Antes de que el asfalto cubriera las urbes cosmopolitas y el lenguaje empezara a articular el pensamiento humano, ya estaban ellos: los microorganismos. Sin los procesos catalizadores llevados a cabo por bacterias, hongos, virus y parásitos, no hubiera sido posible la atmósfera que respiramos. Tampoco la evolución de las diferentes formas de vida en la tierra. Los virus, en concreto, constituyen un motor de cambio al regular las poblaciones bacterianas. Al tener la capacidad de mutar, recombinar, recoger y transportar material genético a nivel celular resultan en el combustible que alimenta el cambio.

La conexión intrínseca entre los virus y los humanos está representada en casi el diez por ciento de nuestro genoma viral (HERV-H). Esto afecta, por ejemplo, la supresión o el desarrollo de ciertas enfermedades. Un cuerpo humano es tan buen hospedero para los microbios como cualquier otro animal. Esta capacidad de hospedar a otros organismos ha propiciado que los coronavirus lo hayan infectado al igual que a los murciélagos, dromedarios y pangolines.  

Las diferentes maneras de afrontar, tanto a nivel gubernamental como individual, la actual emergencia del brote del virus SARS-Cov 2 nos invita a una reflexión filosófica sobre el estado actual de las cosas. De hecho, es estratégicamente indispensable la reevaluación del lugar del ser humano en la naturaleza. En este sentido, dos categorías bio-antropológicas contemporáneas pueden ayudarnos en este análisis. Por un lado está el Antropoceno y, por otra parte, un concepto de reciente emergencia llamado ‘Microbioceno’.

El impacto ambiental del conjunto de actividades económicas, políticas, científicas y culturales obtuvo un nombre a partir del segundo milenio. El Antropoceno, un término para designar una metáfora o bien a una era geológica, fue acuñado por el holandés Paul Crutzen, premio Nobel de Química. Con este concepto, se nombró a una época industrial en la que las actividades humanas empezaron a provocar cambios biológicos y geofísicos a escala mundial. La consecuencia de esta designación fue colocar al ser humano como el agente con mayor influencia en los sistemas dinámicos del planeta.

Si bien es cierto que el ser humano ha podido influir en la homeostasis ecológica de los últimos doce mil años del holoceno, la pregunta crucial es si puede controlar las consecuencias. La emergencia sanitaria del COVID-19 nos ha mostrado que, es muy probable que estemos equivocados en la última sistematización de las etapas geológicas. En realidad nunca ha habido un Antropoceno, sino que hemos estado inmersos desde el surgimiento de los primeros homínidos, en una época microbiocénica.

Microbioceno

El filósofo Tobias Rees ha puesto en el escenario de la discusión filosófica, una tesis bio-antropológica fundamental. Afirma que estamos viviendo en carne propia el fin del Antropoceno para darle paso a una nueva, aunque hipotética, era geológica. El Microbioceno, como se le ha llamado desde antes de Rees, es una era que ha permeado a todas las etapas geológicas de la tierra. Sin embargo, no hemos sido conscientes de ello hasta ahora.

La idea fundamental de la tesis de Rees es que las bacterias, arqueas, hongos, protistas y virus conforman una microbiota pero también un macrosistema externo. Dentro del ser humano existen microorganismos que viven en simbiosis con el hospedero, pero se nos olvida que también afuera del cuerpo están. Vivimos inmersos en el Microbioceno, no podemos escapar a este ambiente. Sin embargo, con el surgimiento de la Ilustración y la Política Moderna, se ha hecho más grande la separación entre la naturaleza y lo humano.

La distinción en sí misma pareció inocua en un principio, pero según han pasado los siglos, las consecuencias ecológicas y epistemológicas se han hecho notar. Por ejemplo, esta distinción arraigada en el imaginario humano, nos hace pensar que somos ajenos a la naturaleza. Que sólo a “los otros”, a los animales no humanos, les es posible hospedar agentes patógenos y perecer a causa de ello. Al menos para el grueso de la población mundial le ha sido difícil comprender “que somos estanques en estanques” como dice Rees. Es decir, que no somos la otredad de la naturaleza, sino que estamos inmersos en esta.

El postular una era geológica como el Microbioceno nos permite una reflexión filosófica dirigida a la acción. La eficacia de las estrategias para enfrentar las emergencias biológicas depende de cómo se caracterice el fenómeno a combatir. Una mejor comprensión, en el caso de la actual pandemia, es mediante una metáfora botánica que ya Deleuze y Guattari habían pensado sobre la ciencia. Los eventos emergentes por agentes patógenos tienen una estructura rizomática. Las pandemias son rizomas.

