El siguiente texto fue galardonado en los Premios Filosofía en la Red como el artículo más leído del mes de junio del 2021.

El ‘caso Heidegger’

Martin Heidegger (1889-1976) es considerado en los ámbitos académicos como el filósofo más importante del siglo XX. Su obra de 1927 El ser y el tiempo supuso toda una revolución al planteamiento filosófico desarrollado hasta entonces. La colaboración con su maestro Edmund Husserl en la fenomenología, su influencia en el existencialismo de Sartre en su obra El ser y la nada, la relación con su discípulo Gadamer, creador de la hermenéutica, y la incidencia en el postestructuralismo de Derrida y Foucault, lo ponen de manifiesto. Por no hablar de sus discusiones con Cassirer, Arendt, Levinas… lo que deja fuera de toda duda el impacto de su obra en la Filosofía y en el pensamiento occidental en general.

Sin embargo, Heidegger militó en el partido nazi entre 1933 y 1944 y, aunque su actividad política fue muy escasa, fue elegido rector de la Universidad de Friburgo tres meses después del ascenso de Adolf Hitler al poder. Para unos, su militancia era meramente circunstancial en su carrera académica (H. Arendt); para otros, toda su filosofía quedaba contaminada (J. Habermas). En 2014 comenzaron a publicarse unos apuntes privados del autor que él mismo llamaba Cuadernos negros. En ellos, la mayor parte de los expertos ha encontrado la confirmación de que el antisemitismo habita en la metafísica propuesta por Heidegger. No obstante, ni siquiera en esta interpretación hay consenso.

Las otras estatuas

¿Cuántas estatuas tiene Sócrates? El padre de la filosofía occidental, el primer ajusticiado en nombre de la Filosofía, tiene multitud de reconocimientos en la vía pública: calles, estatuas, premios y becas que llevan su nombre… Sin embargo, los estudiosos de su biografía cada vez están más de acuerdo en que Sócrates tuvo su propio ἐρώμενος, algo que hoy sería catalogado seguramente como pederastia. Pero no es el único. ¿Cuántas estatuas tiene Aristóteles, que justificó la esclavitud por naturaleza? ¿Y el gran teórico de la educación Rousseau, que abandonó a sus cinco hijos en un orfanato? ¿Y Marx, que prefirió el frío y el hambre de su familia antes que aceptar un empleo como profesor de idiomas al otro lado de la calle? ¿Y cuántas camisetas, chapas, pósteres se han dedicado a Nietzsche a pesar de la más que probable relación incestuosa con su hermana? La lista de casos es interminable. Pero para terminar con una sonrisa citemos el caso del filósofo rumano Emil Cioran, quien predicó el suicidio como culmen de su propuesta filosófica y murió a los 84 años de alzheimer. Evidentemente, el paso del tiempo nos permite ver con cierta perspectiva la trayectoria vital de todos ellos o, al menos, aplicar la fórmula que algunos atribuyen a Woody Allen: tragedia más tiempo es igual a comedia.

Evidentemente que no sólo la biografía de los filósofos puede ser puesta en cuestión, podríamos seguir con Neruda y la literatura o con Einstein y los científicos; pero la cuestión de fondo es: ¿ha de ser ejemplar la vida de los filósofos? Por un lado, no es propio de filósofos convertirnos en periodistas de la prensa rosa. Además de razonar bajo la falacia ad hominem, si seguimos ese camino estaremos desvirtuando el propio fundamento de la ética: la autonomía moral, es decir, imponerse a uno mismo los criterios éticos (no a los demás). Por otro lado, los recientes acontecimientos en torno a la vandalización de estatuas pone de manifiesto que la consecuencia de afirmarse como juez de la Historia sólo conduce al pensamiento y la conducta tribal. En conclusión, la pretendida superioridad moral de nuestra época resulta ser una bajeza cuando se vandaliza una estatua de Cervantes.

El espacio público

¿Qué hacemos con el espacio público? En la actualidad, existe una gran preocupación por no herir sensibilidades y se están creando ciudades con un espacio público neutro, aséptico, políticamente correcto, quirúrgico: sin símbolos religiosos, sin referencias a batallas, sin reconocimientos a políticos o intelectuales… Con una preocupación más estética e ideológica que ética. Esto es, sencillamente, inhumano. Necesitamos aceptar la Historia con todos sus errores y desequilibrios. Hemos de ser conscientes de que la única ética universalizable en la esfera pública es la ética de mínimos, que aspire al consenso bajo unas condiciones básicas de diálogo. Pero la Historia de los acontecimientos y la Historia de las ideas no puede reescribirse. Hacer memoria implica recordar las imperfecciones, no borrarlas, a pesar de no querer repetirlas.

En caso contrario, el convencimiento de la propia superioridad moral suele derivar en la censura. Porque, ¿si todos estos autores no se merecen una estatua, quizá tampoco debamos incluirlos en nuestros programas educativos? ¿Por qué hemos de acercar a nuestros jóvenes a tales personajes? ¿Hemos de sacar las teorías de Einstein de los manuales de Física por su participación en el proyecto Manhattan? ¿Eliminamos a Pablo Neruda de los libros de Literatura por haber abandonado a su hija enferma? ¿Y cuántos cuadros habría que retirar de los museos si inspeccionamos, cual posmoderna inquisición, la vida de los artistas? Quizá habría que empezar por Picasso por el trato que dio a las mujeres con las que estuvo. Por eso, al igual que no se puede juzgar la Historia con categorías del presente, no debemos utilizar la biografía de los filósofos para censurar sus logros.

Conclusión

Ahora bien, ¿eso significa que las vidas de filósofos y filósofas tan honorables como Spinoza, Descartes, Leibniz, Olympe de Gouges, Simone Weil, Edith Stein… no sirven de nada? Hay quienes han hecho de su trayectoria vital su mejor lección y su sacrificio en la búsqueda de la verdad son ejemplo de vida moral; pero no podemos olvidar que la heroicidad no es exigible moralmente, aunque sea loable y digna de admiración. En ocasiones, una misma persona es capaz de lo mejor y de lo peor, sólo hay que darle tiempo. Somos contradictorios. Por eso, no invirtamos nuestros esfuerzos en un afán revisionista, sino en hacer de nuestra vida ejemplaridad pública. A veces tan sólo es cuestión de tiempo poder levantar de nuevo una estatua sin avergonzar a nadie.

Bibliografía

Audi, R., (editor). (1995). Diccionario Akal de Filosofía. Akal editorial.
Gomá Lanzón, J. (2014). Tetralogía de la ejemplaridad. Editorial Taurus.
Gómez Pin, V. (2020). El honor de los filósofos. Editorial Acantilado.

Artículo de:

Javier Palacios (autor invitado):
Lic. en Filosofía por la Universidad de Valladolid y diplomado en Ciencias Religiosas por Facultad de Teología del Norte de España. Experto en Educación de la Interioridad por CSEU La Salle Aravaca. Ejerce como profesor de Secundaria y Bachillerato y como formador de profesores.

Imagen | Wikipedia

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