El siguiente texto fue galardonado en los Premios Filosofía en la Red como el artículo con más impacto en redes sociales del mes de mayo del 2021.

No es claro si en distintos países la situación por la que estamos pasando en Colombia se ha escuchado algo, o al menos en su totalidad.

Soy ciudadano de Bogotá, la capital de Colombia, y lo que hemos vivido últimamente parece una historia de película.

Parte I: La historia no miente

La historia no inicia únicamente con nuestro presidente, un hombre que surgió de la nada, que sin experiencia política consiguió llegar al poder por medio de favores y votos comprados, un hombre que en Colombia se le llama marioneta, pues poder no tiene y mucho menos tiene la capacidad de gobernar nuestro país.

La historia de Colombia ha sido marcada desde hace mucho tiempo por las masacres, los asesinatos de líderes sociales, las desapariciones, uno de nuestros expresidentes cuyo nombre no quiero nombrar (en Colombia le decimos el “innombrable“) durante su mandato llevó muchos actos corruptos y violentos, desapareciendo jóvenes, asesinándolos y haciéndolos pasar como guerrilleros abatidos en combate, gracias al “innombrable” y a su influencia nuestro presidente actual fue electo.

Ahora llegamos a la situación de que en cada lunes existe una masacre nueva, sumado a esto la situación de inseguridad ha aumentado en todo el país, el desempleo en jóvenes es inmenso pues más del 60% de los jóvenes no consigue trabajo, además de tener unos salarios que únicamente se pueden describir como “miserables”, un salario básico no alcanza para pagar arriendo, mercado y otras necesidades.

Y esto no es todo: desde hace años hemos venido con una historia de reformas constitucionales en donde IVA aumentó al 19%, las distintas reformas a la salud han llevado a un colapso absoluto de este sistema en el país, también el tiempo que debemos trabajar para pensionarnos (retirarnos) aumenta cada año, a tal punto que para poder recibir nuestra pensión debemos trabajar aproximadamente hasta los 71 años.

Igualmente un congresista o representante a la cámara llega a ganar 36 millones de pesos al mes. Al año estos “dueños del país” le cuestan más de cien mil millones de pesos ($100.000.000.000) al Estado, una cantidad de dinero exorbitante. Literalmente les estamos pagando a nuestros congresistas para que vayan a dormir en el congreso, pues es muy recurrente ver como no hacen nada por el país y si están puntualmente pendientes de que se les pague su salario mensual, sumado a esto son los mismos congresistas los que se auto-aprueban el aumento de su salario.

A finales del 2019 se intentó llevar a cabo protestas pacíficas en contra de estas y muchas más injusticias, protestas que se vieron mermadas con la llegada del coronavirus; en dichas protestas el abuso de la fuerza pública (Policía) fue exorbitante llegando a tal punto de emplear sus armas de fuego en contra del mismo pueblo. Murieron personas a manos de la policía como fue el caso de Dylan Cruz, un joven de 17 años que culminaba su bachillerato y fue asesinado por la misma policía.

Durante los meses de pandemia el miedo nos consumía, temíamos por nuestra salud, pero al mismo tiempo temíamos por no recibir ingreso alguno, pues en Colombia “si no hay plata no vives”, pero no es solo esto, durante la pandemia también se vio como la corrupción dominaba al país, pues con la pésima excusa de que somos un país productivo, los protocolos de bioseguridad para combatir el virus fueron pésimos, logrando que Colombia se convirtiera en el tercer peor país del mundo para vivir durante la pandemia.

Las vidas dejaron de importar y el dinero empezó a escasear, permitiendo que muchos gremios, como las empresas, arriesgaran la vida de sus trabajadores al hacerlos ir a trabajar de manera presencial; pero esto no acaba aquí, Colombia no tenía la capacidad médica para combatir el virus gracias a las distintas reformas y la mala administración del sistema de salud en Colombia.

Sin instrumentos, sin bioseguridad, sin dinero, sin trabajo, rodeados por la corrupción, sin escape. Sí señores, bienvenidos a Colombia, uno de los países más biodiversos del mundo, pero a la vez uno de los países en donde es muy complicado vivir. Al momento de nacer en este país entras en un juego de retos, en donde la educación universitaria es muy cara y a la vez en donde dicha formación no te servirá para absolutamente nada pues podrás ser joven y tener los títulos que quieras pero si no tienes experiencia no te contrataran en ninguna parte.

