¿No son las crisis existenciales algo que corresponde a los psicólogos? ¿Qué no las filósofas1 sólo hablan de cosas tan raras como el noúmeno, la tautología o el imperativo categórico?2 No es un secreto que a los denominados «amantes de la sabiduría» les gusta discutir. Tanto que llevan milenios discutiendo sobre las mismas cosas. No llegan a soluciones definitivas en nada, pero no dejan de hablar y hablar sobre el Ser, la conciencia, la verdad, el bien y el mal…, por mencionar unos cuantos de sus temas predilectos.

La identidad es también una cuestión que goza de su preferencia. Asunto por demás extenso, la identidad pertenece al ámbito de las definiciones y puede referirse a objetos, físicos o mentales, pero también matemáticos o geométricos («¿Qué hace que un triángulo sea un triángulo y no, por ejemplo, un cuadrado?»).

No obstante, la identidad también posee una dimensión que es la que, brevemente, me gustaría abordar: la identidad personal, que tiene como centro la pregunta «¿Quién soy?». Como decía, este tema ha sido abordado por la filosofía, pero, bueno, ¡de qué tema no se ha ocupado la filosofía! Hagamos a un lado las sospechas que su aparente polimatía en tiempos de especialización puede suscitar, y acerquémonos un poco al aspecto de la identidad personal desde este punto de vista.

¿Tú quién eres?

Parecería que el quién soy debería darse por descontado en nuestra vida. No obstante, una rápida mirada a nuestra historia personal y colectiva nos demuestra que no es así; por el contrario, se trata de una de las interrogantes más persistentes a lo largo del tiempo. Estoy segura de que esto, lector, lectora, no te resulta para nada ajeno. Aun así, aprovecho para citar uno de mis diálogos literarios favoritos al respecto. Lewis Carroll, en la charla que Alicia tiene con la Oruga en el País de las Maravillas, expresa esta inquietud así:

La Oruga se sacó la pipa de la boca y se dirigió a ella con voz lánguida y soñolienta.

—¿Tú quién eres? —le preguntó.

—En este preciso momento, señora, no lo sé muy bien, pero sí sé, al menos, quién era esta mañana cuando me he levantado. Sin embargo, me temo que he cambiado varias veces desde entonces.

—¿Qué es lo que quieres decir? —preguntó la Oruga secamente—. ¡Explícate!

—Creo que no puedo explicarme, señora —repuso Alicia—, porque no soy yo misma, ya lo ve.

—Yo no veo nada —replicó la Oruga.

—Siento no poder explicárselo con mayor claridad —contestó Alicia muy educadamente—. Para empezar ni siquiera yo misma lo entiendo, y además cambiar de tamaño tantas veces en un solo día resulta bastante confuso.

—No es verdad —dijo la Oruga.

—Bueno, quizá usted no ha pasado por esto, pero cuando se convierta en crisálida, que algún día le ocurrirá, ya sabe, y después en mariposa, me figuro que se sentirá un poco extraña, ¿no cree?

—Nada de eso —afirmó la Oruga.

—Bueno, quizá usted sienta las cosas de forma diferente a mí, porque estoy segura de que yo sí me sentiría extraña.

—¡Tú! ¿Y quién eres tú? —comentó la Oruga con desprecio, lo que situó la conversación de nuevo en el principio.3

Como Alicia y la Oruga, nosotros volvemos una y otra vez al la pregunta «¿Quién soy?». ¿Ya ves que no sólo los filósofos  «oficiales» gustan de hacerse las mismas preguntas incesantemente? De hecho, el método del preguntón insaciable puede resultarnos de gran ayuda aquí, cuando nos cuestionamos por nuestra identidad.

Filosofía en primera persona

A la pregunta por quiénes somos le corresponde una respuesta muy personal, aunque esto no significa que debamos hacer la indagación en soledad: “La filosofía se hace siempre en primera persona. Soy yo quien tiene que plantear la primera pregunta y buscar la respuesta [Pero] es una tarea que no se puede hacer en solitario […]: filosofar es algo que hacemos siempre con otros, en un diálogo de personas que comparten la misma inquietud por explorar las fronteras de lo cotidiano que se ha convertido en problemático” (García, 2010: 25).

Efectivamente, filosofamos en compañía. Pese a los clichés, el diálogo filosófico no conduce a la desolación, sino que nos arranca de ella. Trasciende los límites espacio-temporales. Ahora mismo, mientras escribo, estoy manteniendo un diálogo contigo, futuro lector o lectora, con los autores de hace centurias, con las profesoras y con las amistades en cuya compañía he reflexionado sobre estos temas.

Ahora bien, ¿por qué la identidad se nos vuelve algo problemático? Para empezar, la identidad es problemática para nosotras sólo en determinados momentos o circunstancias. Afortunadamente, hay períodos en los que el «¿quién soy?» nos da tregua. En cambio, en otros, nos sentimos apremiados a indagar sobre ello, al grado de que nuestra vida nos resulta invivible si no damos una respuesta siquiera tentativa a esta interrogante.

