La visión histórica del mundo ha dominado el ejercicio del pensamiento intelectual, tanto filosófico como científico. Ejemplo claro son los exámenes escolares, al menos en México, los cuales se acreditan o se reprueban con base en los conocimientos históricos del alumnado. La hegemonía del estudio histórico no influye únicamente al ámbito del pensamiento, sino que deviene, a su vez, en aspectos morales inmediatamente consecuentes de nuestra comprensión del mundo.

Nietzsche dio en el clavo al realizar una reflexión acerca de la manera de ver el mundo por medio de la historia. Para él, su exceso mata a los individuos, es dañino para la salud moral de la humanidad. En esta situación, el pensamiento del alemán parece encajar correctamente con la manera de hacer filosofía en la actualidad. En la Segunda consideración intempestiva, el filósofo divide a las maneras de ver a la historia en tres clases: la historia monumental, la historia anticuaria y la historia crítica. Nosotros en este momento nos ocupamos de las primeras dos clases.

La visión monumental
y la visión anticuaria:
primera sentencia a la filosofía

La historia monumental pertenece a quien necesita actuar y esforzarse (Nietzsche, 2014: 496), la historia se marca por aquellos hombres de acción, hombres que actúan, como lo menciona el autor, de manera ahistórica. El hombre de acción sale de su papel individual con el fin de provocar altos avances en la temporalidad, es decir, marca hitos que provoquen un sustancial movimiento.

La enseñanza actual de la filosofía, en este sentido, puede equipararse a la visión monumental de la historia que propone Nietzsche, pues en los planes de estudio (al menos en México) rige el hito filosófico, es decir, se estudian y analizan únicamente aquellos pensadores que se conservan en el tiempo por el hecho de ser, relativamente y según los doctos de la historia, “importantes” y “monumentales”. 

¿Por qué leer a Platón, y no a otro autor de su tiempo? La respuesta a ello puede ser la accidentalidad, la coincidencia: Platón provocó, según los historiadores, más hitos que Isócrates, el autodenominado filósofo, alumno de Gorgias. En la visión monumental de la historia, la filosofía es eterna, inmutable e intocable, lo monumental se conserva en el tiempo. No estudiamos ya filosofía, sino los escritos de los filósofos que provocaron movimientos en su tiempo y pasaron a reproducirse por la historia, lo cual no implica su calidad.

Por otro lado, la visión anticuaria de la historia pertenece a quienes necesitan conservar y venerar (Nietzsche, 2014:496). Pertenece a quienes “lanzan su mirada hacia atrás” con enorme amor y sienten un desprecio agrandado por la novedad. Esta situación es complicada para el hacer filosófico, ya que no será filósofo quien no haya marcado un hito monumental y tampoco quien sea joven. El segundo requisito es que el anticuario desprecia todo aquello que no forma parte de la ancestralidad del tiempo, que no participe de lo antiguo.

El anticuario de la filosofía ensalza sobremanera a Descartes, Kant y Aristóteles, desprecia a los filósofos vivos. Odia a sus contemporáneos, por el hecho de no ser monumentales y por no ser ancestrales: los filósofos actuales no son dignos de veneración. 

La veneración se equipara a la actitud tomada ante la Iglesia, incluso se lleva a cabo la misma reverencia e intocabilidad ante el filósofo estudiado. No se puede atacar la posición filosófica de un monumental Platón, debido a que este, por prejuicio de lo antiguo, resulta sumamente más valioso. Puede llegar alguien que, con una enorme calidad artística, diga las mismas palabras que Platón, aún sin haber leído jamás uno de sus diálogos. Naturalmente, no se aceptaría su genio por el hecho de no ser ancestral. De aquí, surge la problemática más importante del presente escrito, ante la cual se intenta arremeter: la sensación de vejez.

El sentimiento de vejez histórica

Nietzsche, en la sección octava, recupera el término “vejez de la humanidad” (2014:537), con el cual nacen los niños en la época del filósofo. El término surge de una figura retórica de la poesía de Hesíodo, a partir de la cual surge el mito de las edades. En dicho mito, los niños nacen con el pelo cano, clara analogía al sentimiento de vejez actual. ¿Por qué el hombre se siente viejo? Porque piensa que ya no tiene nada más que hacer en el mundo. La historia, tan enorme y alejada de él, ya tuvo lugar, y no le queda más que ser eterno alumno y heredero.

El excesivo estudio de la historia trae una falsa sensación de ética y sabiduría. La falsa ética se debe a que los estudiosos del pasado se sienten con derecho de juzgar a quemarropa a sus antecesores; la falsa sabiduría se debe a que nunca se había producido tanto contenido intelectual. El filósofo no tiene más que decir en cuanto a ética, ya que lo acontecido forma parte del ámbito histórico. Aparentemente es mejor callar que continuar un debate interminable; si un filósofo actual tratase de juzgar su pasado, requeriría una completa noción de cada momento en la historia.

Por otro lado, cuando se habla acerca de sabiduría, Nietzsche recupera la popular idea del memento mori (2014:539). En la doctrina cristiana, que ha dado tanto bien como mal a la humanidad, se encuentra dicha idea, que refuerza aún más el sentimiento de que somos los últimos peones en la historia universal. El exceso de historia mata, quita la vida de quien la estudia.

