El otro día me sucedió algo curioso: platicando con un amigo, él me compartía que había comprado una nueva silla, de esas de estilo gamer, de color rosa. Lo interesante de la anécdota es que casi inmediatamente después de haberme enviado la foto del artilugio, se excusó diciendo que el color era porque estaba haciendo algo temático en su sala de estudio. Si bien muchas veces solemos bromear sobre infinidad de cosas, y nuestras conversaciones se tornan bizarras, en ese momento en concreto la atmósfera era seria, no había asomo alguno de humor. Y leer esa justificación, que hizo tan casi en modo automático, me puso a reflexionar:

Inmediatamente pensé en los estereotipos de género, que en estos años se ha enfatizado sobre todo hacia el lado de las mujeres y las doncellas, pero más en todas las veces que tuve que justificar -o defender- el usar ropa de color rosa, ya sea en alguna prenda directamente de vestir, o en algún “accesorio” (calzado, gorra, etc.), puesto que era raro que lo usara aunque en teoría la prenda era “para hombres”.

Me gusta el color. Así de simple.

Ese era siempre mi argumento, pero nunca cuajaba o peor aún, para muchas personas era una excusa tonta porque el color rosa es para chicas. Más allá del potencial cuestionamiento a mis preferencias sexuales por la simple elección de un color en mi vestimenta, el hecho de marcar que algo es exclusivo, nunca me cuadró; únicamente buscaba usar algo que según mi calificado ¿? gusto de la moda me quedara bien o que me gustara, sin pensar en más. Pensar en detenerme a pensar generó siempre un corto circuito.

Se dice mucho, por ejemplo con Disney, que se tiene que buscar por presentar historias en donde el rol de la mujer cambie y evolucione a no ser la típica damisela en peligro. Que son épocas en donde la mujer tiene que posicionarse frente a toda la opresión que siempre ha tenido: y está bien, es válido y necesario, y se debe de hacer, pero ¿dónde queda la presión a la que se le somete a los varones?

Los chicos, por ser chicos, tienen que ser rudos. El ser hombre te condiciona a que tengas fuerza bruta para hacer trabajo físico, a que te gusten los deportes de contacto y a que claro, pensar en hacer trabajo de oficina o delicado te diluirá o te hace menos varonil.

Desde el otro lado, ya sea el varón tradicional o desde el femenino, el ser hombre no conlleva presión alguna porque pues eres hombre: ¿pero es así? No.

Y no solo se desprende por el hecho de la ropa que usas o del que te guste el color rosa sino porque te encasillan en actividades que tienes que poder hacer porque tu género es más robusto y per se, puedes y debes.

E incluso la cosa se agudiza cuando haces cosas de chicas: ¡te admiran! Como si lavar platos, ir a la compra, cuidar un bebé o hacer actividades de enfermería te hiciera merecedor de un galardón. Ninguna actividad es exclusiva o limitativa: todas las personas pueden desempeñarse, con mayor o mejor destreza, pero al final del día se pueden hacer. Sí, habrá ciertas labores que se faciliten para cierto tipo de cuerpos: un leñador, quizá evidentemente, debe de tener como perfil un cuerpo robusto y fuerte, pero incluso alguien delgaducho puede realizar la labor, con más maña que fuerza.

La época actual es un gran tiempo para vivir en medio de luchas y despertares en donde se busca posicionar a la mujer en el rol y en el puesto que desde siempre debería de haber tenido, pero al mismo tiempo, esta pugna tiene que mirar más lejos: desencasillar géneros, en plural. Muchas veces se sobrestima todo lo que se carga sobre los hombres del género masculino, que una y otra vez es reforzado en la cultura popular (¿por qué no vemos príncipes de Disney con nuevas masculinidades?) y que, por ser hombres y estar en una supuesta posición de privilegio, se pasa de largo.

Sí se acepta -y está en el discurso de inclusión- que un hombre homosexual baile al ritmo de Beyoncé y que sea libre de hacerlo, pero que un heterosexual lo haga se sigue viendo mal, es afeminado. Sí se lucha porque todos los géneros y preferencias sean aceptadas, pero un hombre sin bíceps no se ve tan hombre.

Debemos cambiar ese modelo y luchar por todo en general: el rosa es simplemente un color, y puede ser masculino o femenino. Los estereotipos, cualesquiera, saben mal. Y sí, tenemos que visibilizar lo que se invisibiliza: incluso dentro del supuesto “género privilegiado” se la pasa mal.

Pensar que todo esto se originó por la justificación expedita a una silla rosa gamer.

Imagen | Pixabay

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por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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