La filosofía crítica frente a la experiencia de la pandemia: Autoridad y responsabilidad sobre la salud

Introducción: Viejas costumbres

En una entrevista realizada por la Bolsa de Comercio de Rosario al humorista argentino Carlos López Puccio, miembro del conjunto de instrumentos informales Les luthiers, el comediante aclaró el rechazo de toda tentativa del grupo por incursionar en el cine, a pesar de haber alcanzado una fama sin precedentes para un grupo humorístico en todo el mundo de habla hispana.

El impedimento fundamental de Les luthiers para acceder a la pantalla grande reside en la costumbre del grupo al trabajo teatral, a la maleabilidad del chiste en relación con la reacción del público; misma condición que vale para explicar la negativa de la agrupación para difundir su trabajo en los medios de streaming. De esta situación, puede concluirse que, a sus 73 años, Carlos López Puccio y el trabajo de Les Luthiers está cimentado sobre costumbres incapaces de adaptarse a las condiciones emergentes de una convivencia físicamente limitada, tal como nos la impone la actual contingencia sanitaria.

La entrevista realizada al comediante de la blanca melena nos invita a cuestionar el perjuicio que representa la costumbre en ámbitos fundamentales de la vida; y, en este caso, fue el acicate para plantear algunas posibilidades e imposibilidades de la sociedad actual, develadas ante la experiencia de la pandemia. Propongo para desarrollar este ejercicio crítico, valernos del auxilio del padre del criticismo.

Crítica y panacea  

En su breve opúsculo ¿Qué es la Ilustración?, de 1784, Immanuel Kant se propone dar cuenta de las cualidades que describen el anhelo de la filosofía dieciochesca, así como de los elementos que obstaculizan este ideal. La meta es la Ilustración, definida, en sentido negativo, como una salida de un estado “autoculpable” de minoría de edad[1] (Unmündigkeit). Para hacer una interpretación coloquial de esta definición, basta con distinguir en una palabra aquello que se supone separa a la minoría de edad con respecto a la adultez. La palabra que yo elegiría es: responsabilidad.

Ser responsable significa ser capaz de dar cuenta racionalmente de las propias acciones, es decir, tener consciencia y dominio sobre las causas y consecuencias de lo que uno dice y hace. Al menos en tres ámbitos es patente -para el filósofo de Königsberg- la falta de responsabilidad que nos mantiene alejados de la deseada ilustración: al subsanar nuestra ignorancia con la opinión de un tercero, al tomar elecciones según el juicio de una autoridad moral que no es la mía, y al dejar mi salud al vaivén de la fortuna, confiado en que un médico me asistirá cuando lo requiera[2].

Los dos primeros signos de nuestra autoculpable minoría de edad identificados por Kant son temas recurrentes en la filosofía prekantiana y poskantiana. Se trata de problemas teóricos y morales ante los cuales se habían pronunciado ya autores como Diderot, Voltaire y Rousseau. Sin embargo, la relación entre la filosofía y la medicina carecía entonces de una tradición sólida, por lo que la mención crítica de la autoridad médica en la triada kantiana tiene una relación más próxima con autores de la antigua Grecia que con sus contemporáneos. Sabemos sobre la atención que los griegos dedicaban al cuidado del cuerpo, lo cual es históricamente patente en la experiencia del gimnasio. Sin embargo, la comprensión del cuidado de la salud en Grecia no es unívoca, y -como en otros aspectos de su cotidianidad- el rito y el mito nos proveen de perspectivas distintas a la glorificación histórica de la antigüedad, y terminan por mostrarnos añejas costumbres, patentes en pleno siglo XXI.

Entre los mitos griegos vinculados con la medicina, destaca el de Asclepio o Esculapio (para los romanos). El mito narra que Asclepio, hijo de Apolo y Coronis, era no sólo capaz de librar a los hombres de toda enfermedad, sino, inclusive, de resucitar a los muertos. Su efectividad era tal, que Zeus -preocupado por la escasa población en el reino de su iracundo hermano Hades- decidió fulminar al milagroso médico con un rayo. Lejos de ser el fin de la historia de Asclepio, este fue apenas el comienzo de su impacto en la cultura griega, pues el mismísimo Apolo intercedió ante Zeus para hacer de su difunto hijo una deidad.

