El fanatismo por la música es un fenómeno múltiple cuyas aristas pueden comprenderse desde diferentes perspectivas: psicológica, sociológica, filosófica, musicológica o antropológica, aunque ellas carezcan de sentido a la hora de describir cómo uno, personalmente, siente la música cuando la escucha. El siguiente análisis parte de mi trayectoria como aficionado y trabajador de la música.

En mi historia de vida incorporé prácticas, esquemas, sentires, orientaciones, saberes y cosmovisiones musicales que han afectado mi biografía y forma de interpretar el mundo. En estas páginas introductorias elaboro una descripción densa de mi marco de interpretación musical, que inicia con las primeras canciones de mi infancia y continúa con mi escucha en la adolescencia y adultez emergente. Esta autoetnografía persigue el objetivo de conocer de qué manera se siente la música de elección a través del cuerpo, la memoria y los sentimientos.

Experiencias con la música
a lo largo de mi trayectoria

Las primeras experiencias sonoras que tuve se remontan a mi infancia, cuando escuchaba las bandas sonoras de películas taquilleras distribuidas por Disney: El Rey León (1994), Aladdín (1993) y El Jorobado de Notre Dame (1996).

Recuerdo estar, con tres años de edad, en el living de la casa de mi padre, ubicada en el barrio porteño de Flores, saltando con alegría y felicidad cada vez que sonaban temas musicales como Sueña, Hakuna Matata y Un Mundo Ideal. A su vez, un sentimiento sufriente me invadía al escuchar ciertas melodías que acompañaban una escena peligrosa de la trama fílmica; por ejemplo, un fragmento en que el personaje principal de El Rey León queda huérfano y asiste a la muerte de su padre.

También es parte de mi memoria el despertar por las mañanas en la casa de mi madre en Lomas de Zamora, donde se escuchaban, a la hora del almuerzo, las canciones de pop nacional e internacional que lideraban los rankings de la época, como Aserejé, en la FM 99.9.

En el año 2002, a mis 9 años de edad, la señal de televisión Telefé emitía un reality show denominado Popstars. Se trataba de un concurso que seguía la trayectoria de músicos amateurs en su travesía para convertirse en profesionales. A los intérpretes ganadores se los premiaba con su participación al conformar parte de un grupo musical, la elaboración de un disco y una gira a nivel mundial.

La observación constante y atenta al programa, junto a mi madre, me volvió fanático de la emisión. Celebré que los cuatro músicos ganadores formaran el grupo Mambrú, grabaran su primer CD y estrenaran sus primeras canciones; una de ellas, A veces gano, impactó sensiblemente en mí. Su sonido pegadizo y penetrante me enfrentaba con elementos musicales poco habituales. La presencia rítmica de la guitarra eléctrica generaba una sensación de movimiento, de baile, a partir de los primeros acordes.

En paralelo a este descubrimiento, sintonizaba la Radio Disney (FM 94.3), que reproducía canciones pop comerciales, como Cambiar el mundo de Alejandro Lerner, que enriquecieron mi audición con nuevas experiencias sonoras. En definitiva, en este período se observa en mí una clara influencia del género pop y de las bandas sonoras de películas. A su vez, mi padre y madre, confirmaban esa escucha pues, junto a ellos, disfrutaba de mis canciones preferidas.

En mi adolescencia temprana, entre los 11 y 13 años, el rock comenzó lentamente a formar parte de mi vida. Quedó atrás el género pop, al interactuar asiduamente con otros miembros de mi familia e indagar sobre sus gustos musicales. En esta etapa, se organizaban reuniones de navidad donde tíos, primos y hermanos mayores hablaban de grupos y géneros musicales que me resultaban completamente desconocidos. En esos intercambios oí hablar de bandas y músicos representativos del rock de los años 80 y 90: Ricardo Mollo, Kurt Cobain, Dave Grohl, Red Hot Chili Peppers y James Hetfield. Además, coordinaban zapadas informales donde tocaban canciones de ese período, como Spaghetti del rock o Nothing Else Matters.

