distintas ingenierías. Aquellas disciplinas más teóricas que buscan el saber por el  saber, cómo las matemáticas, la física teórica o las ciencias sociales subsisten básicamente gracias a las subvenciones a fondo perdido por parte del Estado y de distintas asociaciones. Esto en el mejor  de los casos, dado que la mayoría de estudiantes de estos ámbitos se ven obligados a trabajar de algo para lo que no se han formado,  lo que da lugar a una gran tasa de sobrecualificación laboral.

Para finalizar, me gustaría lanzar una pregunta al aire.  ¿Es posible la existencia de la filosofía fuera de una sociedad aristocrática?

Bibliografía

Arendt, H.(2016).Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política.Austral.

Aristóteles(2019).Ética a Nicómaco(Trad.J.Pallí).Editorial Gredos.

Notas


1.Cuando me refiero a los griegos, no me refiero a todas las polis si no a la Atenas clásica que vio nacer la filosofía tal y como la conocemos.
2.Cuando expreso que nuestra sociedad es igualitaria me refiero al menos en cuanto intención aunque no considere que sea así de facto.
3.Las generalizaciones que hago acerca del vulgo griego, las comparativas entre ambas sociedades y demás resúmenes vagos requerirían de ciertas matizaciones imposibles de realizar por motivos de formato.

Artículo de:

Jon Ander Díaz (autor invitado):
Español. Graduado en filosofía y aficionado a escribir.

por autores invitados

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