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Nota preliminar: Este texto es el manuscrito de una conferencia magistral impartida el 20 de Noviembre del 2020 en el marco de las jornadas por el Día de la Filosofía: “Filosofía d.C (después del COVID)”, en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro.

Ayer observaba las fotografías de hace un año, cuando tenía la oportunidad de participar, presencialmente, en congresos. Las cabezas, habitualmente, ocultaban de mi cuello para abajo. Hoy me percato, de manera contundente, de que ahora lo que oculta siempre mi cuerpo es el ordenador, o las limitantes del recuadro en la plataforma de streaming.

Este hecho me hizo reflexionar en torno, primero, a la forma en que se va conformando mi imagen de conferencista, o de profesora, o de escritora. En muchas ocasiones, el cuerpo de un profesor o de un conferencista está intervenido por varios utensilios, o, podría decir, por varios artefactos o fragmentaciones. Cuando soy Amanda profesora, mi torso se convierte en una estructura cuadrada que es una mesa, o se convierte en silueta, opacado por la información escrita en el pizarrón, o por la proyección en el cañón.

Cuando soy Amanda conferencista o escritora, pasa lo mismo. Soy una cabeza dividida de la nariz hacia abajo por un micrófono; una cabeza que tiene dos brazos y que luego pasa a convertirse en un artefacto cuadrado y que luego se descuadra y toma forma de cabezas, cabezas ajenas que están observando a ese híbrido de Amanda y desconocen que, desde ciertas perspectivas, desde ciertos espacios del salón, ellos también son parte de esa cosa llamada Amanda que soy yo.

Ahora, esta concepción un poco frankenstiana de Amanda cambió. O por lo menos, se modificó de forma contundente. O, como yo prefiero decir, la concepción de Amanda ha expandido su horizonte de posibilidades perceptivas.  De repente, como mencionaba al inicio, soy una cabeza con un cuello, o con una camisa, o con una playera, o con un abrigo. Luego hay un corte. No soy nada más. Soy Amanda la mujer sin cuerpo. Esto, desde la reflexión sobre la corporalidad de Amanda a la cual volveremos dentro de unos minutos.

 Por otro lado, está la interacción de mi corporalidad en el espacio virtual – digital. Continuemos con el ejemplo de las conferencias. Hay momentos en los cuales estoy compartiendo un espacio mínimo con muchas personas. Estamos, por ejemplo, en la pantalla de zoom, apretados uno al lado del otro, como si estuviéramos en el metro, o en el autobús, o en un avión. Cada uno de nosotros mueve su nuevo cuerpo que se comprende y visibiliza del torso para arriba. Y de repente, observo, siempre maravillada, cómo hay otras formas de interactuar, de moverse, de conocer, de sentir la otredad.

Eso, cuando todos tienen (tenemos) prendidas nuestras cámaras.

Pero cuando todos tienen apagadas las cámaras, todos excepto yo, hay un vacío, un vacío espacial similar o peor que el vacío de las calles durante la cuarentena. Y es que el vacío de las calles corresponde a un vaciamiento de personas, de población, de transacciones económicas y, aunque hay quien consideran que la ciudad pierde su sentido si pierde su densidad poblacional habitual (esto siempre remitiendo a la idea griega de Ágora), para mí la ciudad vacía continúa llena: llena de edificios, llena de sonidos desde las casas y los apartamentos, llena de olores, llena de color. Quizás no puedo salir, pero puedo verla desde mi ventana, desde mi ordenador, desde una foto, desde una videollamada con otra persona que está en otro lugar, desde mis recuerdos. Sin embargo, el estar en un espacio virtual donde nadie habla, donde nadie tiene prendida su cámara, por momentos me provoca un profundo sentimiento de inquietud, de infinita búsqueda a ver qué hay más allá de todos esos recuadros oscuros, inmóviles. Es una forma de conocer al otro desde su nula aparición o participación. Es “conocer” al otro desde la incomodidad. Esto también influye en la particular forma perceptiva que se da en el reconocimiento o existencia a partir de una materialidad basada en datos, metadatos y pixeles. 

