No, este artículo no va a tratar de enseñar a “ser malos”. Pero tampoco va a enseñar a “ser buenos”. Lo que quiero mostrar es que, para combatir el mal, hay que estudiar su naturaleza y origen. Sobre todo, su origen; sin excusas. Porque el mal está en ti. El mal está en mí. No busquemos fuera: el mal está en cualquiera de nosotros.

Voy a reproducir aquí un discurso que ofrece respuesta humana, inmanente y rotunda al problema del mal, pero que seguimos ignorando. Por lo menos, para aquellos que realmente sientan la inquietud de desmontar el mal, conviene revisarlo.

Corresponde a la película Judgement at Nüremberg (Stanley Kramer, EE.UU.: 1961). El Juez Haywood declara su sentencia sobre la implicación de los jueces del III Reich que participaron de las nuevas leyes impuestas.

Simples crímenes y atrocidades no constituyen el punto más grave de los cargos formulados. Lo grave es el hecho de haber tomado parte conscientemente en un sistema de tremenda crueldad e injusticia impuesto por el gobierno con absoluto desprecio de todos los principios morales y legales reconocidos en las naciones civilizadas. (…) El señor Rolfe, en su muy hábil defensa, ha afirmado que hay otros que deberían compartir la responsabilidad de lo sucedido… Hay verdad en ello.

Quien realmente pide justicia ante el tribunal es la civilización. (…) Si [los acusados] hubieran sido seres perversos y si los jefes que mandaban en el III Reich hubieran sido monstruos sádicos y maníacos lo ocurrido no hubiera tenido una mayor significación moral que un terremoto o cualquier otra catástrofe. Pero este juicio ha demostrado que, durante una crisis nacional, seres normales, incluso hombres capaces y excepcionales, pueden engañarse a sí mismos hasta cometer crímenes tan espantosos e ingentes que rebasan cuanto pueda imaginarse.

(…) Llega un momento en que todo país debe tomar una decisión en el preciso momento en que el enemigo se aferra a su garganta. Entonces parece que el único modo de sobrevivir es emplear los medios del enemigo: hay que sobrevivir como sea, por encima de todo, sin escrúpulos. En tal caso, yo me pregunto: ¿sobrevivir como qué? Una nación no es una roca. Tampoco es la prolongación de uno mismo. Es la causa que defiende. Es aquello que defiende cuando defender algo es lo más difícil. Ante los pueblos del mundo, permítanme que proclame nuestro fallo a aquello que defendemos: justicia, verdad y el respeto que merece el ser humano.

(Puede verse el fragmento, del cual tomo la transcripción traducida al castellano, en YouTube)

Una vez, al comienzo del curso donde iba a dar Ética, una alumna me preguntó: “¿Esta asignatura nos va a hacer mejores personas?” Revelaba todo el prejuicio que la sociedad tiene sobre las humanidades en general, y la filosofía en particular, sobre su “utilidad”. Pero me pareció una pregunta muy pertinente. En ese momento solo le contesté “no; pero puede hacer la sociedad mejor”. No creo, en efecto, que estudiar el eudemonismo, el utilitarismo o los formalismos éticos en la adolescencia nos agrande el corazón a cada uno, pero sí me parece que el mal tiene un fuerte origen en la demencia colectiva, en la manipulación de las masas (que somos todos). Comprender cómo somos y cómo funcionamos al formarnos creencias y valores puede ayudarnos a ser conscientes de cuándo y cómo somos manipulados, y de este modo puede ayudar a prevenir esa demencia colectiva que tan fácilmente puede adueñarse de una sociedad entera. Entre otras cosas, puede ayudar a prevenir la manipulación del discurso ético, que deviene en ideología.

Este artículo se titula didáctica del mal. ¿Por qué didáctica? Las ciencias humanas, a diferencia de las naturales, se caracterizan por el hecho de que, dado que coinciden objeto y sujeto de estudio, el conocimiento puede transformar a la persona. Cualquier planteamiento ético parte de la premisa de que el ser humano es libre. Es de esa libertad de donde surge nuestra posibilidad de agrandarnos, de trascender nuestra naturaleza. Es de ahí de donde surge la civilización.

La cuestión es ¿Cómo hacer aflorar esa inquietud ante el mal en forma de planteamientos y discursos? El alumno fácilmente se perderá ante el cúmulo de conceptos y perspectivas, tanto éticas como psicológicas.

