Una clave universal para el dominio de los pueblos ha sido la manipulación del discurso ético. El bien y el mal, la virtud y la corrupción, se utilizan como armas arrojadizas contra el otro. Quien no se somete a las creencias imperantes, a las del más fuerte, es acusado de algún modo de “inmoralidad” y presentado como una posible amenaza al orden imperante. La moral se reduce así al ethos social (el origen de la palabra “ética”, ese êthos, costumbre o hábito, lo que nos identifica con nuestra tribu, lo que aprendemos de ella). ¿Qué nos lleva a respetar esos “valores”? No es una reflexión ni un sentimiento profundo y personal sobre el bien y el mal; no es un juicio universal basado en la empatía hacia el otro, en el reconocimiento del otro como un semejante a mí. Realmente, lo que mueve a acatar esos valores es la necesidad de aceptación de la tribu. Entendidos así, ¡Cómo no van a ser tan fáciles de manipular! ¡Cómo nos puede extrañar que, cualquier tipo de creencia o ideología, por absurda o inhumana que pueda resultar, triunfe tan fácilmente en cuanto alcanza cierto número de seguidores con cierta capacidad de poder!

En este mundo globalizado, donde las distintas creencias, lejos de tolerarse, luchan por imponerse siempre contra otro, y donde el discurso ético se vende más radical al postor más violento, ¿queda algún resquicio para recuperar algún sentido al ser moral? En nuestra sociedad, sometida más que nunca a una opinión pública que se ha convertido en un verdadero Leviatán, se hace especialmente necesario que desarrollemos la reflexión ética, la educación del individuo en la libertad de pensamiento, porque es en el individuo desde donde se enraíza el sentido del humanismo.

Ortega y Gasset se valió de la riqueza de nuestro idioma para actualizar y revitalizar ese horizonte que, pese a su naturaleza escurridiza a las definiciones, sigue nombrando una esencia íntima del hombre:

Me irrita este vocablo, “moral”. Me irrita porque en su uso y abuso tradicionales se entiende por moral no sé qué añadido de ornamento puesto a la vida y ser de un hombre o de un pueblo. Por eso yo prefiero que el lector lo entienda por lo que significa, no en la contraposición moral-inmoral, sino en el sentido que adquiere cuando de alguien se dice que está desmoralizado. Entonces se advierte que la moral no es una perfomance suplementaria y lujosa que el hombre añade a su ser para obtener un premio, sino que es el ser mismo del hombre cuando está en su propio quicio y vital eficacia. Un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida, y por ello no crea, ni fecunda, ni hincha su destino.1 

La postmodernidad puso en crisis el concepto precisamente por ese uso de la palabra. Se denuncia la verdad misma como una mera apariencia entre muchas, los valores como un arma de opresión contra la voluntad de poder del individuo, aislado de su necesaria ligazón con los demás… Lo positivo es que se rompen ciertas cadenas de sujeción a lo que hoy llamaríamos “políticamente correcto”; se cuestionan creencias anquilosadas, se avanza en la liberación no ya solo del pensamiento sino del sentir propio. La filosofía intentaba devolver al individuo su autonomía frente a la masa, frente a lo establecido. La razón, aun siendo universal, exige el compromiso activo del individuo en ese repensar lo dado.

Pero todo nuevo espíritu, cuando se anquilosa, genera sus propios fantasmas y sus propias cadenas. El volteriano ideal de tolerancia se va a trocar en un terreno abonado para la tiranía de la opinión. Curiosamente, en vez de relativizar nuestras propias creencias, dejamos de buscar una verdad más allá de la creencia de nuestra tribu; mi opinión no necesita ser verdadera, sino tener fuerza bruta con que defenderse. La meta no es comprenderla sino imponerla.

El giro que da aquí Ortega y Gasset no es en realidad sino una recuperación del antiguo sentido que tenía para los griegos. La palabra “ética” tiene un doble origen en el griego. Por un lado, como señalé más arriba, êthos significa costumbre, hábito. Por otro lado, tenemos ēthos, que significa lo propio, designando así igual morada, patria, modo de ser… Aristóteles aprovecha esa doble etimología –en griego, simplemente, esa casi homofonía- para analizar el sentido de lo moral:

“La [virtud] dianoética se origina y crece principalmente por la enseñanza, y por ello requiere experiencia y tiempo; la ética, en cambio, procede de la costumbre, como lo indica el nombre que varía ligeramente del de “costumbre2”.3

Pero, pese a esta profesión del papel de lo aprendido de la costumbre, Aristóteles analiza la virtud como fruto de la razón, consecuencia de la elección del “hombre prudente”. No aparece en él tan ligado el hábito a la mera tradición heredada como al ejercicio constante del individuo en su deliberación de razón práctica. El ethos es ahí comunión con el otro, conciencia de convivencia, de colaboración.

