La miseria (y el peligro) que esconde el conocer

¿El conocimiento es la condición necesaria para poder ser felices? ¿O es por el contrario, antagónico de la felicidad al encerrar en su seno la más profunda miseria? ¿Somos desafortunados por buscar constantemente conocer todo lo posible acerca del mundo? ¿Es menos feliz aquel ser que más conoce? ¿Es el saber poderoso, peligroso?

A modo de aviso para los posibles lectores: en este breve texto encontrarán un bosquejo de la idealidad que relaciona el conocimiento (en sentido laxo) con el sufrimiento antropológico existencial y con el peligro o el llamado miedo político. El marco temático que acota las cuestiones a tratar –enunciadas al comienzo del artículo– versa principalmente en el contenido de dos obras culmen de la literatura occidental, a saber, Fahrenheit 475 de R. Bradbury (1953) y Memorias del subsuelo de F. Dostoievski (1864).

Uno se pregunta el porqué de una serie de cosas y termina sintiéndose muy desdichado.

Fahrenheit 451, p. 73

Si bien en la tradición filosófica hay una tesis arraigada a favor del asombro como primer momento u origen de toda reflexión, como encontramos en Aristóteles, quien al comienzo de su obra magna (la) “Metafísica” dice que “todos los hombres por naturaleza desean saber (…) en efecto, los hombres  –ahora y desde el principio– comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo” (982b 15. Pág. 48), esa tendencia al preguntar (se) acerca de todo lo que acontece y podrá acontecer, en el caso de los protagonistas de las novelas seleccionadas, se materializa en la búsqueda de respuestas que no son de corte trascendental sobre el orden del cosmos o la función del ser humano en el Universo, sino más bien sobre el conocimiento más inmediato y “humano” en tanto que ligado a las condiciones materiales, políticas, sociales… en las que se encuentran insertos y se desarrollan los seres humanos.

Por otro lado, y a pesar de la distancia que existe tanto cronológica como geográfica entre Dostoievski y Bradbury, ambas novelas sirven de paradigma y ejemplo de cómo el conocimiento de causas mundanas puede llevarnos a la desesperación y cómo el deseo de conocer otros horizontes posibles, de dialogar y reflexionar, de criticar el orden establecido encierra miedo y peligro.

En esta primera parte haré la incisión en la obra de Ray Bradbury y en la segunda parte que será publicada posteriormente, hablaré sobre la de Dostoievski.

En el caso de Guy Montag, el protagonista de la novela bradburiana, habita un mundo distópico –que sin embargo no está lejos de nuestro actual decorado– en el que la tecnología de la evasión ha desplazado definitivamente la posibilidad de (y) la capacidad crítica de los ciudadanos, hasta el punto de que los libros se han declarado objetos prohibidos cuyo contenido supone un peligro mortal para el sistema y los individuos que posean alguno.

«Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos ni imaginar para que una mujer sea capaz de permanecer en una casa que arde. Tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada»

Fahrenheit 451, p. 64

El cuerpo de bomberos que antaño velaba por la extinción de los incendios es ahora el encargado de la seguridad de la ciudad, y tiene completa autoridad para prender fuego a las casas de aquellos “traidores” o curiosos. Montag es uno de ellos; pero no un ser sádico o dócil que pasivamente activa la llama sino que, a raíz de su encuentro con una joven llamada Clarisse que le lanza esa interrogante velada: ¿eres feliz?, comienza a preguntarse, a pasarse y contemplar los detalles del mundo que le rodea, a caminar…

«Montag sintió que su sonrisa desaparecía (…) Oscuridad. No se sentía feliz. No era feliz. (…) Llevaba su felicidad como una máscara, y la muchacha se había marchado con su careta»

Fahrenheit 451, p. 24

«No lo sé. Tenemos todo lo necesario para ser felices, pero no lo somos. Falta algo.»