La energía, el sentimiento y la fuerza que ponían al interpretar este tipo de música me conmovía profundamente. Así fue como deseé adentrarme en este género. Con esta orientación, entre mis 13 y 14 años inicié, tímidamente, mi contacto con el rock junto a mi hermano mayor. Pasaba las vacaciones con él en un campo de Alejandro Korn, escuchando el programa radial ¿Cuál es?, a la hora del desayuno. También me presentaba discos de bandas de heavy metal como Metallica, Iron Maiden o Megadeth, que me acercaron a sonidos más potentes.

Esta audición me permitió, paulatinamente, incorporar nombres de bandas de rock nacional e internacional, y canciones representativas del género. Con el tiempo, diversas baladas musicales con acordes marcados, o riffs de guitarra precisos, formaron parte de mi lista de canciones, como The Unforgiven, The number of the beast o Symphony of destruction.

Por otra parte, los gustos musicales de otros familiares no me conmovían. Es el caso de mi padre, por ejemplo, que pasaba constantemente casetes de artistas representativos de la canción melódica latina, como David Bisbal, Ricky Martin, Dyango, Ricardo Montaner, Patricia Sosa, Sergio Dalma, Alejandro Fernández, Alejandro Lerner, Chayanne y Cristian Castro. La expresividad que demostraba a la hora de entonar pasajes románticos de temas como No podrás, Cada momento o Me dediqué a perderte eran sorprendentes, aunque no me agradaban.

Con mis abuelos viví una situación similar, “Quico” y “Taio”: acompañaban el relato de anécdotas de su adolescencia con tarareos, explicaciones y frases de tangos como Esta noche me emborracho, Chorra, Cambalache y Volvió una noche. Sin embargo, ese primer acercamiento tímido al género del tango lo experimenté como algo frío, en vista de que se remontaba a experiencias lejanas que tampoco me conmovían.

En mi adolescencia media, a la edad de 15 años, mi audición se ocupó enteramente del rock. Atendía, concentrado, discos enteros que dominaban la escena nacional, como La argentinidad al palo de Bersuit Vergarabat y Antihumano de Attaque 77. La combinación de esas guitarras pegadizas con solos flamantes y estridentes, bajos constantes o punzantes, y golpes repetitivos de batería, me atravesaban.

Grabé un CD-ROM con canciones descargadas de internet que eran de mi agrado. Miraba detenidamente videoclips en los canales de música de MTV y Much Music. Interioricé en el cuerpo movimientos y gestos, como los rasgueos de guitarra, golpes de batería, el marcado del tiempo con los pies, el cabeceo hacia adelante y el tarareo de las melodías. Vestía como un rockero: remeras, pins, parches, muñequeras con estampas, jeans rotos, zapatillas gastadas, peinado largo fijado con gel y mochilas con tachas.

Estas prácticas eran cuestionadas por mis compañeros de escuela secundaria que escuchaban cumbia. Ellos se movían al ritmo de la música en las bailantas, veían programas de televisión como Pasión de Sábado y vestían zapatillas llamativas, pantalones largos deportivos, peinados cortos, remeras de fútbol y camperas grandes. Cantaban canciones como La resaka de Supermerk2; Que calor de Pibes Chorros y No voy a llorar de Altos cumbieros. Sin embargo, algunos de ellos, comenzaron a prestar atención a otros géneros. Estos son los casos de Darío Coronel, Siomara Prieto y Kevin Matías Vega que, luego de incursionar en la cumbia villera, se volvieron fanáticos del rock.

Con 16 años de edad, en 2009, me compré el Guitar Hero, un videojuego sobre música, donde un jugador elegía un avatar y vivía la experiencia de tocar la guitarra de forma lúdica. Así interpreté a la perfección canciones con melodías simples, como War pigs de Black Sabbath, Some Might Say de Oasis; Knights of Cydonia de Muse y Everlong de Foo Fighters, y otras más complejas como One de Metallica, Eruption de Van Halen y Free bird de Lynyrd Skynyrd. El juego, además, permitía la incorporación de un jugador adicional, por lo que pude tocar con amigos y reforzar mis lazos de amistad, al compartir gustos musicales y prácticas de gaming. En conclusión, estos videojuegos me funcionaron para iniciar en el mundo del rock.

