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Comenzaré afirmando algo que me parece evidente: hablar sobre el alma nos resulta extraño, casi ininteligible. Nos encontramos en una situación en la que no tenemos un fácil acceso a su entendimiento, ni siquiera una dirección clara hacia la cual dirigirnos cuando nos cuestionamos por lo que podría ser. Ciertamente, el término aparece con asiduidad en el habla cotidiana. Lo utilizamos, sobre todo, para expresar aquella parte de nosotros que concentra todo lo que somos, algo semejante a una “interioridad” personal, y quizá por ello sentimos cercanía con su significado. Pero en realidad este significado es más oscuro de lo que parece, pues nos metemos en un verdadero atolladero al intentar clarificarlo. Esta particular situación se debe al estado en el que se encuentra el mundo moderno, es decir, hacia dónde condujo el desarrollo de la ciencia y cómo este desarrollo ha moldeado nuestra concepción sobre el hombre y la naturaleza. Nosotros, hombres modernos, no sabemos hacia dónde mirar cuando preguntamos por el alma. Intentaré esclarecer esta sentencia en lo que sigue.

La dificultad patente para hablar sobre el alma reside en el punto de vista creado por la ciencia moderna. Desde este modo de ver las cosas, el alma es o un prejuicio religioso o una “parte” del hombre que todavía no ha podido explicar por sus propios métodos (pero que irremediablemente lo hará). Pero nada que forme parte de la naturaleza, por lo que queda fuera como causa explicativa.  Esta posición teórica se instaló en el estudio de los cuerpos vivientes debido a la idealización de una ciencia de la vida “objetiva”. Dicha ciencia objetiva, la biología moderna, tenía que aplicar los métodos descriptivos de la física matemática al campo de la vida, y para ello reducir los movimientos de lo vivo a cambios estrictamente físicos, a mecanismos. Esta visión materialista iría despojando progresivamente el alma del cuerpo, porque no admitía otro tipo de entidad que no fuera material. El cuerpo solamente es extensión, esto es, materiales interconectados entre sí, por lo que su estudio no necesita ir más allá de estos materiales.

Me gustaría señalar, aunque sea someramente, la conexión existente entre esta tesis con el comienzo de la filosofía moderna. Como sabemos, fue el trabajo filosófico llevado a cabo por Descartes el que separó por primera vez, y para siempre, dos entidades en el ser humano: lo espiritual y lo material, res cogitans y res extensa. Su concreción real en el hombre era un misterio; sin embargo, era totalmente claro y distinto que estas dos entidades eran independientes. Tenía cada una su propia naturaleza. La separación entre lo espiritual y lo material puso las bases para una futura aplicación de las matemáticas al estudio de la naturaleza. La res pensante quedaba como algo exclusivo del hombre, mientras que toda la naturaleza física, incluso su propio cuerpo, quedaba reducido al denominativo de res extensa. Fue así como la física matemática se convirtió en el modelo de conocimiento para la naturaleza, pero también se estableció como modelo para todo conocimiento. No quedaba, pues, más que aplicar dicho modelo al estudio de la vida.

El estudio del cuerpo viviente era el estudio de su extensión, de los mecanismos de sus materiales. Mientras que tales mecanismos sucedían por sí mismos, quedaban separados de la parte espiritual del hombre, la cual se mantenía aislada del campo físico. Sin embargo, el dualismo cartesiano fue sólo un estadio del desarrollo científico, porque el objetivo que se planteó la ciencia de la vida fue borrar definitivamente esa parte espiritual. Esto fue oscureciendo cada vez más la participación que tiene el alma en los movimientos del cuerpo, al punto de que tal participación quedó totalmente cancelada. Creo que es justamente esta visión la que hemos adoptado hoy en día. No concebimos una manera en la cual el alma participe en lo corporal; aceptamos su independencia en vistas de su interiorización. Y es aquí en dónde se difumina el entendimiento de lo vivo, pues la ciencia nos ha enseñado que cada actividad o función vital, aun la más elemental, tiene o debe tener su base material. Entonces es mediante el estudio inmensamente refinado de los materiales y sus interconexiones el que exitosamente lo explicará todo. El cuerpo concentra todas las actividades posibles.

