Es 1872 y el agridulce texto de Friedrich Nietzsche el nacimiento de la tragedia es publicado; un texto repudiado por gran parte de la elite filológica de ese tiempo, que establece tesis las cuales rompen con la armónica visión utópica que se tiene del mundo griego. Pero, de todas aquellas tesis que se abordan en aquel manifiesto, Nietzsche proclama una de gran interés para la literatura griega, una muerte anterior a la de dios: la muerte de la tragedia.

La tragedia, según el punto de vista del filólogo alemán, nace como un rito religioso en honor a Dioniso y logra una consolidación cuando éste comulga con los caracteres propios de su hermano Apolo. La amalgama de las tendencias mesuradas con la embriaguez es lo que permite la composición trágica, otorgando al mundo la forma literaria más influyente además de proporcionar grandes poetas, siendo en la figura sofoclea del Edipo rey donde Nietzsche encuentra “el punto de vista propiamente trágico”1 al ser capaz de reflejar el pensamiento y la voz del pueblo. La tragedia entonces ha venido a manos de Sófocles para alcanzar su máximo esplendor perfeccionando y amoldando sus técnicas; pero esto ha de ser algo muy breve, ya que Eurípides, un joven poeta que apenas y sobresale en las contiendas poéticas, carente de gracia en su composición viene a destruir este hermoso arte, y la acusación que se lanza por supuesto que tiene mucho de Nietzsche y poco de amabilidad:

“¿Qué es lo que tú querías, sacrílego Eurípides, cuando intentaste forzar una vez más a este moribundo a que te prestase servidumbre? Él murió entre tus manos brutales: y ahora tú necesitabas un mito remedado, simulado, que, como el mono de Heracles, lo único que sabía ya era acicalarse con la vieja pompa. Y de igual manera que se te murió el mito, también se te murió el genio de la música: aun cuando saqueaste con ávidas manos todos los jardines de la música, lo único que conseguiste fue una música remedada y simulada. Y puesto que tú habías abandonado a Dioniso, Apolo te abandonó a ti; saca a todas las pasiones de su escondrijo y enciérralas en tu círculo, afila y aguza una dialéctica sofística para los discursos de tus héroes, – también tus héroes tiene unas pasiones sólo remedadas y simuladas y pronuncian únicamente discursos remedados y simulados.2

Autores como Erwin Rohde, Arthur Verral y Eric Dodds, comulgan en mayor o menor medida con esta sentencia nietzscheana; y es que la cuestión es simple, si Eurípides mato la tragedia es debido a sus sofismas disfrazados de poesía, es decir, un hombre que pretende escribir de la racionalidad instintiva que implica la tragedia, de una manera racional en su sentido más estricto, solo puede desarrollar obras que no tengan la mínima impresión de contenido trágico como se observa en la sentencia previamente planteada, tan solo se leerá un montón de discursos remedados por el hilo y aguja de la falta de originalidad y la sofistica.

Habrá que poner en contexto la figura de Eurípides para poder ponerle o no, el atributo de sofista. Con tan solo quince años menos que Sófocles, Eurípides nace en una familia de buena posición económica, lo que ya implica una buena educación, de inicio leer y escribir, atributos que ya lo posicionan por encima de bastantes ciudadanos griegos; de igual manera se le educa como deportista y como actor3. En ese momento en Grecia el movimiento sofístico comienza a tener un auge, y como digno hijo de su tiempo, Eurípides ha de verse influenciado por la corriente crítica de aquel tiempo, conviviendo con el mismo Protágoras y algunos mencionan que con Sócrates4, pero de esto último no se tiene una certeza. Y es precisamente de esta relación que Nietzsche arremete en contra de Eurípides: la tragedia euripidea es también un socratismo disfrazado: “Que en su tendencia Sócrates se halla estrechamente relacionado con Eurípides es cosa que no se le escapó a la Antigüedad de su tiempo; y la expresión más elocuente de esa afortunada sagacidad es aquella leyenda que circulaba por Atenas, según la cual Sócrates ayudaba a Eurípides a escribir sus obras5”.

Antes de proseguir, habrá que reconocerle a Nietzsche el plantear una crítica a partir de un supuesto colectivo, de una habladuría, pero siguiendo su ejemplo se supondrá que la tragedia de Eurípides es de este modo y por tanto no posee forma dionisiaca alguna, y pierde entonces el motivo por el cual se escribe, muere entonces la tragedia. Si bien se pueden encontrar varias similitudes entre las figuras de Eurípides y Sócrates, tales como el espacio y tiempo que comparten, la acusación de pervertidores de la juventud seguida de un castigo y el oráculo de Delfos6; no por estas similitudes es que se podría llamar al poeta ateniense ya sea sofista o filósofo socrático. Si es que existe una influencia entre estas dos figuras seria de parte del poeta para con el filósofo, en primera instancia por ser Eurípides mayor que Sócrates y en segundo porque, como se ha dicho, el poeta sí recibe una educación propia a sus posibilidades económicas, mientras que Sócrates al pertenecer a la clase baja griega no tenía la instrucción ni para leer ni escribir, además de esto y participando nuevamente de las leyendas atenienses que aún perduran, se dice que Sócrates solo asistía a las representaciones trágicas cuando estas eran de Eurípides, algo debió observar el filósofo en aquellos versos que lo invitaban a volver a verlos representados, y tal vez fuesen las composiciones de este poeta, el motivo por el cual al final de sus días desea cultivar la música.

