Democracia como bandera del autoritarismo político: La emergencia de la cuarta transformación. Parte 2 de 2

Puedes leer la primera parte de este trabajo colaborativo desde aquí.

Consideraciones políticas

La historia de México, específicamente la historia política, se puede rastrear desde el análisis discursivo, y con ello pretendo decir que el discurso político en nuestro país ha sido, de forma dominante, la manifestación de la voluntad del Estado. Y esto es así porque hoy en día, los discursos edificantes de lo político y que surgieron desde Platón y Aristóteles, eran tratados basados en la naturaleza humana donde se establecen las diferencias entre los hombres  y a partir de las “diferencias” del más fuerte, que prevaleció en el discurso de los griegos, pasó por la Edad Media donde esa naturaleza del más fuerte se convirtió en un Dios, esencia omnisciente, omnipotente y omnipresente que daba orden al universo, actualmente se ha mantenido; pero ahora transformándose gracias a la era de la informática, a definir quién puede dominar la política por medio del discurso usado en los medios de comunicación. 

Y es en este sentido que en el libro Conversaciones y retratos de lo que se hizo y se dejó de hacer por la democracia en México (2010), sus autores Carmen Aristegui y Ricardo Trabulsi, mencionan que: “una democracia no es posible en toda la extensión de la palabra porque los medios de comunicación impiden ese proceso  de democratización, una traición por parte del gobierno hacia el pueblo de México”.  

El discurso político

En México, al igual que en otras regiones, la historia política se ha reducido a ser entendida como el poder político que pasa de manos a manos por los grupos políticos que deciden cuál es el mejor régimen posible, entendido éste como la administración, y distribución de las riquezas. Pero no se ha resaltado, como dice Foucault, que ha sido así porque el poder mantiene un vínculo con los ciudadanos, que es desde donde obtiene su poder y los derechos quien funge en algún cargo público y es gobernante.

Así, dada a la figura de autoridad inmiscuida en el discurso que tiene un carácter relacional entre el ciudadano y el gobernante, abarcando las relaciones sociales entre ciudadanos, y siendo en éstos desde donde se legitiman las prácticas políticas (inclusive estos grupos políticos que deciden entre un gobierno y otro el poder mismo), bien puede decirse que el discurso de la transición democrática es el discurso sobre la forma de constituirse en gobernador por medio de un cargo público desde donde se busca ser legitimado por los propios gobernados, pues los diferentes discursos creados por el discurso de la transición democrática, que es el eje discursivo que ha acompañado a nuestro país desde 1988 hasta la actualidad, son manifestaciones de esta contradicción, que se encuentra en el trasfondo del discurso institucionalizado de la transición democrática y que además fundamentan “la cuarta transformación” “la cruzada por el hambre”, “la revolución bolivariana” etc.  Concebimos el lenguaje político como un conjunto de signos que tienen un correlato en los hechos, y que se traducen en formas de agrupar a las sociedades

La edificación del discursos políticos

Los discursos que son edificados en el Estado, tiene una finalidad: facilitar la hegemonía sobre lo social definiendo lo que es el bien común y legitimándolo por el discurso. Y es allí donde la política se encarga de llenar con un contenido, hegemónico a lo social y decir: que un político “sirve para servir” y trabajar por las cuestiones públicas, dándole un significado radical para un individuo con el fin de excluirlo políticamente sea bajo la consigna: “la cuestión política es de los políticos y no de los ciudadanos”, justificando que el uso de los bienes comunes a su favor, es por una cuestión de “administración pública”, es decir, generando el desinterés, por lo que hacen los funcionarios. Pero también a la par, han existido diversos movimientos sociales, que buscan romper esa “hegemonía política y su imposición discursiva” y significando a través del lenguaje, un nuevo sentido sobre lo político, interviniendo también el ciudadano.   

Democracia como bandera del
autoritarismo político en la cuarta transformación

Podemos ver esta gran contradicción de la que arriba hablamos, como una “lucha de lenguaje”, sobre la que emerge el objeto o regla de formación que llamamos oposición histórica, y que ahora se puede entender que condiciona lo que se dice tanto en el primer como segundo nivel enunciativo: cada vez que se hable entre políticos, partidos políticos, ciudadanos que hablan de política, se verá al interlocutor como contrincante, porque se hablará desde una postura de oposición histórica que trata de reconocer la historia de este país, y se buscará el “distanciamiento histórico”, sea hablando (en la mayoría de los casos) bien de un partido político, aun incluso si se sabe que el partido en el que se milita o con el que se simpatiza, ha cometido irregularidades, como corrupción compra de votos, desvío de recursos, etc., automáticamente el candidato (como dijimos), pero también el ciudadano, buscará cancelar estas acusaciones sea desconociéndolas, o no nombrándolas, y se exaltará más el orgullo de pertenecer o simpatizar con un partido o con alguna visión de la política. 