En paralelo, creé una discoteca digital heterogénea, con más de cien bandas de rock que reproducía en soportes como Mp3, Mp4, computadoras y celulares. En el listado musical descubrí nuevas canciones de grupos ya conocidos: desde los riff’s pegadizos del iniciático rock and roll de The Rolling Stones, hasta las guitarras distorsionadas del nuevo rock de los años 2000 de The Strokes, pasando por la experiencia del movimiento hippie resumida en The Jimi Hendrix Experience, el movimiento glam que impulsa Van Halen, la irreverencia punk de las letras urbanas de The Ramones y la vanguardia de David Bowie.

Estas escuchas habituales de manera virtual favorecieron mi vínculo con el rock ya que, como plantea la socióloga y filósofa Tía DeNora (2000), me comprometían sensitiva, cognitiva y corporalmente. La letra de la canción (Don’t fear) The reaper de Blue Öyster Cult, me generaba sensaciones de desamparo y vacío ante la finitud humana. La melodía de Al olor del hogar de Bersuit Vergarabat, me recordaba las vivencias personales de mi infancia en la casa de mi madre. Con el ritmo de las canciones Soma de The Strokes o Brainstorm de Arctic Monkeys, incorporé un swing particular que reproduje en otros contextos de la vida cotidiana.

A los veinte años, en el año 2013, tuve la oportunidad de ir a mi primer recital de rock. El 2 de abril asistí al Festival Pepsi Music con mi hermano, en el que tocaba la banda Pearl Jam. Esa experiencia me permitió vivir múltiples sensaciones nuevas: el calor masivo del público, que se expresaba en un fervor incontrolable, el asco y la repugnancia al sentir el sudor ajeno en contacto estrecho con mi piel, la felicidad de escuchar las canciones preferidas que tocaba en el Guitar Hero, el sentimiento de cantar colectivamente los temas favoritos, el agotamiento y cansancio, producto de estar de pie tanto tiempo, y el estado de alerta para cuidar mis objetos personales. Este evento me afianzó el deseo de asistir a otros encuentros en vivo para escuchar a mis bandas preferidas.

El recital de la banda inglesa Muse para el Personal Fest fue una cita ineludible en mi agenda. En este espectáculo me propuse “hacer valla”, es decir, insertarme todo lo posible en las primeras filas del campo, por lo que asistí a las 17 horas, logrando mi cometido. Sin embargo, la aglomeración de gente era tal, y la presión corporal que ejercía era tan fuerte, que no resistí. Como consecuencia de la falta de aire en mis pulmones, y de una sensación de desorientación y desvalimiento, debí dejar el lugar rápidamente y terminar de observar el evento desde un punto lejano, donde nadie me molestara.

El cansancio que sentí al final me dificultó caminar y volver a casa. Una situación similar ocurrió en el recital de la banda de rock nacional cordobesa, Eruca Sativa, en el Auditorio Sur de Temperley, el 13 de diciembre de 2014. La agrupación cerraba su gira Blanco, del disco homónimo, ante el calor del público que lo había visto crecer. La noche prometía un evento único. El repertorio estaba compuesto de éxitos pasados y presentes, con los cuales no paré de saltar en toda la noche. Al final del encuentro me costaba caminar , incluso entré en un cuadro de deshidratación aguda que me ocasionó calambres en las piernas.

Sobre la base de estas experiencias, mi relación con la música se emparenta con lo que DeNora (2000) define en relación al cuerpo. Para ella, la música aumenta o suprime las formas de conciencia y genera consecuencias sobre el mismo. La melodía hace que el cuerpo se mueva de manera expresa, mediante saltos o gritos; y de forma no expresa, mediante movimientos imperceptibles, como contracción en los pómulos, arqueamiento de las cejas o tensión muscular.

Esto les sucede a los fanáticos que analiza Benzecry (2012), quienes viven la música como un dispositivo que constriñe y habilita sus movimientos corporales. Así, algunos sienten que la melodía se apodera de ellos, les hace olvidar quiénes son y sus problemas cotidianos. Otros, en cambio, utilizan su cuerpo para escuchar mejor, puesto que se hacen lugar a codazos y dan pasitos para correr las piernas del vecino.

