Decía Isaac Asimov que uno de los defectos de interpretación de lo que sea la democracia era defender que mi ignorancia vale tanto como tu conocimiento. Es lo que él denominaba antiintelectualismo. Ciertamente, la falta de respeto por el conocimiento en sí es una lacra en toda sociedad, porque enseña a sus miembros a no intentar superarse, a no crecer como seres humanos, sino más bien tirar piedras contra quien lo haga solo por no salir perdiendo en la comparación.

Pero, por otro lado, vivimos en una sociedad saturada de titulaciones, demasiado diversas y a menudo limitadas. Creer que un cierto grado o una titulación nos hacen superiores a otros puede resultar también una contrapartida. Haría falta acotar muy bien en qué somos superiores desde nuestro conocimiento –e incluso desde nuestro esfuerzo- a otros. La excesiva profesionalización hace que los ámbitos de conocimiento queden realmente estrechos. Se puede ser experto de titulación superior en cualquier rama y a la vez ser un completo ignorante, e incluso irracional, en otros aspectos. De hecho, no es raro encontrar, por ejemplo, negacionistas, terraplanistas o adalides de prejuicios varios entre gente con una supuesta cultura. ¿Qué aporta, entonces, el conocimiento?

Aristóteles usaba como método el partir de lo fácil para ir ascendiendo a lo difícil. Antes de preguntarse qué es un buen hombre, por ejemplo, se preguntaba qué es un buen citarista, qué es un buen caballo… Hasta concluir que todo ser activo se define por su función y ello constituye su naturaleza. Todo para conducir a la gran pregunta: ¿En qué consiste la excelencia del ser humano? Pese a que la erudición tiene su papel en su desarrollo, de alguna manera sabemos que, sola tal cual, no basta. Cierto que tenerla puede implicar el esfuerzo de adquirirla, la inquietud por conocer. Pero el exceso de profesionalización desvirtúa estas cualidades, le quita esa necesidad de completitud que definiría nuestro desarrollo como seres plenos. El animal con logos no puede ser excelso si se constriñe a un logos acotado.

Pero hay algo más que el conocimiento en sí, incluso que la suma de muchos -o todos los- conocimientos como contenidos no aporta. El conocimiento, ciertamente, otorga control sobre aquello que se conoce. Un buen ingeniero es necesario para tener buenos puentes; un buen arquitecto para tener buenas casas; un buen médico para tener buena salud. Pero no hace falta que todos seamos ingenieros, arquitectos y médicos. Basta con que lo sean algunos en la sociedad.

En todos esos ámbitos profesionales se puede ser excelente. Pero, al margen de la realización o la capacitación profesional, no debemos olvidar que aspiramos a algo más, y que en aspirar a algo más, a una realización completa, es en lo que consiste nuestra naturaleza. En otro artículo hablé de la moral como realización plena, como nuestro ser henchido de sí mismo, tal y como la concebía Ortega y Gasset. Pero también es cierto que, para ser plenamente, tenemos que aceptar nuestra naturaleza social. Es la que hace que trascendamos los límites biológicos de nuestra mera animalidad. Aquí nos encontramos con que, para tener una sociedad justa, no basta con tener unos profesionales de la justicia. Para tener una sociedad moral, no bastan unos pocos expertos. La humanidad, en su conjunto, tiene que aspirar a una madurez en el terreno de su conciencia.

Hannah Arendt diferenciaba entre conocimiento y pensamiento. El primero lo identifica con la mera erudición y con la inteligencia entendida como habilidad para resolver problemas a partir de unas ideas adquiridas. Pero el verdadero pensamiento, el que nos hace humanos, va más allá. El diálogo con la conciencia es lo que nos da capacidad de juicio. Y esa conciencia, curiosamente, parece estar en el inconsciente. Así se manifestaba en Sócrates. Este decía que tenía un daimon interior que le decía lo que tenía que hacer.

