Se ha convertido en una opinión extendida el calificar de antropocentrismo a cualquier pensamiento que defienda que el valor de la persona humana confiere de una dignidad especial a este tipo de ente entre otros; opinión que muchas veces está conectada con esa otra que declara que el hombre no sería más de lo que cualquier otro ser vivo. Quienes participan de estas posturas suelen pensar que el hombre, que, a su parecer, ha sido sobrevalorado a partir de que en un tiempo solía considerarse que era el centro de la creación, debe ser situado en el orden de la naturaleza en el lugar que, según ellos, le corresponde realmente: ser una cosa más entre las cosas.

Una convicción de este tipo puede ser encontrada en la frase que el popular divulgador de la ciencia, Carl Sagan, solía decir: “somos polvo de estrellas reflexionando sobre las estrellas”. Esta frase, independientemente de su valor estético (si lo tiene) es, a todas luces, falsa, porque no siendo nosotros polvo, no podemos ser polvo de estrellas, y, porque, si fuésemos polvo de estrellas, no podríamos reflexionar sobre las estrellas.

Puede, quizá el lector, pensar que no hay necesidad de estas aclaraciones, puesto que la frase de Sagan sólo quiere decir que estamos constituidos de materia que hace mucho tiempo no era sino polvo estelar, y que tal frase es en todo caso muy similar a esa otra de Génesis 3:19, en que Yahveh dice “polvo eres, y al polvo volverás”, la cual no significa que somos polvo, sino que fuimos hechos de la tierra y que al morir volveremos a ella porque nuestro cuerpo se descompondrá e integrará a los elementos de la naturaleza. Si es así, el lector podría probablemente acusarnos de falta de disposición para querer entender la frase. Pero negamos que las frases sean similares y para descubrir la diferencia habremos de situarlas en un contexto general.

“Polvo eres, y al polvo volverás” viene a ser algo así como: por haber pecado, serás susceptible de muerte corporal hasta que seas redimido y puedas alcanzar la vida eterna. Esto puede entenderse si se toma en cuenta que el texto bíblico forma parte de una tradición en la que el hombre está considerado constituido de espíritu. “Somos polvos de estrellas reflexionando sobre las estrellas”, en cambio, viene a ser algo así como: no somos sino algo formado de polvo de estrellas y nada más que eso, y, accidentalmente, ese polvo nos ha constituido en hombres, de modo tal que podemos ahora reflexionar sobre el demás polvo que ha constituido a otras cosas. Esto puede entenderse si se sabe que la frase era dicha por un pensador materialista

Pues bien, decíamos que los que son de tal opinión desean que se considere al hombre tal como le corresponde, es decir, situarlo en donde debe ir. Pero, cuando tratan al hombre con igual valor a cualquier otro ser vivo o a cualquier otra cosa hacen lo contrario de lo que pretenden: lo ubican en donde no le corresponde y terminan por reducirlo. Este error de reducir al hombre menos de lo que es ha sido cometido muchas veces a lo largo de la historia del pensamiento. Sírvanos dos ejemplos para ilustrarlo. Mostraremos que, por lo menos en alguna parte de su obra, Nietzsche y Heidegger han caído en ese error. El autor de Ser y Tiempo expone, refiriéndose al hombre, lo siguiente:

Por eso, si queremos cumplir rectamente el sentido interrogativo de la pregunta: “¿por qué es en general el ente y no más bien la nada?” no tendremos que realzar ningún ente particular e individual, inclusive hemos de omitir la referencia al hombre, pues ¿qué valor tendría semejante ente? Representémonos la Tierra dentro de la inmensa oscuridad del espacio cósmico. Comparativamente, es un minúsculo grano de arena que se halla a la distancia aproximada de un kilómetro del que más se acerca a su tamaño, extendiéndose entre ambos el vacío; sobre la superficie de este minúsculo grano de arena vive una atolondrada muchedumbre de animales, dotados de supuesta inteligencia, que se avasallan los unos a los otros y que, por un instante, han inventado el conocimiento (cfr. Nietzsche, Uber Wahrheit und Lüge im aussermoralischen Sinne, obra póstuma, 1873). ¿Y qué es la extensión temporal de la vida del hombre, contemplada en la órbita del tiempo descrita por millones de años? Apenas el movimiento de un segundero, apenas lo que dura una respiración. Dentro del ente en su totalidad no hay razón justa para encumbrar al que justamente, se llama hombre y al cual, por casualidad, pertenecemos nosotros mismos.[1]