Parte II: Sagrada Reforma

Es así como llegamos al presente año, con la esperanza de intentar recobrar una normalidad, el pueblo estaba desesperado por poder trabajar, necesitábamos algún ingreso, y es ahí cuando el gobierno intenta poner en marcha una reforma tributaria.

Aquél documento que fue repudiado por todo el país buscaba aumentar los impuestos de absolutamente todo a lo que tenemos derecho, impuestos del 19% en los servicios básicos como el agua, la luz y el gas, impuestos en los servicios de internet, impuestos en la comida de la canasta familiar como lo es el chocolate y el café, impuestos para cualquier medio tecnológico que se compre  e incluso para morir (para todos los trámites fúnebres). Claro, nuestro gobierno es visionario, como el virus ha matado demasiada gente, vieron la posibilidad de recibir un dinero extra a expensas de los muertos por el Covid-19.

Y no es todo ya que esto solo afectaría a los estratos 1,2 y 3; estos estratos serían los más afectados puesto sumado a todos los gastos, las personas jóvenes, cuyos salarios oscilan entre novecientos ochenta mil pesos ($980.00) y un millón seiscientos mil pesos ($1.600.000) pesos, tendríamos que pagar renta, un impuesto que solo se paga por vivir en este país.

Si creen que esta cantidad de dinero es alta y que con eso los colombianos podríamos vivir bien, te equivocas, no te dejes engañar por la cantidad de ceros. Esto no alcanza para nada, te alcanza para pagar tu arriendo, comprar algo de mercado y si te sobra, puedes tomar el transporte público por al menos dos semanas más pero ten claro que para final de mes no tendrás ni un peso y pensarás si de verdad debes tomar un bus o caminar hasta tu casa para poder pagar tu almuerzo.

A esta reforma súmenle que pondrían peajes (casetas de cobro) dentro de las ciudades, es decir que si quieres entrar al centro de tu misma ciudad deberías pagar un excedente para el pago de peaje, sumándole al valor del pasaje y además sumándole al aumento que tendría la gasolina, porque sí amigos míos, la gasolina también tendría un aumento del IVA del 19%; un documento que contaba con más de 130 puntos en donde solo buscaban que los estratos más bajos y vulnerables dieran su dinero aunque no tocaba en lo absoluto a los grandes oligarcas de los estratos altos, como la historia nos ha enseñado siempre que el pueblo pague para que el rico viva.

Parte III: La gota que derramó el vaso

La gota que derramó el vaso fue aquella en la que nuestro ministro de hacienda, quien fue parte del grupo que creo la reforma tributaria, no tenía claro cuánto vale un huevo en Colombia, déjenme ser más claro, la docena más barata de huevos en Colombia cuesta cerca de cuatro mil pesos, pero para nuestro ministro (que literalmente en medios afirmó no saber cuanto valen los productos de la canasta básica familiar, porque su mamá es la que le hace el mercado) una docena de huevos cuesta mil ochocientos pesos. Este hombre confirmó lo que el pueblo siempre ha sabido, nuestros gobernantes no entienden absolutamente nada de la realidad del pueblo que gobiernan.

Así pues, decidimos tomar cartas en el asunto y llamamos al “paro nacional”, un modo de protesta común en Colombia que significa salir a las calles de cada ciudad a exigir nuestros derechos, y en este caso a exigir el retiro de la reforma tributaria.

El pueblo se unió, salió a las calles, bloqueó el país con el fin de encontrar un cambio, pues como decimos en Colombia “estamos mamados (cansados) de esta situación”, pero la respuesta de la fuerza pública fue ver las protestas pacíficas y atacar con gases a los manifestantes, buscaban oprimirnos. En ese primer día no lograron hacerlo, así llegamos al segundo y tercer día de paro, en donde la presión por parte del pueblo aumentó, pero los abusos de la policía continuaron, a tal punto de buscar la manera de fomentar el miedo en la ciudadanía para que no saliera a marchar.

El miedo, aquella arma poderosa que es capaz de arrodillar a cualquiera; pero queridos amigos, ya no tenemos miedo pues “si no nos mata el virus, nos mata el estado, entonces en resumen ya estamos todos muertos” (esta frase fue dicha por mi propia madre, y es recurrente en todos los manifestantes de Colombia).

