El presente trabajo tiene carácter pedagógico y pretende una caracterización general del tópico de las falacias tal y como lo expone el célebre divulgador de la lógica Irving Copi. Para ello nos enfocamos en el capítulo que le dedica Copi a tan importante asunto en su libro Introducción a la lógica. El lector no hallará aquí una clasificación de las falacias, como se puede encontrar en manuales sobre el asunto, incluyendo el del propio Copi, mucho menos una exégesis; pero sí, a través de las partes que lo estructuran, encontrará una definición y caracterización de las falacias (y su diferencia con ‘sofisma’) vinculadas con otros procesos lógicos como la definición y la atinencia, por ejemplo, al llegar incluso a insinuar un vínculo con la ética del discurso, punto con el cual se finaliza.

Sobre “sofisma” y “falacia”

Las falacias o sofismas son vicios de razonamiento o argumentación que, bajo el “envoltorio” discursivo aparente de verdad o rectitud lógica, conducen a conclusiones que son falsas. Las falacias se elaboran tan sutilmente que pueden hacerse pasar por formas correctas de razonamiento, cuando en realidad no lo son de acuerdo a las reglas o leyes del razonamiento formal.

Según el tratadista Irving Copi, las falacias se clasifican en dos grandes grupos: “formales” y “no-formales”. Las falacias formales violan la ‘forma’ o estructura del silogismo, además de las 8 reglas del silogismo categórico; Copi profundiza en ellas más adelante en relación con los razonamientos válidos, en el Capítulo VI (VI.4). Las falacias ‘no formales’, a las cuales Copi le brinda mayor espacio de análisis en su texto, son aquellos errores de razonamiento en los que caemos por inadvertencia, impericia o falta de atención en el tema, o bien porque somos recurrentes victimas de alguna ambigüedad en el lenguaje usado para formular los razonamientos.

Pompeyo Ramis (2006: 205) afirma que se incurre en falacias cuando se incumplen algunas de las reglas o principios de la correcta argumentación. En este sentido, es indispensable familiarizarse con su estudio, pues el orador que pretenda persuadir a una persona o grupo, bien sea de forma hablada o escrita, además del ornamento retórico necesario para lograr tal fin, debería de hacerse de un mínimo conocimiento de las reglas o principios generales del razonamiento lógico para no incurrir en falacias y conducir a error, no sólo a él mismo, sino también a sus virtuales audiencias.

Ramis hace una distinción entre los vocablos ‘falacia’ y ‘sofisma’ apelando a una definición nominal que apunta acertadamente a la etimología de dichos términos. Al respecto, afirma que en latín fallacia significa engaño, y en este sentido, quien apela a una falacia de manera deliberada, su pretensión expresa es inducir al engaño o error del receptor o interventor en determinada disputa. ‘Sofisma’, según el autor, tiene que ver con una disposición de ánimo más benigna en donde la real intención del disputante, el cual emplea un pseudorazonamiento, es amplificar o minimizar más de lo estrictamente debido y esencial los rasgos de una proposición verdadera.

A pesar de esta distinción que es menester conocer y advertir en el estudio sistemático de una de las partes más importantes de la lógica formal, Ramis sostiene que el hábito en la preparación de tratados o estudios sobre el tema es orientar a entender dichos vocablos como sinónimos o equivalentes, pues en ambos casos se hace referencia a falsos argumentos. Aunque su caracterización y clasificación no es exhaustiva, al decir del lógico del siglo XIX, August De Morgan, pues “No hay nada similar a una clasificación de las maneras en que los hombres pueden llegar a un error, y cabe dudar de que pueda haber alguna” (Citado por Copi, 1987: 81), la ingente cantidad de estudios arrojados sobre ellas dan a entender claramente a sus interesados que, en definitiva, las que se tienen identificadas comparten rasgos comunes que nos advierten que incurrir en ellas es sumamente perjudicial.

