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Milan Kundera: ‘La insoportable levedad del ser’ y el peso de la existencia humana

“Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será” (Kundera, 2008, p. 11). Se eriza cada vello del cuerpo del apasionado lector que acaba de leer las primeras páginas de La insoportable levedad del ser, al mismo tiempo que seca el sudor de su frente una, diez, veinte o las veces que sean necesarias. La probabilidad de sentir un ligero mareo es elevada; de un mareo que va desde eso, la ligereza, al amago de malestar, la sensación de vacío en las profundidades de un pecho que se ahoga mientras busca un soplo de aire fresco. Algo llama a la puerta y el individuo no está seguro de poder abrirla, aunque ése es su único -y verdadero- cometido como filósofo, o ser humano. Se da cuenta de que puede ser cualquiera de los dos protagonistas que está a punto de conocer: Teresa, una Teresa cualquiera. Una mujer más, de un mundo más. La existencia comienza a pesar, a ser demasiado o a parecer mucho más de lo que debería parecer. El lector, como Teresa, muere un poco más cuando, cada mañana, recuerda lo que ha soñado: fantasmagóricos mensajes de un alma hecha pedazos, símbolos del subconsciente dibujando imágenes que sólo pertenecen al mundo de lo humano, de lo que es y ha sido siempre la vida. De los miedos, pero también de los anhelos. Del dolor. Se siente identificado porque ambos son uno con su inconsciente, viva imagen del capricho que no se puede controlar. No llevamos las riendas de la mente que habla sola, sino que ella nos maneja al gusto. Puede advertirse, entonces, un deje sádico en su mirada, en las elecciones que nos hace tomar; en los sueños que protagoniza sólo para nosotros noche tras noche. Tomás, un Tomás cualquiera. Un hombre más, de un mundo más. La existencia comienza a gritar, a bailar demasiado o creer más de lo que debería creer. El lector, como Tomás, siente el peso un poco más cuando, cada día, recuerda lo que ha vivido: grisáceas imágenes de un mundo hecho añicos, secretos de la deriva trazando realidades que sólo pertenecen a la existencia de lo terreno, de lo que es y ha sido siempre la vida. De los pesos, pero también de las levedades. Del existir. Se siente identificado porque ambos son uno con su carga, viva imagen del demonio que no se puede atrapar. No llevamos las riendas de la vida que acontece sola, sino que ella nos maneja al gusto. Puede advertirse, entonces, un tono negro en su vuelo, en las elecciones que nos hace tomar; en los acontecimientos que nacen sólo para nosotros día tras día.

