Hay ciertos debates filosóficos que han sido reabiertos al hilo del estado de alarma requerido por la pandemia actual. Uno de ellos, cuyo brillo se nos ha hecho imposible obviar, es el debate filosófico en torno a la libertad. Si bien este debate titila de forma remota y constante en el cielo humano, no es de extrañar que las personas agudicen su vista y reparen explícitamente en él cuando su normalidad se ve sacudida y les son exigidas ciertas privaciones en pro de un bien mayor y comunitario.

Ahora bien, cualquier persona mínimamente entrenada en el nominalismo reparará en que “libertad” es algo que carece de significado a menos que coloquemos un buen puñado de concreciones alrededor suyo.

La historia del pensamiento está llena (aunque al parecer no saciada) de propuestas sobre lo que el término “libertad” pueda significar. Wikipedia y la RAE, ese conglomerado líder en la producción de sentido común, nos la presentan como la capacidad humana de actuar según la propia voluntad y, también, como la ausencia de coerción externa en general, entre otras significaciones. Si nos dejamos llevar por esta corriente, diremos que la libertad está posibilitada por la existencia del libre albedrío y garantizada (a veces) por la ausencia de límites circunstanciales impuestos a los individuos.

Es precisamente con la Ilustración que se difunde la idea según la cual, desde el espacio irreductible de nuestro libre albedrío, podemos hacer frente a aquellas limitaciones circunstanciales que impiden la expresión de la razón y la libertad. Con la libertad en el corazón y la verdad en la mano parece que pueden derribarse los dogmas y los sistemas de dominación que asolan el planeta. No obstante, el concepto de “libre albedrío” ha sido uno de los más problematizados en la historia de la filosofía, lo cual no extraña si se piensa en la magnitud de sus implicaciones metafísicas, éticas y jurídicas. Por ello la filosofía tiene en su haber multitud de puntos de vista según se adopte y module la postura con respecto al libre albedrío.

Entre el determinismo duro y el completo libertarismo emerge una paleta de grises para pintar al gusto y son pocos los autores y autoras que no hayan mojado ahí sus pinceles.

En los últimos capítulos de la historia de la filosofía (capítulos que han sido llamados, entre otras cosas, postmodernos o postestructuralistas) han surgido nuevas formas de pintar la libertad. Autorxs como Michel Foucault o Judith Butler han venido a cuestionar los términos del debate en torno a la libertad llamando la atención de ciertos continuadores del proyecto moderno e ilustrado. Desde este nuevo punto de vista ya no se trataría de pensar qué tipo de libertad nos gustaría tener o cuál necesitamos para llevar a cabo nuestros proyectos políticos y, asumiendo que es posible, luchar por su expresión sin trabas.

Se trataría más bien de analizar cuidadosamente en qué consiste eso que llamamos libertad y qué es lo que trabaja y funciona por debajo de ella. Analizar cómo se forja el sujeto, su identidad y qué posibilidades reales de agencia política tiene es fundamental para orientar el momento práctico de crítica y lucha.

Si no nos movemos con cuidado, el terreno político puede comportarse como arenas movedizas en las que cuanto más nos intentamos liberar, más presos quedamos.

Es, por tanto, fundamental plantearse: ¿Cómo es posible la libertad tradicionalmente entendida? ¿En qué procesos o mecanismos consiste? ¿Qué tipo de libertad es esa? ¿Dónde, cuándo y quién ha generado ese concepto de libertad? ¿Con qué intenciones? ¿A qué fines ha servido tradicionalmente esa noción de libertad? ¿Se realiza realmente alguna vez una liberación por completo? ¿Es pensable? ¿Ha ocurrido históricamente alguna vez?

Víctor Conejo Abril

Víctor Conejo Abril es profesor del curso de La libertad y sus márgenes: una mirada transversal a la historia de la filosofía.

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por Instituto Europeo de Artes y Humanidades

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