Todo acto de filosofar entraña en su hacer una concepción de la filosofía, del fin de su práctica y del medio o método por el que se ha de alcanzar ese fin. Al hablar de filosofía me refiero a una actividad o quehacer fundado en la razón, y no al dominio de teorías, textos o autores, por mucho que los méritos del erudito estén fuera de duda.

Ciertamente, el conocimiento de las tradiciones1 filosóficas brinda una riqueza invaluable a nuestro propio quehacer como filósofas,2 pero esto sólo en la medida de que somos capaces de actualizar ese acervo de saberes en función de los problemas vitales que, desde nuestros propios contextos, hemos de enfrentar (Marías, 1981: 9).  

Preguntas como «¿en qué consiste la actividad del filósofo?» ponen a la filosofía en la situación de tener que filosofar acerca de sí misma, lo que se conoce como autorreferencialidad de la filosofía, y que consiste en que ésta ha de dar razón de sí misma: de sus condiciones de posibilidad, sus fines, métodos, problemas, etc. Como nos recuerda Óscar Nudler, la metafilosofía (o filosofía de la filosofía) no es una instancia opcional para el pensamiento filosófico, sino que atañe a la naturaleza de la filosofía el dar cuenta de sí misma (Nudler, 2012: 20).

¿Para qué filósofos?

«¿Cuál es el propósito de la filosofía?» es, posiblemente, uno de los problemas metafilosóficos más recurrentes.

Desde la adolescencia —cuando despertó mi interés por la filosofía— pasando por mis estudios formales en la materia y hasta hoy día, la pregunta que más me han formulado es «¿para qué sirve la filosofía?», o bien la indiscreta variación que reza así: «¿De qué podrías trabajar siendo filósofa?». Hagamos un esfuerzo por ir más allá de la impertinencia, y notemos que detrás de esta última formulación se me ha interrogado por cómo es que la labor de los filósofos contribuye al bien común.

Estas preguntas, que desde cierta perspectiva no pasan de ser meras anécdotas, se vuelven centrales para las filósofas. Tal interrogante ha recibido una variedad de respuestas que incluyen lo epistemológico, lo ético o lo político. Asimismo —¡cómo olvidarlo!—, se ha afirmado, ya sea en forma de elogio o vituperio, que la filosofía es una tarea inútil. Y aquí cabe preguntarse si la inutilidad puede o no prestar, por paradójico que suene, algún servicio indirecto a la humanidad. En mi opinión, sí, y no se trata de un servicio menor. No obstante, esto será materia de futuras colaboraciones.

Según nos cuenta la historia narrada por Occidente, a diferencia de la explicación mítica, que sopesa el mundo en términos de lo dañino o favorable que pueden resultar las fuerzas de la naturaleza para las personas, la actitud filosófica considera que en el mundo, más que poderes, hay cosas que pueden juzgarse, y que esos juicios pueden evaluarse en términos de verdad o falsedad (Marías, 1980: 4). Se reconoce, entonces, la posibilidad de que el pensamiento expresado en aseveraciones se confronte con la naturaleza de las cosas con las que trata de dar cuenta para llevar a cabo la correspondiente valoración.

En este punto, la filosofía encuentra su inspiración en el deseo de verdad. El no saber, cuando se convierte en un problema vital para alguien, insta a esa persona a poner en marcha el pensamiento para que éste vaya en busca de la verdad o de la certidumbre. La verdad, como lo constata la conciencia histórica de nuestro tiempo, nunca será absoluta, puesto que ningún planteamiento, y ni siquiera un sistema completo, es capaz de agotar la realidad, a la que siempre accedemos desde un determinado contexto que limita tanto como ilumina.

