Escribir de mística en el siglo XXI es un acto subversivo y contracultural. Como casi todo lo que plantea Rafael Narbona en sus textos, Peregrinos del absoluto (publicado por la editorial Taugenit  en 2020) es un libro  profundo, para leer despacio. El planteamiento parte en la introducción con la metáfora de la luz, tan propia del lenguaje de la mística: «La llama mística sigue viva en la época del eclipse de Dios» (p.15) y la definición de Wittgenstein de la mística: «lo místico es que el mundo exista» (p.15). Para colocarnos ante la pertinencia y la actualidad de la pregunta por el absoluto que, de alguna forma, se redefine como experiencia universal transmitida literariamente.

Rafael Narbona inicia un recorrido de doce autores al estilo de los profesores de Historia de la Filosofía: encarnándose en cada uno de ellos, transmitiendo sus experiencias con el lenguaje propio de cada uno de ellos y logrando que el lector llegue a identificarse con cada uno de los peregrinos del absoluto.

Autores anteriores al siglo XX

El camino comienza con Teresa de Jesús y Juan de la Cruz: maestros de la mística cristiana castellana del siglo XVI. En Teresa, la alteridad radical de su búsqueda es vivida con padecimiento, con éxtasis espiritual; pero también con radical felicidad de quien se sabe en unión con el Misterio. La lírica mística, rica en simbolismo, es escrita de forma vertiginosa y como respuesta a la necesidad de expresar, de objetivar, algo vivido en la intimidad.

Juan de la Cruz se siente desamparado. En él no hay visiones ni éxtasis, tan sólo silencio, intuiciones. Soledad. La vivencia de la contradicción entre luz-oscuridad, decir-no decir. No se limitaba a recitar oraciones, sino que buscaba y buscaba en su interior. La mística de la noche oscura nos conduce por analogía, entre versos, por el camino de la sencillez hecha mística. 

La peregrinación continúa con Blaise Pascal, el filósofo y científico que supo poner el corazón incluso por encima de sus pensamientos para poder dar un vuelco a su vida. En Pascal encontramos «un camino accesible para todos los hombres» (p.73); pues todos podemos sentir a Dios. Si miramos nuestro interior sabremos que «nuestro destino es la eternidad». (p.73)

Algo similar sucedió con el artista William Blake a quien la imaginación no le permitía distinguir entre pintura, poesía y espiritualidad. Su camino es más gnóstico que filosófico. Invoca el poder del arte frente a la parálisis que produce la razón. No es posible encerrar en un sistema conceptual los infinitos mundos que se producen abrirse a la imaginación. Por eso, no tiene sentido la contención, más bien al contrario, llenar de experiencias la propia vida.

La búsqueda de la trascendencia es una constante que va más allá de la propia razón y en Søren Kierkegaard esa búsqueda es realizada desde de la radical libertad, aunque ser consciente de tal libertad nos llena de angustia. «La fe es un escándalo para la razón. Creer es un milagro» (p.99). Por eso, hemos de aceptar con resignación la respuesta religiosa como única forma de superar la angustia.

Autores del siglo XX

No obstante, esta búsqueda es un camino que se instala en la duda con Miguel de Unamuno, con la voluntad como única certeza. Querer creer. Imposible de calificar, de etiquetar en las diversas tradiciones religiosas. Unamuno decide soportar el peso de la duda sin renunciar a Dios. 

Por otro lado, queda la oscuridad. ¿Cómo sentir entonces la proximidad de lo divino? Rainer Maria Rilke nos lleva de la mano, verso a verso, en la búsqueda de algo superior al propio yo; aunque se instale en la noche y apenas pueda avanzar a tientas. Un Dios tímido y vulnerable que acoge la fragilidad del poeta.

En esa oscuridad emerge la figura de Georges Bataille que renunciaba a la categoría de filósofo. En su demoledora lógica de la transgresión, anhela la unión con el ser en una danza de destrucción y embriaguez; como si fuese un alumno aventajado de Sade. La experiencia religiosa sin Dios.

Pero al desencanto del mundo Simone Weill le añade la pasión amorosa, amor fati, hecha experiencia. Weill vive la vida a bocanadas, arrojada por entero a la búsqueda de lo sagrado con un proyecto de vida auténtico, sin medias tintas. Una vida de acción y perspicacia, de compromiso y lucidez, en la búsqueda de la verdad. Apertura infinita en el reconocimiento de Dios.

Sin embargo, Emile M. Cioran vive apresado por el desengaño, en la mediocridad y en la contradicción. Chapotea en un nihilismo sin remisión. ¿Puede ser la exaltación de la nada una búsqueda mística? «La nada es el todo, la fuerza superior que ahoga todos los absolutos» (p.168). Extrae la belleza de la amargura y explora todas las posibilidades de la propia nada. Porque no todos los místicos creen en Dios.

El peregrinaje hacia el absoluto de Etty Hilesum no ha sido destacado suficientemente por quienes han glosado el libro de Rafael Narbona. Etty vive el horror del nazismo y ella misma escribirá sus últimos años de vida en el campo de concentración de Auschwitz en sus diarios. En este contexto, sorprende encontrarnos con la alegría. La mística de la interioridad que encuentra en la compañía íntima de Dios la alegría serena y profunda. Etty sabe que Dios no es un mago a quien exigir un truco, un milagro, final. A Dios no se le pueden pedir cuentas por Auschwitz; porque Dios está sufriente en cada ajusticiado. 

Finalmente, Thomas Merton se nos muestra como un monje posmoderno (si es que eso existe) que ha explorado los caminos de la contemplación en diálogo con las nuevas realidades culturales: la feminidad, la espiritualidad oriental… para contemplar el rostro de Dios hay múltiples caminos de peregrinaje; pero de nuevo volvemos al final del libro, a la soledad, al trabajo, a la escucha, al vacío, al silencio.

Conclusión

La selección de autores que ha hecho Rafael Narbona en esta obra es evidentemente incompleta, pero es suficientemente representativa para poner de manifiesto la vigencia y la actualidad de la experiencia mística. La redefinición de la mística que propone el autor en este ensayo ayudará a comprender la necesidad de recorrer caminos que nos trasciendan. En ese personalísimo camino cada persona sacia su sed de absoluto, bebiendo de los más diversos manantiales de la vida; pero todo el mundo tiene sed.

Artículo de:

Javier Palacios (autor invitado):
Lic. en Filosofía por la Universidad de Valladolid y diplomado en Ciencias Religiosas por Facultad de Teología del Norte de España. Experto en Educación de la Interioridad por CSEU La Salle Aravaca. Ejerce como profesor de Secundaria y Bachillerato y como formador de profesores.

Imagen | Pixabay

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por autores invitados

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