Cabeza de cardo, o del porqué no volvemos a ser románticos

El siguiente texto fue galardonado en los Premios Filosofía en la Red como el artículo con más impacto en redes sociales del mes de abril del 2021.

“El problema es que se ha romantizado la violencia en las relaciones sentimentales”. “El cine a romantizado la condición en la cual se presentan los asesinos y violadores como Alex Dellarge o Patrick Bateman”. “Es muy común que los discursos sociales europeos romanticen la condición en la cual se dibujan a los pueblos indígenas”. Es fácil encontrarse con opiniones similares a estas; el crimen de nuestros días es el de llevar a lo «romántico» ciertas nociones; hoy día, en el mejor de los casos, la mejor de las peores atribuciones al romanticismo es aquella que lo retoma como una sarta de cursilerías. ¿Qué es el romanticismo, y por ende, qué es lo romántico y en qué punto su concepto se perdió? El romanticismo, o el arte de volverlo verbo, según los ejemplos dados, pareciera ser la mirada errónea de un acontecimiento en su totalidad, es decir, una mirada parcial y a conveniencia.

Y aunque a primera vista pareciera que se puede negar este tipo de afirmaciones, es pertinente retornar al punto de partida histórico, que irónicamente será un puerto. Johan Gottfried Herder se hizo a la mar el 17 de mayo de 1769[1], se alejó del escritorio y el tintero para conocer ese mundo que no estaba en los libros; no le acompañó ni espada ni cruz, no llevaba ninguna ínfula de conquistador. Se hizo a la mar con el propósito de re-conocer el mundo de re-conocerse; la preocupación por el uno mismo que nos remite a la máxima de Delfos y que en nuestros tiempos lo tenemos más a la mano con el concepto deconstrucción.

Será en estas andanzas en las cuales Herder conocerá a un joven Goethe, a tan solo dos años de salir del puerto, Estrasburgo se volverá la cuna del romanticismo[2]. Claro que para la consolidación de aquello que reconocemos como escuela romántica faltará algún tiempo para que explote de la manera en que es debida con Fichte y Schelling, pero el omphalos romántico se encuentra en Herder y Goethe, ellos ya representaban el Sturm und Drang (Tormenta e ímpetu) que es la característica mayor del romanticismo, la jovialidad que presentan y que se vuelca hacia el arte y la naturaleza, hacia la intuición y los sentimientos que la tradición tanto había dejado a un lado tratando, sobre todo a la poesía, de simple palabrería de ebrios y que de alguna forma recrearon la capacidad creadora del sueño relajador propiciado por el vino y su arte es  por momentos melancólico, aunque no por ello menos maravilloso. Esto es, de manera simple, algo de lo que busca el romanticismo, representado por dos alemanes: un filósofo errante y un híbrido poeta-filósofo. Y a este último los grandes nombres de la historia de la literatura, no sólo alemana, sino universal, le deben bastante: Hölderlin, Arendt, Heine, Salome, Wagner, Shelley, etc. De esta última rescatamos su «Frankenstein, o del nuevo Prometeo»,

Cuando la literatura nos recuerda la figura de Prometeo es siempre con el mismo cuerpo aunque en diferentes vestidos: Hesíodo y Esquilo nos dibujan un ser que reta la autoridad representada por los dioses con el fin de compartir el conocimiento; con Shelley es la creatura que pide cuentas a su padre y le cuestiona su condición de abandono; en medio de estas dos, como si se tratase de una forma de tránsito entre ambas, se encuentra el de Goethe, aquel que sigue retando a la autoridad divina, pero ahora, opta por crear a otros como él: los mortales.

Hier sitz ‘ich, forme Menschen
Nach meinem Bilde,
Ein Geschlecht, das mir gleich sei,
Zu leiden, zu weinen,
Zu genießen und zu freuen sich,
Und dein nicht zu achten,
Wie ich![3]

Aquí me siento,
formando mortales a mi imagen;
Una raza parecida a mí,
para sufrir, para llorar,
para disfrutar, para alegrarse,
y para despreciarte,
como yo!

Trad. del autor

Somos seres duales, no sólo somos seres capaces de alegrarnos, de crear vacunas para combatir virus, de orbitar el planeta; también, como especie, hemos otorgado asesinos, violadores, pederastas y demás, que para tranquilizar la conciencia y distinguirnos de ellos los catalogamos como actos monstruosos. La divina razón también creó cámaras de gas y ha llevado a planificar de la manera más metódica atentados terroristas, secuestros, bombas y un largo etcétera. Es esa razón a la cual Herder atacó, no únicamente se es «malo» por ignorancia ni solamente se acude a lo bueno porque esto sea bello o verdadero. Ya al inicio del mismo poema de Goethe, Prometeo reclama a Zeus el sólo quedarse con las cabezas de los cardos que corta un infante; el cardo es una planta que rara vez da una flor y que sus hojas y tallos se encuentran espinas; esto, dentro del análisis que se está presentando del romanticismo, da la razón a las opiniones que se presentaron al inicio: únicamente nos quedamos con las cabezas de los cardos, con «lo bonito».

