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En este año pasado que hace poco despedíamos, se conmemoró el centenario de la desaparición de Benito Pérez Galdós (1843-1920), uno de los mejores escritores del siglo XIX en lengua española y diríase, sin exagerar, que merecidísimamente forma parte de la literatura universal a la misma altura de Dickens o Balzac.

Galdós nació un 10 de mayo de 1843 en Las Palmas de Gran Canaria, concretamente en la localidad de Valsequillo, siendo el benjamín de una familia con diez hijos. Su padre, Sebastián Pérez, era coronel del ejército, mientras que su madre, Dolores Galdós, pertenecía a la alta burguesía de la isla. Gracias a la participación del abuelo y del padre en la guerra de la Independencia (1808-1814), recibieron una encomienda, en una finca llamada Los Lirios en el Monte Lentiscal, donde se dedicaron al cultivo de la uva. La familia tenía un buen nivel de vida gracias a las rentas obtenidas por un negocio de vinos, aunque vivían sin grandes holguras.

Don Benito recibió una educación normal, si bien esmerada y progesista para la época, en su ciudad natal. Pasó una infancia y adolescencia dedicadas al trabajo escolar, donde ya mostró esa sensibilidad que después le caracterizaría como escritor, participando con artículos, pequeños ensayos, dibujos y poemas para la prensa local. Tras este periodo, dejó la isla que le había visto nacer para instalarse en Madrid, con la intención de cursar la carrera de Derecho. A su llegada, se hospedó en una casa desde la cual le quedaba muy cerca tanto el Teatro de la Ópera como el Café Universal, situado en la Puerta del Sol, y la facultad de Letras y de Derecho de la Universidad Central.

El Galdós universitario no fue un gran estudioso, en su primer año de carrera sólo aprobó Derecho Romano. Sin embargo, la universidad supondría un factor fundamental en su vida, por tener como profesores, entre otros, a personajes como Fernando de Castro (1814-1874) y Alfredo Adolfo Camus (1797-1888), ambos seguidores de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), quien, junto con Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), fue de las personalidades que más contribuirían a elevar el nivel sociocultural de la España de la época.

Quizás la faceta periodística de Galdós pase un poco desapercibida pero, durante la primera década de su estancia en Madrid, fue la tarea que con más asiduidad realizó. Contribuiría en numerosas publicaciones, como La Revista Musical, La Nación -donde publicaría una traducción seriada de los The Pickwick Papers de Charles Dickens-, llegando a ser, posteriormente, redactor jefe del diario El Debate y director de la Revista de España.

Otra de las aficiones que practicaba con avidez y disfrutaba sobremanera era la de paseante por las calles de Madrid, donde conoció a la gente y escuchó su manera de hablar, convirtiéndolas en fuente de inspiración para sus novelas y reflejándolas en su obra literaria. Obra, por otro lado, muy prolífica; llegaría a publicar setente y siete obras de ficción, divididas entre Episodios Nacionales (46) y las novelas propiamente dichas (31), algunas de ellas consideradas auténticas obras maestras, como La desheredada (1881), Fortunata y Jacinta (1886-87) y Misericordia (1897). Todas ellas con un marcado sentido humanista.

Y es que, tradicionalmente, el pensamiento español, ha estado marcado por un profundo humanismo que se ha reflejado en la filosofía y en la literatura, pudiéndose decir que el humanismo forma parte de la cultura española. Y Benito Pérez Galdós, no fue ajeno a esa característica cultural de la sociedad en la que le tocó vivir. Analizando su extensísima obra, se puede comprobar cómo Galdós tuvo una enorme habilidad para plasmar la personalidad psicológica de los personajes de sus novelas de forma muy minuciosa, todo ello enmarcado en el realismo que vertebra toda su obra y que refleja, a la perfección, el aspecto histórico y social de la época. Siguiendo las palabras de Ricardo Gullón se podrá resumir todo lo anteriormente dicho:

Galdós está interesado en algo más que los usos y la historia: su mayor pasión es el conocimiento de las almas y siente por ellas una simpatía activa, una atracción estimulante que le incita a seguir con amorosa curiosidad las pasiones reveladoras.1

Galdós tuvo una fabulosa habilidad para mostrar en sus novelas a los más desfavorecidos, a los débiles, aquéllos que habían sido olvidados por la sociedad, por las instituciones, y denunciar su situación, hacer un llamamiento de socorro, de ayuda a esas pobres gentes que luchaban día tras día por la supervivencia.

