Un Dios Creador: reflexiones de John Polkinghorne desde la ciencia y la fe

Introducción

El presente trabajo tiene como objetivo abordar una selección de fragmentos del libro La fe de un físico: Reflexiones teológicas de un pensador ascendente, de John Polkinghorne. A partir del análisis de dichos fragmentos pretendo desvelar el pensamiento del físico británico sobre la relación entre la fe y la ciencia, entre Dios y los entes, entre creatura y creador cuando descubrimos el mundo en su totalidad (desde el punto de vista físico y metafísico).

Así pues, el objetivo de este trabajo no será otro que el de revelar como Polkinghorne conjuga la física con la metafísica en la cuestión de Dios y lo creado (del ser y el ente). Para ello haremos uso del capítulo IV (La creación) y el XI (La escatología). A partir de estos capítulos se analizarán diversos fragmentos donde aparezca el quid de la cuestión que Polkinghorne aborda en este libro.

Para terminar, el trabajo constará de una conclusión que recogerá el objetivo principal de Polkinghorne para poder ofrecer al lector una visión panorámica del brillante pensamiento del físico inglés.

Sobre el pensamiento
de Polkinghorne

Como bien señala el subtítulo de este libro, Polkinghorne (físico británico y pastor anglicano) es un pensador ascendente; esto quiere decir que no sólo se limita a contemplar y comprender la inmanencia de las cosas, el mundo físico, sino que accede a dar ese salto hacia la trascendencia. Como en la escalera del eros platónico, Polkinghorne pretende comprender cuestiones que van más allá de lo meramente observable y, sin descuidar sus planteamientos científicos, pretende abordar la cuestión de Dios, que es, a fin de cuentas, el principio de los principios. Dado que la ciencia pretende formular una serie de principios que puedan explicar cómo se comporta el mundo óntico, debe haber unos principios que los sustenten. Estos serán los principios metafísicos.

Polkinghorne considera que la ciencia no nos puede dar respuestas a según qué preguntas metafísicas, es decir, preguntas que van más allá de la ciencia. ‹‹Las preguntas metafísicas necesitan respuestas metafísicas dadas por metafísicas razones. La física o la ciencia en general restringe a la metafísica, pero no la determina, de la misma manera que los cimientos de una casa limitan lo que puede construirse sobre ellos, pero no determinan la forma que tendrá el edificio. Uno podría pensar en otro aspecto metafísico, como es la naturaleza de la ‘causalidad’››1.

Polkinghorne ‹‹no puede tolerar un cientificismo tan empobrecido, dado que su gran objetivo es verdaderamente ser una Teoría del Todo, obtenida no por un truncamiento procusteano de la experiencia hasta que haya sido reducida a una escala tan limitada que puede ser condensada en una fórmula que puede escribirse en una remera, sino tomando en forma absolutamente seria la riqueza, en sus diversas capas, de la realidad en la que vivimos››2.

Dios crea el
cielo y la tierra

‹‹La teología cristiana ve el mundo como una consecuencia de un acto libre de la decisión divina y separado de la divinidad. La contingencia inherente al universo está convencional y vívidamente expresada en la idea de la creación ex nihilo. (…) La sola voluntad divina es la fuente del ser creado. La decisión de Dios fue tomada libremente››.

El mundo es creado por Dios, es un acto libre y lleno de amor, pero en este acto de creación es necesario hablar de la Palabra. En Sal 33, 6-9 se apunta a ella diciendo que ‹‹Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos; por el aliento de su boca, sus ejércitos (…) Pues Él habló y fue así; Él lo mandó y se hizo››. Vemos, pues, que a partir de la Palabra -que funde y constituye- surge el mundo.  Pero el mundo no es Dios, Él lo crea dando un paso atrás (kénosis). El mundo creado constituye es un ‹‹maravilloso mundo de la naturaleza, con cuya lectura, mediante los instrumentos propios de la razón humana, se puede llegar al conocimiento del Creador››3. Es decir, si comprendemos la estructura del mundo, comprendemos a Dios porque Él es su verdadero autor, su Causa.