Pero el ser humano es fundamentalmente simbólico. Necesitamos representarnos la realidad para poder hablar de ella. Para aprender no basta la razón, hay que visualizar y también llegar al corazón. Por ello el arte es aquí nuestro mejor aliado. Y el arte que más nos puede ayudar para plantear estos temas en la adolescencia es el cine.

Los rostros de nuestras almas

Judgement at Nüremberg, la película con la que abrimos este artículo, nos permite visualizar, a través de personajes, distintos estratos sociales que influyen en la aceptación de cosas que, a priori, sabemos que son monstruosidades. El juez va guiando nuestra necesidad de comprensión, retrata nuestra perplejidad ante la sinrazón de la barbarie y la sed de justicia. Es la conciencia ávida, activa e inocente, esa pulsión de justicia que, al igual que la de supervivencia y otras, también llevamos dentro.

Dejados al mero impacto emocional, el trauma ante la atrocidad normalmente nos deja atrapados en una necesidad de venganza que puede llevar la ceguera del fanatismo (coronel Edwar Lawson). Pero el ser humano tiende demasiado a juzgar y poco a pensar. La defensa ante la acusación, ante la humillación, lleva a nuestro ego a buscar inmediatamente mecanismos sofísticos de defensa (abogado Hans Rolfe). No es agradable ser juzgado, especialmente cuando uno siente que quien le juzga está situándose como moralmente superior.

Tenemos también a los criados que representan la buena gente pasiva, el “buen ciudadano” tradicional. Ese del que Arendt dice que asume valores sin reflexionarlos, sin dialogar con su inconsciente. Por ello, cuando su entorno los cambia, se adapta a cualquier valor nuevo siempre que sea el que corrobora su sociedad. El miedo y la necesidad de adaptación al grupo nos llevan a enfrentarnos a la solidez de nuestros valores. Si estos son meramente aprendidos, no reflexionados, cambian en cuanto cambia el entorno. Curiosamente, lo que llamamos “valores” se reconoce siempre como algo transmitido por tu sociedad; los padres, los profesores… son los reconocidos como transmisores de valores. Sin embargo, el sentimiento moral, el impacto ante la injusticia o el dolor, se pueden reconocer como innatos (quizá no en todos, pero en la mayoría de la gente). Basta con poner ejemplos de lo que sentirían si son injustamente castigados, o si observan que a alguien se le atribuyen méritos o delitos que no les corresponden. No parecen ser, pues, los sentimientos de justicia o empatía lo que se “aprende”, sino unos contenidos que, aun siendo capaces de mutilar esas emociones, son de otra naturaleza, no emocional sino creencial.

la vieja guardia, el conflicto de poder, aparece retratado en la fabulosa Marlene Dietrich en el papel de Sra. Berthold. Hay también ego, identificación con la propia clase, el orgullo de no ser juzgados por otros humanos, al fin y al cabo, todos con las mismas pulsiones y tentaciones. Sentirse juzgado antes que comprendido genera rencor, alimenta la perpetuación de las vendettas. Son diversos los estudios sobre esa mentalidad grupal o tribal, pero para llevarla a la reflexión social es preciso retratarla en personajes que, en este conflicto, se retratan como príncipes destronados. Aquí hay más que el sentimiento de juzgar al pueblo alemán (abogado Hans Rolfe). Se añade sentimiento de clase, de nobleza, de casta homérica.

Fanatismo, cinismo, falta de escrúpulos, son varias las actitudes perversas que se retratan en los acusados. Pero hay uno que retrata quizá la más profunda esencia del ser humano cuando es puesto a prueba; la lucha entre las emociones y la razón, el interés y los valores. Los componentes de nuestra psique y las distintas reacciones que en cada momento pueden desencadenar explican el tormento interior, el arrepentimiento, la sensación de debilidad al haber cedido ante quién sabe si el miedo, el ego o el instinto de supervivencia.

El hombre es un lobo para el hombre, afirma Hobbes. Pero al mismo tiempo Kant, que parte de aceptar esa naturaleza mezquina que nos confiere nuestra animalidad, confía en que la razón nos lleva a trascender esos límites y desarrollarnos como seres superiores por nuestra capacidad moral. ¿Es así? Quizá es solo la ilusión de un ilustrado que defendía todo el significado de la civilización. La moral kantiana cobra un rostro que podemos reconocer, desde el que podemos hablar, en esa figura del juez Haywood, cuando apela a esa noción genérica de civilización de quien afirma que es quien pide justicia. Una civilización que, para Kant, significa “justicia, verdad y el respeto que merece el ser humano”.