Pero la obra de Galdós no es un superficial relato social cuajado de personajes. Los textos destilan una profundidad bien meditada donde podemos encontrar la influencia continua de la filosofía; bien directamente en la narración o a través de sus personajes. Y es que Pérez Galdós no se mantuvo ajeno a los movimientos filosóficos de la época. Novelas como El amigo manso, en la que el protagonista, Máximo Manso, es profesor universitario de filosofía; la novela La familia de León Roch, donde León, protagonista de la historia, ingeniero de minas, a quien «la filosofía le trajo un mareo insoportable»; o en Doña Perfecta, en la cual Pepe Rey, ingeniero de caminos, quien «por los estudios de su profesión no había tenido tiempo de leer libros sobre las corrientes filosóficas contemporáneas», plasmarán nítidamente cuáles eran las inquietudes filosóficas de la época.

Pero, ¿cuáles eran los movimientos filosóficos de esa España del siglo XIX, y de los que Pérez Galdós en gran medida tomó parte? Veámoslo hablando de algunas de sus obras.

En la ya mencionada Doña Perfecta, don Benito refleja su conocimiento del positivismo cuando, al hacer una descripción del personaje Pepe Rey, ingeniero, dice lo siguiente:

Hombre de elevadas ideas y de inmenso amor a la Ciencia, hallaba su más puro goce en la observación y estudio de los prodigios con que el genio del siglo sabe cooperar a la cultura y bienestar físico y perfeccionamiento moral del hombre.2

Dicho personaje posee un elevado amor a la ciencia y ciencia es sinónimo de gusto por lo empírico e, incluso, por el utilitarismo. Este afán positivista lleva aparejado al impulso cientifista, la inspiración específica en el evolucionismo de Darwin. El modelo científico será ahora la biología. El interés cientifista del positivismo crece parejo con el rechazo a la metafísica idealista y a cualquier teoría que pueda sustentar una ética fundamental. La moral positiva es más práctica y utilitaria.

Sin embargo, Galdós se acercará a la vida y al hombre porque pretende abarcar su inagotable riqueza y preferirá la plasticidad y la aproximación más que el mero rigor y la exactitud. Por tanto, es más que posible que el autor se acerque al positivismo simplemente por exponer y reflexionar sobre la filosofía del momento.

Don Benito, en su obra, aludirá de un modo más directo al krausismo quizá por la influencia de sus amigos seguidores de esta corriente filosófica. Según numerosos estudiosos, el «krausismo español» fue un movimiento cultural de carácter filosófico que, con una base teórica en el krausismo, estaba inspirado por el espíritu que animó la Revolución de Septiembre de 1868. Entre sus características generales: la defensa de la libertad, espíritu de armonía, culto a la ciencia, afirmación de la razón, pedagogía y religiosidad; actitud, ésta última, que, por otro lado, no le impedía coincidir con el pensamiento liberal de la Revolución de Septiembre de 1869, que proclamaba la libertad de cultos, la ley de matrimonio civil o la ley de libertad de enseñanza.

La filosofía de Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), aspiraba a ser la auténtica continuación del pensamiento de Kant, contra lo que el autor consideraba las falsas interpretaciones de Fichte, Schelling y Hegel. Según Krause, el pensar procede de dos modos: primero, subjetiva o analíticamente, luego, objetiva o sintéticamente. Importante en el pensamiento de Krause, es la idea de la unidad del Espíritu y la Naturaleza en la Humanidad. Ésta se compone de un conjunto de seres que se influyen mutuamente y que se vinculan a Dios, unidad suprema. Las formas de la Humanidad y, principalmente, los distintos periodos históricos por los cuales ésta ha pasado, son diferentes grados de ascensión hacia Dios que encuentra su punto culminante en la «Humanidad racional», en la pura gravitación hacia el supremo Bien.

Krause aplica, sobre todo, su pensamiento fundamental metafísico a la ética y a la filosofía del Derecho. Rechazando decididamente la teoría absolutista del Estado tal como es sustentada por el hegelianismo, Krause acentúa la importancia de las asociaciones llamadas de finalidad universal, como la familia o la nación, frente a las asociaciones limitadas, como la Iglesia o el Estado; pero el verdadero fundamento de la moralidad, el ideal de la Humanidad, se encontrará, no en el dominio de un Estado sobre los restantes, sino en la federación de las asociaciones universales sin sacrificio de su peculiaridad. La meta de todo este proceso será una federación mundial, una Humanidad unida que proporcione a cada uno de sus miembros la participación en la razón suprema y en el Bien.

El Krausismo obtuvo su máxima difusión en España con Julián Sanz del Río, que se había familiarizado en Madrid con las ideas krausistas de Ahrens, y que estudió y adoptó el sistema de Krause durante su estancia en Heidelberg y por el contacto con krausistas de Bélgica. Otro de los krausistas más importantes sería Francisco Giner de los Ríos, de quien, como ya dijimos anteriormente, varios profesores de universidad de Galdós fueron discípulos.