Sin embargo, es necesario determinar que el mundo es creado por Dios, pero desde la nada, ex-nihilo; de lo contrario, si no hubiera sido así, Dios no podría ser el principio de donde todo emerge, no habría podido ser el Creador. Sin embargo, sabemos, a través de la Palabra revelada, que Dios fue el artista del Cielo y de la tierra.

Es la voluntad de Dios la que hace que el mundo exista, y se trata de una voluntad “amorosa”. Dios (el Ser) ama a su creación (ente), por ello mismo la materializa y le da forma. Dios ama a sus creaturas, y en especial al hombre (que está constituido a su imagen y semejanza). ‹‹El hombre, imagen de Dios, es-en la revelación cósmica-la palabra que en mayor medida revela a Dios. Por tanto, la mente humana es capaz de descubrir a Dios no solo a través de la realidad material de lo creado, sino también mediante su propia espiritualidad››4. Gracias a ello, el hombre desvela que el mundo no fue creado por un mero azar, sino que comprende a Dios como principio de todas las cosas, como creador libre del mundo en un acto lleno de amor.

Así pues, más allá de la ciencia, la teología cristiana pretende comprender el origen del mundo desde el plano ontológico, no temporal. Para Polkinghorne, la creación no es algo que se hizo hace quince mil millones de años, sino que es algo que se está haciendo ahora.

Dios conserva
el mundo que ha creado

‹‹Mantener la doctrina de la creación ex nihilo es mantener que todo lo que es depende, ahora y siempre, de la voluntad de Dios libremente ejercida. Ciertamente no es creer que Dios comenzó manipulando una curiosa clase de materia llamada “nada”. No hay contradicción al sostener al mismo tiempo una doctrina de creatio continua, que afirma una interacción creativa continua de Dios con el mundo mantenido por Él en el ser. Los dos son respectivamente los polos trascendente e inmanente de la creatividad divina. ››

Hemos dicho que Dios crea el mundo en un acto plenamente voluntario, y crea el mundo desde la nada. Anterior a este mundo que hoy en día conocemos, no había nada; pero, tal y como hemos mencionado anteriormente, esta “nada” es más bien ontológica y no temporal. Dios y su creación son algo distinto, el mundo está separado de Dios, es decir, ‹‹Dios ha creado un espacio ontológico para algo distinto de sí mismo››5. Pero este espacio ontológico dependerá siempre de Dios. Esto no significa que deba estar determinado por Él, sino que su esencia, su ser, es siempre en tanto que Dios es. Si Dios no es, tampoco lo es el mundo. Es así como Polkinghorne entiende la dependencia.

Tampoco podemos suponer que este espacio ontológico está hecho por Dios a partir de una cosa llamada “nada”. Ésta se encuentra tan sólo en el juicio (ens rationis), no en la realidad, no podemos ir al mundo y empezar a buscar un ente que sea “nada”. Cuando hablamos de la nada hablamos solo de una categoría mental. Pero este planteamiento no se muestra opuesto a la evolución.

Dios, a pesar de que cree el universo ex-nihilo, continuamente interactúa con su obra, pero no se trata de una creación intervencionista sino más bien una continua sustentación. Dios debe conservar siempre el mundo que ha creado y lo sostiene siendo. Para que el mundo pueda seguir siendo, Dios debe ser. Este “seguir siendo” es lo que llamamos creatio continua. El mundo, en su continuo desarrollo, es sostenido siempre por Dios que está en el mundo sin el mundo. De esta forma, considera Polkinghorne, podemos conjugar una concepción temporal del proceso cósmico -propio de la ciencia- junto a una concepción de creación ontológica propiamente metafísica. Ambas concepciones forman parte, sin duda, de la creación de Dios.

Así pues, podemos decir que todos los entes, con el tiempo (porque sin tiempo no hay movimiento), se van haciendo más complejos -gracias al moverse- porque van logrando ser aquello que deben ser; hay una finalidad en todos ellos, algo sin duda, muy aristotélico). Pero, ‹‹sólo hay finalidad verdadera si la inteligencia está en el orden de las cosas y si esta inteligencia es la de una persona creadora››6. Este continuo desarrollo de los entes creados corresponde a la concepción creatio continua, pero, es necesario que esta “evolución hacia aquello que debe ser” empiece en algún momento. Todo lo que existe debe partir de un punto determinado: su creación, donde le es dado su ser. Esto corresponde a la comprensión ex-nihilo de la creación. ‹‹Negar que la voluntad de Dios tenga un fin sería someterla ya sea a una ciega necesidad, ya sea a una contingencia irracional y, en ambos casos admitir imperfecciones incompatibles con la actualidad del Ser puro››7. Por lo tanto, podemos concluir que Dios crea a la creatura con un fin que se va conquistando a lo largo del tiempo hasta asimilarse con el Ser (creatio continua) pero a su vez, esa creatura que deberá desarrollarse, está creada ex-nihilo.