En general, la identidad está asociada con la noción de mismidad: pese a los cambios algo ha de mantenerse para que una cosa siga siendo lo que es. Y nótese que digo cosa y no persona, porque en lo que se refiere a la identidad personal el asunto es más complejo. Reconocemos que en nosotros no existe una absoluta identidad, pero la discontinuidad total nos resulta inadmisible. Aquello que en nosotros permanece, si lo hay, siéndonos tan vital, es también lo que se nos escapa constantemente.

¿Ficciones o realidades?

Somos seres del tiempo, cambiantes. Distintos de lo que fuimos y de lo que seremos, más, en algún sentido, los mismos. «¿En qué consiste esa singular mismidad, que no excluye la variación, sino que se nutre de ella?», se preguntó Julián Marías hace poco menos de un siglo, como antes que él otros se lo preguntaron, como hoy nos lo preguntamos nosotros y como se lo preguntarán las generaciones futuras. Para este filósofo, el modo de ser de la persona humana es vivir. Su identidad es imposible de aprehender, al menos en el sentido en que aprehendemos las cosas o los objetos ideales. La persona existe como pretensión, y sólo está conclusa en la muerte.

Lo cambios en nuestro entorno y en nuestras relaciones implican, asimismo, una crisis en la personalidad. Esta dependencia de circunstancias muy variables hace de la inseguridad, de la falta de certeza, un elemento constituyente de la existencia humana. Paradójicamente, es ese mismo entorno social el que nos brinda un repertorio de creencias y usos que hacen que nuestra vida sea vivible. Más cuando algo falla en ese sistema heredado, la idea de lo que somos no puede sino verse afectada, lo que nos obliga a indagar acerca de nosotros mismos.

¿Cómo puede ayudarnos la filosofía en estos casos? Siguiendo a Roxana Kreimer, de forma resumida, el camino que recorre la filosofía consiste en 1) plantear un tema o pregunta inicial (por ejemplo, «¿quién soy realmente?»), 2) clarificar y analizar los conceptos relevantes (por ejemplo, ser, cambio, otredad, autenticidad, etc.), 3)  detectar supuestos e implicaciones lógicas («la identidad es algo fijo», «los cambios son temibles», «mi identidad depende de la percepción que otros tengan de mí»), 4) evidenciar las contradicciones en nuestro discurso (como afirmar que la identidad es inmutable y al mismo tiempo aceptar que no soy ni me siento como hace unos años ¡o días!), 5) repetir el proceso cuantas veces sea necesario. ¡Recuerda, los filósofos aman las preguntas más que las respuestas!

Por supuesto que, además, hay pensadores que han abordado el tema y dejado constancia de sus reflexiones en diversos escritos. Sin embargo, más que recurrir a ellos como si de fármacos para curar los «males» existenciales se trataran, hemos de acercarnos a ellos para mantener un diálogo, cuyas conclusiones, como ya hemos visto, siempre serán provisorias, pero lo suficientemente confiables como para que, al menos en determinados momentos, el escepticismo que recae sobre nuestro verdadero ser se apacigüe y, ficciones o realidades, vivamos la vida, o dejemos que ésta nos viva, cuestión de perspectiva.

Notas al pie

1 A lo largo del texto, empleo unas veces el femenino y en otras el masculino. En ambos casos se incluyen a todos los géneros, salvo que se indique lo contrario.

2 Nóumeno: Lo que existe con independencia del sujeto. Tautología: Proposición verdadera a causa de su forma lógica, independientemente de su contenido. Imperativo categórico: De acuerdo con Kant, regla  de conducta universalizable (Bunge, 2005: 41, 104 y 205). O bien consulte su diccionario filosófico o filósofo favorito para profundizar en cada tema.

3 Carroll, L. (s/f). Alicia en el país de la maravillas. Susaeta [Versión Kindle]

Bibliografía

Bunge, M. (2005). Diccionario de filosofía. México: Siglo XXI

Carroll, L. (s/f). Alicia en el país de la maravillas. Susaeta.

García, F. (2010). Personas razonables. México: Progreso

Kreimer, R. (2002). Artes del buen vivir. Buenos Aires: Anarres

Marías, J. (1947). Introducción a la filosofía. Madrir: Manuales de la Revista de Occidente

Artículo de:

Mary Carmén Rincón (autora invitada):
Originaria de la Ciudad de México. Estudió Filosofía en la UNAM. Editora e investigadora de textos académicos y de divulgación. Líneas de investigación: filosofía de la religión, metafísica, filosofía política y teoría feminista. Actualmente, cursa el diplomado en Consultoría Filosófica en CECAPFI.

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Imagen | Pexels

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por autores invitados

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