A muy temprana edad, Fichte se vio obligado a dar clases particulares para subsistir y poder seguir aprendiendo. Es durante esta época que descubre a Kant y siente una poderosa afinidad con su pensamiento. Su influencia lo lleva a escribir su texto causante de una gran polémica, Ensayo de una crítica a toda revelación, y la necesidad de mostrárselo a Kant lo obliga a viajar desde Suiza a Könisberg. Kant quedó hondamente impresionado por el libro que decidió ayudarlo a publicar desde su propia editorial de manera anónima, por lo que por algún tiempo se creyó que este ensayo pertenecía al mismo Kant.

Posteriormente Fichte se distanció de él y estableció lo que se conoce como Idealismo subjetivo, que toma únicamente al sujeto y no a la relación sujeto-objeto, como en el caso de Kant. Lo que va a desarrollar a través de su pensamiento va siempre con miras a hacer de la filosofía una proposición fundamental, por así decirlo, que sintetice la multiplicidad de conocimientos.  Se va preguntar por el fundamento de toda experiencia y en este sentido, por la libertad y por nuestras capacidades de representación. Es aquí donde va a proponer dos cosas: por un lado, en toda experiencia nos encontramos con una sensación de libertad y de necesidad. Toda experiencia es conciencia de un sujeto respecto a un objeto y dependiendo hacia cuál nos inclinemos como punto de partida tendremos un tipo de filosofía o pensamiento distinto. Si partimos del objeto obtendremos como resultado una filosofía materialista, y si por el contrario tomamos como punto de partida el sujeto tendremos una filosofía meramente idealista. Es hacia esta última donde encontramos el pensamiento fichteano.

De esta manera su idealismo va a tener como elemento esencial la objetivación del Yo como un objeto de introspección, y va tratar de despojar a este Yo de elementos empíricos para dejar así un Yo puro. El optar por este idealismo es fundamental para el individuo si es que quiere alcanzar la libertad. Este idealismo -esta filosofía- es un camino personal , una revelación que cada uno tiene que recorrer y alcanzar por sí mismo.

Aquello que encontramos dentro del sujeto es una especie de actividad y una pasividad que le darán fundamento al propio idealismo. Pero para Fichte el Yo no es una sustancia, sino que es una pura actividad que existe en la medida en que hay una reflexión trascendental, es decir, en la medida en que este Yo es pensado. Ahora bien, el Yo es pensado dialécticamente, es decir, es algo que se pone a sí mismo en el mero hecho de pensarse, y en esta medida se acerca mucho a Descartes en su Cogito ergo sum. Esta idea de que el Yo se pone a sí mismo es el principio de todo conocimiento, sin embargo, a este Yo se opone un no-Yo que se puede entender como la realidad o lo exterior.

Dado que el Yo tiene que construirse como conciencia, en ella misma no pueden existir contradicciones reales, sino sólo aparentes o ilusorias, es bajo este tipo de contradicción que se le presentará el no-Yo. Es de hecho de Fichte de dónde se derivan las nociones de Tesis-Antítesis-Síntesis, y no de Hegel. De manera que para Fichte la dialéctica es una forma en que el Yo se va determinando y construyendo.

Budismo

En el caso del budismo tenemos una tradición completamente distinta de la que proviene Fichte. Edward Conze -considerado un erudito en cuanto al budismo-  lo define como “una forma oriental de espiritualidad”, y en lo personal esta definición me parece mucho más acertada que si identificamos al budismo como una religión.

De manera general podríamos decir que el Yo en la tradición Occidental se entiende como una especie de sustrato sobre el que se sostienen ciertas particularidades. El Yo tiene conciencia de sí mismo en la medida en que se relaciona con otros Yo o objetos y los identifica como no-Yo. En el caso de Fichte, el Yo es producto de la reflexión que hace éste sobre sí mismo, y hay en él una pura actividad. Pone al Yo como sujeto absoluto y como fuente de todo saber y realidad. Pero aparte del Yo hay un no-Yo que aparece como algo ajeno y en contraposición, sin embargo el no-Yo no es más que el Yo, y es por esto que en la medida en que el Yo se contraponga a éste va a determinar así mismo, lo que dará paso a la identidad. Esta identidad surge como resultado del intercambio recíproco con el otro, intercambio que está caracterizado por la negatividad. Mediante la identidad del Yo es por la cual se garantiza la existencia de un mundo o de una afuera si se quiere. Pero este mundo está completamente determinado por el Yo. Sin embargo, de este Yo no puede decirse que sea autónomo, pues todo lo que puede afirmar proviene de sí mismo.