Dios es la resurrección
de la carne

‹‹Seguramente, la “materia” del mundo venidero, deberá ser la materia de este mundo transformada. Dios no abandonará más al universo que a nosotros. De ahí la importancia de la teología del sepulcro vacío, con su mensaje de que el cuerpo del Señor resucitado y glorificado es la transmutación de su cuerpo muerto. La resurrección de Jesús es el principio en la historia de un proceso cuya plenitud está más allá de la historia, en el cual, el destino de la humanidad y el destino del universo se unen para encontrar su plenitud liberándose de la desintegración y la futilidad››.

Dios crea un mundo que está en movimiento; este movimiento es el de los entes hacia su finalidad (y en última instancia hacia su creador, hacia el Ser). Por otro lado, los entes constituyen lo que podríamos llamar como “materia”. ‹‹La materia de que usa el Demiurgo del Timeo sólo está informada por las ideas en las cuales participa, mientras que la materia del mundo cristiano recibe de Dios su existencia al mismo tiempo que la existencia de sus formas››8. Pero, ¿qué sucede con la materia del mundo que está por-venir?, se pregunta Polkinghorne. Recordemos que para el cristianismo hay un Reino que aún no ha llegado pero que fue anunciado por Jesús.

No cabría pregunta más interdisciplinar que preguntarse precisamente por la materia futura, por los entes de ese Reino. Polkinghorne, en su intento de unificar el mensaje cristiano con las concepciones científicas del mundo, que la materia de este Reino que está a la espera no será otra que la materia de este mundo presente, pero con otra forma (también otorgada por Dios). Esto, cree Polkinghorne, está ya anunciado con la muerte y la Resurrección de Jesús. Después del Gólgota, el Hijo bajó a los infiernos y al tercer día resucitó entre los muertos. Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso (en cuerpo y alma). Quien asciende a los cielos es Jesús mismo, no otro; fue Verbo hecho carne quien, después de morir, con su cuerpo magullado, se aparece, y es resucitado y glorificado.

Así pues, Jesús nos anuncia cómo será la llegada del Reino ante el mundo futuro de los entes, es decir, cómo estos van a poder encajar en él, cómo la materia va a ser en este Reino que está por venir. Allí, el universo entero se encontrará en plenitud (redimido, glorificado, como en un segundo paraíso), es decir, cumplirá con la finalidad de la que hablábamos en el apartado anterior. A su vez, con ello, Polkinghorne pretende comprender metafísicamente una pregunta que desde la ciencia parece ser que suscita mucha curiosidad pero que desde sus parámetros es imposible de responder, a saber: el destino del universo.

El Reino de Dios y la vida
eterna de las creaturas

‹‹La creación nueva no es un segundo intento de Dios en relación con lo que había intentado hacer anteriormente en la creación vieja. Existe una forma diferente de acción divina en su conjunto, y la diferencia se puede resumir diciendo que la primera creación fue ex nihilo, mientras que la creación nueva será ex vetere (a partir de la vieja). (…) La creación nueva es la redención divina de la vieja. En lo que concierne a la creación nueva (…) no implica la abolición de la vieja sino más bien su transformación. Es una “creación nueva” pero, a diferencia de la primera creación, no es ex nihilo››.

El Reino de Dios no es un segundo intento por hacer un “mundo mejor” (en sentido ontológico, no moral) sino que es más bien una continuación de los entes. Éstos, tal y como veíamos, fueron creados ex-nihilo, pero, en el Reino, hablaremos de una creación ex vetere. Además, podemos añadir que la conjunción de ambas creaciones sólo es posible si existe una creatio continua que lleve a los entes a poder formar parte del Reino de Dios; Reino que tiene una cara presente y una cara futura, es decir, ya ha empezado (creatio ex-nihilo, pero aún se espera su culminación (creatio ex vetere). Con la llegada del Reino de Dios, la Palabra creadora será la misma pero dicha de otra manera. De ahí que podamos entender que todos los entes existentes en la actualidad formarán parte del Reino, pero con otro “modo de ser”, será la glorificación de todo ente que ya es.

