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Ha pasado más de un año de haber iniciado el confinamiento obligado por la pandemia de COVID-19. Una enfermedad que tomó al mundo por sorpresa. Nos vanagloriábamos, como humanidad, de ser superpoderosos y de tener el “control” de casi todo pero, como siempre suele suceder, fue algo microscópico lo que nos demostró que somos seres ínfimos y carentes de una auténtica “gestión” de la naturaleza.

Nos vimos obligados a dejar las oficinas y escuelas, cambiándolas por nuestras casas. Mutamos nuestras relaciones sociales a la interacción mediante pantallas. Nos “obligamos” a usar una mascarilla, que cubre nuestro rostro y emociones, para protegernos al salir. Dejamos de abrazar, de tocar, de besar. Cerramos sitios públicos.

Y los aviones dejaron de volar…

Hoy, a más de un año de una pandemia que marcará, de alguna manera, la historia del siglo veintiuno, muchos nos preguntamos: ¿realmente será un hito en la historia o solo quedará, tras un par de años, como una anécdota nada divertida que contar?

Porque hoy, de alguna manera, normalizamos los seminarios y simposios virtuales, hoy no es raro estudiar en línea, hoy no nos da vergüenza decir que hacemos “home office pero, al mismo tiempo, en plena alba de la “Semana Santa”, vemos cómo muchas personas han decidido olvidar el confinamiento para cambiarlo por playas y salidas de vacaciones sin ninguna medida de prevención. Y en marzo de 2021 el COVID-19 no ha sido ni erradicado ni mucho menos controlado. 

La pandemia nos ha dejado mucho más que muertes y resguardos.

Con las vacunas vemos cómo la geografía mundial y la política tienen un peso más importante que la vida humana: los países se pelean por cuál es la vacuna más eficiente como si de una guerra se tratase: si la rusa, si la china, si la europea… y, además, somos testigos -con impotencia- de cómo los países “más poderosos” las acaparan dejando a las economías pobres y al tercer mundo con la ilusión de que algún día alcanzarán una dosis.

La inoculación, lejos de ser un logro -que lo es, al conseguir un antígeno en tiempo récord-, ha funcionado más como ente político que como una antorcha que de esperanza e ilusión para salir más rápido de este túnel catastrófico. 

Todo esto nos escandaliza. Todo eso nos hace “estar más unidos” con los nuestros, al menos por videollamada, porque necesitamos contacto humano, necesitamos compartir nuestros sentimientos y emociones pero, la pregunta del millón es: ¿después de esto, qué sucederá?

Sinceramente le he perdido la fe a la humanidad.

Todas las medidas sanitarias, con el pasar de los meses, se obviaran y olvidarán. Las videollamadas dejarán de estar de moda y, al “no tener tiempo” por haber vuelto a nuestras actividades normales (ahora el tiempo nos sobra porque estamos en casa) el contacto con “los otros” se irá lentamente diluyendo.

Los eventos online cederán su relevancia a los presenciales, quitando así la posibilidad de inclusión porque claro, las personas con alguna limitación física, por ejemplo, han visto con estos acontecimientos una forma de “pertenecer”. La educación en línea, a mi pesar, será relegada a un segundo plano, olvidando la importancia que, en ciertos contextos, puede dar.

Y, en los empleos, claramente los jefes preferirán tener a un grupo de oficinistas en un solo sitio para “verlos trabajar” que apostar por la productividad desde casa. 

¿Podremos aprender, realmente algo, de esta situación? ¿Será un parteaguas al cómo nos conducimos y comportamos? ¿O lo olvidaremos en pocos años sin tomar nota de lo sucedido?

Ojalá, es mi deseo, que apliquemos al menos en lo individual la filosofía KintsugiEsta es una antigua técnica japonesa que emplea el oro al “reparar” algo cuando se rompe, dejando una marca -bella, pero al final cicatriz- que recordará, por siempre, el suceso pero que, al mismo tiempo, le da valor para significarlo en algo que nos haga mejores. 

Sin duda vivimos en una época única. Aprovechemos este suceso para, humildemente, reconocer que no somos nada en este mundo. Para vivir al máximo cada día y para, sobre todo, emplear lo que aprendimos por el resto de nuestra vida. 

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Imagen | Pixabay

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por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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