Como vemos, Heidegger expresa precisamente en este pasaje la idea que apuntábamos al inicio de que, para algunos, el hombre no más que cualquier otra cosa. No pretendemos juzgar, por supuesto, la obra de Heidegger a la luz de este pasaje e ignorar que este filósofo centro gran parte de su filosofía en el hombre y que bien lo distinguía de otros entes y reconocía su singularidad especial. No obstante, eso no anula que haya dicho lo que dijo en el pasaje que hemos citado y que podamos juzgar de éste no ser sino una opinión sin sustento. Pero antes de pasar a las razones para declarar esto, no está por demás aclarar que el pasaje de Heidegger contiene parte de las ideas expresadas por otro que pertenece a la pluma de Nietzsche. En su obra Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Nietzsche dice lo siguiente:

En un apartado rincón del universo donde brillan innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que unos animales inteligentes descubrieron el conocimiento. Fue el minuto más engreído y engañoso de la «historia universal», aunque, a fin de cuentas, no dejó de ser un minuto. Tras un breve respiro de la naturaleza, aquel astro se heló y los animales inteligentes hubieron de morir. Aunque alguien hubiera ideado una fábula así, no habría ilustrado suficientemente el estado tan sombrío, lamentable y efímero en que se encuentra el intelecto humano dentro del conjunto de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existió, y cuando desaparezca, no habrá ocurrido nada, puesto que ese intelecto no tiene ninguna misión que vaya más allá de la vida humana. Únicamente es humano, y sólo su creador y poseedor lo considera tan patéticamente como si fuera el eje del mundo. Pero si pudiéramos comunicamos con un mosquito sabríamos que también él se halla poseído por ese mismo pathos cuando surca el aire, y que se considera el centro alado del mundo. Y es que no hay un ser en la naturaleza, por insignificante y despreciable que parezca, que, al más pequeño soplo de esa capacidad de conocer, no se hinche enseguida como un odre; […] Semejante orgullo, junto al conocimiento y a la sensación, que son como una niebla que ciega los ojos y los demás sentidos de los hombres, hace que éstos se engañen sobre el valor de su existencia, dado que dicho orgullo valora el conocimiento del modo más halagüeño.[2]

Ahora bien, podemos decir de ambos pasajes que representan un claro ejemplo de cómo opiniones sin valor filosófico alguno logran deslizarse como si lo tuvieran. En efecto, ¿qué valor filosófico puede tener el que se tome a un hombre malo o a un hombre alto y se los describa haciendo querer pasar sus características como si ellas representasen al conjunto de la humanidad cuando bien es cierto que también existe algún hombre bueno y algún hombre de baja estatura? Ninguno, porque no se habrá hecho sino querer pasar la descripción de una elección arbitraria de los accidentes que caracterizan a un hombre en particular como si fuesen una cuestión esencial de los seres humanos. En verdad, ambos pasajes cometen algo análogo a esto, pues no contienen sino descripciones arbitrarias del ser humano que no hacen justicia a lo que éste es.

Veamos, por ejemplo, lo que expresa Heidegger. Lo que el filósofo menciona carece de validez por varias razones: 1) porque el valor ontológico del ser humano no se descubre por una comparación física, ya sea ésta con respecto a la extensión o a la duración respecto de otros entes, sino por comparación de los distintos modos de ser de los otros entes; 2) porque la inteligencia del hombre no es un supuesto, sino un hecho; 3) porque el conocimiento no es una invención sino un modo de existencia; 4) porque es del todo arbitrario que se presente a la humanidad como él lo hace; 5) porque no es una casualidad o algo ocasional que un hombre pertenezca a la especie humana, sino una necesidad; decir como Heidegger que por casualidad u ocasionalmente pertenecemos a lo que llamamos hombre es sencillamente algo ininteligible, puesto que uno no puede ser lo que es sino siendo eso que es.

 Ahora bien, contrario a la opinión de Heidegger, Nietzsche y Sagan a las que hemos aludido, podemos decir que el hombre es el ente conocido con mayor valor ontológico y esto es algo evidente, pues no hace falta sino, un reconocimiento de los distintos modos de ser de los entes para llegar a esta resolución. Dice Heidegger en otra parte de la misma obra que “cualquiera tiene el mismo valor, en el sentido de su limitada extensión. Un elefante, en cualquier bosque virgen de la India, tiene tanto de ente como cualquier proceso de combustión química realizado en el planeta Marte o en el que sea”[3]. Esta afirmación es sencillamente producto de una ceguera, pues es obvio que un elefante no es una combustión y que su modo de ser es otro; por tanto, se reconoce una diferencia ontológica hasta en el sentido de la limitación existencial: los límites del ser del elefante no son los límites del ser de la combustión. Igualmente, los límites del ser del hombre, aunque él también sea un ser finito, no son los límites del ser de cualquier otra clase de ente.