La presente observación sobre el espacio virtual (en la red), me gustaría aclarar, no la hago con intención alguna de satanizar ni de rechazar otras formas de interacción que para nada comenzaron con la pandemia. Lo más relevante que se ha dado durante este periodo es que anteriormente, la interacción virtual de este tipo (videollamadas, plataformas) aparentemente se mostraba como una decisión libre y personal. Actualmente, esa supuesta libertad y autonomía que había desaparece para dar paso a una necesidad. Ejemplo de ello es la conferencia en la que ahora mismo estamos participando y que se ha vuelto el día a día de cada uno de nosotros.

Ahora bien, algo que sí podría señalar como negativo son algunas de las consecuencias que ha traído consigo esta necesidad de ser parte del espacio virtual ahora y, sobre todo, dentro de las instituciones educativas o formativas. Las siguientes son solo algunas de las impresiones que, de forma más contundente, han llamado mi atención.

La primera es la aparición de nuevas formas de la desigualdad (desde un punto de vista material). Leía el artículo publicado por The Economist donde enumeraba las múltiples ventajas que ha traído la virtualización del trabajo y la educación. Entre ellas estaba la posibilidad de insertarse en un mercado laboral de forma global, sin la premura de cambiarse de país o de ciudad. Esto es completamente cierto, en tanto se tenga los recursos necesarios para poder hacerlo. En este caso específico: ordenador con buen sistema operativo y suficiente capacidad, red Wifi, espacio adecuado para trabajar dentro del hogar. Pero, ¿qué ocurre si no cumplimos con estos requisitos indispensables? He tenido varios alumnos que, desafortunadamente, carecen de los medios y han tenido que abandonar la universidad hasta poderlos conseguir. Con ello, otras formas perceptivas de desigualdad se suman (o se perciben más) a la oleada habitual de distinciones sociales y económicas.

La segunda se refiere a las nuevas formas en que se expresa el regionalismo o la xenofobia. Un ejemplo de ello: los congresos y el caso de los intelectuales. Nadie quiere tener un invitado presencial proveniente de China, ni de México, ni de Latinoamérica en general. Es curioso cómo la COVID-19 llega a este lado del mundo predominantemente a causa del flujo de movimiento entre América y Europa; luego, mayoritariamente se continúa aceptando la entrada de europeos al continente americano, pero se nos niega el paso por su territorio. Claro está, esta afirmación no se expresa de forma tan tajante. Más bien se informa de manera bien polite en frases como: el congreso será híbrido (presencial – virtual) y el presencial se reserva para aquellos residentes en el continente europeo; el resto está muy cordialmente invitado a participar… desde su país.

En tercer lugar, derivada de estas dos primeras, está la desigualdad y discriminación, pero que se da específicamente dentro de esta parte de nuestra realidad que comprende la virtual (porque parto del sobre entendido de que el concepto de realidad, como bien plantea parte de la tradición postfenomenológica, de las posturas transmodernas y en general del posthumanismo, deja de restringirse a lo tangible-carnal e incluye todas estas formas virtuales y no – humanas de despliegue). Con esto me refiero a que en el planteamiento del problema está, sobre todo, en la posibilidad o no de conexión o de interacciones de esta índole. En este paso, damos por hecho que sí hay acceso a la conexión, pero entonces comienzan a aparecer los problemas que en la propia nube se dan: dígase, conexión lenta o poco manejo de las plataformas. Tengo alumnos que no quieren trabajar con otros por dichos motivos. De esta forma, las desigualdades siguen presentes de manera constante y esto genera cierto tipo de exclusión ya no solo de índole física, sino virtual.

Lo último, tampoco es algo totalmente nuevo, sino que, repito, en esta etapa se radicaliza. Pero nada es nuevo.