El éxito del krausismo español se debió principalmente a sus principios morales que, en la decadente y corrupta estructura social de la España de mediados del siglo XIX, se presentaba como una tabla de salvación y de apertura a lo europeo y al desarrollo científico. Por tanto, el krausismo español, más que movimiento filosófico, constituyó una actitud ante la vida, ante el individuo, ante la familia o la sociedad.

Consecuencia directa de este pensamiento, fue la fundación de la Institución Libre de Enseñanza por Francisco y Hermenegildo Giner de los Ríos, Salmerón, Azcárate, Costa y otros; llegando a desempeñar un papel esencial en la vida intelectual española, pudiendo ser considerados algunos de sus profesores como sucesores de los krausistas. La Institución Libre de Enseñanza, llevó a cabo una importante labor de renovación y pedagógica sin precedentes en los siglos XIX y XX en España. En sus estatutos, la Institución se declaraba ajena a todo interés religioso, ideología o partido político y proclamaba el derecho a la libertad de cátedra. El objetivo final de sus fundadores era la forja de un hombre íntegro, abierto a todos los ámbitos del saber, mediante una educación moderna encargada de formar minorías intelectualmente despiertas y capaces de elevar el nivel sociocultural del país.

La base teórica del krausismo español era el Ideal de la Humanidad para la vida, de Krause, pero interpretado, traducido y adaptado por Julián Sanz del Río, cuya primera edición data de 1860. Esta obra constituyó el verdadero catecismo del krausismo español. En sus «Mandamientos de la Humanidad», se resumen aquellos ideales y sentimientos con los que después Galdós caracterizará a sus personajes «krausistas». Estos ideales darían lugar, al mismo tiempo, a un examen introspectivo de la realidad española, de proyección eminentemente práctica, tanto en lo religioso como en lo social, analizando las instituciones y destacando sus defectos. Así pues, el Ideal de la Humanidad para la vida, se hace ficción en las novelas de Pérez Galdós.

Por tanto, el krausismo español, si bien es un movimiento filosófico, no puede reducirse a una escuela filosófica. Hay en él muchos elementos del tipo que puede llamarse personal, el cual explica que autores nada krausistas estuvieran muy vinculados con los «institucionalistas» -nombre con que se conocería a los intelectuales relacionados con la Institución Libre de Enseñanza-, incluyendo los más decididamente krausistas de ellos, y que autores que combatieron el krausismo como sistema filosófico -como Menéndez y Pelayo-, manifestaran al mismo tiempo gran respeto por la personalidad e integridad moral de los krausistas.

Este estado de la sociedad española de principios de la Restauración es el que nos describirá Galdos en sus novelas de la primera época. Sus simpatías están con los intelectuales institucionalistas, o sea, los krausistas españoles, pero, como agudo observador, ve la incompatibilidad entre el ideal teórico y la aplicación inmediata en su sociedad actual. De ahí que sus personajes dotados de tal ideal fracasen en el mundo ficticio de la novela.

Así pues, si cualquier ávido lector tenía ya una cita ineludible con nuestro magnífico autor, los aficionados a la filosofía tendrán en Galdós un referente para conocer un periodo de nuestra historia, periodo que estuvo plagado de personajes que, con sus ideas filosóficas, pretendieron hacer un mundo mejor.

Notas al pie.

  1. Gullón, R.: Galdós, novelista moderno. Taurus. Madrid 1987.
  2. Pérez Galdós, B.: Doña Perfecta, Alianza editorial, 1987.

Bibliografía.

  • Gómez-Martínez, J.L. Galdós y el krausismo español. Nueva Revista de Filología Hispánica (1983). The University of Georgia.
  • Pérez Galdós, B. Diez novelas y un discurso. Bibliotheca avrea. Cátedra.
  • Pérez Galdós, B. Doña Perfecta. Alianza editorial.
  • Pérez Galdós, B. Fortunata y Jacinta. Alianza editorial.
  • Gullón, R. Galdós, novelista moderno. Taurus.
  • Krause, C. Chr. F. Ideal de la Humanidad para la vida. Madrid, 1871.
  • Sánchez-Gey Venegas, J. Galdós y la filosofía del siglo XIX. BIBLIOTECA GALDOSIANA.

Imágenes | Wikipedia

Artículo de:

Rubén García Díaz (autor invitado):
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid. Estudiante y apasionado de la Filosofía, de la Literatura, de la Historia, del Arte y de la Cultura en general.

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