Doy por hecho que habrá tantos caminos por los que llegar a la filosofía como personas puede haber encandiladas por lo que ofrece. Aunque en lo que a la raíz común se refiere seguramente acertara casi en los inicios de su historia el gran Aristóteles al reconocer en la admiración y el asombro que suscitan los misterios de la realidad el principal desencadenante de la búsqueda del saber.

En mi caso personal, al contemplar retrospectivamente el relato que uno construye sobre sí mismo y que constituye la base de esa ilusión que tomamos por ente primordial y que no es otra que el yo, diría que llegué a la filosofía a partir de la ciencia. Entre los primeros recuerdos que conforman la materia prima con la que se fabrica el susodicho relato encuentro el de un niño que aprovecha los apagones nocturnos en su pueblo que ocasionalmente causaba la interrupción del fluido eléctrico para contemplar extasiado el firmamento cuajado de estrellas.

Fue el tiempo en que el espacio era el escenario donde se libraba una de las batallas de la así denominada Guerra Fría, ese conflicto soterrado del que ahora prácticamente no queda más que un tenue recuerdo historiográfico, pero cuya conclusión trajo el «final de la historia» que decretara en los años noventa del siglo pasado Francis Fukuyama y que inauguró el «choque de civilizaciones» que certificó Samuel Huntington. Para aquel niño que fui y cuya memoria aún conservo, aunque sea con algún que otro remiendo, un capítulo decepcionantemente prosaico el de la última década del siglo XX comparado con las promesas de aquellos sesenta y setenta de los últimos estertores de la pugna titánica entre las dos grandes superpotencias, los dos modelos políticos a los que parecía haber quedado reducida la dialéctica político-económica de las ideologías paridas tras la etapa histórica que inauguró la Revolución Francesa.
Cuando la carrera espacial se hallaba en su apogeo también lo estaba el pensamiento utópico. «Sed realistas, pedid lo imposible», rezaba uno de los eslóganes de mayo del 68, el último amago de revolución del que se tiene constancia en eso que llamamos –sin saber muy bien qué queremos decir– Occidente. El espacio fue un ingrediente más de ese magma utópico del que se nutrió durante un tiempo la ficción. Más específicamente, la ciencia ficción. Un exponente modélico de lo que digo es la serie de aquella década preñada de pulsiones de cambios radicales titulada Star Trek, serie de culto donde las haya en la que no se contaban historias fantásticas sin más sobre la exploración que llevaba a cabo una nave espacial, la Enterprise, de los confines del espacio allá por el siglo XXII, sino que se mostraba toda una concepción del futuro de la humanidad fuertemente impregnada de aquellos destellos utópicos que formaban parte esencial de lo que era la atmósfera intelectual de aquella década de los sesenta y que se manifestaba en las más diversas expresiones artísticas (me viene a la memoria, por ejemplo, el Ziggy Stardust de David Bowie).

En la serie original Star Trek, ya auténtico clásico del género, al que rinden culto millones de admiradores que desde hace décadas se identifican como miembros de una tribu –los trekkie–, encontramos un sistema de pensamiento que incluye valores éticos y políticos más allá del universo mitológico característico de una saga que ha superado el paso de generaciones (su primera emisión data de 1966, siendo que el año pasado se estrenó una nueva serie –Star Trek: Picard– inspirada en la original que tiene como personaje protagonista a un héroe de Star Trek: The next generation, estrenada en 1987).
En lo que a libros se refiere, he sido voraz lector de las obras de Isaac Asimov, de Arthur C. Clarke y de Philip K. Dick –los grandes– en cuyas creaciones, asimismo, se ha inspirado el cine en múltiples ocasiones; tampoco hay que olvidar en este apartado a Ray Bradbury, autor de Fahrenheit 451. Cada una de estas obras no ofrecen únicamente una propuesta de ficción mediante la cual evadirse de la realidad, sino muy al contrario una perspectiva desde la cual contemplarla con ojos críticos. Este propósito lo cumple a las mil maravillas la serie Black Mirror, un espejo en el que extrañarse al mirar nuestro mundo actual, reflejado con el detalle destacado de sus potencialidades tecnológicas más desasosegantes.

Hace años le leí un artículo al escritor Juan José Millás titulado “Destrozos” en el que abundaba en la genial propuesta platónica, ilustrada precisamente mediante una imagen fantástica, la de los seres nacidos en el fondo de una caverna, que solo conocían sombras desde el mismísimo inicio de su existencia. ¿Cómo podrían darse cuenta de que esa no es la realidad? Se me ocurre que si Platón hubiese recurrido a los recursos técnicos audiovisuales que están en nuestras manos en la actualidad podría haber probado suerte como creador de una serie en Netflix, o quizá podría haber sido el padre de alguno de los episodios de la serie Black Mirror de la que, por cierto, ya existen publicaciones que exploran las implicaciones filosóficas de algunos de sus episodios.

Pues bien, en el texto de Millás se nos llama la atención sobre la evidencia de que nada pasa más inadvertido a nuestra percepción que aquello que nos rodea desde siempre y en todo momento y circunstancia, aquello en lo que nos encontramos inmersos sin posibilidad de salir de su seno para contemplarlo desde afuera, desde un punto de vista ajeno, es decir, extraño, de modo que tengamos la oportunidad de extrañarnos ante aquello que a todos resulta familiar. Esto es la filosofía, un ejercicio de extrañamiento, de éxodo mental de la normalidad que confundimos con la realidad –que justamente es lo más ilusorio como se ha encargado de demostrar la maldita pandemia– mediante el que quitarnos la venda de lo que es tan normal, y que, por lo mismo, adultera la esencial naturaleza de aquello en lo que consiste lo real. La película Matrix de finales del siglo pasado es una potente condensación audiovisual de tal ejercicio de sospecha.