La relación entre confinamiento, cuarentena y exclusión ha estado siempre presente. Para continuar esta línea relacionada con tipos de exclusión provocadas por situaciones epidemiológicas pondré los siguientes ejemplos. Desde la Antigüedad, donde la lepra era un padecimiento harto común, vemos cómo inicia el hábito de poner en práctica métodos de expulsión, confinamiento y cuarentena. El Confinamiento, entonces, comenzó a definirse como: aislamiento de personas que ya están enfermas y Cuarentena: ciudadanos de los que se sospecha el contagio. Una de las primeras manifestaciones constatadas de leprafobia ocurrió en Egipto alrededor de 1.250 años antes de Cristo, cuando, por orden de Ramsés II, 80.000 leprosos fueron sacados de sus hogares y reubicados en un complejo al borde del desierto del Sahara.  También, en Levítico, ya se puede leer cómo se separaba a los leprosos del resto de la sociedad, obligándolos a vivir aislados de por vida.  En el Nuevo Testamento, la lepra continúa siendo considerada una razón para la discriminación y exclusión social que solo puede encontrar solución a través de una intervención divina.

En el caso de la peste, también vemos manifestaciones de esta índole. El profundo impacto de esta epidemia favoreció el nacimiento de medidas extremas de control de infecciones, que muchas veces condenaban al destierro o incluso a la muerte. En 1374, el vizconde Bernabo de Reggio, Italia, declaró que todas las personas con peste fueran sacadas de la ciudad a los campos, donde eran abandonados a su suerte.

Sin embargo, más allá de estas brutalidades, la peste negra impulsó una innovación clave: la cuarentena preventiva que aparecería en 1377 en otra ciudad del Mediterráneo (Ragusa, la actual Dubrovnik, Croacia). El concepto moderno de cuarentena preventiva comienza a establecerse cuando el Rector del puerto marítimo de la ciudad emitió oficialmente la llamada trentina, palabra italiana derivada del número treinta, que obligaba a los barcos procedentes de sitios infectados o sospechosos de estar infectados a permanecer anclados durante treinta días antes de atracar.

La medida pronto aumentaría hasta los 40 días para los viajeros que venían por tierra, seguramente porque ese período inicial de menor extensión, no se consideró suficiente para prevenir la propagación de la enfermedad.

También, en 1423, Venecia estableció los lazaretos: edificios aislados en los que se confinaba a las personas con enfermedades contagiosas o sospechosas de tenerlas.

Esta misma situación la vemos actualmente: se cierran fronteras tanto entre países como entre ciudades, se evita al enfermo, se aleja, ya sea enviándolo al hospital o encerrándolo en una habitación de la casa. También lo vemos en los usos de los cubrebocas, de protectores oculares, manteniendo una sana distancia que responde a la idea de que la salud, la sanidad está en la lejanía. Es decir, necesitamos de distancia entre todos para poder mantenernos resguardados. Y el mejor espacio para lograr eso es, sin duda alguna, el virtual. Ya será, responsabilidad de cada uno, ver de qué forma puede ser parte de éste y encontrar a qué grupo pertenece. Con ello el cuerpo se consolida como una exterioridad que se vuelve inmanente en tanto se construya de forma digital. Esto implica, por ende, entenderlo también a través de estas variantes manifiestas.

A pesar de las implicaciones un tanto de corte negativas que he planteado respecto a las nuevas formas de administración del espacio, reconozco y hasta reiteradas veces destaco lo positivo que ha traído. Un ejemplo de ello es también relacionado con el estudio. Para aquel sector de la sociedad que tiene acceso a las disposiciones básicas de conectividad, es interesante el mundo de oportunidades que se abre. Como mismo no se puede asistir presencialmente a un congreso, o ir a estudiar a otro país, como mismo se puede, en estos momentos, hacerlo de forma virtual. Las posibilidades de establecer conexiones académicas, las posibilidades de adentrarse en nuevas áreas del conocimiento antes no exploradas por una por falta de recursos más notables (dinero para boletos de avión, por ejemplo) en estos momentos no interfieren. Ahora mismo, yo estoy en Puebla, México, muchos de ustedes en Querétaro y, cada uno de nosotros está recluido en sus hogares, a la vez que nuestros cuerpos en su extensión virtual comparten un espacio de interacción. También, el desarrollo de las comunicaciones ha posibilitado la interacción con nuestros seres queridos, lo cual ha sido una vía fundamental de apoyo y cariño a los que están lejos. Las formas de “estar” se construyen, entonces, a través de la inclusión de aquello que el posthumanismo propone: la desconstrucción del concepto tradicional de humano para agregar aquello que consideramos, habitualmente no-humano. Así, la tajante distinción establecida por el antropocentrismo clásico se elimina, dando paso a otras formas de concebirnos. Ya no hablamos de inclusión a nuestro espacio, sino de entender que todos y todo estamos (y está) íntima y esencialmente relacionado y como tal hay que entender nuestro papel en el mundo de la vida.

