Finales del siglo II d.c. un hombre yace en su lecho. Su respiración es acompasada, suave, ligera, a veces entrecortada. Su mirada se dirige al techo de la estancia en la que se encuentra. Otras veces mira a su alrededor y le cuesta reconocer los rostros de los que, situados a su vera, lo contemplan con pesar y admiración. Una mano cálida y húmeda se aferra con fuerza a su mano izquierda. Sabe que el final se aproxima. Pero él está tranquilo. Se dirige con la cabeza bien alta al juicio de los justos. Su vida ha sido ejemplar. Gran parte de ésta la ha dedicado a seguir las enseñanzas de un hombre excepcional; diríase que éste ha sido para el yacente como un segundo padre; más incluso. Da gracias a los dioses por haberle permitido conocer la doctrina de ese excepcional hombre, a pesar de no haber compartido espacio y tiempo con semejante ser. Siente cómo el final se aproxima; pero él se alegra; sabe que lo que vendrá a continuación será aún mejor que todo lo vivido hasta ese momento.

Este hombre que vislumbra ya el final del camino, se siente satisfecho; han transcurrido ya bastantes años desde que mandó grabar en un muro de piedra toda la doctrina que conduce a la felicidad; la Felicidad verdadera, la que disfruta el espíritu; lejos de lo material; de lo perecedero; de lo imperfecto. Su ciudad será recordada en la posteridad por su magnífica obra; los descendientes de sus descendientes tendrán marcado el camino a la perfección; no habrá escusas; el que quiera ser feliz sabrá qué dirección tomar. Esa ciudad es Enoanda, en la región de Licia (actual Turquía); su nombre es Diógenes, como el famoso Diógenes de Sinope, o más conocido como el Cínico; aquél que vivió y murió en Atenas varios siglos antes que el protagonista de esta historia.

Año 1840 aprox. de nuestra era un grupo de exploradores ingleses descubre el asentamiento de la antigua ciudad de Enoanda; posteriormente, en el año 1847 se publicaría el primer plano del entorno donde la ciudad se asentaba.

Pero lo mejor estaba por llegar. Corría el año 1884 cuando los yacimientos arqueológicos de la ciudad de Enoanda desvelaron una serie de restos en piedra que contenían inscripciones relacionadas con la filosofía; Marice Holleaux y Pierre Paris, miembros de la Escuela Francesa de Atenas serían los descubridores de esos primeros fragmentos del muro; pero sería en 1895, con la aparición de 88 fragmentos en piedra, unidos a los anteriormente descubiertos, lo que supondría uno de los mayores y más importantes descubrimientos arqueológicos en materia de filosofía, y más concretamente sobre las enseñanzas de Epicuro (ca. 341-270 a.c.).

Pasaron los años y el investigador Martin Ferguson Smith en 1968, centrado en el estudio de las mencionadas inscripciones en piedra descubrió otros 38 fragmentos. Desde 1974 se han sucedido las investigaciones en el entorno de Enoanda apareciendo nuevos fragmentos, uniéndose a los anteriormente encontrados.

Esta es la historia de un hombre que quiso proclamar que la felicidad estaba al alcance de todos. Su nombre era Diógenes de Enoanda. Y para ello, por pura filantropía y amor al prójimo, mandó inscribir en un enorme muro de piedra, un extenso resumen de las enseñanzas de su admirado Epicuro; colocando el muro en mitad de Enoanda, quiso que los viajeros que pasaran por la ciudad y leyesen su mensaje tuviesen una revelación sobre el secreto de la felicidad.

El muro propiamente dicho, tenía unas dimensiones de unos cuatro a cinco metros de altura y más de ochenta metros de largo; fue destruido en la antigüedad y muchos de sus bloques de piedra habían sido dispersados y enterrados.

Pero la importancia del muro es vital puesto que, es la mayor inscripción del mundo griego que se tiene hasta la actualidad. Se calcula que aproximadamente nos ha llegado más o menos un tercio del contenido total de la inscripción del muro. M. Ferguson Smith calcula que el muro contendría unas 25.000 palabras y se han podido editar 212 fragmentos.

La primera edición de esos fragmentos se realizaría por G. Cousin en 1892; posteriormente se han realizado ediciones progresivamente más amplias y sistemáticas.

La inscripción estaba distribuida en varios apartados y en columnas separadas y fáciles de leer. En cuanto a lo que las inscripciones del muro nos decían, parece ser que éstas contenían una parte dedicada a la Física, a continuación, contenía otra dedicada a la Ética, seguidamente otra parte la dedicaba a la vejez, y una última que comprende máximas de Epicuro, así como otros textos de éste como la «Carta a la madre». Otra parte de la inscripción son cartas de Diógenes a diferentes amigos, que incluyen algunas de ellas consejos proselitistas y noticias sobre otros epicúreos. Por otro lado,  esa diversidad de contenidos no nos debe sorprender, puesto que la mezcla de lo personal con lo doctrinal solía ser algo muy propio de los epicúreos, profesando un afectuoso culto a la memoria del maestro y la mutua amistad, y prodigando las cartas y los consejos.