Corría el año 1.904 cuando, en una carta dirigida a su amigo Oskar Pollak, Franz Kafka definió perfectamente lo que un libro debe ser, características que ochenta años después reuniría La insoportable levedad del ser -publicada en 1.984- en todas y cada de las páginas que conforman la que, probablemente, sea una de las mejores novelas filosóficas del siglo XX. Esta maravilla literaria pertenece al alma y pluma del checo Milan Kundera (1.929). Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? Comenzaba escribiendo Kafka, al mismo tiempo que advertía a su amigo sobre otra de las realidades innegables acerca de las obras literarias: lo que debemos temer son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Es sencillo imaginar a Kafka, cercano ya a las presencias de ultratumba, escribiendo desde su sótano, cuando afirmaba que un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro. Si una de las primeras turbulencias que vive la existencia del ser humano bien puede producirse tras profundizar en la literatura del alemán Hesse, La insoportable levedad del ser marca el inicio de la verdadera crisis existencial y es que, en sus primeras páginas descarga todo el peso del eterno retorno de origen nietzscheano sobre el ávido y curioso lector. El peso de leer a Kundera es más del que se pueda soportar, pues escribe con el alma. No sólo se trata de la primera crisis existencial, sino que va a ser la más purulenta de todas las que puedan vivirse. Tal vez la de latigazos más crueles. La crisis absoluta y verdadera -la caída por excelencia- la vive el lector o el filósofo, el humano, en el mismo instante en que Kundera llega a sus manos, manos que con el avance de la novela pierden la fuerza y el tono para sujetar con fuerza el libro, sea cual sea su formato. Milan Kundera llega cuando tiene que llegar: es algo que no planea, que no se plantea. La insoportable levedad del ser es virtuosa y demoníaca al mismo tiempo: destruye los fragmentos que es el hombre en el momento en que empieza, dejando al aire un alma desnuda que navega en una deriva de metafísica y rabia en las venas, de interrogantes a deshora y existencias que terminan por reducirse al tic-tac del tiempo. El tiempo, el eterno enemigo del ser humano. La otra cara del ser. Dualismos varios. Caemos y no podemos dejar de hacerlo cuando conocemos el verdadero peso de la existencia. Abordamos a Friedrich Nietzsche desde una perspectiva hasta entonces desconocida y por ello, prácticamente inimaginable; pues nos olvidamos del alemán pueril, de rabieta y grito obsceno, para caer en la cuenta de que sus palabras venían a decirnos algo puramente sibilino y cruento, arduo de procesar y vivir. En contraposición al pensamiento del también alemán Arthur Schopenhauer, en el filósofo del eterno retorno lo que hallamos es la rotunda afirmación de la vida. Hay que decirle sí a la vida bajo cualquier circunstancia. Tarea ardua la que propone: no hay golosinas tras la inyección de verdad que se introduce en nuestro cuerpo sin previo aviso, inyección de verdades que recibimos nada más mirar el mundo habiendo limpiado las oscuras lentes tras las que el ser humano oculta sus miedos. No hay más allá ni recompensa alguna tras abandonar la vida terrenal. No hay secretos ni beldades celestes o divinas. No hay nada: únicamente posee el humano una vida que, a menudo, se nos presenta como condena o tortura. O no. Históricamente, nos hemos refugiado en falsas sentencias para poder conciliar el sueño y no caer bajo el embrujo del peso más pesado y, sin embargo, éste termina llegando en forma de endriago abisal, en forma de demonio nocturno. Hay que aceptarse desnudo, es decir: existiendo en ausencia del sistema habitual de valores morales. Eso representa Kundera, eso nos dibuja en una novela que entremezcla el alma humana con el devenir político y social de su país natal; las pasiones y ardores del hombre con la represión soviética; el modelo tradicional de pareja y la ruptura con el amor y el sexo como tantos entienden que debe ser. El debate sobre el arte o lo kitsch en medio, antes o después de tórridos acontecimientos de infiel alcoba.

Pienso en Tomás, uno de los protagonistas de la novela, y vuelvo a toparme con Nietzsche -en Kundera hay una constante referencia a su filosofía, que podemos encontrar concentrada precisamente en esta novela-. ¿Por qué? Porque su vida es viva imagen de la idea de Nietzsche sobre el progreso, idea que viene a decir que no lo hay, que no existe: no concibe al ser humano y por extensión, al mundo, caminando hacia adelante. No hay evolución. Tomás vive encadenado a su vida, supeditado a su propia existencia de engaño y autosatisfacción. Todo su ser se centra en sus relaciones con otras mujeres, sin importarte que la suya se consuma presa de unos celos a veces racionales y otras no tanto. La existencia de Tomás pesa y como pesa, trata de hacerla leve sobre o debajo de cuerpos que, como plumas, caen con más gracia si es que llegan a caer. Así, es posible que lleguemos a entender que la vida no tiene ninguna finalidad, no hay nada más después del velo que la separa de la muerte y eso es algo de lo que también somos testigos tras la trágica e inesperada muerte de Teresa y Tomás. La vida es lo que vemos en el momento, en el ahora y ni siquiera el eterno retorno es un eterno retorno en sentido literal. Es peso, peso pesado, porque supone aceptar la tragedia de la vida y su vacío. No es fácil, está claro. No vamos a repetir nuestra existencia infinitas veces, ni así ha ocurrido previamente.

¿Qué hay sobre Teresa? Teresa tal vez sea la protagonista fundamental, pues es su alma la que arde y sufre con mayor intensidad desde la primera hasta la última página de la novela. Abruma y asusta mirarla como si nos estuviéramos mirando, a veces hasta con rechazo, el espejo de nuestro cuarto de baño. Me descubrí siendo la misma Teresa que lloraba por un Tomás humano, demasiado humano; pero ¿acaso no era ella -no soy yo- humana, demasiado humana? La figura de Teresa nace y gira en torno al misterio del sueño, el amor y unos celos que no podemos calificar como completamente irracionales. Lo irracional -y nos duele porque así somos- es el apego a todo aquello que nos hace sufrir. ¿Qué corriente filosófica puede haber mejor que el existencialismo para desentrañar todas estas cuestiones e inclinaciones del alma humana?

