Arthur Schopenhauer y la voluntad: una metafísica del “más acá”

Desde los filósofos griegos hasta la modernidad, son incontables los oscuros y difíciles tratados sobre metafísica. Su comprensión es así de difícil debido al propio carácter esencial a esta rama: investigar aquello “más allá de lo físico”.

El término «metafísica» fue utilizado por primera vez para denominar a una obra de Aristóteles. Aunque el término no estaba inicialmente relacionado con el contenido de la obra, el nombre le cayó como anillo al dedo. Y es que la obra aristotélica llamada Metafísica por Andrónico de Rodas, busca investigar sobre la llamada «filosofía primera», el estudio de las cosas primeras, de las causas primeras. Por ello, su nombre resultó más que adecuado, ya que «metafísica» significa, en griego, más allá de la physis, más allá de la física o de la naturaleza.

Aristóteles, al hablar de las causas primeras en este tratado, intenta dilucidar sobre aquellas cosas que están más allá de lo que observamos: la causa originaria de todo lo presente. Y como todo lo presente es lo físico, lo natural, lo determinado, la metafísica se pregunta por lo que hay más allá de lo físico presente ante nosotros.

Dicho esto, podemos ya comprender la oscuridad y dificultad de la rama de la metafísica; y es que hablar de aquello que está más allá de lo que vemos a nuestro alrededor no es tarea sencilla. Dios es, por ejemplo, uno de los objetos de estudio de esta rama: conocer la posibilidad de su existencia, sus características y deseos fueron temas de disputa en la Edad Media. Después, en la Edad Moderna, el objeto de estudio en la metafísica ya no fue únicamente lo que está más allá de la física, sino la posibilidad de conocer un objeto metafísico. Es decir, la pregunta ya no es “¿existe Dios?”, sino “¿podemos siquiera conocer, siendo seres humanos y finitos, la existencia de Dios?”. De esta manera, el camino de la metafísica llega a su fin, como una pretendida ciencia, al toparse con Kant.

Immanuel Kant, el aguafiestas de la metafísica, analiza críticamente las facultades de los seres humanos para conocer cualquier objeto. Según Kant, la única manera de generar conocimiento y hacer ciencia es mediante la experiencia y el uso de nuestras facultades del Entendimiento y de la Razón. ¿Podemos tener experiencia de Dios? La clara respuesta es no, ya que Dios, si existiese, estaría más allá de nuestras facultades finitas humanas. Por lo tanto, para Kant, no podemos afirmar ni negar algo sobre objetos metafísicos como Dios, alma, libertad, etcétera.

Tiempo después, el gran discípulo de Kant, el filósofo Arthur Schopenhauer, adoptaría una parte de la filosofía de su maestro. Para Schopenhauer, en efecto, los supuestos objetos metafísicos que han querido ser objeto de estudio en filosofía están al margen de nuestros sentidos y de nuestra mente. Por lo tanto, lo que se ha predicado de ellos es un conjunto de términos vacíos, sin fundamento intuitivo, sin ser algo que podamos conocer y sentir. Sin embargo, hay algo metafísico que sí está a nuestro alcance. Arthur Schopenhauer elabora una metafísica intuitiva, una metafísica cuyo objeto está más allá de los sentidos y de la mente, pero podemos reconocer en nosotros mismos: la voluntad.

En nosotros encontramos una voluntad y, más allá de pensar, razonar y reflexionar, el ser humano y todo ser existente desea. Esta voluntad que desea no es experimentada por nuestros sentidos ni existe algún concepto que la encierre y determine, sino que, a la inversa, ella lo determina todo.

Somos voluntad en nuestra más íntima esencia, al igual que otros seres vivos y el mundo en general. Es por ello, y muchos aspectos más, que Schopenhauer es tan atractivo y apasionante ante sus lectores: porque conecta con lo más evidente e importante de todo ser vivo, a saber, su voluntad. La voluntad que encontramos en todo lo que nos rodea y en nosotros mismos.

Pero la palabra voluntad, que como una palabra mágica debe develarnos la esencia íntima de aquella cosa en la naturaleza, no es en modo alguno una dimensión desconocida, algo alcanzado mediante silogismos, sino algo conocido inmediatamente y que nos es muy familiar, de suerte que sabemos y comprendemos lo que la voluntad es mejor que cualquier otra cosa, sea la que fuere.1

Es así como Schopenhauer genera una clase de metafísica sin precedentes: sin dogmas, con un objeto que todos podemos intuir y encontrar, una “cosa en sí” al alcance del mundo. Schopenhauer, en lugar de construir una metafísica de lo que está más allá de la física, habla de lo que está más acá de la naturaleza y del mundo. Hace una metafísica sobre aquello que nos es aún más familiar que el mundo de nuestros sentidos y de nuestra razón, es decir, el mundo del deseo. Schopenhauer es el filósofo de lo que está “más acá del mundo”.

Dicha metafísica afirma no únicamente que la voluntad es esencia íntima de los seres humanos, sino del mundo en general. El mundo es voluntad y es una sola. Detallar esto será objeto de otro artículo.

Notas

Schopenhauer, Arthur. 2003, p.200

Bibliografía

Schopenhauer, Arthur. (2003). El mundo como voluntad y representación, volumen I. Distrito Federal: Fondo de Cultura Económica.

Artículo de:

Gerardo López Sotelo (autor invitado):

Licenciado en filosofía, tapatío y con pasión por divulgar el pensamiento filosófico. Marcado por: Immanuel Kant y Arthur Schopenhauer. Disfruta un gran placer en aprender sobre Derecho y Política

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Imágen | Pixabay (modificada por el autor).

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