Los templos dedicados al dios Asclepio se caracterizaban por atraer a numerosos enfermos que, en busca del remedio de sus males, se hospedaban en posadas aledañas antes de ingresar al recinto sagrado. A manera de purificación, los visitantes estaban obligados a guardar reposo, además de someterse a la privación del vino y a baños de agua fría y salada[3]. Tal vez el elemento más importante en la experiencia del templo del dios consistía en una serie de rituales dramáticos, que hacían sentir al enfermo en presencia del mismísimo Asclepio, los cuales generaban en el enfermo la sensación de una intervención divina en su favor, lo suficientemente potente para una sugestión efectiva.

El imaginario homérico se explicaba la enfermedad como una acción caprichosa de Apolo, quien tenía en su arco un arma capaz de esparcir todo tipo de males a la Humanidad, sin embargo, éste podía hacer llamar de vuelta a voluntad los males que él mismo había esparcido sobre los hombres[4]. No es de extrañarse que sólo la progenie de Febo pudiera hacer frente a las terribles enfermedades. Panacea -hija de Asclepio, y, por lo tanto, nieta de Apolo- fue una deidad menor que auxiliaba a su padre en su quehacer terapéutico a través del uso de yerbas medicinales. En castellano hemos adoptado el nombre de esta diosa menor para designar un beneficio mayor. La esencia del mito de la panacea es la relación primigenia entre el remedio y la naturaleza, que opera a favor de la curación del enfermo.

En la experiencia panaceica, el enfermo, o exenfermo -en la medida en que el remedio sea efectivo- es beneficiario y no partícipe (mucho menos conocedor) del proceso terapéutico que se ha desplegado sobre él. Llamamos panacea, pues, a un remedio que lo cura todo, y aunque pueda parecer un nombre mítico y distante, la búsqueda de la panacea ha sido históricamente documentada desde la antigüedad hasta nuestros días. 

En su curso de 1978, Seguridad, Territorio y población, Foucault rinde cuenta de una transformación en la concepción de la naturaleza entre los siglos XVII y XVIII, que puede arrojar como resultado una correspondiente e inadvertida experiencia panaceica contemporánea. En síntesis, Foucault describe el proceso en que el gobierno generaliza su control sobre el pueblo a través de la gestión de sus riesgos, adquiriendo una supuesta capacidad para controlar aspectos considerados de antaño como parte de una naturaleza impredecible. Este proceso exige el estrechamiento del vínculo saber-poder[5].

Gracias a esta unión, somos partícipes de una supuesta nueva naturaleza, colocada forzadamente encima de la naturaleza arbitraria y misteriosa de los relatos míticos. Esta naturaleza -que nos es más propia y, por lo tanto, más segura- es la sociedad civil. La naturaleza salvaje lanza su embate sobre esta naturaleza doméstica; la escasez de alimento, las sequías y las grandes epidemias son muestras evidentes de ello. Sin embargo, el supuesto que hace funcional la estabilidad del Estado es que, en la medida en que cada uno facilite al Leviatán el derecho de saber y modificar sobre nuestra vida, éste tiene la capacidad de someter al caos a su curso “natural”.

Las instituciones médicas son esenciales en este sistema de beneficios bilaterales, y podemos decir que se han convertido en la panacea de la cual el pueblo espera obtener el remedio inapelable ante la crisis sanitaria. Su labor es la de ofrecer a la sociedad civil un remedio inmediato para males determinados, en nombre del entramado institucional. Estas instituciones no necesitan educar al pueblo, sino que se ciernen sobre él como una autoridad que le ofrece resolver sus problemas a cambio de disciplina y, seguramente, una compensación económica.

