La figura mítica de Narciso es el estandarte del siglo XXI, en la cual, reposan las ideas de grandes pensadores como lo son estos dos filósofos franceses: Lipovetsky y Bachelard. Ambos desde sus respectivas ramas de la filosofía, nos presentan a este personaje como un símbolo de belleza pero también de vacuidad.

Con este texto no se pretende comparar ambos pensamientos, sino mostrar dos caras sobre el Narciso que surgió en la mitología griega y que cobró vida para ambos autores de dos maneras distintas.

¿Por qué hasta el día de hoy la figura mitológica sigue saliendo a relucir en los escritos filosóficos? En palabras del filósofo Han:

El mundo mítico está lleno de significado. Los dioses no son otra cosa que portadores eternos de significado que hacen que el mundo sea significativo, que tenga significación y sentido. […] La relación que se narra genera sentido.[1]

La narración mítica lleva consigo la carga significativa, dotando así, al pensamiento de realidad y de profundidad. Donde reside el mito, reside también el sentido.

Narciso en Bachelard

Es por esto por lo que en el texto de Bachelard, Narciso, lejos de mantenerse con su usual característica de perderse en su reflejo, responde a un elemento natural con caracteres oníricos que permiten que el sueño sea el lugar donde se vea inmerso en las profundidades del agua, que es la materia bajo la que se rige. Lo que nos dice en torno a esta imagen psicológica, nos deja claro que el narcicismo no siempre tiene un carácter neurotizante, sino más bien idealizante, que se desempeña como fuente creadora dentro de la estética y la obra literaria.

“Tanta fragilidad y tanta delicadeza, tanta irrealidad empujan a Narciso fuera del presente. La contemplación de Narciso está ligada casi fatalmente a una esperanza. Meditando sobre su belleza, Narciso medita sobre su porvenir”.[2]

De esta manera, Narciso lejos de contemplarse a sí mismo y mantenerse solo en el plano de la vida contemplativa, genera una conciencia que gira en torno a su propia imagen, lo que permite decir a Bachelard que existe un narcicismo cósmico.

Narciso en Lipovetsky

Para este punto, Bachelard ya nos deja en claro que la línea de pensamiento por la cual se desarrolla el narcicismo funciona de la siguiente manera:

“Soy hermoso porque la naturaleza es hermosa, la naturaleza es hermosa porque soy hermoso”.[3]

A la vez que el carácter onírico de Narciso se mantiene en el texto de Bachelard, vemos, por su parte, que en Lipovetsky se le trata al narcicismo como un síntoma surgido de una indiferencia activa por parte de los colectivos, llamándole así narcicismo colectivo a una crisis generalizada en las sociedades burguesas[4]. Donde Bachelard, ve a Narciso como esta criatura que surge dentro de la psique para transformarla en una contemplación sobre su futuro, Lipovetsky lo presenta como la figura de la apatía generalizada pese al sufrimiento que los medios de comunicación exhiben con amplia cobertura. Hay un neonarcicismo, hay una disolución del Yo ante sí mismo. Narciso, nos dirá Lipovetsky, no se queda ante su reflejo, ya no hay imagen sino una eterna búsqueda de Sí Mismo.[5] Encontrándonos así, ante la gran época hedonista y cool a la que tanto criticará Lipovetsky, una cultura atada al narcicismo y sujeta a un Yo vaciado de identidad pero con exceso de atención.

Notas al pie

[1] Han, Byung-Chul. El aroma del tiempo: un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse., p. 29.

[2] Bachelard, Gaston. El agua y los sueños: Ensayo sobre la imaginación de la materia., p. 44.

[3] Ibid., p.45.

[4] Lipovetsky, Gilles. La era del vacío., p. 52.

[5] Ibis., p. 56.

Artículo de:

Brenda Mortara (autora invitada):
Originaria de la Ciudad de México. En trámites para obtener el título de Lic. en Filosofía. Co-creadora del podcast colaborativo Kairós, donde habla de filosofía.

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Imagen | Unsplash

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por autores invitados

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