La pregunta por el servicio de la filosofía no se desgasta, sigue viva como cada una de sus problemáticas ¿Qué hace que nos volvamos a preguntar incesantemente? Una y otra vez ¿Para qué sirve la filosofía? Cada vez que damos respuestas quedamos a merced de las palabras, a merced de lo que ellas nos permitan re-velar, y como “El Pensador” de Rodin, nos vemos haciendo un esfuerzo físico, que ni las palabras logran expresar, nos damos cuenta que hay tanto que decir y tan pocas palabras para explicar, las palabras que nos limitan y nos liberan, que nos alumbran el camino mediante el diá-logo, en donde el logos hace lo suyo y el “día” lo otro.

La filosofía es un viaje de ida y sin vuelta, cuando ingresas en su inspiración solo queda expirar para volver a inspirar, y así se entra en un mundo des-cubierto por el logos de la comprensión, por el logos del sentido, por el logos del necesario ocio que nos inspira. Es en este escenario en donde el filósofo re-presenta lo improductivo de la economía y al mismo tiempo lo necesario para el sentido, en él-filósofo se re-vela el eterno dudar, se re-vela la necesidad de pensar, pero de pensar la realidad desde lo fundamental, desde lo incomprensible y desde lo inconfesable, haciendo del ocio una propiedad de la razón, de la sinrazón, contemplando la totalidad del sinsentido, expresando como respuesta y como pregunta aquello mismo que piensa, se re-vela el pensar del pensar.

La filosofía se adapta, cambia y madura, lo hace en complicidad con la consciencia, lo hace en complicidad con la época, lo hace en complicidad con la existencia, va de la mano con el re-velarse del logos, en donde las palabras también re-velan, también cambian y expresan un suspiro del pensar.

Las palabras nos permiten permanecer, ver, definir y creer, nos permiten hacer de la esencia del ser un sentido de realidad, nos invitan siempre a volver a cuestionar. Las palabras son la esencia y nos dan un sentido de la realidad que nos aqueja, de la realidad que se enreda en el aparecer del ser, de la realidad que se problematiza en el existir.

El filósofo no teme enfrentar el acto de vislumbrar todo, no teme al cuestionamiento de sí mismo, porque el cuestionamiento mueve las palabras, mueve la voluntad y lo mueve a buscar la verdad.  El filósofo se sabe ignorante al estilo Socrático y busca saber más, es consciente de su necesidad y sabe lo que obtiene en el día-logar, es por ello, que busca liberar las palabras para que otros puedan entregar su reflexionar, para que no le teman al filosofar.

El filósofo debe todo su reflexionar a la habitabilidad del logos, y en ese habitar en el logos lo hace ser lo que es, cuestionar lo que cuestiona como también dar sentido y perder el sentido al mismo tiempo. Habitar en el logos le permite comprender su relación con el universo infinito y desconocerlo al mismo tiempo, como también lo hace comprender que aún no comprende nada y que las consecuencias de eso radican en el eterno preguntar, entonces ¿para qué sirve la filosofía?, pues para nada más que pensar, para quebrar nuestra conciencia de voluntad y madurar.

Hoy en nuestra calidad de filósofo nos sujetamos a la trascendencia de las palabras que puedan quedar, que salen de nosotros, pero que van más allá, que buscan llegar a algún lugar, a una conciencia que las pueda cuestionar, porque aquí no hay verdad, es sólo un contemplar.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Lucía Santibañez Salazar (autora invitada):
Licenciada y profesora de Filosofía y Religión del Instituto Regional Federico Errázuriz y Colegio Evelyn’s School. Santa Cruz, Chile.

Síguela en: twitter e instagram

por autores invitados

¿Te gustaría escribir para nosotros? Puedes hacerlo enviando textos de forma esporádica o unirte a nuestro equipo permanente de autores. Para más información, envíanos un mail: contacto[at]filosofiaenlared.com

error: Content is protected !!