fbpx

Fundamentación analógica-realista de una teoría del color (esbozos)

Si toda investigación comienza por la pregunta “¿qué es?”, ante el color tenemos un problema. El color parece ser un atributo físico inherente a las cosas materiales y que sus variaciones fenoménicas dependen, simplemente, de alguna variación natural. Desde el fisicalismo esta condición natural que condiciona la variación del color suele asociarse con la luz. Por lo tanto, es precisa la existencia de un sujeto cognoscente capaz de percibir la luz, así como sus codificaciones sensoriales y, por lo tanto, los colores. En este sentido, la percepción del color estaría condicionada a la relación sensorial, a partir de la vista, entre el sujeto y la luz bajo ciertas condiciones físicas.

Sin embargo, esta explicación que podríamos llamar “ingenuamente realista” sería insuficiente ante las “demandas subjetivas” del fenómeno del color. Entre otras razones porque el color, como lo propone la teoría del color de Goethe (1945), suele ir más allá de la llana explicación fisicalista del color a través de la relación entre la luz y el sujeto cognoscente a partir de sus posibilidades sensoriales. Aunque no desprecia una explicación materialista del color.

 Asimismo, la explicación “realista-ingenua” del color no toma en cuenta la relación, a nivel de lenguaje, entre el fenómeno del color (tomado como referencia) y el nombre conforme al cual a la costumbre se nombra. Tampoco incluye los valores semióticos del color, que trascienden su mera explicación fisicalista como fenómeno empírico. Ni, desde una perspectiva que podría parecer completamente opuesta, las condiciones orgánicas del sujeto cognoscente que posibilitan la percepción del fenómeno del color.

Desde una perspectiva realista-instrumental, suelen distinguirse dos aproximaciones al color:

1. El espectro óptico que se refiere a la región del espectro electromagnético (metrificación de la luz) que es perceptible para el ojo humano (luz visible). Este espectro corresponde a las longitudes de onda de entre 380 y 750 nm, que son las visibles por el ojo humano en condiciones ordinarias; por defectos de la vista, este espectro puede ampliarse o disminuirse. Físicamente, las longitudes de onda de la luz, en interacción con la vista humana, es lo que permite el fenómeno de los colores. Por lo mismo, sin órgano perceptor (la visión) es imposible la vivencia del fenómeno del color. Dentro del espectro electromagnético se distinguen longitudes de onda inferiores a 400 nm (ultravioleta) y superiores a las 750 nm (infrarrojo), que superan el rango visible por el ojo humano (el espectro óptico), por lo que al menos ante la vista humana no pueden ser considerados colores. Sin embargo, dado que instrumentalmente se percibe la existencia de longitudes de onda superiores a 750 nm e inferiores a 400 nm, el espectro electromagnético no debe confundirse con el espectro visible. Bajo estas condiciones físicas, el color y sus variaciones corresponden a las distintas longitudes de onda de la luz, codificables por la vista humana. Tales longitudes pueden ser medidas instrumentalmente por un espectroscopio. Aquellas que entran dentro del rango de visión del ojo humano adquirirán color, por la propia codificación orgánica de la vista humana.

2. La segunda aproximación se refiere al fenómeno de la percepción humana. Esta pretende explicar cómo es que conoce un sujeto cognoscente, por vía orgánica. En este caso, cómo es que la vista en el cuerpo humano, no reducida a los ojos, puede codificar el color. Bajo esta explicación el fenómeno del color depende por completo de la posibilidad sensorial del mismo. Sin embargo, explorar tal posibilidad sensorial no sólo depende de condiciones externas-materiales, sino también de internas-mentales. Por ello, desde la filosofía de la mente, una aproximación al color debe pasar por el problema internalismo-externalismo. Esto implica también, entonces, un problema de lenguaje; pues las representaciones externas del color, para ser inteligibles, precisarían de un nombre. Sin embargo, el fenómeno del color también posee una dimensión estética, que tiene que ver con su armonía lumínica (combinación), y simbólica a partir de la asociación de ciertos colores con ciertas emociones, condiciones, situaciones, etc. Mismas que, bajo la explicación instrumental del color, parecen ser contingentes. Sin embargo, una explicación subjetiva del color no podría condenar, simplemente, el fenómeno de la asociación del color a la contingencia o al gusto.

Una teoría del color tampoco puede reducirse a la explicación física del espectro óptico, su realización precisa también tomar en cuenta elementos lingüísticos, estéticos y hasta psicológicos. Una teoría del color se debe de juzgar según sus aplicaciones, que se encontrarán, por ejemplo, en las artes plásticas, en el diseño, en el marketing, etc.

