A veces le tenemos pánico al error. Es una realidad, nos aterra y nos hace sentir mal equivocarnos, que algo no salga como queremos, nos es difícil improvisar, aceptar y adaptarnos al cambio. A esto le podemos sumar que en ocasiones somos pesimistas y sobrepensamos mucho las cosas. Esto, sin duda, ha implicado un inconveniente en cierto modo para nuestro avance personal y social.

¿Por qué dejamos que el miedo al cambio nos detenga?

Aprendí que el valor no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. Un hombre valiente no es aquel que no siente miedo, sino el que se sobrepone a él.

Nelson Mandela.

El miedo a la vida y las inseguridades causan una sensación de estancamiento, la cual provoca que cometamos el peor de los errores: no cometer ninguno.

Nada impide más el desarrollo de una vida feliz, que el hecho de no vivir por temor a hacerlo mal. El hecho de pensar tanto y negativamente siempre hace que nos quedemos dentro de la zona de confort.

No hay peor encierro que el que se provoca uno mismo, limitándose a vivir, de modo en que nada nos perturbe el orden que hemos creado para “protegernos” de la equivocación, de las “situaciones incomodas”.

Todos estos muros, construidos para resguardarnos del “error” o incluso de los problemas, son exactamente eso, una barrera que nos aprisiona en un bucle de pensamientos destructivos, donde intentamos convencernos de que es mejor no soñar, no intentar, no salir, porque podría no ser lo que esperamos, podría salir mal, podríamos salir heridos, podríamos llegar a tener que comenzar de nuevo, podría ser que tengamos que enfrentar una situación desagradable, podría ser…

Todos esos podría, esas suposiciones que deseamos que no sucedan, son las causantes de que no suceda nada en absoluto. El hecho de estar pensando y esperando tanto, también causa que, al fin y al cabo, no hagamos nada. En la vida no hay más opción que arriesgarse, arriesgarse a todo, saltar al puto vacío, jugársela.

Arriesgarse a destruir la zona de confort, arriesgarse a salir, a ser sinceros, a expresar nuestros sentimientos, a amar a otro, a que te amen, a ser uno mismo, a equivocarse, arriesgarse a pasarla mal, a sufrir, arriesgarse a divertirse, a hacer el ridículo, a soñar en alto, a ir en busca de lo que queremos, arriesgarse a sentir, a sentirlo todo en su mayor furor posible.

Hay que arriesgarnos, porque no hay nada peor que ser unos sumisos y cobardes ante la vida, desmoronarnos ante el miedo. Arriesgarse es la mejor manera de avanzar, de hecho, la única forma de hacerlo. Vale la pena correr el riesgo, si la recompensa es vivir en serio.

Artículo de:

Belén Romero (autora invitada):

Estudiante de Filosofía en la UBA y creadora de contenido de divulgación, arte y escritura en redes sociales.

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Imagen | Pixabay

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por autores invitados

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