El recital de Alice In Chains — 28 de septiembre de 2013 en el Luna Park—, fue otra reunión obligada, donde me encontraba ansioso por la larga espera. En una noche calurosa de primavera, cuando ingresé al sector de campo, tuve ciertas expectativas de escuchar canciones como Them bones, Would?, Shame in you o Down in a hole, que despertaban en mí sensaciones de nostalgia, angustia, dolor y soledad.

Para mi sorpresa, oír los primeros acordes del tema Down in a hole del guitarrista Jerry Cantrell, me produjo una respuesta corporal automática: la melodía resonó en la fibra más íntima de mi cuerpo, generó cierta sensación de urgencia y me puso la “piel de gallina”. Mi mente se alejó de la situación real y flotó en el espacio hasta el final del tema.

Esta experiencia emocional se vincula con lo descrito por DeNora (2000), quien plantea que la música despierta emociones, sensaciones y estados de ánimo, atados a la historia personal de cada uno. A fin de desplegar esta noción, toma el caso de Lucy que, en situaciones de nervios y estrés, reproduce su música favorita para generar un espacio de confort personal. Ciertas melodías están atadas a recuerdos de su infancia, donde el padre fallecido la columpia en una mecedora. Algo similar sucede con los fanáticos de la ópera que analiza Benzecry (2012) cuando escuchan el canto de una soprano: su timbre de voz los “llena”, “mata”, “atrapa”, “conmueve” o “estupidiza” (p. 139).

En el recital de la banda Queens of The Stone Age, en el festival Pepsi Music, tuve la posibilidad de observar la cantidad de personal involucrado en el armado del evento. Me sorprendió el número de trabajadores que realizaban actividades para que los músicos tocaran: una empresa productora, sponsors, personal de prensa y medios, una ticketeadora, agentes de seguridad, un grupo de médicos y acomodadores.

En lo referente al show, detecté sonidistas dispuestos en específicas torres de control diseñadas para generar un sonido envolvente. Observé a iluminadores y electricistas recorriendo las parrillas de iluminación mientras probaban los distintos focos. Aprecié a los plomos o técnicos que asistían a la banda en la afinación de cuerdas, cambios de guitarra, armado de batería, instalación del bajo y chequeo de sonido. Una situación particular sucedió cuando dos electricistas subieron a una torreta para ajustar unas luces que no encendían; luego de varios intentos vanos descendieron al descubrir que el foco estaba quemado y había que cambiarlo.

Esta experiencia muestra, a las claras, que un grupo de personas puede realizar diferentes actividades para producir algún tipo de arte (Becker, 2003; 2008 y Becker y Pessin, 2006). Desde esta perspectiva, diversos actores y objetos integran un mundo del arte que se define como un espacio creativo y abierto a múltiples caminos a partir de las situaciones que allí se presentan, donde los seres actúan de manera conjunta, coordinada, gradual, de acuerdo a normas o convenciones, y no necesariamente en colaboración para negociar los papeles que representan y las tareas que deben realizar.

Las situaciones reales rompen esas normas específicas así como actividades que se interrumpen y provocan disputas entre varias partes. En estas instancias se hacen presentes los objetos técnicos que generan cambios en esa realidad a partir de lo que pueden o no hacer materialmente. En este sentido, el mundo artístico se caracteriza por la flexibilización de las normas, a partir de la práctica que tienen los actores con sus objetos (Becker, Faulkner y Kirshenblatt – Gimblett, 2006). Así, como dice Becker (2003), una canción: “no sonará igual en diferentes salas de conciertos ni en grabaciones tocadas en diferentes equipos” (p. 1).

En definitiva, durante mi adolescencia, la escucha del rock dominó mis vivencias. A lo largo del tiempo asistí a diversos recitales, interactué con fanáticos, adquirí prácticas propias del género, sensibilicé mi escucha y reconocí a los actores que se involucran en el proceso de un espectáculo musical. En contraposición, mi experiencia con el tango fue contingente, pues, por fuera de unas conversaciones aisladas, no conocí su mundo ni a los actores que lo componen, ni sus prácticas de escucha, ni sus formas de sensibilizarse.

