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Inteligencia Artificial y mente humana: ¿cómo influyen las IA en las estructuras cognitivas?

“En pocos años estaremos completamente rodeados de IA y su papel será cada vez más trascendental. Educará a nuestros hijos, cuidará de nuestra salud y nos ayudará a ahorrar” (Frank, Roehrig y Pring, 2018). Análogamente, la Inteligencia Artificial será capaz de detener “a los delincuentes, aumentará la producción agrícola y nos descubrirá los nuevos mundos de la realidad aumentada y virtual” (Paul, Roehrig y Pring, 2018). Desde su origen en los laboratorios de ámbito universitario, la Inteligencia Artificial ha terminado por instalarse en el día a día de millones de individuos. Una de sus capacidades más notorias es la de haber viajado del literario o televisivo universo de la ciencia ficción, a formar -indiscutiblemente- parte de la cotidianidad-. La evidencia y solidez de este argumento sugiere que es harto complicado comprender la civilización humana sin relacionar nuestra existencia con el uso de dispositivos electrónicos y/o tecnológicos dotados de IA. Los smartphones ocupan buena parte de nuestra realidad y tiempo. Han trascendido sus límites y también lo del ser humano: no viajamos sin nuestro teléfono móvil, como tampoco lo hacemos prescindiendo de la incuestionable ayuda de los sistemas GPS o Google Maps. Cabe, entonces, preguntarse por la posibilidad de que toda esta serie de dispositivos sean capaces de reestructurar la mente humana.

La especie humana ha aprendido a proyectar su existencia en el mundo digital. Hoy día, muchas de nuestras reflexiones son resultado de las vivencias en la red de redes, pero también de lo acontecido en los videojuegos, que se han convertido en uno de los motores principales del ocio actual. Podría decirse que la IA forma parte de todos y cada uno de los aspectos, sectores o ámbitos del hombre y las sociedades contemporáneas. En la esfera pública y la privada. Existen máquinas -y no es cosa de hace dos días- que pueden vencernos en diversos campos y desempeñar tareas que eran inimaginables hace tan sólo unos años. Viven continuamente encendidas, lo que supone que poseen una capacidad de aprendizaje que no da lugar a interrupciones, así que sus habilidades son constantes.

La presente reflexión centra sus objetivos e intereses en la evaluación de los efectos derivados del uso de IA en la vida cotidiana sobre la cognición humana, partiendo de la premisa de que pueden reestructurar la mente. En aras de una comprensión fundamentada, la cuestión se abordará desde las dos perspectivas: las aportaciones positivas y las negativas, basadas todas ellas en estudios; los aspectos beneficiosos del uso de dispositivos dotados de IA y las desventajas de su abuso.

No es un secreto que las máquinas nos superen en unas cuantas habilidades y/o capacidades; como tampoco lo es el hecho de acomodarse a ello, en detrimento de las propias. El uso desmedido de IA para esto y aquello merma capacidades cognitivas como la memoria o la atención. Las nuevas tecnologías acarrean problemas que es necesario analizar. Algunos de ellos son la aparición de psicopatologías como la ansiedad, depresión y crisis de pánico; pero también pueden producirse distorsiones cognitivas o mermar la creatividad e imaginación, sobre todo en niños y adolescentes. Pero estos dispositivos marcados por la IA también ofrecen una serie de ventajas en cuanto a la mente humana se refiere, algo que se desgranará gracias al análisis de The extended mind de Andy Clark y David J. Chalmers. Buena parte de la bibliografía disponible se centra en los aspectos positivos de las IA, que no pocas veces se enfocan en el mundo empresarial y económico. Para abordar los aspectos negativos, el ensayo se apoyará en un par de libros que, aunque dirigidos a ese ya citado mundo empresarial, ofrecen una reflexión general sobre los problemas que se ajusta a los objetivos del ensayo. Éstos son: La sociedad hiperdigital: las 10 fuerzas que cambiarán nuestras vidas, de Alberto Delgado; y Qué haremos cuando las máquinas lo hagan todo: artificial intelligence, bots & big data, cuyos autores son Ben Pring, Paul Roehrig y Malcolm Frank. La sociedad hiperdigital ofrece las respuestas idóneas para llegar a comprender el impacto que produce la inmersión de las IA en nuestras vidas diarias y cómo su uso -continuado y también desmedido en muchas ocasiones- reestructura la mente humana del mismo modo que los agentes meteorológicos erosionan el paisaje.