Gracias a la presión del pueblo para el tercer día del paro el presidente se comunicó con el pueblo diciendo que retiraría la reforma tributaria, pero la cuestión aquí no es solo la reforma, la problemática es toda la historia que nos ha encaminado a no poder vivir en este país, por eso mismo la lucha continúa.

Parte IV: El Gobierno acorralado

¿Qué pasa cuando un gobierno se siente acorralado? Busca reducir al pueblo por cualquier medio, y es aquí donde es recurrente escuchar la palabra “infiltrados”, los amos del caos, que se infiltran en las marchas para destruir bienes del mismo pueblo, es ahí donde los medios de comunicación muestran su verdadera cara, pues dejaron de lado todas las marchas pacíficas y se centraron en mostrar solo los actos de violencia.

Dichos infiltrados que en muchas ocasiones se ha visto que son policías vestidos de civil y también ciudadanos “extranjeros” (utilizo esta palabra para aclarar que no son todos los ciudadanos venezolanos que han llegado al país, pero si una gran mayoría) pagados presuntamente por el mismo estado buscan deslegitimar las marchas pasivas, llevaron las ciudades al completo caos.

Nuevamente la policía desenfunda sus armas de fuego y ataca a la ciudadanía, las noches son ensordecedoras, pues a cada momento se escuchan bombas aturdidoras, gritos y sirenas de la policía. En muchas ciudades, como Bogotá, se escucha una sinfonía de guerra en la noche, pero en la mañana es el sonido del pueblo marchando firmemente; y entonces los medios de comunicación que se quitaron su máscara y muestran su verdadero ser, solo muestran la noche, a nivel nacional ha habido desaparecidos, la policía los reduce a un simple número, pasamos de ser ciudadanos a un número de lista.

Como ciudadano intento entender al policía que solo “sigue órdenes” pero ¿a qué costo?, por seguir órdenes las personas que esta institución dice proteger se transformaron en animales para cazar, matar y amedrentar, por seguir órdenes se olvidaron que todos somos humanos, por seguir órdenes se transformaron en máquinas de la muerte.

Parte V: Colombia grita, sangra y llora

El estado está matando gente. Ponemos nuestra bandera al revés para exponer que aquel color rojo que representa la sangre derramada por nuestros libertadores está en primer lugar. Colombia sangra por la opresión de un gobierno semi dictador, sangra por las injusticias que hemos tenido que pasar a lo largo de nuestra historia.

Pero también Colombia llora, siente la lucha entre sus mismos habitantes, siente las lágrimas derramadas por abuelos, padres, madres e hijos que han perdido su vida por buscar un cambio y tener un lugar mejor para vivir. Colombia llora por su historia pasada y presente, es triste que en el país que uno ama, que uno defiende a capa y espada, sea imposible vivir dignamente.

Y también Colombia grita por ayuda, por un cambio, nosotros los jóvenes nos cansamos de vivir así, clamamos por ser escuchados, gritamos por nuestra patria, peleamos por ella, buscamos no solo nuestro lugar en la historia, sino también buscamos cambiarla, los jóvenes nos cansamos de preocupar a nuestras familias por salir a marchar, nos cansamos de que nuestro derecho a la protesta se convierta en una posibilidad de morir luchando, ¿Cuánta gente debe morir para que un gobierno se dé cuenta de que está haciendo las cosas mal?

Tal vez solo sean palabras, pero estoy dejando todo mi corazón en ellas, como colombiano amo mi país, pero me es muy difícil vivir en el, como profesor trato de hacer que mis estudiantes entiendan la situación y participen de la manera adecuada, trato de que sientan amor por su patria y tengan las bases para luchar ella y sobre todo como filósofo busco transforman mentes, convertirlas en mentes reflexivas, mi papel aquí es incentivar la reflexión.

Apreciados lectores en este momento: Colombia grita, sangra y llora; los medios no mostrarán la realidad de las cosas, pero en mis palabras tengan claro que encuentran verdad y sinceridad. Nos encontramos entre la espada y la pared, intentan reducirnos, pero no lo lograrán, seguimos en pie de lucha pues Colombia necesita un cambio y su pueblo está dispuesto a luchar cueste lo que cueste.

La lucha continúa.

Artículo de:

Sebastián Yepes (autor invitado):

Colombiano. Licenciado en filosofía e historia, especialista en pedagogía y docencia universitaria. Su trabajo está enfocado a procesos de investigación en filosofía latinoamericana y en procesos de pedagógicos para la enseñanza de la filosofía.

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