Dioses, Nietzsche y sociedades modernas: ¿cuánto hemos perdido?

Creo que es posible afirmar que, por lo general, las nuevas generaciones no tienen buenos ojos para las religiones tradicionales. Hoy en día, de ellas se conocen más las atrocidades que en su nombre se han cometido y se siguen cometiendo que la labor positiva que éstas pueden ejercer. De ese modo, nuestra época moderna se caracteriza por la ausencia de una gran tradición de valores común.

“Dios ha muerto”. Así anunciaba Nietzsche el advenimiento de una nueva era. Sin embargo, como el propio filósofo expresa en el escrito “El hombre loco”, esto no es un motivo de celebración. En este texto el hombre loco busca a Dios y exhorta a la comunidad que lo ha matado:

¿Existe todavía un arriba y abajo? ¿No estamos vagando como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del vacío? ¿No hace ahora más frío que antes? ¿No cae constantemente la noche, y cada vez más noche? ¿No es preciso, ahora, encender linternas en pleno día?

Con estas palabras, el filósofo expone claramente el sentimiento de soledad, desamparo, vacío y ansiedad que caracterizan las consecuencias de semejante acto. Rollo May, psicoterapeuta estadounidense, así lo explica:

Nietzsche no llama por el retorno de la creencia convencional en Dios, sino que pretende señalar que le ocurre a una sociedad que pierde su centro de valores.

Sería interesante a partir de aquí indagar la relación de este acto con el aumento de la sintomatología ansiosa en nuestra sociedad moderna. Este es un asunto para otro día.

El filósofo alemán continua:

La grandeza de este acto, ¿no es demasiado grande para nosotros? ¿No hemos de convertirnos nosotros mismos en dioses para aparecer dignos de él?.

Y es que ésta es una conclusión importante que alcanzar: matar a Dios requiere un acto de valentía. ¿Por qué? Porque Dios y todo lo que ello significa, a pesar de lo que le pueda parecer al ojo crítico moderno, no supone únicamente eliminar todas las atrocidades que se cometen en su nombre, sino también privarnos de las funciones espirituales, ontológicas y psicológicas que las tradiciones religiosas nos ofrecen.

Nuestra situación moderna la describe así Irvin Yalom:

El ciudadano del mundo industrializado y urbano de nuestros días tiene que enfrentarse a la vida sin un sistema de significado cósmico basado en la religión y separado de su articulación con el mundo natural y con la cadena elemental de la vida. Tenemos tiempo, demasiado tiempo, para plantearnos preguntas perturbadoras.

Como bien auguraba Niezstche y subraya May, el matar a Dios requiere un acto de mucha valentía porque

Es por medio de la religión que la mayoría de la gente se hace las preguntas importantes acerca de quienes son y qué lugar ocupan en el gran plan del universo.

Así lo defendía Todd May, filosofo estadounidense, en línea con Yalom.

¿Y cuáles son estas preguntas? Muchas veces éstas mismas son tan inconscientes e implícitas, se mueven por las profundidades más silenciosas e imperceptibles de nuestra conciencia, que pueden pasar desapercibidas. Podemos descubrirlas atendiendo a las distintas respuestas que en mayor o menor medida, todas las tradiciones se ocupan de ofrecernos. A continuación expongo brevemente las que, a mi entender, son las esenciales.

En primer lugar, la función más evidente es la de otorgar un sentido tanto a la existencia del individuo como a la propia vida y al universo.

En segunda instancia, los sistemas de creencias nos ofrecen una ética, un modelo de comportamiento, la cual nos distingue el bien y el mal. Así, nos liberan de la pesada carga de discernir y resolver por nosotros mismos dicho dilema.

La tercera función es psicológica. La presunción de un Dios o una fuerza omnipotente que ha regulado o regula la existencia produce un efecto sedante, pues el individuo ya no se entiende a sí mismo como un ser abandonado a un mundo complejo y hostil. El creyente puede echar mano a la razón de su fe para aliviar su angustia al pensar, de una manera más o menos explicita, que hay alguien que vela por él y que hará, a su manera, justicia por él.

En cuarto lugar tenemos la inmortalidad o, mejor expresada, la preservación del ser tras la muerte. Y es que esta idea es un pilar fundamental que encontramos presupuesta en casi todos los sistemas de creencias. La reencarnación en los budistas o el cielo en las tradiciones cristiana es un ejemplo de ello. Por otro lado, el judaísmo y el islam también hacen lo mismo. El miedo a la muerte y a la no existencia es el gran temor del individuo y nadie se halla libre de él, por lo que no debe sorprender que casi todas las tradiciones religiosas se encarguen de calmarlo. Es tal este miedo a la muerte que podríamos dejar para otro momento el comentar el curioso fenómeno que supone el hecho de que esta creencia en la inmortalidad haya sobrevivido a toda caída de las tradiciones religiosas y se haya instaurado como una creencia singular e independiente en las sociedades modernas.

Por último, la quinta función esencial es la de integrar y cohesionar la experiencia del individuo con la del grupo. Las doctrinas de las tradiciones religiosas usan el plural con la intención de hacer sentir al individuo una conexión cercana a la de su prójimo y que evite verlo como un objeto y obstáculo para su propio bienestar.

Llegados hasta aquí, ¿cuáles son las conclusiones que podemos extraer? Esta es una tarea que siempre prefiero dejar a los lectores, pero si hay una que, particularmente, me interesa destacar. Como se ha dicho al comienzo, vivimos tiempos en los que los sistemas de creencias ya no están de moda y, en tal contexto, he podido ser testigo de muchos ataques lógico-dialécticos a las personas que todavía los conservan y a las tradiciones en sí mismas. Por cuanto puedo conocer de mí mismo, no albergo ninguna creencia religiosa, pero respeto mucho a aquel que la tenga. Y es por eso que quiero diferenciar el ataque a la creencia de una persona del ataque a la creencia en sí. Respecto al segundo no tengo nada en contra. Del primero, sin embargo, tras lo expuesto -las palabras de Nietzsche y la contribución de las creencias religiosas al bienestar del individuo- considero que se revela como, sin duda alguna, un acto egoísta, despreciable y existencialmente cruel.

Bibliografía

May, R. (2009) Man’s searching for himself. W.W. Norton

May, T. (2009) La muerte. Biblioteca Buridán

Niezstche, F. (2016) La gaya ciencia. Akal

Yalom, I. (2015) Psicoterapia existencial. Herder

Artículo de:

André Ducrós (autor invitado):

Psicólogo de profesión, filosofo por naturaleza, poeta por supervivencia y existencialista por desesperación. Psicoterapeuta en A Coruña (España) con un Máster en Santiago de Compostela.

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Imagen | Fotografía del autor

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por autores invitados

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