En el ámbito propiamente de la filosofía, se puede observar cómo esta situación expande nuestro radar de estudio y da pie a nuevas formas de reflexión crítica.

Podría concluir esta parte diciendo que: hay una radicalización de la importancia del espacio virtual a la hora de pensarnos como sujetos “sobrevivientes a una pandemia”, siendo así, este espacio, aquel que se nos muestra antiséptico y seguro. A su vez, es un espacio que se libera de fronteras y da la oportunidad de mantenerse en comunicación con nuestros seres queridos o colegas, o nos permite continuar trabajando.

Pero como mismo tiene esta parte positiva, como mismo todo lo radical tiene connotaciones negativas que en este caso pueden ser el nacimiento de nuevos tipos de exclusión, nuevas formas de enjuiciamientos morales, nuevas formas de entender la soledad, el vacío y la interacción. También, pone de manifiesto cómo la tecnología y los artefactos técnicos pueden funcionar como agentes morales relevantes a la hora de pensar en la forma en las que tomamos decisiones, interactuamos y enjuiciamos al otro. Somos un híbrido humano-artefacto interactuando en un espacio que fusiona, también, estos dos elementos.

Ahora, volviendo al tema del cuerpo y la corporalidad, les comentaba lo intrigante, misterioso e interesante que se me ha hecho reconocerme como una figura académica en este tipo de modalidades. Mi cuerpo y su corporalidad se enfrentan a otras formas de fragmentación que, anteriormente desconocía. Aun me cuesta reconocer a plenitud las distancias y las formas en las cuales me “muevo” actualmente. En este reconocimiento, he recordado mucho a Ponty y su ejemplo de la señorita y el sombrero sobre la percepción y la corporalidad: “Una mujer puede, sin cálculo alguno, mantener una distancia segura entre la pluma de su sombrero y las cosas que podrían romperla. Siente dónde está la pluma, tal como sentimos dónde está nuestra mano. Si tengo el hábito de manejar un auto, entro en una abertura estrecha y veo que puedo “atravesarla” sin comparar su ancho con el de los guardabarros, así como paso por una puerta sin necesidad de verificar su ancho con el de mi cuerpo”.

Esta capacidad perceptiva que tenemos se la debemos entre otras cosas, a la supremacía que tiene el sentido de la vista en nuestra conformación vital. En nuestra cultura esta se privilegia antes que cualquier otro. Nos reconocemos, en un primer momento, a través de ella. A partir de ahí y en relación entonces con los otros sentidos, comenzamos a interpretar a través de imágenes todo aquello que vamos conociendo.  Hoy en día, ese privilegio que tiene este sentido frente a los otros cobra más fuerza.

De forma física: la vista es el único contacto que deseamos tener con ese otro. Incluso, los saludos que se han establecido para evitar el contacto están pensados totalmente para dos personas que tienen contacto visual y, a través de eso, se encuentran. El espacio en donde se encuentran las dos miradas es aquel que todavía se considera aceptable, aunque no hay que olvidar que el espacio privilegiado continuará siento el virtual. Es el único que emerge como antiséptico, libre de COVID.

En este encuentro de miradas también emergen nuevas formas de manifestarse mi cuerpo ante el otro. Inicialmente la mirada de ambos se centra en la boca, en la boca que ya se irá volviendo más y más una zona desconocida del cuerpo. En algunos países asiáticos ya es habitual la falta de esta parte del cuerpo. Pero en nuestro contexto la boca, los labios, la sonrisa, configuraban una parte bastante destacada a la hora de reconocer al otro. Ahora nuestra mirada va, iniciáticamente hacia esa zona, pero no buscamos ver unos labios; buscamos ver algo que la cubra: un cubrebocas. Luego de eso, inevitablemente miramos la calidad o la higiene de ese cubrebocas. Esto ya es una pieza integrada, insertada en nuestro cuerpo, como mismo nos insertamos un corazón, unos lentes, unos aparatos auditivos, un brazo biomecánico. Luego, estamos atentos a nuestros fluidos: la tos, la constipación nasal, el dolor de cabeza, la temperatura corporal…