Dios crea el mundo porque ama a sus creaturas y el don más grande que les puede dar es la existencia. Pero, sobre todo, una existencia libre. Esto podemos verlo en la figura de Jesús y el misterio de la Trinidad. Jesús es Padre y Espíritu, es el Verbo hecho carne, pero no una carne nueva sino la misma que Dios es. La Encarnación va ligada a la kénosis de Dios. De ahí que pueda decirse que la creación de Dios, en el Reino, se transforma, pero mantiene intacta su esencia, gracias a la acción del Espíritu Santo.

El Reino es un
acto pleno de Dios

‹‹La creación vieja tiene su propia fecundidad y desarrolla sus propias posibilidades. Con todo, debe ser liberada de la frustración de su inminente mortalidad, de la misma manera que Jesús fue liberado de las ataduras de la muerte gracias a su resurrección. En ambos casos se requiere un gran acto de Dios, pero un acto que debe ser la plenitud propia de lo que ha desaparecido anteriormente, no su abolición arbitraria. Así como la cruz y la resurrección forman parte del único drama de la Encarnación, así la creación vieja y la nueva deben formar parte del único drama de la intención de Dios para con sus creaturas››.

Como ya hemos comentado en los otros apartados, el mundo que Dios crea está en continuo desarrollo hacia su finalidad. Pero todo ente, en tanto que es creado por Dios (y no es Dios) es finito, no goza de la infinitud de Dios. Los entes de la creación de Dios son finitos (incluso en el Paraíso las cosas terminan, irrumpe el pecado) pero, como Jesús resucita y regresa al Padre, el mundo creado por Dios también regresa a Él, a su Reino.

Esto es posible gracias al amor de Dios que se muestra paciente y sutil en cuanto a alcanzar sus intenciones, que no son otras que la salvación y la llegada del Reino. Esto no significa que Dios elimine en su totalidad el mundo anteriormente creado, sino que, como hemos explicitado anteriormente, Dios piensa y crea al mundo de tal forma que todo está perfectamente en su lugar y, por lo tanto, también “diseñado” (en peso, número y medida, como señalaba San Agustín) para que pueda ser transformado y acceder al Reino de Dios. Es en este sentido que podemos hablar del retorno a Dios en total plenitud.

Esto se evidencia en la Cruz, tal y como señala Polkinghorne. Es necesaria la Cruz para que Jesús pueda retornar a Dios, pero para replegarse a su origen, primero es necesario que haya sido desplegado (haberse hecho Carne, dice el evangelista Juan), del mismo modo que los entes deben desarrollarse y culminar su vida para poder retornar a Dios. ‹‹Cristo, cuya humanidad está llena de gracia y de verdad (Jn 1,14), también es revelación al ser Palabra divina que significa y lleva a cabo la salvación sobrenatural, la cual es una nueva creación (Ga 6,15) ››9. Pero esta nueva creación, también es parte del amor absoluto e incondicional de Dios y en todo ente creado por Dios, representa una continuación de su ser de una forma distinta. Tal y como Moltmann señala: ‹‹la muerte no puede poner barreras al amor incondicional y universal de Dios. De lo contrario Dios no sería Dios y a la muerte habría que llamarla una anti-Dios ››10. De ahí que se dé esta nueva Creación, esta nueva Palabra.

 Esto, sin duda, responde a una cuestión que la física no puede alcanzar, a saber: qué sucede con los entes después de la muerte. Por ello, nos damos cuenta de la importancia de la teología que puede llegar allí donde la ciencia no puede dar respuestas.