En vista de que, según los rasgos de la definición, es claramente inconveniente incurrir en falacias, pues conlleva al seguro extravío y error en el tratamiento serio y riguroso de cualquier tema en disputa, por ello es conveniente saber por qué se producen o cuáles son sus causas. Evitar tropezar con ellas, al visualizar claramente sus causas y estrategias lógicas para afrontarlas, nos aproxima a la articulación y exposición de un discurso más claro, preciso y coherente.

De antemano hay que decir que, por más avezados que estemos en el estudio de la lógica, esto no es garantía de que en algunos momentos de nuestras vidas, en diversas circunstancias sociales e institucionales, no incurramos en errores de razonamientos formales y no formales. Así como el vacunarnos desde muy niños no es garantía absoluta de no enfermarnos eventualmente con el paso del tiempo, así el estudio disciplinado de la lógica, con todo lo que ello implica, tratados y material especializados, maestros, instructores, constante ejercitación, etc., no es garantía de no “pecar” en errores procedimentales al momento de hilvanar un argumento y de sucumbir ante el error y el desvarío interpretativo.

Pero, de igual forma, así como es indispensable vacunarnos desde chicos para que las enfermedades contra las que nos inmunizamos no se potencien en nuestra vida adulta, llevándonos incluso a una muerte prematura claramente evitable, tal cual es la comprensión de la historia de la lógica, sus marcos conceptuales, técnicas aplicadas y procedimientos en toda la extensión de sus versiones, actualizaciones y en la variedad de sus principios, recursos y esquemas, resulta imprescindible para impedir que arribemos al penoso plano del razonamiento incorrecto. Por ello, Copi, atinadamente advierte que la familiaridad con estos errores y la habilidad para indicarlos y analizarlos pueden impedir que seamos engañados por ellos (los procedimientos incorrectos al razonar).

De nuevo, vale advertir que no existe un recetario que nos libre satisfactoriamente y, en todo momento, de incurrir en las falacias de las modalidades que nos ha presentado Copi. Lo más que podemos hacer es -que ya es un buen logro- familiarizarnos con la mayor cantidad de formas en que se nos pueda presentar, ejercitarnos en su identificación y en el análisis de cómo podemos evitarlas para incurrir en ellas en la menor cantidad de veces posibles, discriminando agudamente también los usos del lenguaje que son empleados según los propósitos que exigen las múltiples y variadas circunstancias de nuestra vida como seres lingüísticos y esencialmente comunicativos.

El mejor consejo que nos da el autor es atender a los usos y funciones del lenguaje para así discernirlos de forma racional con el fin de perfilar nuestra refutación sólo para aquellos casos en donde esté en disputa la verdad de una proposición o un conjunto de ellas. Esta verdad no puede ser psicológica, sino estrictamente lógica, es decir, en donde esté en juego el demostrar la verdad de la conclusión respaldada por un conjunto de premisas que constituyen un argumento. En este sentido, para nada vale la pena y es totalmente in-atinente pronunciarse vehementemente [cometiendo en muchos casos una falacia de ignoratio elenchi] sobre la verdad o falsedad el marco de enunciados con fuerte carga emocional.

Por último, muchos términos con los cuales construimos nuestras proposiciones suelen ser la mayoría de las veces polisémicos y equívocos, portando una variedad de significados diferentes en múltiples contextos. Por ello, y a la manera de Leibniz, Voltaire, etc., lo primero que hay que hacer para no ser víctimas, por ejemplo, de una anfibología o de otro tipo de “falacia verbal o de ambigüedad” [v. gr, equivocación u homonimia y falacia de énfasis] es definir lo más clara y prístinamente posible los términos claves y los sentidos que tendrán en la participación de un cuerpo discursivo más amplio.