Por ejemplo, cuando alguien dice “el gobierno actual es democrático porque no es el anterior”, se está ante la disyuntiva de, por una parte, definir qué entendemos por democrático y, por la otra: definir qué representa el nuevo gobierno de la alternancia. Pero si bien aquí la “alternancia” está plagada de contenido, con el paso del tiempo, es decir, con las formaciones discursivas en el proceso histórico, se va desvirtuando el sentido de las palabras, por el uso del discurso político, hasta llegar a decir: “no hay alternancia todos son lo mismo”.  

De acuerdo a las palabras anteriores, esto genera un concepto interesante en la política y efectivamente en los discursos: La contraposición, que parte de la política por lo que cualquier oposición, si alcanza la fuerza suficiente para agrupar a los seres humanos en un conjunto, el discurso así termina expresándose en términos de amigo / enemigo, adquiriendo entonces un carácter de confrontación política que puede ser tan grave como el cargo que se disputa (por eso las descalificaciones morales como estrategias discursivas). 

Para Laclau (1987), la posibilidad de que llegue a existir una verdadera democracia estaría precisamente en hacer compatible la contradicción con la pluralidad política: 

El reconocimiento de la naturaleza conflictual de la política, es siempre posible mediante la comprensión de  los objetivos de una política democrática, establecer la distinción nosotros / ellos de modo que, sea compatible con el pluralismo. Si lo político, así entendido, pertenece a nuestra condición ontológica, habremos de reconocer su carácter inerradicable. Sin embargo, es posible domesticar el antagonismo de la relación amigo / enemigo y reducirlo a una forma que no destruya la asociación política. Pero esto sólo se puede conseguir estableciendo un vínculo común entre las partes en conflicto, de modo que se reconozcan como oponentes legítimos, como adversarios, y no como enemigos irreductibles. A esta forma de relación la denomina “agonismo” (Laclau, 1987: p. 6-7).

El discurso político en México se ha venido desarrollando en el ámbito de esta contradicción: amigo / enemigo, que es desde donde se elaboran los discursos políticos, pero, además, puede reconocerse como la atmosfera en donde se centra la política que vivimos todos, sea en un lado o en otro. Y siguiendo a Laclau, si se ve a los contrarios como enemigos, entonces se pensará que quieren arrebatar el poder que se desea, a través del poder del discurso. Resulta difícil pensar en esto en función del discurso, porque éste no es exclusivo como lo mencioné anteriormente, ni de la política ni del político, sino que pertenecemos a ello, como también pertenece al ámbito social (el poder ejerce una autoridad, en la familia, en las instituciones educativas, en grupos organizados, etc.). 

No juzgo cómo debería ser la democracia, sino más bien cómo está funcionando el proceso discursivo político, que ha encontrado en los procesos históricos una justificación para hacer entender lo que se tiene que entender como política, transición, gobierno, democracia, cuarta transformación etc. 

Apuntes finales

La crítica que Foucault estableció en La arqueología del saber (1969) contra lo político, fue posible por el giro que le dio a este campo hacia la discursividad, y mostró que ella nos refleja a nosotros mismos, cómo somos parte de este juego de reglas, donde la mayoría de los discursos políticos sólo reproducen la visión de sus antepasados: una visión del mundo político que desde la antigüedad occidental hace la política confrontación, atracción y reproducción. Y el discurso tiene esta capacidad de unir, de desunir, de aislar, de dividir, de confrontar, de señalar, el discurso dice “un yo, presente”. 

La democracia como bandera política es la justificación del actuar. Es “la verdad”, “el camino”, es la fundamentación de la legitimación de un proyecto de dominación. En nombre de la democracia tenemos avances, retrocesos, como se han tenido con la bandera política que sea. Desde el populismo, autoritarismo, hasta democracias, han utilizado a la sociedad porque es la esencia de conformación del Estado. Cada régimen político de una manera diferente no puedo decir cuál es  mejor o peor. Sin duda, como mencionó Carlos Salinas de Gortari, cito de memoria: “La política es el arte de la ficción” yo agregaría “sustentada en la discursividad de la realidad”.

Bibliografía

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Meersohn, Cynthia (2005). Introducción a Teun Van Dijk: Análisis de Discurso. Cinta de Moebio, (24),0.[fecha de Consulta 7 de junio de 2021]. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=10102406

Artículo de:

Eric Rodríguez Ochoa (autor invitado):
Docente, escritor e investigador de la Lic. en Psicología Crítica.

Imagen | Pixabay

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por autores invitados

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