El siguiente texto fue galardonado en los Premios Filosofía en la Red como el artículo con más impacto en redes sociales del mes de julio del 2021.

Es indudable la grandiosa aportación de los filósofos al pensamiento occidental. Por lo general, destacan como personajes excesivamente serios, pero en muchos casos, fueron personas con experiencias dignas de ser contadas. Esta es la razón del título de este post. El mentidero es una expresión española que alude a un lugar de reunión para destacar, chismorrear, rumorear y hacer algún chascarrillo de actualidad. Hoy toca comadrear a René Descartes.

De nuestro personaje sabemos que nació el 31 de marzo de 1596 en una pequeña ciudad francesa llamada Turena. Actualmente se llama Descartes en honor a su famoso paisano. Se cuenta que nació en una familia de baja nobleza. Su padre, Joachim Descartes, era consejero en el Parlamento de Bretaña y su madre, Jeane Brochard, era hija del alcalde de Nantes.

Tras la muerte prematura de su madre, René quedó al cuidado de su abuela, su padre y su nodriza. Esta última fue quien tuvo mayor relación estrecha mientras vivió en la casa de su abuela.

Ya de pequeño se rumorea por ahí que René era llamado por su padre “el pequeño filósofo” porque constantemente preguntaba por todo. Apuntaba maneras el niño.

A los once años entró en un centro de enseñanza jesuita donde aprendió filosofía y matemáticas. Se cuenta que ya desde muy joven adolecía de una salud muy débil y por esa razón no iba a clases por las mañanas. Sin embargo, eso no fue un problema para René, ya que tenía prestigio entre sus profesores por sus dotes intelectuales.

Las moscas y las coordenadas cartesianas

En esas mañanas soporíferas debido a su precaria salud, Descartes no le quedó más remedio que pasar largas horas en la cama. Obviamente, tuvo aprovechar el tiempo pensando en la filosofía, las matemáticas y el estudio. Incluso en las musarañas.

Se cuenta y se rumorea por ahí que teniendo la vista perdida en el techo de su habitación una mosca se cruzó delante de sí. Con esa nueva distracción se dedicó a seguir al insecto con su vista durante un buen rato. Mientras esto hacía se preguntaba si se podría determinar a cada instante la posición que tendría la mosca. De ahí, que pensó que si se podría conocer la distancia a dos superficies perpendiculares (la pared y el techo).

En medio de ese fructuoso aburrimiento Descartes se le ocurrió una idea y agarrando un trozo de papel diseñó lo que hoy conocemos como “las coordinadas cartesianas”. Y más tarde “la Geometría analítica”. ¡Qué hermoso es el aburrimiento!

Un erudito para el estudio

En el colegio jesuita estuvo hasta los dieciocho años. Allí se cultivó con mucha facilidad en la física y en la filosofía escolástica. Y obviamente, mostró dotes para las matemáticas. Podría pensarse que fue una buena época para él. Pero en su libro “Discurso del método” afirmó que el sistema educativo de los jesuitas no era bueno para un adecuado desarrollo de la razón. ¡¡Menos mal!!

A los dieciocho años dejó el centro de enseñanza y entró en la Universidad de Potiers para estudiar derecho y medicina. Sabemos que dos años después consiguió los grados de bachiller y se convierte en licenciado en Derecho.

Un filósofo en el ejército

Cuando contaba con veintidós años Descartes viaja hasta los Países Bajos para unirse a los mercenarios del ejército holandés. Se rumorea por ahí que su fuerte ambición lo llevó a convertirse impredeciblemente en un oficial militar profesional.

Sin embargo, su pasión por las matemáticas y la filosofía no cesaron. Siguió estudiando mientras ejercía de militar. Incluso se dice que se familiarizó con un director de una escuela, Isaac Beeckman. Con él escribió “El compendio de la Música” y avanzaron en conceptos científicos como la caída libre, la catenaria, la sección cónica y la estática fluida. De esa fantástica relación, Beeckman descubrió que tenía delante de sí a un genio.

