Primero fue la vacuna de AstraZeneca y ahora es la de Janssen la que obliga a revisar los planes de vacunación. La incertidumbre en la que vivimos instalados desde el comienzo de la pesadilla de la Covid-19 obliga a tomar decisiones en situaciones ambiguas. El piloto automático, el que habitualmente está al mando de nuestra conducta, en eso que llamamos normalidad no nos sirve. El piloto automático se manifiesta en el juicio sobre la realidad y la toma de decisiones a través de un sistema de pensamiento que los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky estudiaron juntos, por el que el primero de ellos recibió el Premio Nobel, además de escribir un libro archifamoso que lleva por título precisamente Pensar rápido, pensar despacio.

La idea de que somos animales racionales forma parte del autoconcepto antropológico nacido con la filosofía (occidental) y que está en el propio núcleo de la metodología del conocimiento institucionalizado, particularmente del científico. En el plano práctico, la racionalidad se invoca en los ámbitos de la reflexión ética y de la praxis política. Se supone que la argumentación racional en la democracia moderna, cualquiera que sea su versión concreta, tiene en el debate parlamentario, y también en el de la opinión pública, el corazón que la hace estar viva. Constituye el territorio de la racionalidad ese lugar en el cual encontrarse, el espacio en el que, independientemente de creencias e intereses, aceptaremos los ciudadanos las reglas de juego de la razón para confrontar percepciones y juicios sobre los problemas a los que se enfrenta la comunidad política y alcanzar consensos que aparten los conflictos de las tentaciones de la imposición y la violencia. Esto es lo ideal porque la racionalidad ideal es ideal.

Ese autoconcepto antropológico según el cual ser humano equivale a ser racional es una quimera. Podríamos decir que representa el núcleo de la fantasía intelectualista que se ha apoderado de la comprensión de la conducta humana desde tiempo inmemorial en la tradición filosófica. Como muestra, un botón, nada más y nada menos que del mismísimo René Descartes extraído de su Discurso del método de 1637: «Y, por último, no habría podido  limitar mis deseos y estar contento si no hubiera seguido un camino por el cual pensaba, no sólo estar seguro de adquirir todos los conocimientos de que fuere capaz, sino también todos los verdaderos bienes que en mí pudieran hallarse; pues no determinándose nuestra voluntad a seguir o evitar cosa alguna, sino porque nuestro entendimiento (razón) se la representa como buena o mala, basta juzgar bien para obrar bien, y juzgar lo mejor posible para hacer también lo mejor, es decir, para adquirir todas las virtudes y juntamente con ellas todos los bienes que pueden adquirirse; y cuando uno tiene la certidumbre de que ello es así, no puede dejar de estar contento».

La psicología más reciente, especialmente el cognitivismo –la que Howard Gardner llamó en un libro suyo «la nueva ciencia de la mente»– viene demostrando desde hace décadas que la teoría de la racionalidad construida por los filósofos más conspicuos no es más que eso, una idealización. Para hacerse una idea cabal de cómo pensamos hay que contar con lo que el polímata italiano Massimo PIattelli-Palmarini llamó «los túneles de la mente» en el libro que tituló precisamente así. Son parte de los mecanismos de la cognición, parte intrínseca de su estructura, inevitables por cómo nuestra cognición ha sido diseñada por la evolución. Un proceso al que el erudito Mario Bunge calificó acertadamente de oportunista, ineficiente, lento, en zigzag y carísimo en vidas.

En el asunto de las vacunas se confrontan esos dos modelos teóricos sobre nuestro propio pensamiento. A partir de la tradición filosófica tenemos una representación del mismo idealizada e intelectualista, que tiene a la razón por lo que viene a ser su plasmación lógica; mientras que el paradigma cognitivista, ofrece una conceptualización de lo que supone nuestra conducta, nuestra percepción de los hechos, nuestro juicio y nuestra toma de decisiones.

La teoría de la racionalidad tanto teórica como práctica, producto de las aportaciones filosóficas, traduce en términos normativos el proceder del sujeto de corte cartesiano que dirime las cuestiones de qué creer como verdadero (en el apartado teórico) y de qué es lo mejor que puede hacer (en el apartado práctico). En esta última versión de la racionalidad ello supone establecer los fines que se persigue y escoger los medios adecuados para alcanzarlos. En este planteamiento teórico subyace la suposición según la cual el sujeto sabe en todas las circunstancias lo que quiere o lo que prefiere, lo que no deja de ser una idealización poco realista. ¿De verdad sabemos siempre lo que queremos? ¿Nos paramos a pensar siquiera en qué es aquello que realmente queremos? (Por no mencionar que cuando los que deciden por nosotros nos aseguran que deciden en función de algo bueno que quieren para nosotros, puede ser que verdaderamente  estén persiguiendo otra cosa bien distinta). Si se puede hablar de una correcta elección de los medios en función del conocimiento disponible y para lograr según qué fines escogidos, ¿de acuerdo con qué criterios podemos decir que unos fines son racionales y otros no? ¿Y si todo nos da igual? Es significativo a este respecto que la respuesta que dio Bertrand Russell a esta cuestión de la elección de los fines tenía a un sentimiento, el amor, como el factor decisivo; para él, era el amor el que debía establecer los fines.

Tampoco pasemos por alto que las situaciones en las que el sujeto  ha de decidir no siempre permiten disponer de toda la información relevante y pertinente para ello. Lo ideal es elegir entre las diversas opciones a nuestra disposición en situación de certeza; pero en más ocasiones de las que desearíamos tenemos que hacerlo en situación de riesgo y/o de incertidumbre. Es lo que pasa en la actual coyuntura de pandemia y con respecto a las vacunas antes mencionadas. No nos queda otra que asignar probabilidades (subjetivas) a las diversas acciones alternativas de cuyas consecuencias no estamos seguros. Qué preferimos y qué utilidad esperamos de cada una de las opciones es decisivo en este tipo de situaciones, porque rige la conocida como regla de Bayes (del matemático inglés Thomas Bayes): actúa de tal modo que maximices la utilidad esperada.

