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Una interpretación de los § 43 a 50
sobre la Crítica del Discernimiento (Kritik der Urteilskraft)

1a parte

En palabras de Kant, el arte tendría que ser considerado como un producto realizado por la actividad y/o voluntad libre del hombre. Sin embargo, ¿esto se cumple? En todo caso, podríamos considerar que este producto se da por la libertad de la imaginación, siempre y cuando esta, fuese parte del propio artista.

La imaginación y el entendimiento se encuentran en un libre juego, lo cual debe poder comunicarse universalmente por medio de la complacencia que genera. Visto desde la categoría de relación, lo bello es la forma de la conformidad a fin de un objeto, en tanto se trata de un fin no explicitado.[1]

Immanuel Kant

¿Voluntad libre?

De lo anterior, resulta históricamente visible que el arte no se da por la voluntad libre del artista

[…] sólo debería llamarse arte a la producción mediante libertad, esto es, mediante una voluntad libre que pone a la razón como fundamento de sus acciones.[2]

Immanuel Kant

Al margen de obras realizadas por el puro placer del artista, el arte, lejos de ser dado por la libre voluntad, ha estado sometido históricamente a ataduras como el mecenazgo para sobrevivir.

Fueron los pintores modernos, en opinión de Abril, quienes tomaron el testigo del criticismo kantiano: «los pintores se preocupan como nunca, no ya sólo de pintar, sino de preguntarse lo que deben pintar, qué cosa es la pintura como arte y qué cosa es el arte»[3]

Podemos pensar que los más notables ejemplos de lo anterior ocurrieron en el Renacimiento, periodo en el que a los Medici se les reconoció como los mecenas más importantes en la historia. En tanto, esta tradición continúo en el siglo XVIII, periodo correspondiente a movimientos artísticos como el Rococo, la Ilustración y los principios del Neoclasicismo.

A pesar de que, en efecto, empezó a gestarse un mercado para el arte con sus propias reglas, los trabajos comisionados continuaban dominando la escena y eran los mismos “patrons” (mecenas) quienes decidían para la mayoría de las obras tanto la temática, los materiales, el contenido y los demás requerimientos.

Ejemplo de algunos de los principales mecenas del momento fueron Louis XVIII, Madame de Pompadour, Catalina La Grande y el Vaticano. A estos mecenas “tradicionales” (realeza e iglesia), en el siglo XVIII se suma la aristocracia y se intensifica el componente político y la intensión de mover masas a través del arte.

La Academia

Por su parte, la Academia, fue, de igual forma, pieza clave en la coartada libertad del arte, siendo que, además de instruir, tenía el poder de decidir qué obras, estilos y artistas tendrían la oportunidad de abrirse paso en el mundo artístico; poder que ejercía a través de su proceso de admisión, el forzoso apego a sus reglas y la selección de participantes en sus exhibiciones.

Podemos comprender así, que el arte es, por tanto, el fruto de una actividad racional no objetiva; y en tanto, el arte, si se considerase un producto realizado por voluntad libre, no tiene que determinarse ni de forma epistémica ni moral; y por ello, la intención o el fin de la producción artística no puede ser determinado.

El producto del arte se distingue de la naturaleza, como el hacer del obrar o actuar en general, y el producto o consecuencia del primero, como obra, del segunda, como efecto.[4]

Immanuel Kant

La Naturaleza

Ahora bien, ¿en qué se diferencia el arte con respecto de la naturaleza? La pregunta anterior, podría sugerirse ya que hay objetos en la naturaleza que se pueden considerar arte en sí mismo, y quizá la diferencia podría establecerse a partir de la técnica que el humano utiliza.

El arte como destreza de los seres humanos también se diferencia de la ciencia (poder del saber) como las capacidades prácticas de las teóricas, como la técnica de la teoría (como la agrimensura de la geometría)[5]

Immanuel Kant

Con base en lo anterior, se puede asumir que el arte se distingue de la naturaleza y de la ciencia; de la naturaleza se diferencia en que los productos de ella no son parte de una reflexión propia de la razón. En tanto, la diferencia con la ciencia se encuentra en el aspecto de la reflexión racional epistémica.  

Por tanto, el arte podría pensarse, en efecto, como una facultad práctica, teórica y técnica bajo los preceptos de la propia voluntad libre, y puede representar ideas estéticas.  Por otro lado, la ciencia es, entonces, una facultad teórica que necesita de práctica, teoría y técnica, pero está determinada sin ser ésta realizada por la voluntad libre.

Empero, y si continuamos bajo los preceptos kantianos, el arte acontece así en el ámbito de la libertad, ya que es el artista quien produce la obra bajo los criterios de su propio pensar; a pesar del mecenazgo involucrado; por ende, es todo aquello cuya realidad está precedida por la representación de su creador sin que esto implique que en la representación causal se determine absolutamente lo que el efecto de la obra acontezca.

Lee la segunda parte >>

Notas a pie

[1] Da Silva, José Luís. (2005). Aproximación al concepto de Autonomía en la Tercera Crítica Kantiana. EPISTEME, 25(2), 1-14. Recuperado en 17 de marzo de 2021, de http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0798-43242005000200001&lng=es&tlng=es.

[2] Kant, Immanuel (2003) Crítica del discernimiento. Edición de Roberto R. Aramayo y Salvador Más. Madrid: Machado Libros. p. 268 §43. B174

[3] Sánchez, J. EL CONCEPTO DE AUTONOMÍA DEL ARTE EN LA PRIMERA ÉPOCA DE LA REVISTA DE OCCIDENTE (1923-1936) NORBA, Revista de Arte, ISSN 0213-2214, vol. XXXI (2011) / 89-110

[4] Kant, Immanuel (2003) Crítica del discernimiento. Edición de Roberto R. Aramayo y Salvador Más. Madrid: Machado Libros. p. 268 §43. B174

[5] Ibid. p. 269 §43. B175

Artículo de:

Sofía Alvarado M. (autora invitada):
Mtra. en Filosofía de la Ciencia (UNAM). Estudiante de Griego Moderno en la ENALLT. Especialista en Filosofía de la época moderna y en Historia de la Ciencia.

Imagen | CC

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por autores invitados

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