Problemas

La teoría del color de Goethe

Johann Wolfgang von Goethe postuló una teoría del color que pretendía ser integral; es decir, que intentaba explicar este fenómeno más allá de las posibilidades fisicalistas, por ejemplo, de la teoría del color de Newton. Goethe, sin embargo, parece que no descartaba por completo los aspectos físicos del fenómeno, pues reconoce que al iniciar el estudio de los colores habría que hablar ante todo de la luz; aunque “ya se ha dicho tanto acerca de la luz, parece improcedente repetir lo dicho o tantas veces ya repetido” (Goethe: 15); más adelante agrega “hemos dado la luz por cosa reconocida” (Goethe: 20). Parece que en la teoría del color de Goethe subsiste una inquietud “integral” del color, aunque lo que es de su interés no es tanto la explicación “en sí” del color o la fundamentación epistemológica rigurosa del conocimiento de los colores, sino más bien una descripción física y simbólica del fenómeno que pueda ser manejable para aquellos que utilizan el color (sobre todo los artistas) y que trascienda las explicaciones del mismo que sólo parten del estudio físico de la luz (el caso de Newton). Para Goethe los colores son “actos” y “pathos” y pertenecen, en sus palabras, “en un todo a la Naturaleza”; y esa misma Naturaleza, dice, “quiere manifestarse por el sentido de la vista” (Goethe: 15), por esta razón, a su parecer, “debe el ojo su existencia a la luz”. Por ende, para comprender las inquietudes “integralistas” de la teoría del color de Goethe sería preciso saber qué entiende por “naturaleza”. En tal noción de “naturaleza”, nos parece, subsiste el “fundamento metafísico” de la teoría del color de Goethe, y en ello se encuentran sus principales “compromisos ontológicos”. No profundizaremos aquí en este “fundamento metafísico”, ni sus los “compromisos ontológicos”, por lo que al abordar la teoría del color de Goethe nos centraremos sólo en su contenido descriptivo, sin abordar sus fundamentaciones.

Por sus “accidentes” Goethe clasifica los colores en fisiológicos, físicos y químicos. En estas categorizaciones Goethe juzga los colores según su origen material; lo que también los sitúa en ciertas condiciones epistemológicas concretas.

Los colores fisiológicos son aquellos que “atañen por completo o en su mayor parte al sujeto, al órgano visual” (Goethe: 27), es decir, son aquellos que son creados por los ojos. A estos se asocian también los “colores patológicos”, que son los que existen en un estado anormal de la vista. Los colores fisiológicos son los que se dan respecto al ojo por las interacciones entre luz y oscuridad. La explicación de Goethe es fisicalista: “la retina se halla, según obre sobre ella la luz o la oscuridad, en dos estados distintos, diametralmente opuestos el uno al otro” (Goethe: 28). Estos colores, nos parece, pueden explicarse de forma idealista, pues su existencia depende de la existencia de un sujeto con una retina capaz de generarlos. Aquí surge un problema filosófico complejo, ¿cómo podemos hablar de replicabilidad o de comunicación intersubjetiva de estos colores? ¿Cómo se puede estar seguro de que los colores fisiológicos siempre son percibidos de la misma forma si dependen por completo de las “condiciones de posibilidad” de percepción del sujeto?  Los colores físicos son aquellos cuya producción requiere de “ciertos medios materiales” (Goethe: 61), por lo que estos colores, a diferencia de los físicos, son generados en la retina por causas exteriores al ojo. Por lo tanto, estos colores existirían independientemente de la existencia de un sujeto que los perciba, por lo que podrían ser englobados en un paradigma realista. Lo mismo sucedería con los colores químicos que se generan a partir de la combinación de sustancias. La existencia de estos colores, salvo en aquellos colores que no existen por alguna interacción humana, tampoco dependería del sujeto. Sin embargo, estas anotaciones en torno al origen de los colores no nos dan una teoría del color, sino simplemente una categorización de este por su origen. Aunque, vistas desde la epistemología, plantea horizontes interesantes en torno a los problemas ontológicos del color. Por ejemplo, respecto de los colores fisiológicos, si existen por acción de la retina: ¿cómo es que son enunciables?, ¿qué margen de intersubjetividad al respecto tenemos? Y si es así, al existir sólo como impresión subjetiva ¿qué estamos nombrando? No sucedería lo mismo con los físicos y con los químicos, pues al existir independientemente de la experiencia del sujeto son referencias, por lo que el nombre y el sentido sí está en relación con algún elemento real (Frege, 1985: 54). En este sentido, desde un paradigma quineano, aquello que Goethe describe en esta parte de su Teoría del color es una suerte de ontología; pues sitúa la existencia del color delimitándolo en un todo.