Una aproximación al concepto de Inteligencia Artificial

Antes de abordar la cuestión en profundidad, es conveniente realizar un breve viaje a la historia más reciente de las inteligencias artificiales. Para ello, habría que remontarse al siglo XIX de nuestra era, pero comúnmente se relaciona el nacimiento de la inteligencia artificial con Alan Turing y su artículo Los números calculables (1936), que sentaría las bases de la informática teórica. Con su trabajo también nacen la Máquina de Turing y la formalización del concepto de algoritmo. Es en este caldo de cultivo donde encontramos los antecedentes de las computadoras digitales.

Con posterioridad, ya en la década de los cincuenta, John McCarthy, Marvin Minsky y Claude Shannon acuñaron el término de Inteligencia Artificial propiamente dicho. Estos destacadísimos científicos definieron la IA como la ciencia y el ingenio de hacer máquinas inteligentes, especialmente programas de cálculo inteligentes. McCarthy, Minsky y Shannon vaticinaron que, en unos diez años, la sociedad estaría rodeada de máquinas. No acertaron en cuanto al tiempo, pero no se equivocaron al afirmar esa sociedad que hoy es ya hiperdigital.

También en la década de 1950 encontramos un grupo formado en el MIT que contribuyó a sentar las bases y concepto de la IA. Este grupo de científicos, procedentes de diversas disciplinas, se reunieron alrededor de Norbert Wiener y juntos darían paso al nacimiento de la cibernética. A partir de ese momento la IA comenzó a evolucionar. Su desarrollo se ha entendido como un progreso a lo largo de tres etapas bien delimitadas en el tiempo. En un primer momento -aproximadamente entre 1956 y la llegada de los setenta-, se perfilaron las técnicas básicas de la inteligencia artificial, que no son otras que los algoritmos y las estrategias de búsqueda para la solución de problemas. Posteriormente los estudios se centrarían tanto en los sistemas de producción como en los de planificación automática. Tanto en los setenta como en los ochenta, los prototipos que habían funcionado en laboratorios y universidades, salieron al mundo de la industria. Las grandes empresas empezaron a invertir en tecnología cantidades ingentes de dinero al darse cuenta de la necesidad de mejora en cuanto a capacidades de procesamiento y análisis de datos se refiere, pues ya se manejaba un gran volumen de información.

Las IA, entonces, comenzaron a ganar terreno vertiginosamente. Si nos remontamos al año 1997, la anécdota más sonada con respecto a la inteligencia artificial, es la protagonizada por aquel ordenador de IBM que fue capaz de ganar al campeón mundial de ajedrez, Gari Kaspárov. Este asombroso acontecimiento marcó un antes y después que no ha dejado de verse reflejado en el mundo del cine. Ha sido cuestión de tiempo que hayan surgido otras IA capaces de hacer lo que Deep Blue. Ejemplo de ello es AlphaGo, de Google, que resulta victoriosa en juegos de estrategia como Go o Jeopardy!

La actualidad es la época dorada de las IA: no sólo brillan en juegos de estrategia, sino que forman parte de máquinas tan asombrosas como el coche autónomo, capaz de circular mejor que cualquier ser humano. Huelga decir que la tasa de accidentes viales es infinitamente menor. En el mundo de las finanzas, los algoritmos aseguran ganancias considerables. Estamos atravesando un tiempo en el que algunos hospitales ya cuentan con robots que realizan intervenciones quirúrgicas y existen softwares específicos para el diagnóstico de ciertas enfermedades, que actúan con una rapidez insólita llegando a alcanzar una precisión del 99%.