Ahora bien, ante la ineficacia de este entramado institucional (en sus vertientes públicas o privadas), el pueblo puede sentir legítimamente que ha sido defraudado. Si una pandemia no cesa, el imaginario colectivo, fiado del Estado guardián, señala inmediatamente como culpable de su crisis prolongada a las “autoridades sanitarias”. Según este recorrido, podemos afirmar que presenciaríamos un caos social a partir del fracaso de la panacea del siglo XXI, en caso de que la autoridad fuese incapaz de calmar los males que aquejan a su pueblo. Ante tal amenaza cabe plantear la posibilidad de privilegiar socialmente una experiencia panaceica que no esté absolutamente mediada por la concesión de la voluntad a autoridades ajenas al arbitrio de cada uno.

En su libro titulado El conflicto de las facultades (1798), Kant plantea la posibilidad de concebir una panacea diferente a la confianza indefensa, característica del menor de edad frente a la autoridad médica. El filósofo de Königsberg sostiene que la filosofía práctica-moral aporta al hombre una panacea universal que, sin ser el remedio de todos los males, no puede faltar en ninguna receta[6] “Esta panacea sólo concierne a la dietética, o sea, sólo actúa negativamente como arte para prevenir enfermedades”[7].

La posibilidad de la dietética como panacea universal reside en que su ejercicio depende exclusivamente de establecer relaciones responsables con los otros y con nuestro entorno, mediante el uso adecuado de nuestra razón práctica y teórica, de la cual nadie está privado. En circunstancias como la que actualmente nos aqueja, se hace patente que -más allá del conocimiento específico que se pueda adquirir al respecto del SARS-CoV-2- la primera línea de defensa ante la enfermedad estriba en el cuidado de uno mismo. Es la razón práctica la que, según Kant, nos ofrece la oportunidad de considerarnos personalmente como miembros de una comunidad universal, por la que debemos amainar nuestras pasiones -e incluso nuestros hábitos- en beneficio del bienestar, y, sobre todo, de la dignidad humana. La gran pregunta que cabe hacerle a la cultura occidental es, entonces, si no está demasiado arraigada a la mala costumbre de ceder sus responsabilidades sobre la salud como para abrirse a una nueva experiencia del cuidado de sí y de los otros, basada en la responsabilidad.

Conclusiones

Para encarar socialmente la pandemia, no es necesario impulsar la formación de un epidemiólogo en cada uno de nosotros, basta con desarrollar una consciencia básica sobre el sentido de las medidas sanitarias que proponen las autoridades para que no idealicemos el trabajo de dichos personajes públicos ni menospreciemos sus recomendaciones, sólo porque asociamos a los políticos con un panal de enemigos públicos. Quien es responsable de su salud es capaz de dar cuenta de la efectividad y sentido de las medidas propuestas por los llamados expertos.

La responsabilidad no consiste en el apego a una norma inamovible, tanto como en el compromiso de ampliar nuestros horizontes a favor de las relaciones con el otro y con nosotros mismos. La necesidad de un cuidado de los otros, mediado por el amor al conocimiento, es, sin duda, la conclusión más filosófica que se podría extraer de este relato.

Bibliografía

Foucault, M. (2006) Seguridad, territorio y población. México: FCE.

Haggard, H. (1962) El médico en la historia. Buenos Aires: Editorial sudamericana.

Kant, I. (2003) El conflicto de las facultades. Madrid: Alianza. Kant, I. (2007) ¿Qué es la Ilustración? España: Tecnos.

[1] Kant, I. (2007) ¿Qué es la Ilustración? España: Tecnos P. 17.

[2] Ídem, p. 18.

[3] Haggard, H. (1962) El médico en la historia. Buenos Aires: Editorial sudamericana.P. 65.

[4] Ídem, p.60.

[5] Foucault, M. (2006) Seguridad, territorio y población. México: FCE. P. 402.

[6] Cfr. Kant, I. (2003) El conflicto de las facultades. Madrid: Alianza p. 176.

[7] Ibidem.

Publicado originalmente en el blog de la COMEFI (el 16 de septiembre de 2020).

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Luis Adrián Rodríguez Cortés (director del Colegio Profesional de la COMEFI):
Lic. en filosofía por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Maestro en filosofía por la BUAP. Coordinador del círculo de estudios “Philómytos” sobre Historia y Filosofía del Mito, en la facultad de Filosofía y Letras BUAP.

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por Colegio Profesional de la Comunidad Mexicana de Estudiantes de Filosofía

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