Después de este reconocimiento visual, decidimos cómo será, frente a frente, la comunicación con el otro. Estos elementos actualmente son los que definen nuestro saludo, nuestro acercamiento. De no estar todo en orden, apartamos a nuestro semejante de la misma forma que en otro momento apartábamos o excluíamos a un leproso, a un apestado. Tenemos miedo, mucho miedo de cometer algún error y contagiarnos nosotros y, por ende, convertirnos en aquel que es mirado con temor y recelo.

También están esos otros que pasan por alto todo esto y continúan interactuando de la misma forma con el resto del mundo. Pero aun así, el temor persiste, no solo a ser contagiado sino a ser juzgado por no seguir los protocolos sanitarios predominantes ahora. El coronavirus ha creado cierta conciencia masiva de que nuestros cuerpos tienen la posibilidad de estar enfermos.

En tanto entes digitales, por otro lado, nos sentimos libres de peligro. Nada puede pasar nada. Podemos disfrutar de la compañía del otro a través de algoritmos que reconstituyen nuestros órganos y se nos muestran siempre sanos. Esta es una forma manifiesta de la exterioridad del cuerpo que denota finitud en dependencia del tiempo que estemos conectados. Así, el cuerpo y nuestros pensamientos se condensan en una finitud que responde a la temporalidad marcada por las plataformas: podemos ser infinitos, o no. Todo depende de lo que la técnica y nuestros recursos económicos lo permitan.

Esta es una excelente forma de interacción, de debate, de exposición ante los demás e incluso de recepción de lo que uno es o muestra.  La eclosión de las nuevas tecnologías está haciendo que se conformen nuevas formas de subjetividad y, además, una nueva “carne”. Mientras no haya una cura para la COVD-19 esta será una vía factible de confrontación.

Pero la pregunta siempre será, ¿y luego de la COVID? ¿Qué otra enfermedad nos va a consumir? ¿Podemos evitar por completo ser cuerpos enfermos? ¿Hay alguna forma de mantenernos inmunes?

La enfermedad también es otro al cual tenemos que mirar con recelo, pero también aprender que, por nuestra misma condición de cuerpo frágil y fracturado, siempre va a estar presente como posibilidad. Al final, el cuerpo no es algo separado de nosotros, sino que, como diría Nancy, no tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo. Un cuerpo y un nosotros que se puede mantener sano en tanto la técnica y los avances tecnológicos lo vayan permitiendo. Lo mismo ocurre con el espacio. Nuestras formas de interactuar con el otro, con esa otra carne, también cada vez están más mediadas por los avances tecnológicos que haya.

Como conclusión final podría decir que pensar este momento, como mismo ha sido en otros periodos históricos, dependerá de las estrategias y formas que vayamos descubriendo durante esta situación. Lo que debemos intentar no perder es el respeto, la comprensión y el amor por el otro. Mediados por los artefactos técnicos- tecnológicos o no, siempre estos aspectos deben estar presente. Habrá momentos oscuros, momentos de desconocimiento y desolación, pero al final, encontraremos vías para no perder el cariño, la empatía y la alegría por estar vivos. Finalmente, hasta este instante, somos sobrevivientes.

Artículo por:

Amanda Rosa Pérez Morales
Directora del Centro de Estudios Filosóficos-Culturales. Doctora en Filosofía Contemporánea. Profesora de la Universidad de Oriente, Puebla (México). Ma. Filosofía (Fenomenología y Filosofía Práctica). Escritora.

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por Centro de Estudios Filosóficos-Culturales

El Centro de Estudios Filosóficos-Culturales (CEFC) es un centro internacional de estudios enfocado en la divulgación de temas filosófico- culturales contemporáneos como: estudios filosóficos contemporáneos continentales, literatura y poesía reflexiva contemporánea, estudios sobre la imagen y el audiovisual con perspectiva filosófica, estudios sobre poshumanismo.

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