Empero, la teoría del color de Goethe no tiene como intención hacer una ontología, ni una epistemología del color; pretende una teoría integral que las asuma. Aunque parece ser que para el autor de Fausto lo más importante es encontrarles una aplicación a sus hallazgos en torno al color, por ello su inquietud por lograr una teoría aplicable al arte. Dice Goethe: “(…) el color, considerado como elemento del arte, puede ser puesto al servicio de los más elevados fines estéticos” (Goethe: 205). De aquí surge su tipología del color a partir del contraste, a partir del “más y el menos” (Goethe: 187), que desde distintas polaridades propone como antinomias análogas a sus ejemplificaciones del color: amarillo-azul es análogo a luz-sombra o cercanía-lejanía (Goethe: 187). Los contrastes que propone en su círculo cromático, a partir de la complementariedad del color, es el fundamento de las diversas distintas teorías para la pintura; que, considera, deberían conocer los artistas. Por ejemplo, que el verde es, estéticamente, complementado, combinatoriamente, por el morado y viceversa.

Pero Goethe no termina aquí su teoría, también considera que el color tiene un “efecto sensible-moral” (Goethe: 203); donde la moralidad se asocia a las costumbres, que su vez se relacionan cierta noción de “desarrollo” o “progreso”. Goethe a cada color le da una relación moral que, a su vez, se asocia con valores estéticos, lo que implica un juicio estético; por ejemplo, el amarillo (que considera que es el color más próximo a la luz) causa una “impresión decididamente grata y confortante” (Goethe: 206-207), pero a su vez, cuando es mal empleado, termina en una desgracia estética. Por ello juzga que vestir de “colores vistosos” es propio del “mal gusto”, propio de “los pueblos primitivos, las personas incultas y los niños” (Goethe: 59). Estos juicios también los hará sobre aquellos que utilizan el rojo anaranjado como color principal de expresión o que mezclan colores no combinatorios (Goethe: 206-214). Inclusive argumenta que hay predilecciones de pueblos por ciertos colores, que asocia con su “nivel de civilización” (Goethe: 219-220).

La psicología del color y la estética

Esta tipología del efecto “sensible-moral” del color parece ser el fundamento de la llamada “psicología del color”, que parte de tal principio que asume la existencia de una relación entre la percepción del color y la conducta; lo que ya se asume también en la teoría del color de Goethe. Esta psicología del color, por ejemplo, tiene grandes aplicaciones en el marketing. Y tal como lo hace Goethe, asocian un concepto a un color, por ejemplo: rojo a amor, lujuria o velocidad; amarillo a competencia o felicidad; blanco a paz o pureza.  O el rosa a lo femenino y el azul a lo masculino. ¿Cuál es el fundamento de tales asociaciones? Según la psicología del color, el comportamiento humano expuesto ante tales colores; según otros conocimientos, las condiciones culturales que se repiten por costumbre. Por lo que, a partir de esta segunda consideración, tales explicaciones son contingentes. Así es que, en estos casos, parece todo se debe a una suerte de construcción social, que logra generalizarse a partir de la costumbre, no de un fundamento unívoco. Por esto, en este caso, el color se considera un signo que refiere análogamente otra realidad; por ello, consideramos, que en este caso estamos hablando de una semiótica del color o de una hermenéutica, por ejemplo, como en un semáforo el verde significa “siga”, el rojo “alto” y el ámbar “precaución”. ¿Cómo es que se socializa el color tomando como signo no verbal a una referencia? Desde la psicología del color, por la propia naturaleza humana; desde otras consideraciones, por la costumbre. Aquí encontramos el clásico problema de la fuente de los nombres del lenguaje; que tiende al naturalismo (el nombre contiene a la cosa unívocamente), al nominalismo (los nombres son completamente arbitrarios y pueden ser utilizados equívocamente) o al realismo (los nombres son por dados por costumbre, pero siempre refieren analógicamente a entidades existentes).            

Como sea, a nivel del lenguaje, desde una filosofía del lenguaje realista, los nombres de los colores no equivalen al color, pero tampoco son contingencias; son más bien signos análogos en función de una percepción subjetiva que es comunicable lingüísticamente. Las referencias de los colores, por ejemplo, están limitadas al espectro visible de entre 400 nm y 750 nm, mismos que hoy, instrumentalmente, se encuentran codificados dentro del Pantone. Por ende, todos los matices dentro del espectro lumínico pueden ser nombrados.