¿Cómo reestructura la mente humana el uso de IA?
La mente extendida de Andy Clark y David J. Chalmers

En su trabajo The extended mind (1998), Andy Clark y David J. Chalmers presentan una concepción que entiende la mente humana como algo que no puede estar en un lugar determinado ni evidente, en aras de lo que denominan externalismo activo. Éste supone que el proceso cognitivo humano se extiende a su entorno, es decir: es el entorno el que juega un papel fundamental en la ejecución de los diversos procesos de carácter cognitivo.

La tendencia natural del ser humano es apoyarse en su entorno. Siguiendo a los autores, en el externalismo activo, el organismo se une a una entidad externa y comienza a interaccionar en dos direcciones para crear un sistema ensamblado, que jugará un papel similar al de la cognición. En esta línea y volviendo al campo que compete a la investigación, los dispositivos tecnológicos dotados de IA tienen la capacidad de trascender sus funciones más básicas, para potenciar las capacidades humanas. La construcción de nuevos sistemas cognitivos es posible cuando cerebro, cuerpo y mundo se coordinan de forma continuada. Estos sistemas son los sistemas cognitivos extendidos, es decir, son una extensión de la mente humana.

La cuestión es preguntarse cuándo los avances o dispositivos tecnológicos pueden convertirse en una extensión de la mente humana o no; y la perspectiva desde la que abordarlo. La tesis de Clark y Chalmers sobre los sistemas cognitivos extendidos es bastante positiva y beneficiosa para el ser humano. Para que lo entendamos desde un punto de vista más sencillo, los autores acuden a la ejemplificación con el caso de una persona con movilidad reducida que se vale de un bastón como apoyo. El bastón, que es un artefacto, puede trascender su funcionalidad y remodelar los límites del cuerpo humano en relación con el mundo exterior. ¿Por qué? Esto es debido a la plasticidad neural o neuronal, que es una de las características del sistema nervioso que implican que éste puede cambiar. El encéfalo humano -y se incluye el adulto, puesto que no es algo exclusivo de los primeros años de vida como podría pensarse- posee plasticidad neuronal para aprender habilidades nuevas y establecer memorias nuevas o responder a lesiones durante toda la vida. En el caso concreto del bastón, es la mentada plasticidad la responsable de actualizar el esquema mental del individuo que tenía aquellos problemas de movilidad.

Se ha abordado la plasticidad cerebral desde el ejemplo del uso de un artefacto que se convertía en una extensión de la mente humana. Se trata de algo extrapolable a los avances o dispositivos tecnológicos, a las IA. Conviene señalar que, para ello, los dispositivos tienen que cumplir una serie de criterios relacionados con el principio de paridad definido por los autores. Afirman que si a la hora de desempeñar una tarea, una de las partes funciona como lo haría un proceso de índole cognitiva, entonces lo aceptaríamos como parte integrante de ese proceso cognitivo. Así, tanto el artefacto como el dispositivo, para ser una extensión de la mente, deben estar disponibles y ser confiables; y ofrecer una información fácilmente accesible, además de automática y conscientemente aceptada.

¿Las estructuras mentales y cognitivas
pueden verse afectadas negativamente
por el uso de IA en la vida cotidiana?