En Platón aún se defiende que cualquiera que conociese el bien obraría bien. El conocimiento moral parece identificarse con el conocimiento intelectual. Había que precisar de qué tipo de conocimiento es el conocimiento del bien y el mal.

Nadie como Kant para tratar este aspecto. Una de las grandes contribuciones de Kant fue separar la pregunta ¿qué debo hacer?, de la correspondiente al ámbito de la ciencia: qué puedo saber. Pese a que Kant defiende la universalidad de una voluntad racional y la naturaleza esencialmente racional del hombre (somos razón, tenemos pasiones), la pregunta moral queda al margen del contenido de conocimiento. Pero, y es una gran diferencia, no al margen de la razón. Hay, sin embargo, algo enigmático, magnético, en esa concepción del imperativo categórico a primera vista tan fría, racional y diamantina. El deber ya no se plantea tanto como un conocimiento sino más bien como una tendencia, un impulso, algo casi emocional. El deber se siente. El imperativo categórico supuestamente nos dice lo que debemos hacer, como a Sócrates su daimon. Juzga desde la razón si una acción es buena en sí misma o solo en virtud de otra finalidad. Pero que el ser humano tienda a escuchar esa voz, aun al margen de sus intereses, es aún un enigma.

Conocer, siguiendo con Arendt, implica acumular ideas, elaborar teorías o resolver problemas técnicos. El pensamiento, sin embargo, lo define como una especie de diálogo perpetuo con nosotros mismos, en solitud. Ese diálogo íntimo nos lleva a trascender de la reflexión de las propias acciones a la ejemplaridad de las acciones en sí, lo cual implica necesariamente empatía, capacidad de adoptar el punto de vista de otros. Esta reflexión en solitud fortalece nuestra conciencia y dificulta el olvido.

Podemos, entonces, pensar que la reflexión personal, el diálogo interior, nos acerca a una verdad que nos hace trascender de la contextualidad, de mi interés aquí y ahora. Curiosamente, esa solitud que nos fortalece frente al rebaño, que nos otorga una esencia individual, es la que nos permite ser más que buenos ciudadanos, buenas personas. Buenos no simplemente en el sentido coloquial, a menudo confundido con “buenazo”, sino en el sentido griego, en el clásico: el ánthropos ágathos, el virtuoso, el excelente; la mejor y más plena versión de nosotros mismos.

Vivimos en la sociedad de la información, a menudo mal llamada sociedad del conocimiento. Pero los contenidos –aun si pudiéramos asumir su veracidad- no bastan. Vivimos en una sociedad que no piensa. Nadie nos enseña a pensar. A pensar en el sentido moral, y entendiendo por tal el sentido orteguiano: el que nos pone en nuestro quicio y vital eficacia, el que nos hace auténticos, porque nos permite huir de la obediencia, el rostro deforme del deber, y adquirir esa autonomía moral que consiste en desarrollar nuestro propio juicio. Esa es la esencia insustituible del ser humano, la que no puede ser –no se plantea siquiera- para las máquinas. Esa cuya carencia nos ha convertido en seres inferiores a esas máquinas a las que tememos o que algunos sueñan que nos superarán. La posesión de esa conciencia inconsciente es el umbral hacia nuestra realización, como individuos y como sociedad o polis, un umbral que sólo el diálogo íntimo puede traspasar.

Imagen | Wikimedia

Artículo de:

Esther C. García-Tejedor (autora invitada)
Doctora en Filosofía (UNED) y Licenciada por la U. Complutense de Madrid. Profesora de Filosofía en Secundaria y en Bachillerato.

#aristóteles, #Conciencia, #Conocimiento, #ética, #Hannah Arendt, #kant, #moral, #Ortega y Gasse, #pensamiento, #Sociedad de la información, #socrátes

por autores invitados

¿Te gustaría escribir para nosotros? Puedes hacerlo enviando textos de forma esporádica o unirte a nuestro equipo permanente de autores. Para más información, envíanos un mail: contacto[at]filosofiaenlared.com

error: Content is protected !!