Cuando nos preguntamos cosas tales como: “¿Crees en las casualidades? ¿Crees en el destino? ¿Crees en la suerte?”, tengo la sensación de que realmente nadie sabe exactamente de qué estamos hablando. Reflexionando sobre ellas, podemos darnos cuenta de que de una manera u otra todas están entrelazadas alrededor del mismo viejo problema: el determinismo contra el libre albedrío. Para algunos el único problema importante de la filosofía.

Así pues, me hago excusa de la redacción de este texto no para hallar solución alguna al conflicto, sino para clarificar los conceptos y, además, recopilar brevemente las diferentes posturas y respuesta que autores y escuelas de pensamiento han ido aportando al debate a lo largo de los siglos.

Determinismo y libertad

Empecemos con el determinismo, el cual sugiere que todo suceso responde a una cadena causal de causas y efectos y por tanto es producto inevitable de sucesos anteriores. Nosotros mismos, como parte de la materia del universo, también nos veríamos implicados en dicha cadena y ocurriría que nuestros actos y decisiones también se entenderían como resultado inexorable de las fuerzas que han actuado sobre nosotros. Dicho de otra manera más trágica: nosotros mismos seriamos producto no de nuestras propias decisiones sino de las circunstancias que nos rodean y los sucesos que nos acontecen.

Pierre-Simon Laplace describió las posibilidades de estudio del mundo y la vida si esta se rigiera por los principios deterministas:

Se podría concebir un intelecto que en cualquier momento dado conociera todas las fuerzas que anima la naturaleza y las posiciones de los seres que la componen; si este intelecto fuera lo suficientemente vasto como para someter los datos a análisis, podría condensar en una simple formula el movimiento de los grandes cuerpos del universo y del átomo más ligero; para tal intelecto nada podría ser incierto y el futuro así como el pasado estaría frente a sus ojos.

Esta formulación es casi religiosa, puesto que no dista mucho de lo que pudiéramos entender cuando usamos los conceptos de “Dios”, “Destino” o incluso “Karma”.

Haciendo un giro hacia a la perspectiva contraria, debemos preguntarnos cómo definiríamos la libertad en lo relativo al individuo. Podríamos sugerir que la libertad absoluta sería la capacidad de determinarnos a nosotros mismos, de elegir qué ser sin influencias anteriores y llevar a cabo nuestros deseos libres. Sin embargo, este planteamiento es fácilmente rebatible en nuestros días: quizás si es posible elegir qué ser con libertad, pero desde luego no todo el mundo tiene la libertad para llevarlo a cabo. Dado que esta libertad absoluta es inconcebible, si reducimos un poco nuestras pretensiones, podemos hablar de una libertad algo más modesta, la cual podemos entender como la interrupción por parte del individuo de la cadena de causas y efectos que envuelve al mundo. Esto sería el libre albedrío, es decir, la capacidad del individuo para interrumpir un proceso que de otra manera hubiera desencadenado en una determinada respuesta, siendo ésta sustituida por una respuesta alternativa o, incluso, una ausencia de respuesta.

El problema a lo largo de los siglos

Expuestos de manera breve y sencilla los polos opuestos del problema, quiero realizar ahora un recorrido longitudinal a través de los autores y escuelas de pensamiento que han ofrecido diversas perspectivas al problema que nos ocupa.

Los Estoicos, en la antigua Grecia, tenían una visión bastante determinista de la vida. Entendía que todo lo que acontecía lo hacía por necesidad o bien porque la fortuna o los dioses lo habían requerido así. Marco Aurelio escribió:

Lo que te va a suceder, ya estaba prefigurado desde la eternidad; la urdimbre de las causas ha entrelazado desde siempre tu subsistencia con estos acontecimientos.

Sin embargo, otorgaban cierta libertad al hombre cuando apelaban a su capacidad de modificar su actitud, sus deseos y sus parecer de las circunstancias. El mismo Marco Aurelio escribía:

Acomódate a lo que te ha tocado en suerte; y ama sinceramente a las personas a las que el destino ha querido hacer tus vecinos.

Por otro lado, Séneca, con anterioridad, escribía:

Si a través del entrenamiento podemos llevar a nuestro cuerpo a tal grado de endurecimiento que pueda soportar a un tiempo los puñetazos y patadas de más de un contrincante (…) con cuánta mayor facilidad el espíritu podría hacerse fuerte para encajar victorioso los golpes de la fortuna, para levantarse de nuevo si lo tiran, si lo pisotean.

Así, como resultado de este ejercicio, se diría:

El gozo del sabio está bien trabado, no se rompe por ninguna razón, por ningún azar; él está tranquilo siempre y en todos sitios. Porque no depende de algo ajeno, no espera el favor del azar o de otros hombres. Su felicidad es íntima; podría salir de su alma si hubiera entrado desde fuera, pero nace en ella.