La insoportable levedad del ser es una de esas obras que, una vez leídas, no puede ya olvidarse; y la relación que se establece entonces, es una suerte de dicotomía cuyos valores extremos son el amor y el odio. A pesar de ese sentimiento de amor, difícilmente se retorna al libro en el sentido literal, verdadero y completo. El lector -filósofo o no- no puede correr el riesgo de nadar en las mismas páginas que bien podrían ser el filo o la cuchilla que marcaran el inicio del fin. Así entiendo, en mi propio argot filosófico, lo que es el existencialismo, la más humana de las vertientes filosóficas. La más profunda de las reflexiones. Es el viaje a uno mismo del que habló San Agustín en el medievo, aunque en algo erró y es que, no termina en Dios: empieza y acaba en uno mismo, pues de eso se trata la existencia del hombre.

 Las reflexiones de Kundera son dolorosas, horriblemente dolorosas cuando el humano que las lee es el mismo que vive dominado por las fauces -por las lenguas bífidas- de los antojos del sueño, siempre tan malignos y certeros en sus disparos. En todo momento hablo de obra porque tal vez el concepto de libro sea insuficiente para abarcar lo que significan levedad y peso para Milan. No sólo habla, cuenta o narra el autor, sino que se nos presenta a medianoche como el puñal que abre una herida de esas que no se curan. Si el lector ya portara en sus carnes una llaga, ahondarían en ella y con furia todas las palabras e ideas que definieron la existencia de Teresa y Tomás. Escribo, en este preciso instante, sobre todo aquello que tanto miedo me da. En mi caso la llaga ya estaba, pues el filósofo es el que porta la llaga umbraliana, el que trata de contener la pública náusea sartreana. El enfermo que acude a la cuchilla de Harry Haller. El que desespera en las mismas cimas que Emil Cioran. En mi caso, repito, la llaga ya estaba, no curaba y bien sé que no curará. El filósofo que cae en el existencialismo vive preso de una gran serpiente que gira en círculos. Del reptil o el monstruo que es el devenir de las almas condenas.

Llegado este punto di non retorno, huelga decir que La insoportable levedad del ser se perfila como una de las novelas filosóficas fundamentales para acercarse y entender el existencialismo a partir del siglo XX, en la vida contemporánea. Asimismo, es perfecta para tratar de reflexionar sobre el mundo y el ser humano, sobre nuestro carácter y el peso de nuestras vidas, el alcance de nuestras decisiones y el sentido que tiene nuestro tiempo de existir. Kundera mezcla de forma impecable todos los aspectos de la vida: los celestes y los terrestres, los divinos y bestiales, los armoniosos y vulgares. Tras una escena de sexo con su amante, que siempre es diferente a las que tendría con Teresa, bien puede Tomás hablar de cualquier aspecto relacionado con el arte; y después de un encuentro, de ésos donde sólo habla lo carnal en el hombre, de índole cuanto menos habitual, el mismo Tomás es capaz de volver a su trabajo como si nada hubiera acontecido. Y siguiendo esa línea, también posee la capacidad necesaria y suficiente para dejarse hacer y perder tras las exigencias del régimen comunista o pasear con total tranquilidad a Karenin, con la esposa a la que todos nos hemos llegado a preguntar si amaba o de qué modo lo hacía. Se erige La insoportable levedad del ser como una novedosa y ardiente continuación del pensamiento nietzscheano en la que el autor habla desde un alma entre llamas, que cae y cae sin parar. Sin querer hacerlo. Hay que ser puramente kafkiano para leer más allá del bien y del malo -en sentido literal y no tan literal-.

Bibliografía

Kundera, M. La insoportable levedad del ser. Tusquets Editores, Barcelona, 2008.

Imagen | Pexels

Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

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por autores invitados

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