Dice Millás de forma magistral en el susodicho artículo: «Los filósofos, por su parte, se colocan en las posturas más extrañas que quepa imaginar para mirar la vida. Los ha habido capaces de desmontar la realidad como se desarma un traje, pero ninguno ha dado todavía con un hallazgo tal que nos permitiera dejar de pensar, pues se piensa para eso: para dejar de hacerlo». Quizá en esto último el original escritor español peque de sustituir con su opinión personal lo que seguramente no plasma fehacientemente la motivación del pensador. En mi caso particular, pensar no busca dejar de hacerlo, sino recrearme en el mundo de las ideas que pugnan por tornar comprensible el universo (físico).

De un tiempo a esta parte creo detectar en el mundo de la ciencia ficción, o del relato fantástico con trasfondo filosófico –sea cual sea el formato en el que se presenta, literario o audiovisual– una mayor presencia del ingrediente personal, incluso intimista. La historia que se nos narra incide en la dimensión de las emociones y la biografía de los personajes siendo este el elemento tractor de la atención de quien la escoge como objeto de disfrute, y no otros ingredientes de orden más abstracto y general. Lo que quiero decir se reconoce indiscutiblemente, a mi juicio, en el contraste que cabe establecer entre películas como 2001: una odisea del espacio de Stanley Kubrick, estrenada en el señalado año de 1968, y Ad Astra, filme este de 2019 protagonizado por Brad Pitt y dirigido por James Gray.

Son ambas obras de excelente factura que comparten el escenario del universo, también el ingrediente de suspense y entretenimiento que supone el tema de su exploración, pero el sentido de dicha exploración es muy distinto en un caso y en otro. En lo que respecta al clásico de Kubrick la exploración cósmica es trasunto de la indagación metafísica, que se desarrolla en el plano ontológico, es decir, de la esencia, del Ser en el sentido heideggeriano. Se percibe claramente en lo irrelevante que resulta la biografía de cada uno de los personajes que aparecen en la película, incluido el del astronauta que al final traspasa el límite espacio-temporal que simboliza el icónico monolito. En cambio, el personaje protagonista de Ad Astra, interpretado por Brad Pitt, es el que carga de valor filosófico la historia que se narra. El espacio exterior es el escenario de su búsqueda personal, la geometría a través de la cual sus emociones se despliegan y le colocan ante la necesidad de reflexionar sobre su propia vida. El desenlace supone el reencuentro consigo mismo por medio del hallazgo de su propio padre, él mismo una suerte de náufrago cósmico. Aquí, pues, la lectura filosófica tiene que ser en la dimensión óntica, esto es, la dimensión existencial o de búsqueda de sentido de la propia existencia. Porque eso es lo que hace el personaje interpretado por Brad Pitt, dar con el significado de su propia vida. Por eso la introspección está muy presenta en esta película, mientras que, por el contrario, se halla por completo ausente en la genial 2001: una odisea del espacio.

Esta comparación que someramente he llevado a cabo –como por otro lado siempre que se haga lo propio en cualquier ámbito de la creación artística– revela la evolución de la propia cosmovisión que domina en nuestra cultura actual (a una escala global, me atrevería a decir). Es una prueba más del imperio del subjetivismo, del predominio de una mirada personalista que coloca el punto de partida de la reflexión en la experiencia personal. De este modo se contribuye a la fragmentación del análisis cuando más se necesita de esa virtud tan filosófica que es la integración de las diversas ideas que tienen su origen en la pluralidad de perspectivas de las que no hay que perder de vista su constitutiva limitación. A ello contribuye el éxito arrollador de la tecnología que hace posible las burbujas digitales, auténticas microcavernas de Platón, por cierto.

Concibo el filosofar como una práctica liberadora del yo. En tanto en cuanto se trata de una actividad motivada por el afán de conocer –aunque entiendo que en sí misma es un fin por lo que tiene de enriquecedora– y, por consiguiente, se debe en su sentido ético (de éthos, de forma de proceder) a la verdad, por muy esquiva que ésta se revele en su historia, el filósofo no tiene mayor obstáculo que su propio yo; quiere decirse que es rehén en su punto de partida del bagaje de prejuicios, creencias y expectativas con los que afronta la dialéctica epistémica que entabla con la realidad. Es el filosófico, paradójicamente, un camino personal que aspira a lo universal. Dado que requiere el compromiso del pensamiento personal, pues es en primera persona como hay que filosofar, aun cuando se esté uno acercando al mundo conceptual construido por otros, no puede dejar de sentirse comprometido semánticamente con los contenidos de la reflexión; pero al mismo tiempo alienta en ese ejercicio también una ambición de universalidad al someternos a la disciplina de la racionalidad, que a todo pensador atañe si no quiere quedarse anclado al suelo estéril del subjetivismo.

Creo que el filósofo tiene bien ganada el aura de excentricidad, porque su lugar, en efecto, no es el centro. Hay en su ponerse a pensar un acto de dis-locación, esto es, de perder el lugar para generar ese extrañamiento que le libere de lo común, incluso de todo lo que le identifica consigo mismo. En este sentido, cuando la ciencia, a menudo convertida por una mala praxis pedagógica y cultural en doctrina, se condimenta con el genio de la ficción, como si de una enzima epistémica se tratase, se obra el milagro de atisbar lo que está más allá del horizonte que se había tomado por el orbe completo. Pero con la condición, como se ha dicho anteriormente, de que no se pierda de vista el compromiso con la racionalidad y se vuelva, cuando se corra el peligro de incurrir en los excesos de la especulación delirante, a los límites que marca el conocimiento científico, siempre eso sí con la promesa de su expansión.

Imagen | Pixabay

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#ciencia, #cultura, #filosofía, #historia, #utopía

por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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