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En muchas ocasiones nos vemos completamente inmersos en este nuevo mundo de globalización en el que Nuestras vidas se encuentran a merced de la virtualidad y las redes sociales, a tal punto que por propia voluntad estas pasan a ser algo publicado en internet y vamos perdiendo poco a poco el tiempo a solas. Así nos topamos frente a la soledad y la privacidad en un mundo público globalizado.

Si nos lo ponemos a pensar, nuestro día a día se basa en mantener la mente ocupada en la rutina, en las obligaciones, en las distracciones que nos brindan por lo general el internet, a partir de plataformas y programas de entretenimiento o de hobbies.

En las redes sociales no solo nos mantenemos conectados las 24 horas del día, sino que también dejamos que otros tengan acceso a nuestra intimidad. Así se va postergando, e incluso me animo decir, evitando los verdaderos momentos de soledad.

Evadiendo la soledad

Hoy en día la sociedad, como lo define Byung-Chul Han (2012), pone a sus individuos como sujetos de rendimiento que se “auto-explotan“. Y desde esa visión puedo pensarnos como mentes tan ocupadas y cansadas que se quedan sin tiempo para ellas mismas.

Constantemente estamos buscando que la productividad nos proporcione éxito a largo plazo. Pero creo que incluso cuando no estamos siendo “productivos” buscamos llenar nuestros pensamientos con otras cosas incluso, con cualquier cosa que nos salve de tener que pensar o más bien de tener que pensarnos.

Por lo general, estar a solas nos pone en un estado de contemplación, en el cual tenemos la mente lo suficientemente libre como para poder pensar conscientemente y realizarnos preguntas existenciales que quizás estamos evitando responder, ya sea por miedo a descubrir que no hay respuestas o porque no queremos saber cuáles son.

Entonces para evitar la incomodidad que podría presentarse por dejarnos llevar por nuestros pensamientos, terminamos evadiendo la soledad. Y esto es entendible porque puede dar temor tener que enfrentarnos a las preguntas, reconocer verdades, salir de la cómoda y reconfortante ignorancia.

Apreciar el tiempo a solas

Cuando hablo de soledad no me refiero al sentimiento de sentirse solo, sino al momento de estar solo. Uno en el que nos interrogamos o cuestionamos cosas y/o problemas, en el que también nos podemos permitir respirar, dar una pausa de la vida tan efímera y rápida que nos hace correr día a día, y descansar. Apreciar el tiempo en soledad para darnos mimos a nosotros mismo es importante.

También considero igualmente relevante ese acto reflexivo que nos provocan los momentos a solas, porque si no lo hiciéramos de vez en cuando estaríamos perdiendo una parte innata de nuestra humanidad: la necesidad de filosofar sobre la vida. Es necesario examinar las cosas y aún más a nosotros mismos.

Todo tiempo que podemos dedicarnos es válido e indispensable, ya sea para expresarnos amor propio o para darle paso a las preguntas, a los problemas, a los asombros y a las dudas. Darle paso a esa sobreinformación que recibimos del mundo para filtrarla críticamente, y así ponernos a filosofar con nuestra soledad.

Los invito a que, a pesar de los miedos y dudas que puedan tener, a pesar del tiempo que tengan que dedicar al trabajo o al estudio, a pesar de la virtualidad agobiante y la vida efímera, busquen en este mundo globalizado y público, un espacio propio para estar en soledad con sus pensamientos, divagaciones y emociones. Permítanse conocerse, permítanse filosofar.

Artículo de:

Belén Romero (autora invitada):

Estudiante de Filosofía en la UBA y creadora de contenido de divulgación, arte y escritura en redes sociales.

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Imagen | Unsplash

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por autores invitados

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