Como mercenario sabemos que siguió hasta 1622. Tenía en ese momento treinta seis años. Con esa edad ya había participado en la batalla de Praga y en los asedios de Pressburg y Neuhäusel. 

Etapa de investigador y conocedor

Tras su etapa como mercenario René viajó por toda Europa conociendo de primera mano a grandes y destacados intelectuales. Mientras vivió en París sus amigos comenzaron a dar publicidad sobre la reputación y su destreza intelectual. De hecho, se cuenta que su casa se convirtió en aquella época en un lugar de reunión para quienes querían intercambiar ideas y discutirlas. Sin embargo, en medio de esa vida agitada Descartes adolecía de la presencia de una mujer con la que compartir una vida. Mucha fama de intelectual, pero al final era un romántico sin dar un palo al agua.  

Felicidad y luto de padre

Después de su larga estancia en París, Descartes regresa en 1628 a Holanda. Concretamente a Ámsterdam. Allí se queda una temporada larga para investigar y escribir. Su vida era modesta y tranquila para el estudio, pero no para el amor.

Se cuenta y se rumorea que mantuvo una relación amorosa con una criada llamada Helena Jans Van der Strom. Con ella tuvo una hija, Francine, que nació en 1635 en Deventer. Sin embargo, tuvo la mala fortuna de fallecer cinco años después. Tras este duro golpe hay quien dice que la paternidad y la pérdida de su hija fue el punto de inflexión en el trabajo de René. De ese duelo surgió un nuevo foco en su forma de pensar.

Vio las barbas de su vecino cortar

Su estancia en Holanda en lo sentimental fue profundamente intensa. Sin embargo, en el plano intelectual fue muy productiva. La elección por la ciudad neerlandesa fue un acierto, ya que vivía en paz y sin problemas económicos. De hecho, los burgueses potenciaban la vida intelectual de las ciencias. Mientras eso pasaba en los Países Bajos, Europa se desgarraba en la Guerra de los Treinta Años.

A pesar de la gran productividad intelectual y el estado de bienestar, Descartes se cuidaba mucho de los resultados de sus investigaciones. Estuvo muy pendiente del caso Galileo y fue muy cauteloso en sus escritos. En cierto modo, no quería pasar por la misma desgracia que su homónimo italiano. Es más, se sabe que, impactado por la suerte de Galileo, llegó a plantearse quemar sus papeles, o al menos, no dejárselos ver a nadie.

Gélidas clases particulares

Hacia el año 1649 Descartes fue invitado por la reina Cristina de Suecia a Estocolmo. La intención era convertirse en el profesor particular de la reina. Para ello, Descartes se vio obligado a levantarse todos los días a las cinco de la mañana para dar las clases. Las consecuencias de estar varias semanas seguidas levantándose de madrugada en uno de los países más fríos y gélidos de Europa trajo secuelas a nuestro filósofo. No tardó en coger una neumonía y fallecer en el mes de febrero del invierno sueco a los 53 años de edad. Hay quien dice basándose en alguna carta secreta que el motivo de su muerte fue por envenenamiento. Actualmente, sus restos mortales se encuentran en la Abadía de Saint-Germain-des-Prés en París.

Más allá de su hipocondría y baja salud, sus pocas ganas de trabajar, sus instintos de ambición y la sospechosa muerte tenemos que reconocer que René Descartes ha aportado muchísimo a los diversos campos del pensamiento. A la filosofía le dio una nueva cara dando un giro desde la perspectiva racionalista. A las matemáticas introdujo la geometría analítica, así como la teoría de las ecuaciones. Incluso a la física, que aunque sus aportaciones no fueron tan significativas, la óptica y la mecánica se beneficiaron de nuestro autor siendo partícipe de lo que más tarde será el método científico moderno.

Imágenes | Wikipedia 1, 2

Artículo de:

Óscar Bethencourt (autor invitado):

Doctor en Filosofía y Licenciado en Teología. Natural de las Islas Canarias pero residente en Madrid. Actualmente, es profesor de Filosofía y Religión en la educación secundaria.

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