¿Por qué la decisión de las autoridades norteamericanas –todavía vigente cuando escribo esto– de suspender la administración del medicamento de Janssen? El Gobierno está tan inseguro respecto a las consecuencias (ojo: no únicamente las sanitarias, sino también –y quién sabe si sobre todo– las políticas) que puede acarrear proseguir con la vacunación, que no se atreve a asignar probabilidades, aunque sí utilidades. Aquí tenemos una pluralidad de reglas incompatibles, que corresponden a otras tantas actitudes distintas.

Una de las reglas más famosas, en el lado de la prudencia extrema, es la que se conoce como MAXIMIN. Su norma dicta actuar de modo que se maximice la mínima utilidad. O, dicho de otra forma: procede de forma que minimices el máximo riesgo. Aquí el agente actúa pensando que va a ocurrir lo peor posible. En el extremo contrario, del lado de los optimistas y/o audaces, rige la regla MAXIMAX. Lo que dicta es que se actúe de tal manera que se maximice la máxima utilidad.

En lo que respecta al pensamiento rápido –el sistema 1, como lo identifica también Kahneman– no operan las normas ideales de la racionalidad sino los mecanismos heurísticos, los resortes de los túneles de la mente.

En el caso de las vacunas en cuestión, que a la administración de cualquiera de ellas le haya seguido en unos pocos casos la formación de trombos que ponen en riesgo la salud del paciente, no lleva lógicamente a concluir un vínculo causal entre ambos eventos. De hacerlo, incurriríamos en la falacia de la falsa causa (en pedante: post hoc, ergo propter hoc, es decir, después de eso, por tanto, por eso).

En ese pensamiento rápido o intuitivo son ingredientes igualmente a tener en cuenta los sesgos, que son distorsiones cognitivas inscritas filogenéticamente en nuestras estructuras cerebrales que perviven en nuestra psique y dictan irracionalmente nuestra conducta (que incluye la toma de decisiones) porque a lo largo de millones de años de evolución han demostrado ser una ventaja adaptativa. Si no fuese así nuestra especie se habría extinguido tiempo ha.

Ahora bien, que sean una ventaja adaptativa no quiere decir que sean de aplicación pertinente siempre y en todo caso. La selección natural, mecanismo primordial del proceso evolutivo, opera a lo largo de lapsos de tiempo inconcebibles para la imaginación de cualquier persona; cientos de miles, millones y decenas de millones de años son periodos de tiempo  que no tienen su apropiada representación en nuestras mentes, ajustadas a organismos que sólo duran unas pocas decenas de años. Lo cierto es que, si esos mecanismos cognitivos operan todavía en todos los individuos de nuestra especie, es porque a lo largo de tanto tiempo, en promedio, el gran número de sus aciertos compensan los errores en los que nos puedan hacer incurrir. Pero, en ciertas ocasiones, suponen vulnerabilidades de las que nadie se libra, por muy cultivado en las ciencias que esté; porque el sesgo es humano, demasiado humano. Como, por ejemplo, el tan común sesgo de confirmación, gracias al cual reforzamos nuestros más acendrados prejuicios y creencias, prestando atención únicamente a aquellos hechos que las apoyan y pasando por alto, como si nada, los que las refutan. Este es el mecanismo que es determinante en que prospere el fenómeno reciente de las «cámaras de eco», espacios sociales en los que el individuo se retroalimenta continuamente filtrando de todas sus fuentes de información los inputs que no contradicen su ideología.

El aprendizaje asociativo también es parte de ese pensamiento rápido. Tiene un papel principal en lo que ha sido el éxito adaptativo de nuestra especie. Es heurístico, es decir, es un procedimiento rápido y al alcance de cualquiera, porque es intrínseco de la naturaleza humana, que sin necesidad de un razonamiento lógico consciente y activo o de conocimientos científicos específicos, permite solucionar los problemas prácticos por la vía rápida, y aprender formando la base del conocimiento ordinario.

El aprendizaje asociativo funciona bien creando y reforzando asociaciones entre eventos que se suceden en el tiempo. Y puede ser orientativo en el proceso de descubrimiento científico, como prueba el origen mismo de la inmunología moderna que se atribuye a Edward Jenner. Su decisivo descubrimiento hace algo más de dos siglos dio comienzo cuando estableció una asociación entre la inmunidad de las recolectoras de leche frente a la viruela y su contacto continuado con las vacas. Luego, eso sí, tuvo que comprobar lo acertado de su intuición mediante un riguroso proceso de experimentación. Por esto –dicho sea de paso– tienen el nombre de vacunas esta clase de medicamentos (variolae vaccinae significa, precisamente, viruela de la vaca).

Nuestra mente cavernícola tiene un enorme poder a la hora de emitir un juicio sobre lo que pasa y tomar decisiones sobre qué hacer respecto de ello. Los sesgos y mecanismos heurísticos forman parte de nuestra valiosa herencia filogenética. Pero para ser capaces de contribuir a la formación de verdadero conocimiento es menester someterlos al rigor de la disciplina metodológica de la ciencia. Es lo racional si queremos evitar caer en las trampas de nuestra propia mente.

Imagen | Pixabay

[cite]

#incertidumbre, #Libertad, #psicología, #Racionalidad

por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

error: Content is protected !!