Los rizomas son tallos subterráneos y no tienen una jerarquía en su estructura. En la superficie pueden parecer brotes muy simples, sin embargo, a estos subyace un complejo entramado de yemas y raíces. Una pandemia también se asemeja a esta estructura. En la superficie están las consecuencias evidentes, pero a estos efectos subyace un entramado complejo de factores que los sostienen. Entre las raíces y yemas de un rizoma pandémico están los factores políticos, económicos, ecológicos, sociales, científicos. Se mantienen subyacentes pero vivos.

Políticas públicas

Siendo esto así, la nueva normalidad presenta retos que van más allá de la biología y alcanzan la esfera de lo social. Por un lado, está redimensionar el lugar de los seres humanos en el todo orgánico del planeta. Por otro, cómo enfrentar exitosamente en el ámbito de salud pública una obviedad pasada por alto. Somos ecosistemas, dentro de otros ecosistemas de mayor escala, cuya supervivencia se debe negociar racionalmente.

La salud, nuestra digestión, los olores y, hoy en día, la inmunización exitosa depende del microbioma humano y su relación con el ambiente. Por ello, no podemos definir un nosotros humano sin tomar en cuenta las formas de vida que configuraron lo que hoy somos como especie. La compleja negociación entre ellos (los virus) y nosotros, pasa por la implementación de políticas públicas eficientes que permitan la reactivación ininterrumpida de la vida económica, cultural, social y deportiva.

Por ejemplo, desde el inicio de la pandemia el uso de mascarillas, el distanciamiento espacial y el confinamiento han formado parte de una serie de medidas que los países han adoptado para frenar el avance del COVID-19. Sin embargo, para que la población pudiera acatar estas medidas y actuar en consecuencia con la situación emergente, fue necesario que los gobiernos y los empresarios generaran las condiciones materiales y sanitarias para su cumplimiento.

Otra de las políticas públicas que generan mayor interés a nivel mundial es la inmunización segura contra el COVID-19. Este es un tema parcialmente resuelto dado los rápidos avances en su implementación. Sin embargo, es necesario poner en marcha un fondo económico para garantizar a la población el derecho a la salud. Es claro que el hambre, la pobreza y el desempleo se están agudizando en la etapa post-pandémica.

Ahora bien, es urgente adoptar medidas que generen beneficios a largo plazo. En el caso de México, que nos permitan enfrentar con eficacia esta o las siguientes pandemias. Por ejemplo, la cultura de la prevención en materia de salud y ecología es un tema no resuelto a nivel mundial. Esto se debe, en parte, a una perspectiva fragmentada de la relación entre lo político, la naturaleza y el ser humano. Las políticas públicas no integran el cuidado de los ecosistemas. A su vez, los seres humanos decidimos erróneamente situarnos como agentes especiales y asépticos. Nos pensamos fuera del alcance de los procesos biológicos, generando así crisis sanitarias cuya solución demora por la falta de un tratamiento integral.

Pero no todo está perdido, la pandemia por COVID-19 es un fenómeno biológico del que sin duda alguna podemos aprender. Nos ayudará a construir escenarios futuros más prometedores para todos los agentes involucrados. Hasta ahora nos ha mostrado que tiene una estructura rizomática: en la superficie percibimos eventos biológicos, políticos y culturales aislados. Sin embargo, subyacente a estos hay un todo orgánico en donde las fronteras se entrelazan formando una unidad biológico-cultural. De esta unidad formamos parte de manera importante, pero no especial.

Bibliografía

Burki T. (2017). A journey into the microbiome, The Lancet, Vol. 17, Issue 3, p. 273.

Deluze G. et.al. (1980). Rizoma. Mil mesetas. París, Minuit.

McMillan F. (2015). Inner-space: A Journey into the Microbiome, The University of Queensaland, https://di.uq.edu.au/article/2017/02/inner-space-journey-microbiome

Rees T. (2020). From The Anthropocene To The Microbiocene, NOEMA, Berggruen Institute, https://www.noemamag.com/from-the-anthropocene-to-the-microbiocene/

Imagen | Freepik

Artículo de:

Elizabeth Martínez Bautista (autora invitada):
Doctora en Filosofía de la Ciencia-UNAM. Con intereses en la filosofía de la biología y la Epistemología de las inferencias en la ciencia.

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por autores invitados

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