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Una emotiva frase nos hizo despedir entre lágrimas a Máximo Décimo Meridio, protagonista de la gran película de Ridley Scott:

“Ahora somos libres. Volveremos a vernos, pero aún no. Todavía no”

Gladiator

En España, y más concretamente en Madrid, esta misma frase se repite una y otra vez en un contexto extremadamente diferente. Somos libres porque no tenemos restricción horaria, somos libres porque podemos juntarnos con tanta gente queramos, somos libres porque, por fin, podemos movernos libremente a lo largo y ancho de nuestro país. Esta libertad, por supuesto, les sabe mejor a unos que a otros. A las personas valencianas, la libertad de las madrileñas les sabe un poco más amarga.

Ante esta declaración de libertad por parte de unos y la incredulidad de otros, la pregunta que más se repite es la siguiente: ¿a esto le llamamos libertad?

Y es que libertad es un concepto tan manido como interesado, eje de luchas dialécticas y discursivas desde todos los bandos. El motivo es muy simple: en la batalla por el discurso, quien se apropie del término libertad es el indiscutible ganador. Este término es unos de los mejores ejemplos de lo que se conoce como significante flotante. Explicado a grandes rasgos, un significante flotante es todo término cuyo significado no es conciso y unitario, sino que abarca varios de ellos. El partido o movimiento que se apropie de este significante será aquel que consiga imponer el significado más interesado a su discurso.

En el caso de libertad, una de las distinciones más conocidas sobre sus conceptos es la de Isaiah Berlin. En su ensayo Dos conceptos de libertad, Berlin distingue entre la libertad negativa y la libertad positiva. La primera es la libertad entendida como ausencia de obstáculos o impedimentos ante mis acciones, es decir, soy libre porque puedo actuar sin coerciones externas. La segunda, es la entendida como libertad de autorrealización, de tomar decisiones y de poder decidir realmente sobre mi vida. En este caso, no soy libre por poder hacer lo que quiera, sino porque tengo los medios suficientes para decidir cómo quiero vivir y alcanzar mis fines. En el caso de libertad negativa, no es aceptable una restricción que coarte mi posibilidad de actuar como deseo. En el caso de la libertad positiva, caben restricciones sociales que permitan al conjunto de la comunidad tener unas ciertas condiciones de vida. La clave entre esta distinción es, por lo tanto, la prioridad del individuo o de la comunidad en conjunto.

Para Berlin, el Estado debe encontrar dónde trazar la línea para que ambos tipos de libertad sean respetados, asumiendo que, para que todos los individuos puedan actuar libremente, puede ser necesario ceder parte de nuestra propia libertad.

Entonces, ahora que podemos salir a tomar cañas… ¿ahora somos libres?

Bibliografía

Laclau, E., & Mouffe, C. (2010). Hegemonía y estrategia socialista, Madrid: Siglo XXI

Berlin, I. (1993). Cuatro ensayos sobre la libertad. Madrid: Alianza

Image | Pixabay

Artículo de:

Ester Velasco (autora invitada)
Graduada en Filosofía y Máster en Teoría Política por la Universidad Complutense de Madrid. Sus trabajos de investigación versan sobre el cosmopolitismo griego, especialmente en la escuela cínica. Fue asesora política en la comunidad de Castilla-La Mancha. Actualmente en desarrollo de su tesis doctoral en Filosofía Política.

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por autores invitados

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