Conclusión

Llegados a este punto, donde ya hemos esclarecido las ideas de Polkinghorne acerca de la Creación de Dios, podemos concluir señalando que más allá de las preguntas científicas se hallan preguntas metafísicas. La principal cuestión de este trabajo, a saber: qué sucede al principio con la materia y qué ocurre al final, no puede ser resuelta por la ciencia, es necesario tratarla desde la metafísica. La física, la biología, la química (y todo saber empírico, en general) puede hablarnos sobre la materia, pero de una forma limitada, ya que no puede traspasar el conocimiento de aquello que no le es permitido experimentar. Pero, dado que el hombre busca comprenderlo todo, es necesaria la reflexión metafísica. Como bien señala Polkinghorne, ninguno de nosotros puede vivir sin metafísica.

Por ello, es necesario establecer una cooperación entre metafísica y ciencia, porque solo de esta forma podemos comprender la totalidad de nuestro mundo (en el antes, el ahora y el después). Estudiando la materia tal y como se muestra en esta creación comprendemos, en último término, a Dios como su creador (como su artista), pero también pensando en cómo la materia responde a la demanda del Reino. Experimentamos lo absoluto tanto por su presencia como por su ausencia; por su presencia en tanto que podemos conocer los entes y en consecuencia a su Creador que los conserva, y por su ausencia porque aún está a la espera el Reino de Dios, pero, desde la metafísica, podemos hablar de él.

Polkinghorne señala que ‹‹hay aspectos de nuestra experiencia que nos indican la incompletitud de lo que somos y que nos animan a tener expectativas de una plenitud cuyo fundamento sólo podría estar en algo o alguien distinto a nosotros mismos››11, es decir, un creador que nos sostiene, pero que también sostiene el mundo que nos rodea. Por eso es tan fundamental la conjugación entre ciencia y teología, porque la ciencia puede decirnos qué somos y la teología cuál es nuestro fundamento y dónde se halla. Todo esto queda comprendido en los argumentos de Polkinghorne donde el físico británico intenta enlazar en un todo harmónico, la necesidad de hablar de un Dios creador junto con la evolución de la materia -ya conocida y estudiada por la ciencia- hasta la llegada del Reino.

Por último, me gustaría terminar este trabajo lanzando tres preguntas a Polkinghorne que no deja solucionadas, a saber: ¿el mundo trascendente al que aspiramos es material? Si así fuera, ¿tal concepción estaría en acorde con el espíritu de la Biblia?; ¿La materia es un continuum sin interrupción cuando ocurre la resurrección? Sea como sea, lo que sí debemos admirar es la labor tan necesaria que realiza Polkinghorne al poner en debate ciencia y religión.

Citas

 1 PONTÓN, Rogelio Tomás. ¿Tiene el universo un Diseñador? Un debate para recordar, p. 14

2 Ibídem, p. 15

3 JUAN PABLO II, Encíclica Fides et ratio, 19

4 OCÁRIZ, Fernando, BLANCO, Arturo, Teología fundamental, p. 37

5 POLKINGHORNE, John, La fe de un físico. Reflexiones teológicas de un pensador ascendente, p. 118

6 GILSON, Étienne, El espíritu de la filosofía medieval, p. 114

7 Ibídem, p. 100

8 Ibídem, p. 104

9 OCÁRIZ, Fernando, BLANCO, Arturo, Teología fundamental, p. 52

10 POLKINGHORNE, John, La fe de un físico. Reflexiones teológicas de un pensador ascendente, p. 245

11 Ibídem, p. 33

Bibliografía

GILSON, Étienne, El espíritu de la filosofía medieval, Rialp, Madrid, 2004

OCÁRIZ, Fernando, BLANCO, Arturo, Teología fundamental. Ediciones Palabra, Madrid, 1998

POLKINGHORNE, John, La fe de un físico. Reflexiones teológicas de un pensador ascendente, trad. Inmaculada Ramos Lerate, Editorial Verbo Divino, Madrid, 2007

PONTÓN, Rogelio Tomás. ¿Tiene el universo un Diseñador? Un debate para recordar. Invenio: Revista de investigación académica, 2002, no 9, p. 11-22

FIDEIS ET RATIO. Juan Pablo II.  http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html [Fecha de consulta: 13/05/2020]

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Paula Sánchez Romero (autora invitada):

Estudiante de Filosofía en la Universidad de Barcelona y de Ciencias Religiosas en el ISCREB. Forma parte del Seminario de Teología y Ciencias de Barcelona (STICB).

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