El uso continuado de avances y dispositivos tecnológicos dotados de IA en los diversos ámbitos de la rutina de las sociedades actuales, trae consigo una serie de consecuencias negativas si se evalúan desde el prisma neurológico. La inmersión -y supeditación de los sujetos a estos dispositivos- de las IA en la plenitud de la cotidianeidad supone una reestructuración de la mente y las capacidades cognitivas del ser humano, a tenor de las patologías que muchas veces se derivan de su uso. Como punto de partida, se ha seleccionado La sociedad hiperdigital del ingeniero Alberto Delgado. Si bien Qué haremos cuando las máquinas lo hagan todo, termina focalizando su interés en el ámbito de las finanzas y el éxito empresarial; también es de gran utilidad para marcar unas pautas y entender tanto el desarrollo como el alcance actual de las IA en nuestro día a día.

La premisa principal es que las IA pueden llegar a reestructurar la mente humana. En el punto anterior, se veía cómo algunos avances o dispositivos pueden llegar a ser una extensión de la mente humana, algo claramente beneficioso; pero ahora la cuestión de interés es cómo se modifican esas mismas estructuras en un sentido negativo, cómo se afectan las capacidades cognitivas de los sujetos humanos como resultado del abuso de consumo tecnológico. A grandes rasgos, puede decirse que es habitual desarrollar patologías como la ansiedad y la depresión en relación con las nuevas tecnologías (dispositivos, redes sociales, vida en la red, teletrabajo y un largo etcétera); pero también pérdida de creatividad e imaginación o la capacidad para analizar críticamente la realidad, algo que puede llevar a sufrir distorsiones cognitivas. La vida social -puesto que el ser humano es un zoon politikon– también se ha visto afectada en sus formas y practicarla a través de las opciones que nos ofrecen las IA desemboca no pocas veces en aislamiento y dificultades a la hora de socializar en la realidad real.

Adaptar la vida cotidiana al uso de IA y dispositivos tecnológicos no es algo perjudicial en primera instancia, hay una infinidad de argumentos que clarifican sus ventajas. El problema es el abuso o el dejarse hacer, la comodidad entendida desde una perspectiva negativa. Como todo lo desmedido, un consumo exacerbado tiene unas consecuencias que, en este caso, abren la posibilidad de alterar la salud mental. Y los desajustes en la salud mental, bien pueden reconfigurar el cerebro.

La realidad digital ha dibujado el espectro de nuevas enfermedades. Por citar unos ejemplos, se han bautizado tres trastornos con los nombres de nomofobia, cibercondría y el síndrome de Facebook. La primera es el miedo -irracional, claro está- a estar sin el teléfono móvil. ¿Cuántas veces unos padres se llevan las manos a la cabeza si el retoño ha salido sin teléfono? ¿Quién se sienta frente a un volante sin el móvil al lado? ¿Se concibe la vida actual sin smartphones? Abandonar la calidez del hogar sin el respaldo del teléfono móvil es sinónimo de una gran tragedia. Algo así como la crónica de una muerte anunciada: el tren va a descarrilar, probablemente sufriremos un accidente automovilístico y moriremos por no poder marcar a emergencias. Nos pueden robar o secuestrar, ¿quién sabe qué? Incluso la calidad de las relaciones con los otros – de amistad, de pareja, entre familiares- se evalúa desde el tiempo que se invierte en usar el teléfono o la rapidez con la que se responde a los mensajes. Del mismo modo que se reestructuran las sociedades, sus normas y valores; se reestructuran las mentes, habilidades y capacidades. La cibercondría es una suerte de hipercondría, pero en la dimensión digital: hay una cantidad ingente de información acerca de enfermedades y dolencias que están al alcance de un insignificante clic. Por último, el síndrome de Facebook viene causado por un exceso de amigos -o lo contrario- de las redes sociales, además de la insatisfacción que produce el ver que no coinciden la realidad real y la realidad digital. Las expectativas irreales o los mundos en la red nada tienen que ver en el día, lo que desemboca en trastornos de ansiedad y depresión, que han llevado a algunos individuos al suicidio.

 Las tesis expuestas son argumentos convincentes para afirmar que un mal uso de las nuevas tecnologías desemboca en trastornos que afectan y merman nuestras capacidades cognitivas.