Fahrenheit 451, p. 96

Esa conversación fue el principio del fin para el sistema, uno de sus eslabones se rompía y desencadenaría una serie de sucesos funestos para él, pero también fascinantes. Con el robo del primer libro, y del segundo y un tercero… comenzó a leer y a pensar, se emocionó con la poesía y quiso retener en su memoria la Biblia; pues, aunque el sistema lo controlase todo indirectamente a través de los programas televisivos, la publicidad bombardeante y la anulación de todo pensamiento crítico, en su mente nadie podía entrar. La cultura de masas era el componente que convertía a los ciudadanos en seres ignífugos, los libros el elemento altamente inflamable y los bomberos, el cortafuego de la onda expansiva que su lectura podía provocar.

La modernidad líquida que defiende Z. Bauman no nos parece tan extraña ¿verdad? Montag somos todos en cierta medida. Acorde con la transitoriedad constante y la impaciencia que habita el seno de la sociedad occidental desde el siglo pasado, la distopía que, llegados a este punto, quizá es posible definirla como “pseudodistopía”, ya que es muy similar la sociedad de la que se aquejaba Guy Debord en la “Sociedad del espectáculo” (1967) y también parecida a la nuestra, puesto que somos presa de la exigencia de inmediatez, el imperio de los mass media, y la sobre estimulación de la que difícilmente podemos escapar.

«Las personas quieren ser felices, ¿no es así? ¿No lo has estado oyendo toda tu vida?, “quiero ser feliz”, dice la gente. Bueno, ¿no lo son? ¿No los mantenemos en una perpetua acción…?»

Fahrenheit 451, p. 72

El sistema está pensado para evitar todo estímulo que no sea estrictamente un divertimento, por lo que los libros que pueden inducir reflexiones y provocar emociones, no son bienvenidos en esa idealidad de la vida feliz. Las casas están provistas de enormes pantallas en las paredes que, a todo volumen, discuten sobre temas banales y llaman constantemente al espectador para captar su atención como una vela atrae a los insectos. Somos como moscas atrapadas en una tela de araña pensando que esta ha sido tejida para nuestro confort y disfrute, cuando lo único que hace es prepararnos suavemente para el fatídico si no.

«[Disponemos de] ¿… tiempo  para pensar? (…) se halla uno sentado en el salón, donde es imposible discutir con el televisor de cuatro paredes. ¿Por qué? El televisor es “real”. Es inmediato, está ahí y tiene dimensión. Debe tener razón. Parece tenerla. Te hostiga de forma tan apremiante para que aceptes tus propias conclusiones que tu mente no tiene tiempo para protestar»

Fahrenheit 451, p. 98

A través de esta novela, por tanto, podemos concluir que el preguntarse acerca del porqué de las cosas, en la mayoría de los casos, lleva a la desdicha y en la distopía bradburiana, también a la muerte, y a pesar de ello esa tendencia al conocer –que resulta insaciable e ineludible­– parece la única opción posible para ser felices. Montag fue valiente al saciar su curiosidad y escapar de la trampa pues aun a riesgo de perder absolutamente todo lo material y fantasmagórico que poseía, al padecer esa náusea sartreana –en este caso con un resultado optimista– se hizo con un tesoro más valioso, sintió como si hubiera dejado tras él un escenario lleno de actores. Sintió como si hubiese abandonado el gran espectáculo y a todos los fantasmas murmuradores. Huía de una aterradora irrealidad para meterse en una realidad que resultaba irreal porque era nueva. (p. 155).

Hay que preguntarnos entonces si estamos dispuestos a sacrificar esa aparente felicidad en pos de un conocimiento que no es sino terrible al dejar en evidencia las apariencias que habitamos, la fantasmagórica y evasiva realidad que ocupamos. En mi caso, prefiero lanzarme a los brazos de la miseria que consentirme tal engaño.

Bibliografía

Aristóteles (1982). “Metafísica”, Barcelona: Biblioteca Gredos.

Bradbury, Ray (2017). “Fahrenheit 451”, Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial S. A. U.

Artículo de:

Paula Román Cañamero (autora invitada):
Estudiante de Filosofía e Historia y Ciencias de la Música y Tecnología Musical de la Universidad Autónoma de Madrid. Su pasión por las artes desborda toda categoría tanto de lo musical como de lo plástico y pictórico.

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Imagen | Arte Informado

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por autores invitados

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