Sin embargo, su nomenclatura se reduce a códigos que varían según varié la posición del color en el espectro óptico. En este sentido, el color se asocia unívocamente a un nombre a partir de un código; lo que precisa la ubicación de la tonalidad en el espectro óptico, pero limita su uso semiótico; por lo que el “verde bandera” puede ser sinónimo, análogo, al Pantone “7726 CP”. Otro ejemplo sería cuando en química le llamamos “sal de mesa” a una referencia (término análogo), que también puede ser llamada NaCl (término unívoco). Si bien son sinónimos, un término es más unívoco que otro, y se debe a una nomenclatura que limita, a partir de metrificaciones instrumentales, su rango de nominación. Esta es la razón de que es un hecho que todas las tonalidades posibles del color en el espectro visible quepan en un código Pantone, aunque no por ello se agota el problema filosófico del color. Aunque pareciera que, a nivel del lenguaje, limitándonos simplemente a realistamente enunciable, quedaría solucionado el asunto a partir de una explicación realista que relacione el código (nombre / signo) asignado a la referencia dentro del espectro cromático. También es posible cuando desde un código (nombre unívoco) puede pasarse a un nombre (nombre analógico o equívoco), que podría ser arbitrario y no necesariamente relacionarse con una emoción o situación, como lo proponen las teorías del color. Esto también sucede con los colores que nombramos habitualmente (azul, por ejemplo), cuyos nombres sólo tienen sentido en relación con la realidad que refieren (el fenómeno del color), que para ser explicados requieren de la experiencia sensorial.

En la distinción de las referencias, parece ser, que se encuentra también el límite del lenguaje en la experiencia subjetiva. Una persona ciega, por más que pretenda conocer lo contenido en el Pantone, está imposibilitada de ello; pues hemos visto que la existencia del color depende de nuestra interacción con el espectro electromagnético visible, que surge de la vista. Inclusive, una persona ciega de nacimiento tendría imposibilitada, inclusive, la posibilidad conceptual del color, si es que los conceptos dependen exclusivamente de la experiencia sensorial traducida en imágenes. Desde un paradigma realista, la existencia de personas a las que les sea inaccesible no niega la existencia del color. Sin embargo, también para aquellos que posean la vista es imposible la experiencia del mundo sin colores, o de cómo sea la experiencia subjetiva de la ceguera. Empero, este problema rebasa los límites de la filosofía del lenguaje y apela a los fundamentos de esta (el lenguaje) y también del conocimiento, por lo que estaríamos hablando de un problema ontológico.

Esto, dentro de la filosofía de la mente, en términos de Thomas Nagel (1974), plantea el problema del qualia, que se entiende como la cualidad subjetiva de una experiencia individual, por ejemplo, “la blancura del color”; la cual es inexpresable lingüísticamente y depende, por completo, de la posibilidad de la experiencia. Nagel plantea este problema para mostrar las limitaciones explicativas, en el problema mente-cuerpo del materialismo reduccionista, del objetivismo y del externalismo. Empero, el qualia, a nivel de lenguaje implica la incomunicabilidad de la cualidad subjetiva de la experiencia individual. Lo que, en términos de lenguaje, implica el vacío o el silencio. Recordemos que Thomas Nagel plantea este problema en su obra “What Is It Like to Be a Bat?” (1974) donde propone que es imposible hablar en términos lingüísticos de la experiencia del sonar de los murciélagos, que termina siendo un qualia. Algo similar sucedería con los colores, cuya es experiencia se torna intersubjetiva, aunque omita la enunciación de la cualidad subjetiva de la experiencia individual, por costumbre a las referencias habituales del color. Esto, al ser conocimiento externo, en categorías de Goethe, sólo sería extensivo a los colores externos (los físicos y los químicos); los fisiológicos, al ser generados por la retina sería internos, y por lo tanto nos parece que subsistirían en el qualia y, por ende, sólo se podría hablar de ellos por apelar una experiencia subjetiva común.