Volviendo al trabajo de Alberto Delgado, es interesante desgranar el listado de fuerzas o agentes que define como vectores de la sociedad digital o la sociedad hiperdigital. Algunas de ellas están íntimamente relacionadas con lo argumentado en el ensayo: hipercognificación, hiperinformación, hipervirtualización, hiperinstantaneidad, hiperautomatización e hiperindividuo; que son las que más perjudicialmente afectan a las estructuras mentales y cognitivas.

 La hipercognificación se entiende como la universalización a la hora de aplicar las IA, es decir: la inmersión de la inteligencia artificial en todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana. Si acudiésemos al uso de ejemplos para entender mejor el concepto, bastaría con listar los smartphones con su infinidad de funciones; los dispositivos GPS; las pulseras de actividad; o los robots de cocina. Pero también los ordenadores, que desde hace un tiempo son capaces de resultar victoriosos al competir con humanos en juegos como el ajedrez. Las IA nos enfrentan cada vez más al arduo reto de redefinirnos como la especie que somos. Es extraño y difícil al mismo tiempo llegan a comprender cómo es posible que las mismas máquinas que nosotros hemos creado sean mucho mejores que nosotros haciendo cálculos. Las hay incluso que escriben poemas y sinfonías. Hay softwares para computadoras que permiten crear millones de melodías con, también millones, instrumentos digitales: hoy día ya no es necesario reunirse con unos amigos para ensayar música en el garaje, podemos hacerlo todo con nuestro ordenador y confeccionar un disco. ¡No hay diferencias perceptibles!

Siempre hemos creído que la cognición es algo puramente humano y aquí estamos, atravesando la era en la que se impone la cognición artificial. Sería absurdo pensar que no pueda afectar a las estructuras mentales humanas: cuando es el smartphone el que se encarga de almacenar y memorizar los números de teléfono de todos nuestros familiares y amigos, somos nosotros los que dejamos de ejercitar la memoria porque ya no desempeñamos una tarea que nos parece irrelevante, pero complicada. Tampoco memorizamos ya qué tenemos que hacer hoy o dentro de un mes. No sabemos si hemos de acudir al dentista en enero o en mayo, es la agenda de nuestro teléfono móvil la que nos los recuerda. ¿Y qué hay de esos temidos cumpleaños que siempre olvidábamos? Las redes sociales ser encargan de ello. Parece que hay una acelerada tendencia a dejar de memorizar, a no esforzarnos en cargar datos en nuestra cabeza porque ya lo hacen las memorias artificiales. Esto está directamente relacionado con las capacidades de atención y concentración, que se ven mermadas a pasos agigantados.

 La hiperinformación es la segunda fuerza de mayor importancia. Es un hecho que, durante los últimos meses, estamos viviendo con una gran intensidad. Debido a la situación provocada por la pandemia del Covid-19, nos hemos visto envueltos en una suerte de infiernillo gobernado por una ingente cantidad de información y fake news. Tal es la envergadura de la suma de datos, que es inabordable tanto para su almacenamiento como para procesarla mentalmente. Una de las características de la sociedad hiperdigital -la nuestra- es que está atestada de información. No podemos manejarla a ningún nivel, su procesamiento es una ardua empresa. Esto conlleva una serie de riesgos; peligros que terminan siendo potenciales para la mente humana, puesto que los contextos en los que existe un exceso de información son gobernados por el caos y la inestabilidad.

 El exceso de información afecta tanto a la inteligencia individual como a la colectiva. Llega un momento en el que es imposible discernir y elaborar juicios. Las tesis de Thomas Davenport y John Beck en Economía de la atención afirman el ciberespacio como un problema, ya que es virtualmente infinito y puede expandirse sin límites. El quid de la cuestión es que el tiempo de elaboración del ser humano no es infinito: nuestras limitaciones -y ser conscientes de ellas- pueden acarrear patologías como las crisis de pánico, como resultado de la hiperestimulación. Otros como el filósofo Franco Berardi, van más allá y afirman que la hiperinformación puede propiciar deseos de venganza, agresividad y suicidio.