De este modo, preguntar por el alma en este contexto es preguntar por algo contrario al modo de pensar dominante. Significa frenar la convicción cientificista de un estudio enteramente corporal de lo vivo, con la convicción de que un cuerpo viviente no se agota en lo material. Ahora bien, ¿qué diferencia existe entre estas dos convicciones?, ¿cuáles serían las consecuencias prácticas entre una u otra? Me parece que esta inquietud solamente podrá ser respondida cuando logremos encontrar una manera de pensar diferente a la nuestra. Cuando hayamos sometido a crítica seria nuestro modo actual de concebir la vida. Y para eso resulta útil la lectura del gran estudioso del alma: Aristóteles. En sí, los griegos se encontraban en una posición diferente a la nuestra. Alma o psyché representaba una experiencia clara: la experiencia de lo viviente. Psyché es un término griego que se traduce como alma, pero su significado se extendía hacía el de vida o ser viviente, pues lo viviente era lo que estaba animado. (Este significado se conservó en el latín, donde existe la palabra anima). De esto se sigue que el alma se concibe junto con lo viviente, es decir, lo biológico, y que el hombre no tiene una excepcionalidad, pues todos los vivientes tendrían alma (recuérdese que nuestra palabra animal proviene de anima, ser con alma).

Pero fue Aristóteles quien ofrece un discurso racional (filosófico) sobre el asunto, y lo hace desde una posición particular. El estagirita también está de acuerdo en que el alma o la psyché es constitutiva de los seres vivientes: que lo viviente está animado. En este sentido, parte de los datos de lo viviente, los cuales se encuentran en nuestra experiencia ordinaria, hasta llegar a una comprensión de sus causas. Es decir, lleva lo ordinario hasta su más profundo esclarecimiento, para ver ahí los principios que lo rigen. Este es, en términos generales, lo que plantea su “método” de investigación de la naturaleza, el modo de proceder. En su Física, Aristóteles plantea que el “camino natural” del conocimiento es partir desde lo más familiar y claro para nosotros, hacia lo que es más claro y cognoscible en sí. Esto no es otra cosa que partir de la experiencia, lo más familiar que tenemos, hasta lo que es más claro en sí, es decir, para la naturaleza.

Cuando iniciamos una investigación, las causas de aquello que investigamos nos son inaccesibles. Debemos llegar a ellas. La forma más adecuada, porque es la forma natural, es la reflexión sobre lo empírico. Esto nos dice que para Aristóteles el conocimiento se alcanza por el descubrimiento de las causas. Pero también nos dice que las causas de la naturaleza se encuentran disponible para la experiencia humana, aunque en un principio de manera borrosa. El método aristotélico exige no apartarse de dicha experiencia. En este sentido, la manera acertada de tratar el alma es pensar en nuestro saber más inmediato de lo vivo. ¿Cuál es este? Lo primero que podemos identificar es la diversidad. Es innegable que compartimos este mundo con muchas especies que están vivas. Existe una variedad extensa de animales y plantas habitando conjuntamente en este mundo. Cada uno teniendo una forma de vida específica. Estas especies se entrecruzan, se depredan, se emparejan, cohabitan unas con otras.

Lo segundo es la sucesión y la supervivencia de una especie gracias a la reproducción. Este es un fenómeno más interesante, pues percibimos una tendencia a la preservación; que existe un movimiento en donde se originan nuevos individuos de una misma especie. Lo que es constante es la existencia de esa especie. La naturaleza, pues, está habitada por individuos pertenecientes a especies o tipos, o como lo establece Aristóteles, formas vivientes. Aristóteles utiliza la palabra eidos o forma para nombrar a cada una de estas clases de individuos. La diversidad de los seres vivientes en la naturaleza es una diversidad de formas, igual que la reproducción de esos individuos se produce de acuerdo a una forma específica. Los hombres engendran hombres, los caballos engendran caballos y los perros engendran perros; de las semillas de un manzano crece otro manzano. Pero qué significa en cada caso hombre, caballo, perro, manzano. Cada uno son formas vivientes. Este es el punto central del estudio Aristotélico, pero también de sus investigaciones biológicas.

Un último dato fácilmente identificable reside en los cambios que notamos en todo lo que está vivo, es decir, su inevitable existencia dinámica. Bien vistas las cosas, la vida es movimiento. Los seres vivientes tienden hacia el cambio, o mejor dicho, están forzados a él. El curso natural de cualquier ser vivo es un curso desde su inmadurez a su madurez, un curso en donde despliega todas sus características en y a través del tiempo. Esto es evidente desde el punto en que la condición más necesaria para la vida es la nutrición, más precisamente, el metabolismo. En la nutrición, la actividad más elemental y básica, se manifiesta por primera vez el esfuerzo por la preservación. Nutrirse es la actividad de tomar elementos del medio ambiente para incorporarlos y transformarlos en el propio cuerpo. Esta actividad asegura la supervivencia, y la supervivencia lleva consigo el desarrollo y perfeccionamiento del cuerpo.

