La soledad existencial y la capacidad de comprender a los demás

¿Cuántas veces, en una conversación con amigos, hemos oído como nos decían: “te comprendo perfectamente, amigo”? Al escuchar estas palabras, nos reconfortamos y nos sentimos conectados con la otra persona. Pensamos y concluimos con alivio: “alguien comprende lo que estoy viviendo”. Sin embargo, todo esto es una ilusión: nadie puede comprender al cien por cien la manera en que nosotros experimentamos las cosas.

La experiencia de cada uno se basa en un “yo” en relación con un mundo. No es posible escapar a esta relación y así lo expone Schopenhauer:

Cada uno está atrapado en su consciencia como en su propia piel, y vive en principio sólo en ella.

Las demás personas forman parte de ese mundo con el que nos relacionamos y nada nos garantiza que sean otros “yos” en relación a ese mismo mundo que sirve de punto de unión. Por supuesto, de forma natural y casi automática asumimos que sí, puesto que se relacionan con nosotros de una manera que invita a pensar que también son otros yo con sus respectivas emociones, pensamientos y expectativas. Este planteamiento de la existencia, que puede no parecer más que un juego filosófico, no resulta nada práctico en nuestro día a día; sin embargo, extiende sus implicaciones hasta limites insospechados, como lo es la experiencia de absoluto aislamiento.

¿Cómo es esto? Si suponemos que los demás “yos” también se relacionan con el mundo de la misma forma que lo hacemos nosotros, estas relaciones son totalmente únicas, subjetivas y singulares. Spinoza lo expresa de esta manera tan prudente:

Hombres distintos pueden ser afectados de distintas maneras por un solo y mismo estímulo.

Esto es algo elemental que muchas veces se pasa por alto pero que es fácilmente comprobable: tomad a un amigo, escuchad una canción juntos o contemplad un paisaje. Ninguno tendrá las mismas impresiones y sensaciones que tiene el otro aunque pueda decirse que están percibiendo el mismo estímulo. De esta manera, nadie percibe el mundo de la misma manera que otra persona. Así lo expresa Schopenhauer:

Cada uno vive en un mundo diferente, y este resulta ser diferente según la diferencia de las cabezas.

Con todo lo expuesto, esta es la idea que resulta: estamos condenados a una soledad existencial insalvable. Por supuesto, bien conocida es la rebeldía del ser humano y ante esta imposibilidad no nos quedamos de brazos cruzados: hablamos, escribimos, creamos arte… Compartimos los detalles que pueblan y dan vida a nuestra experiencia para que así otros puedan llegar a entender parte de ella, aunque jamás logren hacerlo del todo.

Quiero concluir confesando que, con esta condición de la existencia presente, me parece una fortuna el hecho de que de vez en cuando nos encontremos con otros “yos”, otras experiencia singulares –en definitiva: otras personas- que parece que entienden en gran medida cómo nos sentimos y como percibimos el mundo. Creo que es precisamente éste uno de los aprendizajes que es posible extraer de esta contemplación tan pesimista y abrumadora de la existencia. Nos invita a reflexionar sobre nuestras relaciones con los demás y a revalorizarlas. Además, por otro lado, no menos importante, nos recuerda y obliga a ser extremadamente prudentes a la hora de asegurar que conocemos los detalles y motivos que forman parte de la experiencia que otra persona tiene de determinadas situaciones.

Bibliografía

Schopenhauer, A. (2013) Parerga y paralipomena I. Trotta

Schopenhauer, A. (2016) El arte de ser feliz. Herder

Spinoza, B. (2018) Ética. Alianza Editorial

Artículo de:

André Ducrós (autor invitado):

Psicólogo de profesión, filosofo por naturaleza, poeta por supervivencia y existencialista por desesperación. Psicoterapeuta en A Coruña (España) con un Máster en Santiago de Compostela.

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Imagen | Unsplash

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por autores invitados

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