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La aclamada serie de Netflix Por trece razones/ 13 reasons why se estrenó el año 2017. Nunca he sido amiga de las series de corte adolescente o pueril, de ésas que se desarrollan en los pasillos del típico -o tópico- instituto de enseñanza secundaria en Norteamérica; pero, por alguna razón que aún hoy desconozco, le di una oportunidad a la primera temporada. De un modo u otro, pude ver los capítulos sin ningún tipo de censura. Señalar que lo siguiente no adelanta acontecimientos ni desvela información importante, sencillamente gira en torno a la premisa principal de la producción: el incómodo suicidio de una chica que no llega a los dieciocho años. Mi primer acercamiento a la serie fue una expedición a las venas sangrantes.

Recientemente he vuelto sobre mis pasos para ponerme al día con Por trece razones. Volví a sumergirme en la primera temporada para enlazarla con las siguientes sin perder el hilo, pues había olvidado puntos y momentos esenciales tanto de la historia principal como de las intrigas secundarias. Me sorprendió -y no para bien- que la escena del suicidio de Hannah se había eliminado en la primera temporada. Se intuía lo que estaba pasando, pero nada más allá de eso. Tras reflexionarlo con cierto detenimiento, surgió un interrogante ineludible: ¿Por qué cuando un ser humano se suicida la muerte se torna tabú? Es difícil comprender ese afán por ocultar la realidad que nos es real.

Las cuatro temporadas de Por trece razones narran historias sobre el mundo que pertenece a un grupo de adolescentes estadounidenses, conectados entre sí de un modo u otro. Saben a qué me refiero: los deportes y las becas académicas y la vida -previsible- de las animadoras. Pero también forman parte de la narración el acoso escolar, la violencia desmedida y el consumo desmedido tanto de alcohol como de otros estupefacientes. No hay ningún tipo de filtro, diría que tampoco control. La violencia sexual se aborda sin tapujos y no para concienciar, sino obligando al espectador a profundizar es una realidad tan oscura como sucia y viscosa. Evidentemente, queda patente que no se trata de una serie para adolescentes, pues podría generar fácilmente el efecto contrario a la deseada concienciación.

Netflix censura la escena de la adolescente que se corta las venas porque no puede abordar su existencia desde una perspectiva clara, pero el consumo de drogas tan común como explícito. Fíjense: no vemos los vasos sanguíneos sangrar en pantalla porque podría ser harto traumático, pero hemos de asistir al terrorífico proceso del adicto que se inyecta droga en un brazo o un pie. Análogamente, nada de problemático parece haber en las violaciones, pues solo alarma la sangre de quien ha terminado con su vida en la bañera. El lenguaje poco cuidado -vulgar e hiriente- o el natural uso de armas tampoco son un problema, a pesar de que pueda haber -y hay- adolescentes al otro lado de la pantalla. Chicos y chicas que al día siguiente se enfrascarán en su vida de instituto, que continuarán existiendo en los pasillos de su centro educativo. Jóvenes que, en no pocos casos, subsisten inmersos en situaciones de bullying.

Me preocupa -y además sobremanera- que el alcohol y las drogas, el machismo y la violencia escolar se muestren sin caretas, en una intentona vulgar -pero efectiva- de fomentar el consabido efecto llamada; mientras otra de las pretensiones fundamentales es la de maquillar el rostro del suicida, perfumar el cadáver que ha empezado a oler en las estancias que son parte de nuestras vidas. Occidente es enemigo de la tendencia -natural o no- a la muerte. El suicidio es un gran tabú, no logramos quitarnos de encima esa losa terrible que es la tradición judeocristiana que se erige contra lo que considera deplorable y vergonzoso. Cualquier acción, por delictiva e ilegal que sea, es infinitamente mejor considerada que la navaja que cercena piel y venas. Poco valor debería tener la moral religiosa cuando el individuo se hunde en los recovecos de su propio ser.

Hannah Baker, la gran protagonista, es sin duda una joven atormentada detrás de la sonrisa, detrás de la vida fingida. El espectador debería acudir sobrecogido a la transformación del ser humano que pasa, en vida, de todo a nada; de la luz a la oscuridad; del ser al no ser. El espectador debería acudir sin censura a la mutación del individuo que se olvida a sí mismo, que sabe a ciencia cierta que nada más puede hacer en el plano tangible de los cuerpos físicos. El viaje de Hannah es doloroso. Se apaga en la cotidianidad como se apagan las farolas en la madrugada. Deja ser porque la obligan y es por ello que nada de justicia hay en eliminar las escenas más significativas. El ser humano vive aterrado de saber quien es, de verse reflejado en los espejos infernales que nacen de la esencia que nos define. Nos pirramos por lo cómodo, por las existencias facilonas. Por el ruido, jamás nos llama la atención el silencio. A medianoche, lo único audible son los latidos del propio corazón -bombeando sangre impura- y las embestidas de la respiración, del aire llenando y vaciando los pulmones, tratando de decirnos lo que somos mientras vivimos. Es aterrador, desde luego. El conjunto de vísceras dolientes que somos nos desagrada, por eso vale la pena censurar la mano que se deshace intentando agarrar la cuchilla con fuerza.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

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por autores invitados

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