La hipervirtualización -que también podría denominarse hiperconectividad– es otro de los fenómenos que se ha intensificado como consecuencia de la pandemia. El mundo se ha convertido en un extraño lugar donde el papel de lo físico ha decrecido tanto que, en muchos ámbitos, está cerca de su desaparición. Nuestro entorno es un entorno donde se ha digitalizado todo, viviéndose la realidad humana a través de dispositivos como los smartphones. Una de las patologías directamente relacionadas con la hipervirtualización es el trastorno de ansiedad, que sufren sobre todo las nuevas generaciones. El desencadenante suele ser un sentimiento de exclusión cuando el individuo se pierde algo de lo que esté ocurriendo en las redes sociales. Otros trastornos serían los comportamientos compulsivos, la desestructuración de la personalidad o los problemas de sueño. Todas estas afecciones también se dan en entornos laborales digitalizados, en los cuales el trabajador se ha convertido en un sujeto que puede -y muchas veces hasta debe- estar disponible en cualquier momento.

 Por su extremada importancia y las problemáticas derivadas de sus alteraciones, conviene dedicar un espacio exclusivo al sueño. Los modos de vida de la sociedad hiperdigital conllevan trastornos del sueño cada vez mayores, más frecuentes y capaces de afectar a grupos de cualquier rango de edad. Cuando estos problemas están relacionados con las nuevas tecnologías, los dispositivos o las IA, se denomina insomnio tecnológico, asociado a la luz azul de las pantallas. La privación de sueño interrumpe la comunicación de las neuronas, algo que afecta directamente a la memoria y la percepción visual. El sueño es “la suspensión normal de la conciencia […] y según algunos estudios realizados en animales la privación continua de sueño finalmente puede ser fatal. […] La importancia clínica del sueño es evidente a partir de la prevalencia de los trastornos del sueño (insomnio). En un solo año unos 40 millones de estadounidenses sufren trastornos crónicos del sueño y otros 30 millones experimentan problemas ocasionales […] que tienen la gravedad suficiente como para interferir con las actividades cotidianas” (Purves, 2004, p. 733). El sueño escaso afecta también al juicio y el tiempo de reacción, además de otras funciones.

Por su parte, la hiperinstantaneidad y la hiperautomatización también están relacionadas con problemas de ansiedad derivados del incumplimiento de unas expectativas astronómicas e inalcanzables.

Bibliografía

Clark, A., Chalmers, D. La mente extendida. KRK Ediciones, 2011.

Cummins, R., Pollock, J. Philosophy and AI: Essays at the Interface. MIT PRESS, 1995.

Kolb, Whishaw. Neuropsicología humana. Editorial Médica Panamericana, 2003.

O`REILLY. Qué haremos cuándo las máquinas lo hagan todo: Artificial inteligente, bots & big data [en línea]. Ben Pring, Paul Roehrig y Malcolm Frank. LID Editorial, 2018. [Consulta: 18 de diciembre de 2020]. Disponible en web: https://learning.oreilly.com/library/view/que-haremos[1]cuando/9788416894109/maquinas.xhtml

O’REILLY. La sociedad hiperdigital: las 10 fuerzas que cambiarán nuestras vidas [en línea]. Alberto Delgado. Editorial, año [Consulta: 18 de diciembre de 2020]. Disponible en web: https://www.oreilly.com/library/view/la-sociedad-hiperdigital/9788494810619/La_sociedad_hiperdigital_epub_v2.xhtml#_idParaDest-1

Purves, Augustine, Fitzpatrick, Hall, Lamantia, McNamara, Williams. Neurociencia. Madrid: Editorial Médica Panamericana, 2004.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

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por autores invitados

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