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En su libro Más allá del bien y del mal, Nietzsche dice: “Lo que se hace por amor acontece siempre más allá del bien y del mal”; y dentro del mismo texto señala: “No existen fenómenos morales, sino una interpretación moral de los fenómenos…”

Cuando se trata de hacer una revisión a los valores establecidos dentro de la cultura, y así mismo, de la sociedad; Nietzsche es ese martillo capaz de romper para volver a construir. Estas dos frases o aforismos que aparecen a lo largo del libro nos ayudan a entretejer dos realidades que se tocan cuando hablamos del bien y del mal. Por un lado, hay cosas que se escapan de lo normalmente establecido y por otra cabe preguntarnos hasta dónde las cosas son como decimos que son. El mismo Kant decía que ponemos en las cosas lo que queremos ver en ellas.

El ser humano tiene esta necesidad imperiosa de catalogar todas las cosas, todos los sucesos y todas las interpretaciones únicamente bajo dos perspectivas: la suya y la del otro. Esta estructura impide en muchas ocasiones ver los matices y las sutilezas bajo las cuales podemos tener una interpretación. Quizá el motivo de esta imperiosa necesidad provenga de nuestra incapacidad por navegar a través de mares profundos en donde la incertidumbre sólo tiene cabida. Es mucho más fácil aferrarse a lo erróneo, que a lo desconocido.

No, no es desconocido el hecho de que Nietzsche haya denunciado este comportamiento hacia la vida, que a final de cuentas lo único que señala es darle la espalda a nuestra existencia y someter a nuestro cuerpo a una crueldad impensable. Por supuesto que cuando escuchamos esto, no podemos evitar sentirnos asqueados y defender con todo el aire que contengan nuestros pulmones, que eso es completamente falso; que amamos la vida. Sin embargo, la realidad es más fuerte y termina por imponerse para denunciar una verdad terrible: nuestra concepción de la vida gira en torno a la decadencia. Pregonamos rigidez y anhelamos lo muerto, lo que permanece siempre igual. Nuestras creencias siempre se basan en un rotundo y no, y no estamos dispuestos a abrazar las exigencias de una sociedad que nos hace ver que los problemas no pueden solucionarse bajo esos parámetros. 

¿Quién determina lo que entra en el bien?, ¿cuáles son los límites del mal si es que los hay? Y si ocurre que no los hay, ¿cómo afecta a nuestra noción de bien? A simple vista, pareciera que estos dos ‘valores’ obedecen a un fin más restrictivo que normativo.

Y los grandes problemas comienzan cuando no nos atrevemos a cuestionar nuestras estructuras.

Imagen | Unsplash

Artículo de:

Aranza Sánchez Romero (autora invitada):
Lic. en Filosofía (Universidad La Salle), maestrante en Psicoanálisis. Le gusta escribir y enseñar, imparte clases de Filosofía y participa activamente en distintos medios digitales para la difusión de la filosofía.

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por autores invitados

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