Debates: de los valores a
la construcción de la sociedad

Cada uno de estos aspectos pueden dar lugar a debates y reflexiones en clase. Podemos perfilar alguno más. Tenemos la manipulación del discurso ético tan habitual en el valor, altamente peligroso cuando se convierte en supremo, del patriotismo. “Mi patria ante todo, con razón o sin ella”. Esta sola frase sirve como punto de partida para debatir uno de los temas más controvertidos para manipular la conciencia colectiva desde ese maniqueísmo: el conflicto de valores: la patria y la humanidad. Tendemos a pensar (sobre todo en la adolescencia) de un modo maniqueo: algo es un valor absoluto, o no lo es. Explicar cómo comportarnos atendiendo a jerarquizar valores puede ayudarnos a disolver algunas falacias con que se nos manipula tan habitualmente. Para tratar este tema se puede hacer reflexionar sobre lo que es una jerarquía de valores. Qué define un valor, un valor moral, qué es el principio de universalidad y qué consecuencias tiene defender según qué valores si los analizamos al margen de las circunstancias que condicionan nuestros intereses y, por ende, nuestro juicio.

Tenemos, por supuesto, la perspectiva utilitarista sobre la conveniencia de las buenas relaciones entre naciones con vistas al futuro, como contrapunto a ese imperativo kantiano de la verdad y la justicia en sí, al margen de la previsión de consecuencias. “Se llegó a esto la primera vez que condenó a alguien sabiendo que era inocente”. Esto nos lleva a otro tema interesante de debate: el de la justicia en sí, en qué medida puede concebirse como objetiva (es importante hacer ver a los alumnos que, emocionalmente, todos sentimos que así es; sea un no un sentimiento erróneo) y su relación con el derecho internacional. Existe lo que denomino la ilusión del juez absoluto. El derecho internacional surge como consecuencia de ese impulso humano a buscar esa deseada justicia por encima de nosotros. Se puede debatir sobre sus aciertos y fracasos, sobre sus posibilidades de desarrollo y sus límites. Se pude plantear una buena reflexión y planteamientos al respecto desde lo que se visualiza en la misma película, y desde ahí aplicarlo a casos actuales. El conflicto entre soberanía nacional y derecho internacional, por ejemplo, está a la orden del día.

Junto a la enseñanza racional, hay otra a menudo más efectiva: la emocional. El cine y la literatura visualizan emociones e ideas que, con las meras palabras, se vuelven retorcidas. Hay muchas, interesantes y profundas películas que tratan de la influencia del entorno, de “las masas”. Vivimos en una época de globalización; económica, política, y cada vez vemos más claramente que ideológica y de valores. Medios de comunicación de masa, redes sociales, big data… Cada vez estamos más presos en una caverna que crece a nuestro alrededor y se hace cada vez más inexpugnable. Por ello es tanto más urgente, para que el ser humano siga siendo dueño de sí mismo, transmitir la necesidad de estudiarnos como seres capaces del bien y del mal, como seres influidos por un entorno que, sin embargo, a nosotros compete comprender y guiar. No hay aquí espacio para más comentarios, pero adelanto una proposición de títulos que nos ayudarán a entender el inconsciente colectivo. Tenemos La Ola (Dennis Gansel, Alemania: 2008), película prototípica para introducirse en el tema de la sumisión ideológica y el fanatismo. Tratando el mismo tema, pero con la interesante perspectiva de la liberación y el crecimiento moral, está La vida de los Otros (Florian Henckel, Alemania: 2006). Qué duda cabe la relación con el tema de El señor de las moscas (Peter Brook, EE.UU.: 1963), basada en el libro homónimo de William Golding; o la muy actual en la temática que denuncia, La playa (Danny Boyle, EE.UU: 2000).

Imagen | Wikipedia

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por Esther C. García-Tejedor

Doctora en Filosofía (UNED) y Licenciada por la U. Complutense de Madrid. Profesora de Filosofía en Secundaria y en Bachillerato. Coordinadora de la Olimpiada Filosófica de Madrid.

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