Pasada la época oscura que supuso la Edad Media, con el Renacimiento, el hombre comenzó a estudiar la naturaleza y a dominarla: Se le adjudica a Galileo Galilei la siguiente sentencia:

Mide lo que se pueda medir, y lo que no se pueda medir, hazlo medible.

Con esta actitud, comenzó un proceso que alcanzó su punto álgido en la revolución industrial y que aún continua hasta nuestros días. Filósofos como Spinoza, Kant y Hobbes fueron partícipes de este culto a la razón, la cual, de una manera u otra, señalaban como fuente de la libertad del hombre. Así lo expresa Spinoza:

En nosotros, actuar absolutamente según la virtud no es otra cosa que obrar, vivir o conservar su ser (estas tres cosas significan lo mismo) bajo la guía de la razón; poniendo como fundamento la búsqueda de la propia utilidad.

El hombre por medio de la razón podía ganar control y dominio sobre la naturaleza así como sobre sí mismo. Así encontramos al hombre victoriano como el resultado final del hombre que ha aprendido a determinarse así mismo, un hombre que se basta de la razón y su fuerza de voluntad para ejercer su libertad. Sin embargo, Freud y Marx, llegaron para cambiar todo ello. Si el hombre victoriano creía tener controlado tanto su entorno como sus pasiones, Freud le dijo que no: que el hombre estaba ampliamente influido por su vida mental inconsciente y Marx que su vida estaba condicionada por las circunstancias socioeconómicas que lo circundaban. De esa manera, la libertad que el hombre había venido ganando desde el renacimiento se vio socavada por las aportaciones teóricas de Freud y Marx, dejando al hombre en una posición vulnerable, como objeto pasivo a merced tanto de sí mismo como de las fuerzas económicas que él mismo había creado.

En este panorama, llegaron los existencialistas para reconocer la lamentable situación del hombre y salvar parte de su dignidad. Jean Paul Sartre afirmó con firmeza que

El hombre está condenado a ser libre.

Entendiendo con ello que el hombre es libre en la medida que actúa con la finalidad de cambiar sus circunstancias, independientemente de lo pequeñas que éstas sean. Paul Tillich, por otro lado, expone el concepto de libertad finita:

El hombre como libertad finita es libre dentro de las contingencias  de su finitud.

El filósofo se refiere a que el hombre es finito en el sentido que está sujeto a muchas fuerzas deterministas, pero al mismo tiempo tiene la libertad de relacionarse con esas fuerzas. Por último, Rollo May, psicoterapeuta estadounidense, afirma que el individuo tiene libertad, definiéndola como

La capacidad de saber que él es el determinado, de hacer una pausa entre el estímulo y la respuesta y así arrojar su peso, aunque sea liviano, del lado de una respuesta particular entre varias posibles.

De una manera particular, May parece ofrecer una solución el conflicto afirmando que el individuo oscila constantemente entre ser sujeto y ser objeto de las circunstancias; que el individuo puede ser autoconsciente de que es libre de relacionarse de una manera u otra con esas mismas fuerzas que lo vuelven esclavo.

Hasta aquí, expuestas unas teorías y, por tiempo y espacio, obviadas otras, uno puede hacer un ejercicio íntimo de reflexión sobre unos y otros conceptos y comparar las ideas con la experiencia personal de uno mismo y la que observa en sus allegados. ¿Llegaremos a obtener una respuesta a este conflicto? A modo de conclusión dejo un par de comentarios: algunos autores creen que nunca podremos llegar a resolverlo; otros, además, creen que no es necesaria ninguna respuesta, sino que basta mientras uno mismo tenga la ilusión de ser libre y dueño de su propio destino.

Bibliografía

Marco Aurelio (2020) Meditaciones. Alianza Editorial

May, R. (2000) El dilema del hombre. Gedisa

Sartre, J-P. (2019) El ser y la nada. Losada

Séneca (2020) Cartas a Lucilio. Cátedra

Spinoza, B. (2018) Ética. Alianza Editorial

Tillich, P. (2018) El coraje de ser. Avarigani

Artículo de:

André Ducrós (autor invitado):

Psicólogo de profesión, filosofo por naturaleza, poeta por supervivencia y existencialista por desesperación. Psicoterapeuta en A Coruña (España) con un Máster en Santiago de Compostela.

Síguelo en: twitter, instagram

Imagen | Unsplash

Cite este artículo: Ducrós, A. (2021, 17 de mayo).Determinismo y libertad: el dilema a lo largo de los siglos. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2021/05/determinismo-y-libertad
#determinismo, #Estoicos, #existencialismo, #Libertad, #librealbedrío, #May, #responsabilidad, #sartre, #séneca

por autores invitados

¿Te gustaría escribir para nosotros? Puedes hacerlo enviando textos de forma esporádica o unirte a nuestro equipo permanente de autores. Para más información, envíanos un mail: contacto[at]filosofiaenlared.com

error: Content is protected !!