Falacia y la definición

En el estudio de la lógica, la definición otrora recurso cognitivo con el que la filosofía socrático-platónica-aristotélica desde entonces aconseja abordar todos sus asuntos claves de la existencia, sobre lo humanos y lo divino es el trasunto fundamental, la columna vertebral, no sólo del tema de las falacias, sino de todo estudio con pretensión seria, rigurosa y sistemática de la lógica. Y ello por una razón que ya asomamos. En una lectura o conversación, a menudo damos con palabras que no nos son familiares y cuyo significado no queda aclarado ni siquiera por contexto lingüístico o social que envuelve a los hablantes. Para comprender lo que se dice, es menester descubrir lo que las palabras significan; es aquí cuando aparece la necesidad de las definiciones. Un propósito de la definición, por ende, es enriquecer el vocabulario de la persona a quien se da la definición.

Otro propósito de la definición es eliminar la ambigüedad. Como ya dijimos, existen falacias de ambigüedad precisamente porque no atestamos de manera explícita a nuestro interlocutor o auditorio el sentido preciso con el cual aspiramos a que un término o vocablo se inserte en la proposición y de suyo otorgue un sentido global. Es harto frecuente que la mayoría de las palabras tienen dos o más significados o sentidos distintos, pero habitualmente esto, per se, no origina mayor inconveniente. Sin embargo, en algunos contextos, no se ve claramente el sentido que se pretende dar a una palabra determinada y por ello, en estos casos, decimos que la palabra es ‘ambigua’.

En este capítulo sobre las falacias, precisamente, Copi analiza los razonamientos incorrectos que resultan del uso inadvertido de términos ambiguos y que, por regla general, se caracterizan como ‘falacias de equívoco’. Tales razonamientos sólo son engañosos si la ambigüedad se cuela inadvertida. Recordemos que el sofista en su afán por persuadir a toda costa, siempre realiza movimientos lingüísticos compensatorios en el momento en que su interlocutor afina su radar lógico. De manera, pues, que, cuando se analiza la ambigüedad, su apariencia persuasiva desaparece y la falacia queda a la vista. Por ello, para disipar la ambigüedad, necesitamos exponer definiciones que expliciten lo más diáfanamente posible los diferentes significados de la palabra o frase ambigua.

El lenguaje no solamente puede llevar a hacer razonamientos falaces, sino que también origina falsas discusiones, es decir, discusiones del tipo en los que se termina por alejarse de la cuestión disputada por no precisar con detalle y precisión el ‘universo del discurso’; el elenco de términos en juego, a cuyos contenidos nos aprestamos a dilucidar. En este sentido, algunos desacuerdos aparentes no corresponden a genuinas diferencias de opinión, sino simplemente a usos diferentes de un término. Allí es donde la ambigüedad de un término clave ha originado una disputa verbal que también, a menudo, podemos poner fin al desacuerdo señalando la ambigüedad.

Logramos esto cuando exponemos las dos definiciones diferentes del término, de modo que puedan distinguirse claramente los dos significados y quede disipada la confusión. Aunque, honestamente, debemos reconocer que sólo en el contexto del discurso escrito es donde se hacen éste tipo de exigencias. Rara vez, en la libre oralidad que signa la vida cotidiana de los hablantes, nos disponemos a dar o exigir una clarificación conceptual de todos los términos o vocablos que intervienen en la articulación de nuestros discursos.

Ya en la antigüedad, Aristóteles había previsto esta diferenciación de contextos en su enjundioso estudio sobre el silogismo (Cf. Analytica priora) donde estipuló que hay que prestar la mayor atención posible a la estructura de un razonamiento, puesto que, aunque en apariencia pueda ser incorrecto, en el fondo resulte lo contrario, sólo que no hemos sido capaces de advertir en el momento una o varias premisas “ocultas” que, debido al entendimiento tácito que surge de una comunidad de hablantes en relación a determinado asunto, han quedado sobreentendidas sin mayor necesidad de explicitarlas en nuestro discurrir. A esto el estagirita lo denominó entimema.