Un método más que dudoso

La pregunta por la función de la filosofía nos conduce a otro tema de suma importancia para la metafilosofía: el método, cuyo significado en griego es camino o vía. De la historia de la filosofía occidental, me gustaría recordar el diálogo socrático, que es claramente un método. En este intercambio entre dos o más personas, tiene lugar la refutación. ¿Cómo olvidar la imagen de Sócrates recorriendo Atenas y exhortando a los incautos a que se cuestionara sus ideas acerca de la virtud?

A través de esta vía negativa, los supuestos, las contradicciones e incluso las falsedades de un discurso se hacen patentes. Se trata, pues, de un método que, más que construir, subvierte. Aquí, nuestra avidez por obtener respuestas concluyentes no debe cegarnos ante el valor de un camino que continuamente nos invita a distanciarnos de lo que hemos aceptado como verdadero, respecto del mundo o de nosotros mismos, para examinarlo de forma minuciosa y sosegada. Tarea que se muestra prioritaria si recordamos que es en esas creencias, valores, ideas y conceptos donde cimentamos nuestra vida, condicionando así sus derroteros.

Más aún, el método socrático puede llevarnos a cuestionar los límites y potencialidades de ese interés por encontrar respuestas absolutas e incuestionables. Por un lado, es cierto que nuestra búsqueda de la verdad ha impulsado importantes avances para la humanidad tanto en lo científico y tecnológico como en lo político, pero, en segundo lugar, también hemos conocido los perniciosos efectos de afirmar verdades absolutas.

Ahora bien, el diálogo socrático posee también un aspecto que podríamos calificar de constructivo, en tanto que ese saber que no se sabe, es decir, la conciencia de la propia ignorancia, se convierte en punto de partida para una indagación que “dará a luz” a nuevas ideas. Esto es lo que se conoce como mayéutica.

Último latido

En esta breve reflexión acerca de la filosofía y su método, he querido remontarme a los orígenes de su historia en Grecia, ya que para mí la mayor virtud del filosofar radica justamente en poner en marcha de forma consciente el pensamiento racional.  Me importan menos las respuestas, siempre tentativas y sujetas a un nuevo examen, que el propio ejercicio de la razón, aunque indudablemente la producción de conceptos, ideas, argumentos, etc., es parte fundamental de la labor filosófica.

Aun así, prefiero poner la mira en ese método o vía que impugna y a la vez pare, porque constituye la posibilidad de desarrollar actitudes que en lo personal y colectivo me parecen invaluables y vitales. Entre ellas, el asombro, o extrañamiento de lo que he dado por cierto sin cuestionarlo; el reconocimiento de la ignorancia, o suspensión del juicio, como posibilidad de establecer encuentros francos con la diferencia; el amor por la verdad, que, aunque constantemente parece escurrírseme de las manos, me permite ser más conscientes y responsable de mí y mi entorno, y la capacidad de dialogar, que me obliga a superar mi temor a las confrontaciones y descubrir en ellas el potencial para ampliar mis horizontes.

Notas

  1. Prefiero hablar de tradiciones y no de tradición debido a que no me parece claro que exista un continuidad en el conjunto de problemas, métodos, ideas y prácticas en las diferentes escuelas, ni siquiera acotando el análisis a Occidente.
  2. A lo largo de este texto y de todas mis colaboraciones, usaré en ocasiones el masculino y otras el femenino. Ha de entenderse en ambos casos que las afirmaciones se refieren a todos los géneros, así como a personas no binarias, excepto si se especifica lo contrario.

Referencias

  • _______ (1981). Introducción a la filosofía. Madrid: Alianza.
  • Nudler, Óscar (2012), “Los problemas de la filosofía de la filosofía”, en Filosofía de la filosofía [Óscar Nudler, ed.], Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, 31, Madrid, Trotta/CSIC.

Artículo de:

Mary Carmén Rincón (autora invitada):
Originaria de la Ciudad de México. Estudió Filosofía en la UNAM. Editora e investigadora de textos académicos y de divulgación. Líneas de investigación: filosofía de la religión, metafísica, filosofía política y teoría feminista.

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por autores invitados

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