En el fragmento de Ortega y Gasset se siente renacer el daimon socrático, la voz interior que supera las fronteras de lo aprendido. Aquí, la fuerza para labrar nuestra vida, para “salvar nuestra circunstancia”. Ciertamente, frente a la presión social, todos entendemos por verdaderos valores o principios la defensa de algo más universal, que supere los mezquinos localismos; reconocemos como moral aquel que se mantiene en lo justo, venciendo ese parroquialismo que denunciara Adam Smith. Kant entiende como condición sine qua non de la moral su autonomía. Una voluntad libre, una voluntad racional que se entiende propia del individuo. Moral es aquel que no simplemente hace lo que cree que debe hacer, sino que sabe lo que debe hacer sin necesidad de doctrina externa: se lo dice su propia razón.

El individualismo nietzscheano, el daimon interno de Sócrates, la autonomía moral kantiana, el antiparroquialismo de A. Smith… Estos planteamientos, entre los de muchos otros, encuentran un inesperado punto en común: la idea de la moral (mos-moris) o la ética (ethos) revelándose contra su etimología, como una conquista del individuo. Ese es el sentido íntimo recuperado aquí por Ortega y Gasset.

¿Qué nos aporta ese análisis? Recuperar, una vez superada la sujeción al dogma, el espíritu de luchar por lo que sea justo; recuperar nuestra esencia. Sin el sentido del bien y el mal, sin un sentido moral propio, nos sentimos perdidos, porque nada vale. El humanismo carece de sentido cuando al ser humano se le priva de su dimensión moral, de esa capacidad de concebir unos fines hacia los que dirigir su crecimiento.

Nuestro tiempo necesita un nuevo discurso ético. Pero no puede basarse en meros contenidos a aprender –Kant, asumiendo el análisis de Hume, se da cuenta de que la moral no puede formularse sobre la base de creencias o contenidos, sino desde el sentimiento de deber- Necesitamos un vocabulario específico para ello. No unas doctrinas hechas sino unas herramientas para iniciar el diálogo, para comprenderse, no sólo unos a otros sino, sobre todo, cada uno a sí mismo como ser humanamente moral. La moral ha de ayudarnos a ser cada vez más nosotros mismos, a recuperar ese sentido de crecimiento y libertad. Para ello, el individuo debe volver a librarse de la tiranía de las modas y las costumbres. Unas modas y costumbres que ahora se han desgajado de su origen tribal, que se generan desde abismos psicológicos más profundos, más arraigados en el miedo y el desconcierto imperante. Nuestro tiempo nos exige, como individuos y como humanos, combatir un nuevo titán que ha nacido de esa opinión pública cada vez menos humana, más generada desde las redes sociales. Likes, bots, trendings e influencers, estudios de mercado canalizando inquietudes y configurando ideologías ad hoc para la publicidad y el control, ajenas a la intimidad humana. Esa conciencia mecánica que está sustituyendo nuestra conciencia de individuos humanos, nuestra razón práctica, se está forjando no a base de valores sino de intereses. Ahí es donde el individuo debe volver a su propio quicio y recuperar su vital eficacia.

Notas a pie

  1. Ortega y Gasset (1930), “Por qué he escrito “el hombre a la defensiva”. La Nación, 13 de abril .
  2. Aristóteles juega aquí con las dos etimologías griegas de ética: ἔθος (costumbre)y ἦθος (carácter).
  3. Aristóteles. Ética a Nicómaco Libro II, 1103a, 15-25.

Bibliografía

  • Ortega y Gasset (1930), “Por qué he escrito “el hombre a la defensiva”. La Nación, 13 de abril . En Ortega y Gasset (2005). Obras Completas, tomo IV. Madrid, España: Ed. Santillana, pp. 301-306.
  • Aristóteles (1988). Ética a Nicómaco. Madrid, España: Ed. Gredos. p. 158.

Imagen | Montaje de la autora a partir de busto de Alejandro Magno

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por Esther C. García-Tejedor

Doctora en Filosofía (UNED) y Licenciada por la U. Complutense de Madrid. Profesora de Filosofía en Secundaria y en Bachillerato. Coordinadora de la Olimpiada Filosófica de Madrid.

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