Sin embargo, en el rigor de un debate o disputa donde los litigantes deben dejar asentados explícitamente sus razonamientos por escrito, sin una definición clara y precisa de los términos, tanto generales como concretos, involucrados en un cuerpo de razonamientos de diversa índole, es prácticamente imposible seguir razonablemente el tren secuencial de inferencias de premisas a la conclusión cuya verdad quiere ser defendida y esparcida en su bondad intrínseca. De aquí que Copi aconseje que, para no caer en las “ciénagas del razonamiento incorrecto” se hace urgente, entre otras muy útiles sugerencias, prestar la atención debida al problema de la definición en desarrollo. A todo esto le dedica un esclarecedor capítulo, incluyendo reglas de formación y uso.

Precisamente, al atender la “campanada” de Copi, y para seguir con la síntesis de uno de los temas preferidos de la lógica de todos los tiempos, ya establecida una definición de ‘falacia’, algunas de sus características complementarias y señalado a grosso modo algunos pocos tipos de falacias, adentrémonos, precisamente, a caracterizar en lo esencial el repertorio de falacias que expone Copi en su texto. Podría resultar algo fastidioso repetir exactamente lo que dice el autor, además de que, con toda seguridad, un estudiante se inclinaría en consultar su libro y no este escrito. De manera que, creo, no vale la pena repetir “a pie juntillas” las definiciones de la selección de falacias que él ofrece. Lo que haremos será recapitular las que consideramos más importante por medio de un comentario crítico.

Sobre las falacias y el problema de la “atinencia”

Copi arranca el capítulo dedicado a las falacias bosquejando una sucinta caracterización de las mismas y haciendo un deslinde semántico entre la consideración de ‘falacia’ como “idea equivocada o creencia falsa”, y el sentido más estrecho o técnico de la misma como un tipo de razonamiento incorrecto en su proceder metódico. Subrayamos este cuadro porque las “falacias de atinencia”, que expondremos más adelante, son necesariamente de carácter formal. Que tengan este carácter quiere decir que el estudioso de la lógica debe única y exclusivamente atender a la célebre “forma lógica” del razonamiento, es decir, entresacar de un cuerpo de proposiciones constituyentes de un razonamiento -al decir de Gilbert Ryle (1981: 335-36)-, atender al “esqueleto lógico” de éste.

Por esto es que se llama lógica formal, puesto que su operativa no atiende al contenido y los múltiples significados que virtualmente están involucrados. Y es así como le corresponde a cada una de las ciencias empíricas, además de conocer la lógica de su propia ciencia, saber los métodos y armazón conceptual propia de su dominio epistémico.

De aquí que el lógico, esmerado en el desentrañamiento formal de diferentes discursos, deba advertir tan sui generis y contraintuitiva cualidad1. Si no detecta la “inatinencia” entre las premisas y la verdad de la conclusión que éstas intentan transferirle, entonces muy fácilmente seremos presas de falacias de las más diversas índoles. Ni los lógicos más avezados proponen que un ser humano en plenitud de su facultad racional se percate de todas las posibles falacias que podrían estar inmersas en el marco de los más variados discursos; esto es prácticamente inhumano. Más sí nos advierten que algunos razonamientos sutilmente estructurados –premeditadamente o no- sí son atinentes, quizás no desde un punto de vista formal, pero sí desde un punto de vista psicológico.

Nuestro entendimiento desprevenido puede -y de hecho sucede con mucha frecuencia- estar ante la presencia de una aparente ilación concatenada de determinado discurso oral o escrito, cuando en realidad de verdad no es así. El preludio de estos razonamientos es provechoso, pues la familiaridad con ellos y su comprensión impedirán que seamos engañados por ellos. Estar prevenidos es estar armados de antemano. Copi inicia dicho capítulo con las llamadas ‘falacias no-formales’, las cuales se subdividen en dos grupos: “atinencia” y “ambigüedad”.

Las “falacias de atinencia” son todas aquellas donde las premisas no tienen “atinencia” -o pertinencia- lógica en relación con las conclusiones. Es decir, donde, en palabras sencillas, las premisas hablan de una cosa y la conclusión de otra. Las “no formales” son falacias del tipo que se expresan en el significado o estructura gramatical de vocablos o disposición de estos en el marco de una proposición2. Devienen errores comunes de razonamiento en los cuales sucumbimos por falta de atención en el tema, o bien porque nos engaña alguna ambigüedad en el lenguaje usado para formularlo.