Mi afición por el rock encontró un punto de quiebre cuando mi hermana Yanina formalizó un noviazgo con Federico Maiocchi, ex-estudiante de contrabajo de la Escuela Orlando Goñi y contrabajista en el sexteto de tango Astillero. Al tener ya 21 años de edad, el 27 de febrero de 2014, mi hermana me invitó a ver mi primer concierto de tango de Astillero en el Torquato Tasso. Al caminar por la calle junto a ella, sentí una motivación personal, pues recordaba a mis abuelos hablar sobre lo lúgubres y fríos que eran los ambientes donde se tocaba tango. Sin embargo, la expectativa se esfumó en el preciso momento en que entré al recinto. Varios participantes nos recibieron amablemente y nos indicaron una mesa en donde sentarnos.

Otros asistentes nos saludaron cariñosamente. Las prácticas de estas personas distaban de lo que yo acostumbraba ver en los recitales: unos comían y bebían, algunos conversaban, y también estaban aquellos que esperaban en el más absoluto silencio. Al observarlos, me di cuenta que aquellas cosas que normalmente hacía en un recital de rock no parecían viables allí.

En consonancia, me senté y disfruté tranquilamente de la previa del show, mientras tomaba un vaso de Coca Cola. Tampoco advertí la cantidad de personal técnico, de seguridad y médicos que acostumbraba ver en los recitales de rock. Por el contrario, solo había una ticketeadora en la puerta vendiendo las entradas del concierto, un empleado de seguridad que las recibía y controlaba el ingreso y algunos técnicos de sonido encargados de asistir a los músicos.

La presentación del grupo fue diferente a todas las que había visto en otros conciertos: luego que el sonidista bajara las luces, los músicos salieron de los camarines, ubicados detrás de mí, y se dirigieron al escenario. El ingreso me sorprendió gratamente.

Sobre las tarimas de madera, aparecieron los seis integrantes de Astillero: Martijn Van Der Linden en violín, Luciano Falcón en violonchelo, Mariano González Calo y Adolfo Trepiana en bandoneones, Federico Maiocchi en contrabajo y Julián Peralta en piano. Sus actuaciones eran completamente distintas a las que pude ver en los grandes recitales de rock a los que había asistido, dado que expresaban con su cuerpo un colorido arco actitudinal, que comenzaba en quietud y terminaba en éxtasis.

La escucha me dejó “colgado” y sin posibilidad de responder a las características musicales y actuaciones que observaba. Recuerdo específicamente el cierre del concierto, de la mano del tema Chiru. Su audición me descolocó, debido a que la melodía es distinta a la de los temas de rock, aunque presenta algunas de sus características.

En particular, la sonoridad del violín y del bandoneón, dos instrumentos prácticamente nuevos en mi repertorio tonal, cuestionaba la del bajo, guitarra eléctrica y batería. Mis oídos se encontraron con nuevos tintes sonoros de instrumentos acústicos que, igualmente, mantenían la potencia, fuerza, oscuridad y velocidad de muchos temas de rock. Al finalizar, me sorprendí al ver que los integrantes del grupo bajaron de los camarines e interactuaron con el público de manera estrecha e igualitaria, mientras tomaban algún trago en la barra.

Luego del concierto, mi repertorio musical se amplió. Así, el tango hizo fila con el jazz, música clásica y música electrónica, pues me orientaron hacia nuevas sonoridades. Las notas de instrumentos metálicos como la trompeta, saxofón o bandoneón, me deslumbraron porque no los había tomado en cuenta. El timbre del violín en canciones de tango o música clásica me resultan enceguecedores en los pasajes solistas. Finalmente, el sonido de sintetizadores electrónicos me dispuso a sensaciones relativas a la intensidad y velocidad.

Al mismo tiempo que conocía el mundo del aficionado, me incorporé al área musical como director de fotografía en la realización de un cortometraje de ficción. Aprendí el sentido del trabajo en equipo, la organización de los roles individuales, la planificación de las tareas particulares y la manipulación de los complejos objetos técnicos, como focos, filtros, tomas de luz y electricidad.

