¿Desde cuándo sueña el ser humano con el conocimiento? ¿En qué medida lo teme? ¿No fue ese el pecado que nos expulsó del paraíso, comer del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal? Aristóteles nos ofreció ya este planteamiento cuando se preguntaba qué era y cómo surge del ser humano lo que él llamó la filosofía primera, como cúspide de todo el camino de búsqueda del saber:

Los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la admiración (…). De suerte que, si filosofaron para huir de la ignorancia, es claro que buscaban el saber en vistas del conocimiento, y no por alguna utilidad. Y así lo atestigua lo ocurrido. Pues esta disciplina comenzó a buscarse cuando ya existían todas las cosas necesarias y las relativas al descanso y al ornato de la vida.

Aristóteles, Metafísica, 982b

Un planteamiento puro, desasido de interés; pues en Platón, gran amante del término y de su poder, la filosofía es, al fin y al cabo, un instrumento de salvación. Pero Aristóteles, no creyente en ninguna otra vida después de esta, se hace eco de su propia admiración por esta humana admiración ante el mundo, por esta aspiración al saber, buscando un porqué pero sin especular para qué.

Conocerlo todo; dominar los secretos del universo. Es un sueño tan deseado como temido; una pulsión hacia el mundo que nos empuja a lo desconocido, pulsión enigmática y mitificada en esa caja de Pandora. El miedo al conocimiento es en realidad el miedo a lo desconocido: el ser humano se encuentra en un mundo del que depende, cuyas fuerzas necesita que le sean favorables; y para apelar a ellas comienza por personalizarlas.

La Edad Moderna se inaugura con el gran proyecto de encontrar el método para alcanzar el conocimiento universal. El racionalismo, especialmente, aspiraba a esa Scientia Universalis: el conocimiento universal, absoluto, sobre todas las cosas. Los primeros artífices de la búsqueda del método se centraban en localizar las fuentes de error. Descartes y Bacon, considerados los padres del racionalismo y el empirismo, respectivamente, parten de una ruptura con la tradición y emprenden esa búsqueda intentando trazar el camino (metá-hodós) que pueda llevar a él. En una carta a su amigo, el filósofo y matemático Mersenne, Descartes escribió sobre “el proyecto de una ciencia universal que permita elevar nuestra naturaleza a su más alto grado de perfección[1]. En esa misma carta declara que “en lugar de la filosofía especulativa que se enseña en las escuelas, se puede encontrar una filosofía eminentemente práctica” con la cual “nos constituiríamos en señores y poseedores de la Naturaleza”. Bacon se propuso también desarrollar una filosofía de la naturaleza que permitiera al hombre dominarla, diseñando un método que aunaba experiencia y razón. Pero ¿es esto una prueba de sumisión del saber al pragmatismo? ¿Qué sentido tiene el sentirse “señores y poseedores de la Naturaleza?” Esa ambición va más allá de lo necesario para el sustento, el descanso y el ornato de la vida, como observó Aristóteles. No es un deseo de satisfacer nuestra naturaleza, sino de trascenderla. “Es, pues, evidente que no las buscamos por ninguna otra utilidad, sino que, así como llamamos hombre libre al que es para sí mismo y no para otro, así consideramos a ésta como la única ciencia libre, pues ésta sola es para sí misma” (Aristóteles, Metafísica, 982b).

Los límites a estas aspiraciones pronto fueron trazados primero por los empiristas y después por Kant. Respecto a los empiristas –con Hume como máximo exponente-, demarcan que, en la medida en que el conocimiento quede limitado por las impresiones, éste siempre será relativo y determinado por los sentidos. En cuanto a Kant, éste le trazó límites a la razón misma. Ese límite estaba en la estructura de nuestra mente, que nos da siempre un mundo para nosotros, no el mundo en sí. En su intento por asentar la validez universal de la ciencia, aunque sea dentro de unos límites, Kant abrió las puertas de una profunda herida en el alma: la desesperanza ante el conocimiento.

Porque la postmodernidad ha significado, más que nada, desesperanza. Por supuesto, también rebeldía. Y denuncia de un dogmatismo manipulador que mantenía al hombre atado a las cadenas del dogmatismo, de la imposición externa, de un mundo ya hecho. La creatividad, la libertad, tenían que desatarse de esas cadenas para dejar al alma humana navegar libre en su propio mar interior. Pero un mar sin horizonte acaba por paralizar.

Y así estamos ante el conocimiento. El conocimiento no es solo lo que ahora es la ciencia; ese terreno preciso y precavido de observación y manejo de la naturaleza; de avance cauteloso, inquisitivo y siempre abierto a revisión. El conocimiento también lo es de nuestras emociones, de los valores, del bien y del mal. La muerte de Dios dejó al ser humano sumido en la angustia existencialista. Porque –Dostoievsky dixit- si Dios no existe, todo está permitido. ¿Acaso no comimos el fruto de la Ciencia del Bien y del Mal? ¿Por qué estamos, entonces, desnudos de valores?

La liberación no ha terminado. Quizá hay que liberarse también de la creencia en que, si ya no hay verdad asequible para mí, ya no hay verdad. Ese es uno de los males de nuestro tiempo, expuesto por Zygmunt Bauman:

Es difícil concebir una cultura indiferente a la eternidad, que rechaza lo durable. Es igualmente difícil concebir una moralidad indiferente a las consecuencias de las acciones humanas, que rechaza la responsabilidad por los efectos que esas acciones puedan ejercer sobre otros. El advenimiento de la instantaneidad lleva a la cultura y a la ética humanas a un territorio inexplorado, donde la mayoría de los hábitos aprendidos para enfrentar la vida han perdido toda utilidad y sentido.

(Bauman, 2003)

Superar relativismos y escepticismos es quizá la tarea que nos toca asumir en nuestro tiempo. Hay que volver a navegar hacia Ítaca. Pero sin desaprender lo aprendido; sabiendo que la verdad tiene muchos rostros y muchas dimensiones. Sabiendo que quizá sólo viviremos una de ellas, pero siempre desde el saber respetar la dignidad y la felicidad de cada ser pensante, las emociones de cada ser sintiente. Quizá poco podemos saber salvo aprender a concretar en nuestro momento, en nuestras vidas concretas, lo que en ellas signifique el bien o la verdad. Como dijo A. Machado: “tu verdad no, la verdad. Vamos juntos a buscarla. La tuya, guárdatela”.

Notas al pie

[1] Carta a Mersenne, marzo de 1636, antecediendo a la publicación, en 1637, del Discurso del método.

Bibliografía

Aristóteles. (2000). Metafísica. Madrid: Gredos.

Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. México: Fondo de Cultura Económica.

Imagen | Miniature by Johan Perrèal, Court painter to Margaret of Austria, 1516. París, Musèe Marmottan. Imagen tomada de Alchemy & Myisticism Postcard Book. (colección de postales) Taschen Products, Copyright: 1996. Benedickt Taschen Verlag.

Artículo de:

Esther C. García-Tejedor (autora invitada)
Doctora en Filosofía (UNED) y Licenciada por la U. Complutense de Madrid. Profesora de Filosofía en Secundaria y en Bachillerato.

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por autores invitados

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