Censura en Colombia: Las voces ahogadas por la represión autoritaria de un país condenado a olvidar

Cumplido un mes de iniciarse las protestas en Colombia en lo que inicialmente fue una manifestación de inconformidad en contra de la infame reforma tributaria o “ley de sostenibilidad solidaria” como la describiría el “presidente” Duque, se convirtió en el clamor unísono de un país que evocó recuerdos de aquella memoria que, junto a este pueblo, dormitaba en el dulce arrullo de la impunidad gobernante de esta república. 

En respuesta a las manifestaciones organizadas por la ciudadanía, el Estado no ha hecho más que reprimir las voces protestantes ya sea enviando a su muy militarizada fuerza pública o haciendo lo posible por detener la divulgación de material que desvele las violaciones a los derechos humanos cometidos bajo la mirada cómplice del gobierno. 

Se ha reportado desde afectaciones a la conexión de internet hasta medios de comunicación oficiales tergiversando la situación a manera de propaganda para hacer que el colombiano de a pie repudie la lucha que se vive a diario en las calles. 

La censura no se ha visto solo en las grandes casas de medios sino en las redes sociales más prominentes de este momento, las cuales están siendo usadas como herramienta infalible por los manifestantes en su afán de documentar algunas las atrocidades (las que se atreven a hacer cuando no están a solas con los detenidos) cometidas por una fuerza policial adoctrinada que ha olvidado su propósito: proteger al pueblo. 

Estamos viendo como Facebook etiqueta publicaciones en pro del paro como “contenido sensible” e Instagram borra historias, especialmente si estas incluyen denuncias contra los atropellos de la Policía Nacional y el ESMAD. Más recientemente varios internautas reportaron no poder realizar transmisiones en vivo a través de Facebook por unos instantes. 

La situación de censura ha llegado a tal punto que muchos colombianos en el extranjero han comentado la dificultad para encontrar información sobre lo sucedido cuando recién estaban empezando las manifestaciones. Personalmente, mi padre que vive en el extranjero me decía que no había muchas noticias sobre lo que estaba sucediendo en Colombia. 

En un acto vergonzoso y cínico, el vicepresidente Duque intentó esconder la situación del país ante la comunidad internacional con la celebración de la Copa América. Todos recordaremos ese bochornoso momento en el que mientras se disputaba un partido entre un equipo local y uno argentino, se escuchaba de fondo las aturdidoras lanzadas por el ESMAD para luego dar paso a los gases que afectaron a jugadores, técnicos y demás. 

Ni la música que estaba sonando en el estadio fue capaz de ahogar la represión y la lucha en su momento más álgido de confrontación.

Por otro lado, los casos de abuso policial están llegando a un punto alarmante, el uso indiscriminado de las armas “no letales”, la falta de seguimiento a los protocolos internacionales establecidos para los escuadrones antidisturbios y hasta armas de fuego usadas indiscriminadamente están acabando con la vida de aquellos que se están atreviendo a ponerle un fin a este narco-estado

Mientras se acumulan los casos aberrantes e indignantes como la aparición de desaparecidos en los ríos, de cuerpos mutilados o la presunta complicidad de un importante almacén de cadena que presta sus instalaciones para acolitar la violación de los derechos humanos de los protestantes detenidos, los medios oficiales se encargan de distraer a sus televidentes, incluso generan miedo y se atreven a aseverar que hay desabastecimiento a causa de la marcha aun cuando es una verdad a medias y el paro no es la única causa: ¿a caso no ven el desabastecimiento de justicia que tenemos en este país? 

El arte como protesta también está presente en el marco de manifestaciones para dignificar la lucha a través de la cultura. Lamentablemente también se ve afectado por la censura que muy cobardemente tapa los murales hechos y se afana en ocultar todo lo que haga ruido e incomode a las élites. 

Afortunadamente el sentido de lucha está emanando paulatinamente del oscuro recoveco de olvido en el que se ha convertido la memoria histórica del país. Este ímpetu de cambio está traspasando los límites geográficos y peleando en contra de la infame censura que nos lleva años de existencia de ventaja. 

Existen muchos casos que ejemplifican los alcances de la censura en medio de esta coyuntura. No es nuevo ni inesperado lo que está sucediendo, venimos de un estado que intencionalmente acomoda la historia a su preferencia, un Estado Orweliano que a través de eufemismos y doble pensar apaña la realidad a su conveniencia. 

¿Qué podemos esperar de un país donde el director del Centro Nacional de Memoria Histórica, encargado de darle un lugar en la historia a los acontecimientos sucedidos a causa de la guerra, ha sido fuertemente cuestionado por sus controversiales comentarios en torno a las víctimas y al conflicto interno? 

Tenemos un títere al mando y un titiritero que escupe odio cada vez que habla, haciendo apología a prácticas neonazis que ponen en riesgo la poca libertad que nos queda en este país y reiterando ese secreto a voces de que ya no tenemos la “democracia más antigua” sino el fascismo más normalizado de Latinoamérica. 

En medio de todo su atroz actuar, el Estado está cada vez más arrinconado, prácticamente se vio obligado a aceptar la visita de la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos); la prensa internacional está activamente reportando lo que los medios oficiales colombianos ignoran o tergiversan. 

Con lo que no contaba este gobierno es que la memoria ya no está siendo construida por los de arriba, acomodando o hasta eliminando eventos a su conveniencia; la memoria se está creando desde abajo y nosotros no olvidamos.

Esta era digital permite que cualquier persona que tenga acceso a un teléfono inteligente pueda capturar un momento que evidencie la brutalidad en el actuar de la fuerza pública. Aunque estemos luchando en desventaja en contra de un gobierno censurador y autoritario, estos acontecimientos pasarán a la memoria como un momento de inflexión que probablemente nos lleve a dejar atrás décadas, siglos de violencia. No podemos seguir escribiendo la memoria con sangre, este es el momento de hacer verdadera historia.

A medida que se desarrollan las actividades en torno al paro, es cada vez más clara la desesperación del gobierno, y en donde más se refleja esto es en los actos de censura con los que intentan ocultar las atrocidades que suceden; sin embargo este pobre intento de callar las voces inconformes da cuenta de lo fascista y dictatorial de sus actos reprochables.

Por último, esta frase de Jaime Garzón dicha hace tantos años, refleja un sentimiento colectivo que tenemos hoy todos los colombianos:

En Colombia, la pregunta es: ¿Quién nos va a matar?, ¿los guerrilleros, los paramilitares, los narcos o los políticos?” 

Jaime Garzón

Imagen | Fotografía de @laduarteph

Artículo de:

Alejandra Gutiérrez (autora invitada):
Estudiante de Antropología (Universidad de Antioquia, Medellín). Apasionada por las ciencias sociales y el análisis de los comportamientos afectados por los diferentes paradigmas que envuelven nuestra cotidianidad.

[cite]

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por autores invitados

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