Debido al sentimiento de vejez, el pensador contemporáneo se piensa como último eslabón en el perfeccionamiento histórico. Si la historia tiene un sentido racional (como dice Hegel), la ética ya no tiene lugar; cada acontecimiento tiene lugar en los hechos, y un hecho es ético solo ante la mirada de los demás. Sin embargo, la mirada ajena no tiene poder para juzgar a sus contemporáneos, pues está corrompida por el pasado. Se ve la vida a manera de ciencia, plenamente “objetiva”, es decir, se compara un hecho con otro hecho. Es posible, por lo tanto, vivir en una sociedad repleta de genios. Tantos genios, sin embargo, no tienen más que sabiduría fría, inaplicable, sabiduría histórica que mata la voluntad individual. 

Resulta interesante ver de qué manera las sociedades pierden su sentir ético, su noción de utilidad. ¿Qué sentido tiene hablar en un mundo en el cual ya todo se dijo?, ¿acaso resultaría productivo repetir lo que se dijo por otros, pero de una manera diferente?

La sensación de vejez se basa en el pensamiento de que somos herederos de la antigüedad monumental, en que esta antigüedad debe venerarse. Gobierna el presupuesto de que los pensadores actuales únicamente deben reproducir los pensamientos de sus antecesores, tan sabios y sublimes. La sensación de vejez causa la degradación ética. No se piensa ya en la producción intelectual futura, sino que cada acontecimiento en el mundo tiene lugar ajeno a nosotros. La filosofía se encuentra posada por debajo de las faldas de la historia, en palabras de Nietzsche: “la Historia dice <<eso fue una vez>> y la ética dice <<así debería ser” (2014: 542).

La humanidad no cabe en el pensamiento, y en el caso de tener cabida, formaría una segunda naturaleza, la cual se reemplazaría, a su vez, después de convertirse en una primera naturaleza.

Conclusión

La filosofía de la historia de Nietzsche es caótica. De ser racional y ordenada, como pretende Hegel, no tendrían lugar los juicios éticos. La historia evita la producción de nuevos ideales, no obstante, la alabanza y veneración de las creaciones antiguas impiden la apreciación de talentos emergentes. Se rechaza la visión monumental de historia, que da por hecho que el avance ocurre a través de hitos de hombres individuales; se enlazan hechos, como si uno fuera causante de otro. La visión histórica de Nietzsche niega la monumentalidad, reina un caos entendido como azar, manipulable por la voluntad humana. Sin embargo, esta voluntad no es decisiva, como el destino que proponen otras filosofías de la historia, como la kantiana y la hegeliana.

La visión anticuaria de la historia causa que el hombre se sienta amedrentado por el pasado, que no se acepten nuevas creaciones artísticas e intelectuales. La visión anticuaria genera eternos pupilos, eternos herederos que toman como imposible la novedad. Lo pasado es venerable simplemente por el hecho de ser viejo. Los contemporáneos se consideran a sí mismos como el último eslabón de la humanidad: nacen viejos, pues todo lo que pueden crear es inútil, absurdo, o ya se creó en el pasado. Solo queda callar, mirar atrás e indagar en los viejos libros de historia, de ahí, la decadencia moral de la actualidad.

La decadencia moral surge de la sensación de vejez causada por las visiones de historia anticuaria y monumental. Si la historia avanza por sí sola, racionalmente y con miras hacia un fin, no tiene caso juzgar los hechos como algo ético. A los hechos se les estudia como eventos dentro de un marco temporal. La frialdad y el exceso de información histórica, son la única información que importa. Se ataca la concepción de “docto“, quien es “históricamente culto”. 

Los contemporáneos son altamente doctos, son genios, históricamente conocedores. No obstante, la información histórica apaga la vida, “recordar que moriremos” únicamente pone en jaque la estimación vital del espíritu. La filosofía nace ya vieja, está a punto de morir, por el hecho de que nada nuevo puede nacer de ella. No existen mayores hitos que no se hayan creado anteriormente, sin embargo, debe rechazarse esa visión de la historia, se debe ser ahistórico, no pensar en el pasado o el futuro como cosas existentes, simplemente se debe despegar el hombre de su sentido histórico, como los animales: el olvido da la felicidad, y posiblemente la verdadera sabiduría.

Bibliografía

Nietzsche, F. (2014c). “Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida [Segunda intempestiva]”, en Nietzsche III (Trad. Germán Cano). Madrid: RBA-Gredos.

Hegel, F. (2018). “Lecciones de filosofía de la historia”, en Hegel II (Trad. José María Quintana Cabanas). Madrid: Gredos-RBA.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Bryan Iván González Islas (autor invitado):
Mexicano. Pasante de Filosofía y estudiante de Derecho por la UNAM. Coordinador del Seminario de Investigación en Filosofía del Lenguaje y del Seminario de Investigación en Filosofía de la Ciencia. Miembro activo del Proyecto Delfos: Filosofía Aplicada.

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por autores invitados

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