Por todo lo dicho, y debido a la escasez de textos de Epicuro y de su escuela, hizo que este descubrimiento haya tenido un extraordinario valor para conocer más sobre la filosofía del Jardín. Y más aún teniendo en cuenta que Epicuro vivió varios siglos antes que nuestro protagonista; en concreto entre los siglos IV y III antes de nuestra era.

Recordemos que la filosofía de Epicuro, que se oponía a muchas de las ideas fundamentales de los estoicos, platónicos y peripatéticos, partió de una doble necesidad: la de eliminar el temor a los dioses y, la de desprenderse del temor a la muerte. Lo primero lo consigue declarando que los dioses son tan perfectos, que están más allá del alcance del hombre y de su mundo; es decir, los dioses existen, pero son indiferentes a los destinos humanos. En cuanto a lo segundo –el miedo a la muerte–, se hizo célebre su razonamiento que venía a decir que cuando se vive no se tiene sensación de la muerte y que cuando se está muerto no se tiene sensación alguna. Estos son los dos pilares básicos sobre los que se sustenta toda la doctrina epicúrea.

Con esta base ya establecida –no temor a los dioses ni a la muerte–, Epicuro establecerá que el fin de la vida será la vida tranquila, y por eso recomendará, a diferencia de otros filósofos, no ocuparse de la vida política, origen de innumerables sinsabores.

La felicidad, para Epicuro, se consigue cuando se conquista la autarquía y a través de ella, la ataraxia; alcanzando así un estado de ausencia de temor, de dolor, de pena y de preocupación. El sabio debe suprimir todos los obstáculos que se oponen a la felicidad y cultivar todo aquello que, como la amistad, contribuya a aumentarla. Así pues, no se trata de un estado de completa ausencia de afecciones, sino de un estado de posesión de éstas que conduce a la vida dichosa. A tal fin hay que saber cuáles son las verdaderas necesidades del hombre: son solamente las necesidades elementales como comer, beber, tener abrigo, etc. Y aun ellas, deberán ser reducidas a lo indispensable, para que el sabio no se vea inquietado  por los deseos de poseer o de disfrutar de aquello que no tiene y que cuesta esfuerzo e inquietud alcanzar. Se podría, pues, reducir la felicidad al placer. Pero no se trata de un placer exclusivamente «material», como los contrarios al epicureísmo le  han achacado constantemente; se trata más bien de un placer duradero, de índole espiritual, o más concretamente afectiva. Son más bien máximas conducentes a la eliminación de los dolores, el equilibrio perfecto del ánimo, la supresión de la ansiedad y de la turbulencia; la meta última es la serenidad. El sabio no debe pues, suprimir los placeres del gusto, del oído, del tacto, de la vista, sino ordenarlos y, sobre todo, subordinarlos a su bienestar físico y espiritual. La belleza y la virtud, escribió Epicuro, deben ser aceptadas si producen tal serenidad y satisfacción; deben ser eliminadas si no la producen. El placer debe ser conseguido sin que haya ninguna otra afección que compita con él, pues en tal caso no sería placer –es decir serenidad–, sino dolor y pena. El fin al que aspira el sabio es, pues, el placer, pero no un placer equivalente al goce sensual, sino a la salud del cuerpo, acompañada del ejercicio de la mente por medio de la filosofía.

Estos ideales son los que Diógenes de Enoanda quiso dejar plasmados en el muro que ordenó construir, para que así, las generaciones venideras no tuvieran ya ninguna duda de cómo conseguir lo más ansiado que puede desear cualquier persona: la felicidad.  

Para terminar, quisiera hacerlo con uno de los fragmentos del muro que fueron encontrados, que resume muy bien lo dicho hasta ahora y que define a la perfección el pensamiento de la escuela epicúrea:

Hay muchos que buscan la filosofía por el bien de la riqueza y la fama, con el objetivo de procurar éstos ya sea de particulares o de reyes, por lo cual consideran la filosofía como una gran y preciosa posesión.

Bueno, no es con el fin de ganar alguno de los objetivos antes mencionados que hemos emprendido la misma empresa, sino para que podamos disfrutar de la felicidad a través de la consecución del objetivo anhelado por la naturaleza.

La identidad de este objetivo y el modo en que ni la riqueza lo puede proporcionar, ni la fama política, ni el oficio real, ni una vida de lujo y opulentos banquetes, ni placeres amorosos, ni ninguna otra cosa, mientras que solo la filosofía puede asegurarlo: ahora vamos a explicar esto después de haber establecido el asunto ante ti. Porque hemos inscrito esta escritura en público no para nosotros mismos, sino para vosotros, los ciudadanos, para que podamos hacerla disponible a todos de una forma fácilmente accesible sin la instrucción oral. Y … tú…1

Notas al pie

  1. Fragmento nº 29, traducción al castellano del autor basada en la edición en inglés de Martin Ferguson Smith. http://www.epicurus.info/etexts/tei.html

Bibliografía

García Gual, Carlos. El sabio camino hacia la felicidad. Diógenes de Enoanda y el gran mural epicúreo. Ariel filosofía, Editorial Planeta 2016.

Imágenes | Wikipedia 1, 2

Artículo de:

Rubén García Díaz (autor invitado):
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid. Estudiante y apasionado de la Filosofía, de la Literatura, de la Historia, del Arte y de la Cultura en general.

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