Tal como un sonidista y su asistente se encargan del sonido de un recital, el director de fotografía trabaja junto al director de arte y el gaffer, en pos de definir la estética de la imagen del film. En paralelo, me desempeñé como fotógrafo freelance en los recitales de la banda de jazz tropical Marta te Amo que, principalmente, tuvieron lugar en diversos espacios culturales independientes.

De esta manera pude conocer el detrás de escena de un espectáculo así y familiarizarme con las tareas de las que se encarga cada persona. Particularmente, cubrí con mi cámara la fiesta Llena mi alma de cumbia, en el Club Cultural Matienzo del barrio de Villa Crespo el 18 de agosto de 2018. Para la realización del trabajo apliqué mis conocimientos técnicos sobre la luz para adecuarme a las posibilidades técnicas que ofrecía mi cámara, con el fin de producir una imagen lo más cercana posible al público y retratar lo que él mismo vivenciaba.

Observé que el resto de las tareas se dividían entre pocas personas: el personal de seguridad, los ticketeadores, los técnicos de sonido e iluminación, el responsable de producción y los barmans. De todos ellos, llamó mi atención el trabajo del sonidista, que es el encargado de organizar la disposición de los objetos técnicos sonoros necesarios, de acuerdo al rider técnico y la planta. Este ordenamiento se lleva a cabo cuando los músicos prueban sonido y ejecutan parte de su repertorio, mientras el sonidista ajusta diferentes variables sonoras en su consola.

En muchas funciones fui testigo de cómo los intérpretes con sus instrumentos, y los sonidistas con sus consolas, deben entenderse mutuamente para llegar a acuerdos sobre el tipo de sonido a emitir en el recital. Pude apreciar lo importantes que son los intercambios hablados durante la prueba de sonido. Basta observar al guitarrista vociferar: ¡Subime la guitarra!, al percusionista decir: ¡Siento un eco en las congas! y ¡No me escucho!, y al tecladista comentar: ¡No siento el teclado!

Ante estas aclaraciones, el sonidista interpreta desde sus conceptos sonoros que la frecuencia de la guitarra satura, que el reverb de las congas está alto y que hay que subir la amplitud sonora del teclado.

Conclusiones

Así como mi fanatismo por la música continúa, también lo hace mi trabajo dentro de ella. Esta trayectoria es solo un mero comienzo, un mero inicio por el gusto musical. Los gustos cambian, no puedo estar seguro de que lo que me interesa en la actualidad será mi destino. Si bien existen indicadores acerca de mi origen social que definen qué elementos son más o menos maleables de mi gusto, en mi socialización secundaria algunas de esas características se modificaron y otros estilos han ingresado a mi repertorio musical de escucha.

Mi visión del rock ya no es la misma que antes. Mi punto de vista del pop, tampoco. Con esta autoetnografía, mi objetivo es comenzar a romper con los determinismos implícitos en algunas sociologías críticas que establecen la relación directa entre gusto y origen social. Hay otras trayectorias que se deben conocer y estudiar para romper con estos paradigmas: los momentos de quiebre de los gustos.

Bibliografía

Becker, H. (2003). New Directions in the Sociology of Art. European Sociological Association. http://www.howardsbecker.com/articles/newdirections.html

Becker, H. (2008). Los mundos del arte: sociología del trabajo artístico. Universidad de Quilmes.

Becker, H. y Pessin, A. (2006). A dialogue on the Ideas of “World” and “Field”. Sociological Forum, 21(2), pp. 275 – 286.

Becker, H., Faulkner, R., y Kirshenblatt – Gimblett, B. (2006). Art from start to finish. Jazz, painting, writing, and other improvisations. University of Chicago press.

Benzecry, C. (2012). El fanático de la ópera. Etnografía de una obsesión. Siglo Veintiuno Editores.

DeNora, T. (2000). Music in Everyday Life. Cambridge University Press.

Imagen | Unplash

Facundo Fernández (autor invitado):
Sociólogo argentino recibido en la Universidad del Salvador (USAL). Fanático de la música y de la cultura popular, especialista en el análisis de la cultura desde una perspectiva crítica y pragmática.

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