Ahora bien, de manera tajante, y por mucho obvia, se enunciará que Eurípides no es un sofista y mucho menos un pseudo-discípulo socrático; este poeta es la imagen del romanticismo griego, un artista ilustrado cuyos versos son solo analizados por una mirada parcial, simple y por supuesto nada objetiva de Nietzsche; y esto ocasionado por solo quedarse con las categorías de composición trágica de Sófocles y pretender analizar así las obras de Eurípides, por ello el filólogo alemán no es capaz de vislumbrar la revolución artística que se da en este poeta y que otorga el verdadero punto de vista trágico y que se manifiesta a la perfección en sus Bacantes.

Si el reproche nietzscheano a la tragedia de Eurípides es que ésta tan sólo recoge y remeda las formas de la poesía épica, la composición, argumento y dicción de esta tragedia se alejan de la tragedia y le otorga al poeta ateniense su estilo. El prólogo, contra el cual también Nietzsche se muestra en contra, ya que él considera que trata de ignorantes a los espectadores, no es más que la forma euripidea en la cual el propio dios canta aquello que ya todos conocen, pero ahora lo escuchan de viva voz sin intermediario alguno, Dioniso se encuentra más cerca de su pueblo en Eurípides y su composición trágica.

“Quien lee hoy Las Bacantes de Eurípides siente todavía cómo sube la obra el vaho mágico de las emociones del entusiasmo y cómo esas emociones trastornando los sentidos, encadenando la conciencia y la voluntad, hacen presa en todo el que se extravía por entre la floresta de los ritos dionisíacos. Como el furioso torbellino que arrastra al narrador o las misteriosas potencias del sueño se apoderan del que duerme, así se adueña de él la coacción de los espíritus que emana la presencia del dios, y le empuja hacia dónde quiere. Todo se transforma a sus ojos y hasta él mismo parece transformarse. Todas y cada una de las figuras del drama son presa de la divina locura en cuanto caen dentro de este círculo mágico. En las páginas de este poema dramático sigue viviendo, a pesar de los siglos transcurridos, algo del poder de sojuzgamiento de las almas que vibraba en las orgías dionisiacas y que permite al lector tener, por lo menos, una intuición de lo que eran aquellos extraños estados del espíritu7”.

Aunque el viejo amigo de Nietzsche también cataloga a Eurípides como un sofista, él le reconoce su basta capacidad de composición y como bien enuncia, hay algo en esta tragedia que atrae de una manera casi mística y sobrenatural, y esto es debido a que Las Bacantes, al mismo tiempo que es una de las más altas formas de composición de la literatura artística griega, es también la forma de literatura religiosa que mejor habla del dionisismo y esto es muy a pesar de la opinión del filólogo alemán: “el plan de la obra está calcado sobre los antiguos ritos: es el asunto original de la tragedia ática, tratando una vez más por la poesía, y sin duda como nunca o casi nunca había sido tratado por poeta trágico alguno8“. El terror y compasión con los cuales bailan las miradas de aquellos que depositan su tiempo en esta tragedia, no podría denominarse de otra forma que no fuese la de arte en sentido estricto. Esta obra nos presenta personajes de una manera tan precisa que casi se pueden oler al momento que se les lee. Eurípides sería por mucho el poeta que mejor entiende la religión dionisiaca y eso se puede ver en la incorporación que hace de la mujer a la puesta en escena, la vivacidad con la que dota al coro, la construcción de caracteres tan humanos en sus personajes así como la inclusión de un prólogo del cual ya se ha hablado antes.

Eurípides es entonces, el poeta que renueva y revoluciona la tragedia ática; pero no debe pensarse que tan gran elocuencia compositiva por parte del poeta ha de haber agradado a todo el mundo y con esto no me refiero a las críticas previamente planteadas. La clase media griega no estaba dotada de una educación en su mayoría, por muchos esfuerzos de diversos autores que se hagan por disuadirnos de que todos los ciudadanos griegos poseen un gusto refinado y conciencia crítica, se tendrá que decir que esto no son más que ilusiones. Un juicio estético riguroso sería un ejercicio sumamente complejo para aquellos que se les denomina “masa”; no se está presuponiendo a la “masa griega”, o en general a ninguna, como ignorante, sino que aquellos agricultores, comerciantes, soldados, etc. Poco tiempo debieron de haber tenido para teorizar la tragedia, para muchos esta manifestación religiosa hecha arte debió significar tan solo un escape de la rutina y evidentemente no un ejercicio de reflexión. Además de esto debe considerarse el contexto social, religioso y moral de aquellos griegos, por lo cual el asistir a una tragedia de Eurípides para ponerle atención a una mujer que posee un carácter y personalidad definidos debe haber parecido un acto repugnante para más de un griego, y cuál figura penteica habrá perdido la cabeza intentando regresar a las mujeres a casa.