Falacias y ética del discurso

Al margen del texto de Copi y en el transcurso de su lectura nos hemos detenido a pensar sobre un asunto que, por lo menos, en la bibliografía de lógica a nuestro alcance, no aparece explícitamente tratado. El asunto en cuestión es si la lógica tendría algún punto de relación con la ética. Formular una pregunta presupone, ya de algún modo subrepticio, un atisbo de respuesta, y ésta -pienso- la hemos hallado precisamente en el segmento dedicado a las falacias.

Copi sostiene que hay que conocer muy bien sobre las falacias, precisamente para no ser víctimas de sofistas que, en el marco de una discusión racional, pretenden inducirnos a errores y confusiones por medio de la introducción de razonamientos especiosos de procedencia y estructuración dudosa. La más de las veces, “el sofista” quizás no tiene una intención explícita de enredarnos en con un discurso especioso mediante recursos retóricos, resultando psicológicamente benignos los efectos del virtual encuentro dilógico. El resultado puede ser efectivamente una falacia no intencionada, la falacia en la que se incurre sin intención de engañar se denomina paralogismo. Ésta es inconsciente e involuntaria (Lozano, 2007: 192).

En cambio, ‘sofisma’ es un tipo de falacia buscada intencionalmente, es decir, hecha a conciencia. Estas abundan en el discurso ideológico político y el publicitario, pues no es un secreto que políticos, ideólogos y publicistas buscan envolvernos visual y discursivamente para consumir sus propuestas. Con ella se pretende arribar a una conclusión a la que no podríamos llegar por la recta vía del razonamiento lógico. Estas modalidades de ‘falacia’, aunque Copi no lo dice, son harto frecuentes en los razonamientos en la vida cotidiana.

Sin embargo, la que creemos que predomina es la forma de paralogismo. Pero, sean o no buscadas, no dejan de ser errores de lógica formal. Si extrapolamos el principio jurídico de “buena fe”, podemos conjeturar que, a pesar de políticos demagogos y demás estafadores de oficio, la diversidad y cantidad de episodios lingüísticos en una comunidad de hablantes, sociológicamente, no están confeccionados y dirigidos con las más perversas intenciones. Antes bien, como los seres humanos tienden a establecer relaciones simbióticas al disponer del lenguaje como medio, creemos que la honestidad y la cooperación son elementos de una base material más amplia de confianza y reciprocidad.

Sin embargo, hay individuos que, si bien pueden hacer gala de elocuencia mediante finos vericuetos retóricos para persuadir, atenderán a todos los recursos y usos de los que dispone el lenguaje. Buscarán convencer o hacer cambiar de opinión a su contrincante por todos los medios. La atinencia psicológica se confunde con la atinencia lógica, y se explica en algunos casos por el hecho de que el lenguaje es usado tanto expresiva como informativamente para estimular emociones tales como el temor, la hostilidad, la piedad, el entusiasmo o el terror.

Cuando digo ‘todos’ me refiero no sólo a estos usos y funciones del lenguaje, detalladamente expuestos por Copi en su texto, sino también a los recursos que proporciona la propia lógica formal. El sofista, además de su habilidad natural para discurrir, si posee conocimientos sobre lógica, sus principios y leyes, sus reglas de inferencia y las características esenciales que definen a los razonamientos incorrectos, se encuentra en una posición discursiva privilegiada para, cuando así lo decida y sea conducido por motivos, intereses o circunstancias sociales e individuales de índole diversa, aspirar engañar por medio de todo este arsenal de artilugios al más entrenado de los oradores, y las más de las veces, a la masa poco formada y desprevenida.