Hacia una teoría
analógica-integral del color
(conclusión y propuesta)

Vistas tales complejidades filosóficas en torno al color, parece que los problemas al respecto, si queremos proponer una teoría integral del mismo, no se agotan. Sin embargo, parece que previamente deberíamos demarcar el problema filosófico del color ontológicamente. Esto implica hacer distinciones, por ejemplo, entre los aspectos del color como fenómeno natural (que pueden explicarse materialmente a partir de un paradigma instrumental), y los aspectos simbólicos del color, que no son reducibles al primero. También, dentro de cada distinción, sería preciso demarcar los problemas y enunciar el paradigma ontológico desde el cual se propone la explicación. Por ejemplo, cuando hablamos del espectro óptico, debemos enunciar que existe materialmente porque el espectro electromagnético puede ser medido instrumentalmente, y que lo visible del mismo corresponde a longitudes de onda metrificables. Lo mismo sucede con el Pantone, que encuentra su fundamento en la misma cuantificación del espectro. Aquí, por ejemplo, se apela a un paradigma instrumental. Empero, como hemos visto, esto no es suficiente para una teoría del color que debería tomar en cuenta otros aspectos, por ejemplo, semióticos y estéticos. Aunque, si queremos ser consecuentes con nuestra premisa, también sería necesario demarcar el todo que precisa explicar una teoría del color. Por lo tanto, también deberíamos considerar un paradigma de la explicación que pretende dar nuestra teoría: ¿cuáles son nuestras preguntas al respecto del color? Este todo, siguiendo un paradigma holístico quineano, debería ser delimitado; y podríamos llamarle “ontología del color”. Que, insistimos, desde este mismo paradigma, debería explicitar los compromisos ontológicos desde los cuales pretende sostener el almacén explicativo de la teoría del color, no reducida a los aspectos materiales y metrificables del espectro electromagnético visible.

Nos parece que una teoría analógica del color, a nivel de lenguaje, sería previa a una teoría holística. Primero deberíamos delimitar semánticamente a qué nos referimos por “color” y por “color x” para mostrar los usos unívocos y equívocos de tal nombre “color”. Por ejemplo, lo empleamos unívocamente cuando apelamos a un código del Pantone; y lo utilizamos análogamente, por ejemplo, cuando decimos que algo es de como “color de hormiga”; o equívocamente cuando decimos que “una persona es de color”. El uso analógico del nombre “color”, sin duda, debe de valerse de recursos como la metáfora, que depende de referencias empíricas para que haga sentido su afirmación; pues debe considerar tales condiciones, si se pretende un mensaje intersubjetivo, sean innegables en la experiencia común de ambos elementos involucrados en ella. Por ejemplo, el nombre “verde bandera”, no sólo tiene sentido si no se tiene experiencia del color verde; en este caso, el nombre “verde bandera” refiere metafóricamente al verde de la bandera de México; este nombre no tendría una referencia clara en países donde no exista un color verde; y el “verde bandera de México” sería distinto al “verde bandera de Bangladesh”, o inclusive al “verde bandera de Italia”. Por estas razones pragmáticas es que una teoría analógica del color debería aprender a demarcar a todos los aspectos que cubre el nombre, lo que implicaría un ejercicio hermenéutico concreto. En este caso, como ejercicio hermenéutico, nos referimos a la interpretación del uso nombre “color” análogamente, cubriendo los casos en los que se utiliza el nombre (comprensión), sin apelar a la realidad física que representa (su referencia). Esto implica, entonces, que la comprensión de aquello que se pretende explicar, cuando hablamos de una “teoría del color”, depende del sentido en cuál se utiliza el nombre “color”. Una teoría holística sería la suma de todos estos usos particulares, para tener una mayor comprensión de aquellas referencias que nombramos con el signo “color”.

Quizás el principal problema de estas consideraciones es que dependen por completo de un esquema realista que asume al color como una entidad cognoscible independientemente del sujeto. Si el color es visto, netamente, como un concepto que subsiste en la mente del sujeto cognoscente, su realidad depende de otros aspectos, que evidentemente no pueden ser englobados en este paradigma.

Bibliografía

Frege, Gotlobb (1984), Sentido y referencia. Madrid: Editorial Orbis.

Goethe, Johann Wolfgang von (1945), Teoría del color. Buenos Aires Argentina, Editorial Poseidón.

Nagel, Thomas (1974). “What Is It Like to Be a Bat?” The Philosophical Review, vol. 83, no. 4, 1974, pp. 435–450.

Imágenes | Pixabay, Wikipedia, Modern Desing Interior

Artículo de:

José Miguel Ángeles de León (coord. de la División de Filosofía del CISAV):
Lic. en Filosofía (UAQ); Mtro. en Filosofía Universidad Iberoamericana, CDMX). Editor asociado de la revista de Filosofía “Open Insight”.

#color, #colores, #Goethe, #pantone, #teoría de goethe

por autores invitados

¿Te gustaría escribir para nosotros? Puedes hacerlo enviando textos de forma esporádica o unirte a nuestro equipo permanente de autores. Para más información, envíanos un mail: contacto[at]filosofiaenlared.com

error: Content is protected !!