Uno de los conceptos que llaman mayormente la atención del romanticismo es el de historia, la cual se retoma como el desarrollo de la razón como procesos que deben tomarse como necesarios. Es en esta idea, que diversos autores tendrán la intención de regresar a ciertos valores anteriores, el romanticismo, como se ha descrito más arriba, es sentimental y es en ese sentimentalismo que se forma un pensamiento torpe pero peligroso: «Todo tiempo pasado fue mejor». «¡Ah! Como desearía vivir en la Francia de los 20´s.» «Me hubiese gustado recorrer las calles de la Hélade para toparme con Sócrates». Se tiende a ver al pasado como si este se tratase del Edén o los campo Elíseos, pero esta utopía, en el sentido estricto de la palabra, debemos reconocerla según la metáfora provista: una cabeza de cardo.

Regresar a un estado primigenio o natural, es el aporte que legó Rousseau al romanticismo, esta parcialidad histórica y con aire cuasi cristiano, donde todos nuestros anhelos deben estar dirigidos a la búsqueda de una condición previa, en algún momento el humano se descarrió y debemos redirigirlo. Para su momento histórico en el cual aún no existe como tal una Alemania, estos discursos que buscan anhelantemente unidad son la respuesta, el romanticismo es la fórmula que lleva el enunciado de la verdad, he incluso para aquellos a quienes esto les huele demasiado a cristianismo no dejan de ser románticos, por mucho que el título les pese, y se habla específicamente de Nietzsche:

“Acaso yo conozca a los alemanes, acaso precisamente a mí me sea lícito decirles unas cuantas verdes. La nueva Alemania representa una gran cantidad de capacidades heredadas y adquiridas, de modo que durante algún tiempo les es lícito incluso gastar con prodigalidad el tesoro de fuerza acumulado. No es una cultura elevada la que con esa Alemania ha alcanzado el dominio, y aún menos un gusto delicado, una aristocrática «belleza» de los instintos; pero sí virtudes más viriles que las que ningún otro país de Europa puede exhibir.”[4]

¿Acaso la Alemania que busca Nietzsche no es helénica? ¿Acaso no cambia a Cristo por Dioniso en su ideal romántico? ¿Acaso no su Alemania, y la de Marx y la de Fichte y la de Schelling y demás, de gustos heredados y adquiridos busca algo que en algún momento perdieron y que fundamenta sus planes de nación? De las problemáticas surgidas de ideales nacionalistas que casi siempre terminan en fascismo no pienso ahondar en estas líneas; pero dicho lo anterior es momento que se camine al borde del error de otros románticos.

La génesis romántica que plantearon tanto Herder como Goethe en algún momento se perdió, se tomaron solo los cardos, y así como en el pasado la tradición alejó el arte y el sentimiento del quehacer de la filosofía, los románticos alejaron el contexto histórico en sus anhelos y visualizaciones del pasado. El romanticismo se volvió, como toda palabra con ese sufijo, en algo de corte excluyente; es decir, un determinismo. Debemos dar razón entonces a quienes promueven opiniones como las antes descritas pues sí, considerar a algo a conveniencia y según los intereses de un discurso puede verbalizarse como romantizar.

¿Volver a ser románticos? Frente a esta pregunta se debería plantear otra ¿Cuándo dejó la juventud de serlo una vez pasado el siglo XIX? El espíritu joven, tal vez espíritu de Prometeo, sea el de Shelley o cualquier otro, representa la actitud retadora a la autoridad que no recoge cardos, que se levanta a ratos del escritorio para re-conocer el mundo, que mira al pasado en su totalidad para retraer lo pertinente y cuidándose de las fallas, andante pues, con un pie en el pasado, el cuerpo en el presente y el otro pie rumbo al futuro. La persona romántica no encuentra una trinchera, sino muchas para llevar a cabo su lucha, el arte y la naturaleza como los primeros lo hicieron, pero también encontró después la huelga, la protesta callejera, el podcast, etc. El espíritu romántico sigue navegando, pero sus adeptos tienden fácilmente a focalizar un norte parcializado, excluir en pro de enunciados supremacistas: ilustrados, superhombres, razas cósmicas, el partido político correcto. El principal problema del romanticismo es encontrarnos cuando somos jóvenes y entonces, como describió el poema, recoger cabezas de cardos para Zeus.

Notas al pie

[1] Cfr. Rüdinger S. (2009). Romanticismo, una odisea del espíritu alemán. Barcelona. Tusquets

[2] Cfr. Op. Cit.

[3] Goethe J.(1988) Gedichte. Berlín. Tübingen

[4] Nietzsche F. (2013). Crepúsculo de los ídolos. Madrid. Alianza

Bibliografía

Goethe J.(1988) Gedichte. Berlín. Tübingen

Nietzsche F. (2013). Crepúsculo de los ídolos. Madrid. Alianza

Rüdinger S. (2009). Romanticismo, una odisea del espíritu alemán. Barcelona. Tusquets

Artículo de:

Alex Rivera (autor invitado):
Lic. en filosofía por la UAE, cofundador del podcast ahí les va la res extensa. Actualmente, imparte clases de lógica en preparatoria, miembro del Colegio Profesional de la COMEFI.

Imagen | Pixabay

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