No es posible que a propósito y con toda consciencia se quebranten las regla de la lógica sin conocerlas previamente. Si ‘aspirar’ implica (=connota) aquí la participación consciente de la voluntad, y si ésta es una de las categorías de la armazón conceptual de la ética como estudio de la moral y sus juicios, entonces estas dos grandes áreas filosóficas sí se encuentran estrechamente vinculadas entre sí, pues hay una inclinación expresa a inducir a engaño, y ésta -creemos- es moralmente censurable.

Con la distinción entre meros paralogismos y sofismas contundentes, fundamentada en la buena o mala fe, puede interesarle al moralista, pero desde el punto de vista lógico, ambas son falacias y, por lo tanto, razonamientos incorrectos. Los sofistas, conscientes de que en contadas ocasiones carecen de la verdad, recurren a formas incorrectas de razonar, aprovechándose de su poder de persuasión que les brinda su habilidad psicolingüística y pragmática.

Menester es reconocer que sofistas hemos sido todos en algún momento. Atiéndase, por ejemplo, al abogado que debe en ocasiones defender causas cuya verdad real conocen de antemano, sin embargo, han de tratar de que se les dé la razón en contra de esa misma verdad. De manera que, así como un abogado debe ser lo suficientemente hábil en el manejo de las falacias para obtener sentencia favorable cuando sabe anticipadamente y de sobra que la verdad no lo ampara en el contexto de un litigio, así otro abogado tendrá que ser igualmente astuto para desenmascarar los sofismas del primero y poder conseguir la verdad y la justicia con razonamientos correctos desde un punto de vista lógico.

Con todo, la pregunta inicial sólo ha sido explicitada en su potencialidad, pero la inquietud se ha agravado. ¿Y si no es realmente reprochable de manera moral la apelación consciente a sofismas? En lo personal, sigo inclinado a pensar que sí, pero ¡audiatur et altera pars! En los intersticios de esta historia no faltó un filósofo que no contra-argumentara: para Schopenhauer, “la dialéctica erística es el arte de discutir, pero discutir de tal manera que se tenga razón tanto lícita como ilícitamente” (1997: 45) [Cursivas mías]. Schopenhauer dixit3.

Notas

[1] Nos referimos de esta manera al tema de la “forma lógica”, puesto que al introducirse en un curso sobre lógica, lo primero que atormenta y no se logra comprender tan fácilmente es el porqué hay que ignorar la materia o contenido empírico de las proposiciones.

[2] También existen las falacias formales. Las falacias se dividen en dos grandes grupos: formales y no formales. Las formales son tratadas en los textos de lógica-matemática y tienen todo un tratamiento metódico con sus propias leyes.

[3] Se invita a leer el “divertido” tratado del autor titulado Dialéctica erística o el arte de tener razón. El arte de tener razón, expuesta en 38 estratagemas. Madrid, Trotta, (1864 [1997]). El libro contiene una serie de apuntes en los que el autor recopiló treinta y ocho “estratagemas”, “ardides” o “trucos dialécticos” -argumentaciones desleales y engañosas- utilizadas en las discusiones cuando uno de los contrincantes desea que prevalezcan sus tesis u opiniones propias sobre las del adversario, aun sabiendo que éstas son absurdas, plausibles o que no lleva razón alguna en el asunto a discutir.

Bibliografía

COPI, Irving (1987) Introducción a la lógica. Buenos Aires, Eudeba.

RAMIS, Pompeyo (2006) Lógica y crítica del discurso. Mérida, Universidad de los Andes, Consejo de Publicaciones, 2006.

RYLE, Gilbert “Argumentos filosóficos” en: AYER, A. (1981) [comp.] El positivismo lógico. Madrid, FCE.

RODRÍGUEZ LOZANO, Hilario (2007) Apuntes prácticos de lógica formal. Caracas, San Pablo.

Artículo de:

Gendrik Moreno (autor invitado):

Oriundo de la ciudad de Maracaibo en Venezuela. Licenciado en Filosofía y Sociología por la Universidad del Zulia. Apasionado de la epistemología, la filosofía del lenguaje, la lingüística, la teoría sociológica y la narrativa (en especial la autobiográfica) el ensayo y la poesía de Hesnór Rivera.

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