¿Por qué reaccionamos mal a una respuesta honesta? No tengo una respuesta científica, sin embargo, trataré de explicarlo desde cómo lo siento.

De pequeños nos enseñaron a que fuéramos honestos. Y tratamos de serlo la mayor parte del tiempo hasta que por alguna razón encubrimos una verdad o la dijimos de una manera “endulzada” para no herir los sentimientos de la otra persona. Así, poco a poco, comenzamos a crear una “capa” de verdades a medias o de certezas que no son del todo reales para nosotros.

Las respuestas honestas aunque de facto demuestran la realidad (de lo que deseamos o sentimos) no siempre complacen a nuestro interlocutor y es aquí donde surgen esos vacíos, esas dudas o malentendidos. No podemos obviar que sumado a lo anterior la forma de “confesar” una verdad (tonalidad de voz, intención, lenguaje corporal) siempre apoyará la comunicación transmitiendo un mensaje que a priori pudiera interpretarse “ofensivo”. 

Es por eso que deberíamos hacer de la honestidad –y/o la verdad– algo cotidiano, no importa que tan duro o difícil sea. No siempre podemos complacer a los demás. Es cierto, no tenemos el derecho de faltar al respeto a nuestro interlocutor, pero sí tenemos que ser fieles a nosotros, a nuestro sentir. 

La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio.

Cicerón.

Imagen | Pixabay

Artículo de

Eduardo Gómez (autor invitado):
Intento de lingüista y escritor hispanohablante apasionado por la cultura pop. Vive en la frontera entre México y Estados Unidos.

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por autores invitados

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