El Yo en el budismo es más que nada una ilusión. El ser humano es considerado como el conjunto de cinco skandhas o montones que son: el cuerpo, los sentimientos, las percepciones, los impulsos y emociones y los actos de conciencia. El sentido de identidad proviene de la creencia errónea por parte de la persona de algo que sobresale por encima de estos 5 agregados. En el budismo -como en Fichte- también encontramos un no-Yo al que los budistas llaman la doctrina del Anatta, pero es completamente distinto al no-Yo fichteano. Esta doctrina defiende que la creencia en un Yo es falsa, y que lo único que provoca esta creación imaginaria de una identidad es sufrimiento. Y quiero poner especial atención en este punto porque en El destino del hombre escrito por Fichte hay un momento clave que nos puede ilustrar con perfecta claridad a lo que se refiere el budismo con el hecho de que que el Yo sólo genera sufrimiento. En este texto Fichte empieza con la siguiente pregunta que se propone responder a lo largo del libro : “¿qué soy yo y cuál es mi destino?”. En este primer apartado que titula como Duda, va a llegar a la conclusión de que es tan sólo una manifestación de la naturaleza completamente determinada, en él acontecen un cúmulo de fuerzas que ocurren de manera necesaria y que no es posible entonces hablar de libertad.

Toda esta angustia ocurre porque hay mucho que el Yo percibe que no puede controlar. 

Esto de entrada se toma como una verdad absoluta en el budismo, y se sintetiza en lo que se conoce como Las 4 Nobles Verdades que son:

  1. La vida es sufrimiento.
  2. La fuente del sufrimiento es el deseo.
  3. El desapego elimina el sufrimiento.
  4. La Noble Verdad consiste en el camino óctuple.

Es decir, que todo sufrimiento proviene de la proclamación del Yo como verdad, como existente. Y hasta este punto es casi imposible que no se nos venga a la mente Platón. Él creía que entre más desapego a lo corporal, más el alma se acercaba a la verdad; muy parecido al budismo también.

Mientras que la verdad en Fichte está contenida en el Yo, la verdad en el budismo se encuentra en la disolución del Yo.

No hay filosofía en Oriente

¿Por qué reflexionar sobre el pensamiento en Occidente y en Oriente? Los contrastes entre ambas culturas son sumamente reveladores.

Recordemos que en Oriente como tal, no podemos hablar de una “filosofía” budista, y de hecho si nos remontamos a textos más antiguos en los que encontramos su fundamento -como los Textos Védicos- podremos darnos cuenta que no hay ninguna palabra que se le asemeje a lo que en Occidente conocemos como “filosofía”.

Esto es importante porque nos señala un aspecto fundamental no sólo de la cultura Oriental, sino del budismo; su pragmatismo. Es decir, no es casualidad que no encontremos una palabra o una concepción que nos refiera específicamente al pensamiento budista, ya que el budismo se centra mucho más en la práctica que en lo que se pueda decir sobre esa práctica.

Y no es como tal que se desprecie el valor de las palabras, sino que éstas deben tener un significado verdaderamente importante. Por ejemplo, el desarrollo espiritual debe ser buscado por cada persona de manera individual mediante distintas prácticas con las que la persona se sienta más afín. Puede ser mediante la meditación, yoga, ayuno, etc. Pero ningún proceso de espiritualidad es lineal, va a haber momentos en que la persona sienta que lo que hace no tiene sentido o que incluso tenga muchas dudas. Aquí es cuando las palabras son verdaderamente útiles, ya que sirven como guía para el desarrollo espiritual.

¿Qué podemos concluir?

Quizá de Oriente debamos tener en mente su carácter pragmático. Siempre es muy enriquecedor contraponer dos pensamientos distintos ya que nos ofrecen distintas perspectivas.

Y la vida se trata de saber situarse bajo distintos escenarios.

Somos lo que pensamos. Todo lo que somos surge de nuestros pensamientos. Con nuestros pensamientos hacemos el mundo

Buda

Imagen | Unpslash

Artículo de:

Aranza Sánchez Romero (autora invitada):
Lic. en Filosofía (Universidad La Salle), maestrante en Psicoanálisis. Le gusta escribir y enseñar, imparte clases de Filosofía y participa activamente en distintos medios digitales para la difusión de la filosofía.

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por autores invitados

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