Por consiguiente, en realidad es lo contrario de lo que afirma Heidegger: que no hay razón justa para no encumbrar al que justamente se llama hombre, dado que este ente muestra un modo de ser que sobrepasa cualquier otro modo de ser del universo conocido. Podríamos afirmar incluso que un universo sin una inteligencia espiritual como la del hombre u otra semejante o superior carecería de sentido, pues, ciertamente, no hay razón de ser para una realidad sin existentes espirituales, por cuanto que los valores de las cosas no serían valorados, serían cosas sin sentido, sin razón de ser, lo que equivale a decir que no habría razón ni siquiera para que estuviesen sostenidos en la existencia. No hay razón alguna para que exista materia inerte si no es porque ella sirve a una inteligencia y por razón de que su valor ontológico puede ser valorizado por dicha inteligencia.

Pensar que el ente, el cual puede no existir, pase a la existencia siendo sólo materia inerte, que no es capaz de estimar ni su propio valor ni valores existenciales ajenos, es decir, de reconocer el valor dándole sentido real de su existir, es lo mismo que pensar que la existencia es un absurdo, y para pensar absurdos no hace falta pensar, no hace falta, pues, filosofar. Dado que cada parte del universo está en relación directa o indirecta, cercana o lejana, con el todo que conforma la unidad, la pequeñez material del hombre, lejos de mostrar que es una cosa entre las cosas, puesto que sólo es pequeñez respecto de la inmensidad material del universo, es motivo suficiente en filosofía para preguntarse si ¿acaso no es la inmensidad del universo necesaria para la existencia de una pluralidad óntica que es condición necesaria a la vez para la existencia de una inteligencia finita, para la existencia de la inteligencia en el mundo, inteligencia, por la cual toma sentido que el ente exista pudiendo no existir? Esta pregunta es razonable y se suscita a partir de la misma realidad que pudieron observar Heidegger, Nietzsche y Sagan y que podemos constatar nosotros y ella es suficiente para ver que la opinión de estos autores expresada en los pasajes y frase que hemos citado no es sostenible, porque entonces ya no hay sustento para decantarse hacia tal interpretación de las cosas. En efecto, de la misma realidad que en lo general esos autores pudieron observar y que nosotros observamos también, nosotros hemos obtenido una pregunta que apunta hacia una concepción del hombre completamente divergente de la de esos autores, por lo menos en lo que hemos citado de ellos. Ello demuestra que de las mismas condiciones no es necesario sacar la misma conclusión; luego, las condiciones descritas por Nietzsche y Heidegger no obligan racionalmente a una consideración del hombre como una cosa más entre las cosas o como un ser vivo más entre los seres vivos.

A decir verdad, las posturas que se las arreglan para presentar a un hombre disminuido son peligrosas, puesto que logran lo contrario de lo que pretenden. Situando al hombre como una cosa entre las cosas pretenden hacerle ver que debería de cuidar de aquel lugar común en donde vive con otros iguales que él, pero esto no hace más que deslindarlo de su deber y responsabilidad, pues no sería más responsable de su entorno que una piedra o un oso. El hombre, repetimos, concebido como uno más entre los entes, puede ser totalmente indiferente con respecto al ecosistema, pues no habría nada en él que le confiera responsabilidad de cuidar la casa común que es nuestro planeta y dirigir adecuadamente al resto de las creaturas, porque entre menos importancia se le dé al hombre en el mundo, menos responsabilidad sobre este mundo y los demás seres vivos se asume que tiene: si el hombre sólo vive poco tiempo y tiene el mismo valor que todo lo demás, entonces no hay razón para que se preocupe, cuide y proteja a los demás seres vivos o al medio ambiente sino en la medida en la que puede servirse de ellos para su satisfacción. Si el hombre, por el contrario, es la cumbre de este mundo, entonces es su responsabilidad cuidar de éste y ordenar las cosas y los seres vivos para su debido desarrollo.

Bibliografía

[1] Heidegger, Martin. Introducción a la Metafísica. Buenos Aires: Editorial Nova, 1966, p. 42.

[2] Traducción de Traducción de Enrique López Castellón. El subrayado es nuestro.

[3] Heidegger, Op. cit., ídem.

Artículo de:

Vanessa R. Pérez (autora invitada):

Filósofa de profesión y católica por gracia inmerecida. Co-fundadora de Philosophicum Consilium (antes El amanuense) proyecto que nace de la firme convicción de que la filosofía, bien entendida, siempre es aplicada.

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