Pero los cambios del cuerpo son cambios necesariamente materiales. La apropiación de mi cuerpo de los materiales exteriores se reduce a un intercambio de materiales. Mi cuerpo los toma para edificarse y perfeccionarse; esta edificación significa un cambio en las proporciones y las medidas del cuerpo. Todos estos son cambios corporales. Sin embargo, y en esto radica lo importante, los cambios materiales se llevan a cabo manteniendo una forma específica. El intercambio material sigue un plan diseñado, la multiplicidad de cambios no destruyen la identidad del cuerpo viviente. Un ser humano será siempre lo que es sin importar su desarrollo a lo largo de su vida. ¿Qué es eso que permanece a través de los cambios? No puede ser algo del cuerpo, porque el cuerpo se encuentra en cambio total; pero debe ser algo en el cuerpo, porque rige esos cambios hacia un fin. Es en este punto donde se hace necesario la presencia de una causa no material. Es la forma viviente, el alma, esa causa.

Aristóteles asemeja forma o eidos con alma, así como material o hyle con cuerpo. Pero hay que aclarar estas semejanzas. Eidos proviene del verbo oida, que puede significar “conocer”, pero que esencialmente significa “ver”. El eidos, como el sustantivo de dicho verbo, es el aspecto de las cosas. Pero no es un aspecto visual. La forma del cuerpo no es su figura, sus proporciones corporales; estas son físicas. El eidos, más bien, es el aspecto invisible de las cosas, es decir, la forma específica en que sus materiales se concretan y trabajan como un todo. Un aspecto que no vemos desde su figura, no lo vemos con los ojos, sino con el intelecto. De nuevo, no puede ser la simple figura percibida por los sentidos; más bien, se trata de la idea por la cual reconocemos a una cosa como lo que es. Esta forma viviente es el alma. Por otro lado, no se trata aquí de un dualismo; alma y cuerpo no son dos entidades radicalmente diferentes. Son dos partes que encuentran su concreción en el cuerpo animado. El ama es la forma en que se organizan los materiales del cuerpo, porque esa organización es la que posibilita su trabajo como un todo.

El alma es la forma de los seres vivientes, es decir, la organización activa de los materiales de ese cuerpo para trabajar como un todo. Es evidente que el alma participa no sólo en los seres humanos, sino también en los animales y en las plantas. Es un principio biológico. Esta forma viviente es la manifestación de su identidad, una identidad de tipo diferente a la que participa en los cuerpos físicos. Los seres vivientes poseen una identidad dinámica, en tanto que son mediante su desarrollo temporal. Su ser involucra todas sus instancias temporales. En estas instancias se encuentra en renovación continua. Mientras esté vivo, tenderá a conservarse a sí mismo. Tenderá a desarrollar actividades de lo viviente.

Debido a esta cualidad de “ser en el trabajo” Aristóteles deriva que el eidos es energeia. La forma, este principio organizador, siempre están en trabajo (energeia es una palabra que proviene de erga, trabajo o acción). La condición de ser en el trabajo se manifiesta mediante las actividades que cada ser viviente desarrolla. Vivir significa esencialmente el desarrollo de una actividad vital, y tales actividades van desde la nutrición y la reproducción, la sensación, percepción e imaginación, hasta el pensamiento y el intelecto. Cada ser viviente tiene la tendencia natural para el desarrollo de estas actividades, y con ello cada uno obtiene formas de vida diferentes; formas de vidas bajas o altas, dependiente de la posibilidad de una o más capacidades. Pero lo fundamental es que cada especie solamente es, es decir, solamente se desarrolla en este mundo, cuando actúa de acuerdo a lo que es. Cuando está en trabajo: cuando su alma está en energeia.

Debido a que cada ser viviente actúa o se mueve conforme a lo que es, cada uno tiende a su finalidad y su perfeccionamiento. Cada uno tiene en sí mismo la fuente que rige su despliegue en la naturaleza, una condición activa que sigue su finalidad planeada. Para esta “manera de ser”, Aristóteles genera el término entelecheia. Dicho término es una síntesis de “en teles echein”: echein proviene del griego hexis, el cual nombra una condición que se logra por el esfuerzo constante por mantenerla; mientras que en “teles”, con la partícula telos, indica una actividad que se lleva a cabo con una finalidad. De esta manera, la síntesis diría el esfuerzo por mantener una condición hacia una finalidad. En suma, la entelecheia nombra la característica esencial de que un ser viviente siempre está actuando conforme a lo que es, y actúa para mantenerse a sí mismo. Este es justamente el conocimiento causal que Aristóteles extrae de su consideración sobre lo vivo.

Artículo de:

Saúl Sánchez (autor invitado):
Egresado de Filosofía por la Facultad de Estudios Superiores Acatlan (UNAM). Está interesado en el estudio de la Filosofía Clásica, sobre todo para saber si los planteamientos de la Filosofía Moderna son los más adecuados.

Imagen | Pixabay

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