“Para el ateniense estúpido del tipo medio acaso resultaba una perversidad en la mujer el tener un carácter definido, una perversidad el desear alguna participación en las cosas públicas, una perversidad el adquirir cultura, o el poner en duda algunos extremos de la religión convenida, tan perversidad por lo menos como el regañar al marido. De las mujeres no se debía ni siquiera hablar; y sobre todo, no había que tratarlas con entendimiento ni simpatía. El empeño de entenderlas sólo servía para empeorar las cosas. A la gente que así pensaba, las mujeres de Eurípides tienen que haber parecido repugnantísimas; y el poeta mismo, el más cruel enemigo del sexo femenino9”.

Frente a esto último, cabe mencionar que la sociedad griega parece algo voluble, puesto que parecen no tener problema alguno con las figuras femeninas de Esquilo y Sófocles, figuras que poseen, si bien no todo el carácter y personalidad de las figuras de Eurípides, no podemos tomarla como una mujer griega tradicional.

A pesar de las dificultades que implica la correcta apreciación de la obra de Eurípides en todo tiempo, tendrá que decirse que este poeta es más afín a cualquier hombre precisamente porque de lo que habla es del sentir humano. Este poeta ateniense es capaz de dibujar en los versos de sus tragedias hombres y mujeres tan reales y universalmente posibles que lo único que logra volverlos individuos lejanos son sus nombres. Y el carácter más sencillo de Eurípides es que su composición no es tan compleja como la de sus antecesores, el último de los tres grandes poetas trágicos solo apunta y perfecciona una forma cuantitativa de la tragedia: el argumento; su forma de escribir no camina más allá de lo humano y su padecer la vida. Cuanta maestría existe en la forma en la cual la ira o locura de Medea o la culpa de Orestes se hacen presentes, cuanta humanidad se presenta en cada tragedia de Eurípides y que falta de comprensión hay de aquellos que las miran buscando primero el reflexionar que el sentir.

“Por eso también cometen el mismo error aquellos que reprochan a Eurípides que haga esto en sus tragedias y que la mayoría de ellas acabe en desgracia. Pues esto es, como se ha dicho, lo correcto. Y la prueba más concluyente está en que en los escenarios, es decir, al competir en los certámenes dramáticos, este tipo de piezas se revelan como las más trágicas, si se representan correctamente, y Eurípides, aunque los otros aspectos no los administre de forma adecuada, se revela, sin embargo, como el más trágico de los poetas10“.

Para finalizar no cabe más que recalcar aquello que resalta de la previa cita de Aristóteles y que Goethe reafirma; Eurípides es el más trágico de los poetas; un poeta ilustrado de cuyas obras emanan múltiples reflexiones pero más sentimientos. Digno hijo de su tiempo que aprende bien de aquellos que escribieron y versificaron antes que él, y que al momento en que le toca liderar la composición de la poesía trágica la dota de nuevas formas y le otorga el lugar que se merece. La tragedia no ha muerto, tan solo ha mudado sus formas cualitativas a otras formas artísticas. Y si acaso no gustan estos argumentos a algún aferrado seguidor de Nietzsche, baste entonces en darles la razón y decir que efectivamente la tragedia ha muerto, pero aún vivimos a su sombra.

Referencias

[1] NIETZSCHE, Friedrich, “Introducción a la tragedia de Sófocles”¸ Friedrich Nietzsche: Obras Completas vol. II §9 pág. 597, trad. Diego Sánchez Meca, editorial Tecnos, Madrid, España, 2013

[2] NIETZSCHE, Friedrich, El nacimiento de la tragedia, §10 p.p. 119 – 120, trad. Andrés Sánchez Pascual, Alianza editorial, Madrid, España, 2014

[3] Cfr. MURRAY, Gilbert, Eurípides y su tiempo, cap.1, trad. Alfonso Reyes, Fondo de cultura económica, México, D.F., 2014

[4] Cfr., Ob. Cit., pág. 44

[5] NIETZSCHE, Friedrich, El nacimiento de la tragedia, §13 pág. 139, trad. Andrés Sánchez Pascual, Alianza editorial, Madrid, España, 2014

[6] Cfr. Ob. Cit., p.p. 268 – 269

[7] ROHDE, Erwin, Psique, la idea del alma y la inmortalidad entre los griegos¸ pág. 162, trad. Wenceslao Roces, Fondo de cultura económica, México, D.F., 1948

[8] MURRAY, Gilbert, Eurípides y su tiempo, pág. 143, trad. Alfonso Reyes, Fondo de cultura económica, México, D.F., 2014

[9] Ob. Cit. pág. 27

[10] ARISTÓTELES, Poética, 1453a 13, pág. 57, trad. Teresa Martínez Manzano y Leonardo Rodríguez Duplá, editorial Gredos, Madrid, España, 2011

Artículo de:

Alex Rivera (autor invitado):
Lic. en filosofía por la UAE, cofundador del podcast ahí les va la res extensa. Actualmente, imparte clases de lógica en preparatoria, miembro del Colegio Profesional de la COMEFI.

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